Francisco Fernández González 1833-1917

Francisco Fernández González «Orientalista» y catedrático español (en línea con su suegro, José Amador de los Ríos), «antropólogo» progresista (fue socio fundador de la Sociedad Antropológica Española, alucinado por un supuesto «espíritu entusiasta, idealista y emprendedor de los arios» que entendía como verdadero oxígeno idealista para el destino futuro del mundo ante la decadencia de la raza semita –aunque su interés por la historia de los judíos le haya merecido figurar con una entrada en The Jewish Encyclopedia–) y primer titular de una Cátedra de Estética en la universidad española (cuando sólo existía en la Universidad Central de Madrid), influido por aires krausistas e irisaciones hegelianas, nació en Albacete en septiembre de 1833, el día 23 (según el escalafón de 1902) o el día 26 (según la biografía semioficial publicada en 1891 por el Diccionario enciclopédico hispano-americano, del que fue colaborador y encargado de los artículos de «Cultura oriental, con inclusión de la antigua egipcia y de la de hebreos y árabes, africanos y españoles.» –pero no de los artículos de Estética ni de los de Filosofía–).

«Hijo de un comandante de caballería que se había distinguido en la guerra de la Independencia, estudió en Valladolid la primera enseñanza y algo de latinidad, y continuó luego sus estudios en Madrid con los Escolapios y en el Instituto de San Isidro, obteniendo siempre la nota de sobresaliente y ganando premios cuando se daban. Más tarde (24 de octubre de 1850) fue nombrado alumno pensionado para la Escuela Normal de Filosofía, previa oposición a la que concurrieron noventa y seis aspirantes, de los cuales únicamente cuatro obtuvieron plazas para la sección de Filosofía y Letras. Cursó luego (1850-52) los años de estudios superiores de las últimas materias citadas, agregados (1852) a los de la Universidad Central bajo el rectorado del marqués de Morante, y sirvió una de las plazas de profesor agregado en los Institutos de Madrid. En el del Noviciado, hoy del Cardenal Cisneros, tuvo a su cargo, en el curso de 1852 a 1853, la cátedra de Retórica y Poética. Concluidos los cuatro años de estudios que comprendía la Facultad de Filosofía y Letras, alcanzó el primer lugar en la calificación de los exámenes de mérito comparativo, que se verificaban anualmente para apreciar el aventajamiento de los pensionados. También había ganado premios anuales en las asignaturas cursadas en la Universidad, y conseguido la nota de sobresaliente en la licenciatura. Matriculóse en las asignaturas del doctorado (1854), y explicó (1854-55) durante un curso la Historia crítica y filosófica de España en la Facultad de Filosofía y Letras, sustituyendo a don Eugenio Moreno López, que se hallaba enfermo. A la vez se encargó de la enseñanza de la lengua griega en las facultades de Medicina y Farmacia. En virtud de oposición con el único pensionado que, además de Fernández y González, quedaba de 1850, fue designado en primer lugar para la Primera cátedra de Psicología, Lógica y Ética que vacase en los Institutos provinciales, y recibió poco después (16 de septiembre de 1855) el nombramiento de catedrático de la referida asignatura en el Instituto de Teruel. No llegó a tomar posesión porque, teniendo entonces el grado de Doctor, cuyos estudios hizo de 1854 a 1855, firmó las oposiciones a la cátedra de Literatura general y española de la Universidad de Granada, fue por unanimidad propuesto en el primer lugar de la toma, y nombrado catedrático de dicha asignatura en 24 de octubre de 1856.» (1891: EHA 8:246-247)

Fue hermano de Manuel Fernández y González (1821-1888), el prolífico y famoso autor de folletines y novelas históricas entonces tan leídas, nacido en Sevilla («en la antigua calle de Vizcainos, hoy rotulada con el nombre del popular novelista, nació el 6 de Diciembre de 1821. Prisionero su padre por ideas políticas en la Alhambra, hubo Manuel de hacer sus primeros estudios en Granada...» MOS 1:202).

Francisco Fernández y González obtuvo en 1856, por unanimidad, la cátedra de Literatura General y Española de la Universidad de Granada. Uno de los miembros del tribunal fue Julián Sanz del Río, con el que mantenía relaciones al menos desde 1855. (En los escalafones figura como fecha de su ingreso el 11 de febrero de 1856.) La Universidad de Granada le encargó el discurso inaugural del primer curso que explicó en esa institución, el de 1856-1857, donde introdujo varias referencias a Krause y a su estética. Ocupó la cátedra de Granada hasta 1864. («Había dado clases de literatura en el Instituto de Ronda, donde había informado a sus alumnos adolescentes del krausismo, por él aprendido de labios del mismo Sanz del Río. Entre esos alumnos se encontraba Francisco Giner de los Ríos», Juan José Gil Cremades, El reformismo español, Ariel, Barcelona 1969, pág. 49, nota 102.) Durante estos años granadinos fue uno de los pioneros en estudiar las actividades de los sarracenos por España. En 1861 apareció su Plan de una biblioteca de autores árabes españoles, o estudios biográficos y bibliográficos para servir a la historia de la literatura arábiga en España (opúsculo reeditado en microficha por Pentalfa, Oviedo 1983).

«Merced a los estudios publicados sobre Estética fue ascendido (1864) a catedrático de esta asignatura en la Universidad Central» (EHA 8:246-247). Esta cátedra había sido introducida en la universidad española (por el Reglamento de 1858) merced a las presiones de Julián Sanz del Río, el principal propagandista hispano de la filosofía alemana versión Krause, quejoso el catedrático de Historia de la Filosofía de la manera como la Ley Moyano de 1857 había dejado organizada la recién creada Facultad de Filosofía y Letras.

«Ahora bien, las probables intenciones racionalistas y liberales de quienes se decidieron a darle a la Estética el rango de disciplina universitaria autónoma pudieron contribuir a que los moderados la viesen como una nueva amenaza desde el área filosófica, como estaba sucediendo con la Historia de la Filosofía, que era una asignatura que se temía que hiciese peligrar la estabilidad política e ideológica nacionales en las manos de quien estaba desde su activación en 1854. Aún más era de temer por los moderados la Estética si la novedad de su inclusión como materia universitaria propia vino propuesta, al menos en parte, por el titular de aquélla, Sanz del Río, pues al ser considerado éste crecientemente por los moderados como una amenaza nacional, les causaba temor el dominio que podía ejercer en el área en la que quedaba inscrita la nueva disciplina, la filosófica, y a cuyo estudio estaba obligado todo licenciado que quisiese ser doctor al impartirse el Doctorado de Filosofía y Letras exclusivamente en la Universidad Central.
La introducción de tal materia, no obstante, no era suficiente para garantizar el enfoque que los diseñadores del Reglamento quisiesen darle, pues para ello habían de asegurarse un catedrático que compartiese las tesis que ellos deseaban. El titular de la nueva cátedra, por tanto, sería quien terminase imprimiendo el perfil concreto de la Estética como enseñanza universitaria. Pero ella vino a caer, efectivamente, en las manos de quien en sus primeros años de labor profesoral estuvo bajo la tutela filosófica de Sanz del Río, Francisco Fernández y González. Éste se hizo con dicha cátedra en 1864, siendo probable que hasta ese año permaneciese inactiva tal asignatura. (...)
Esta confianza de Sanz del Río en las posibilidades de reforma social mediante la Estética le venía dada, por un lado, por el propio Krause (...) pero la convicción concreta de que la Estética krausiana ofrecía grandes ventajas a la difusión del pensamiento de Krause en España hubo de surgir a raíz de los trabajos que estaba llevando a cabo un discípulo suyo, el ya mencionado Fernández y González. El contacto entre ambos se remonta, al menos, a 1855, cuando Sanz del Río formó parte del tribunal que hubo de juzgar la oposición a la plaza de Literatura general y española en la Universidad de Granada que obtuvo, justamente, Fernández y González.
Nada más ocupar su plaza de la universidad andaluza, ésta le confió al nuevo catedrático el discurso de apertura del curso académico de 1856 a 1857, y en él introdujo Fernández y González abundantes referencias a la obra de Krause, incluido el Compendio de Estética. Del título del discurso se desprende el espíritu krausiano que podía inspirarlo: «Influencia del sentimiento de lo Bello como elemento educador en la historia humana.» Quizás fueron estas ventajas propedéuticas de la actividad artística las que convencieron a Sanz del Río de la importancia que tenía la introducción de la Estética como disciplina filosófica autónoma en la Facultad de Filosofía y Letras, de ahí que la propusiese en su instancia presentada a la Reina y, probablemente, lo sugiriese meses después a Moreno López en los contactos que ambos mantuvieron poco antes de ser publicado el Reglamento de 1858.
En el momento de elaborarse este último, además, Fernández y González estaba redactando su tesis doctoral, «La idea de lo bello y sus conceptos fundamentales», bajo la dirección de Sanz del Río. El fundador del krausismo español, por tanto, había de estar convencido entre 1857 y 1858 de las posibilidades que le ofrecía la Estética para extender la influencia de la filosofía krausiana en España a un nuevo campo, y para lo cual contaba, además, con un aventajado discípulo, ya catedrático y que podría ser que desease traerse a Madrid en el momento que hubiese que cubrir la cátedra de Estética, todo ello con la intención de reunir en la Universidad Central un grupo de catedráticos filokrausistas que difundiesen las ideas del pensador alemán en diversas regiones científicas.» (Rafael V. Orden Jiménez, «La introducción de la Estética como disciplina universitaria: la protesta de Sanz del Río contra la Ley de Instrucción Pública», Revista de Filosofía, Madrid 2001, número 26, páginas 265-268)

Salvo el breve periodo en el que la cátedra de Estética fue eliminada de los planes de estudios (en 1867, siendo ministro Severo Catalina –fue nombrado catedrático de Metafísica–, aunque fue restaurada en 1868) la ocupó desde 1864 hasta su jubilación en 1903.

Casado con Isabel Matilde Amador de los Ríos Fernández, hija de José Amador de los Ríos Serrano (1818-1878), yerno y suegro se influyeron sin duda mutuamente: el suegro se encargó de la cátedra de Estética de 1862 a 1864, el yerno la tuvo en propiedad a partir de 1864; el suegro fue autor de una famosa Historia social, política y religiosa de los judíos en España y Portugal (1875-1876), el yerno publicó Instituciones jurídicas del pueblo de Israel en los diferentes Estados de la Península Ibérica... (1881), &c. El suegro se refería en sus clases a él como «nuestro muy amado hijo político», y al yerno se referían en sus correspondencias privadas Marcelino Menéndez Pelayo (quien ocupó la cátedra que dejó vacante el suegro, Josephus Amator Fluminum), Gumersindo Laverde, Juan Valera, Antonio Rubio Lluch, &c., con los sobrenombres de nuestro muy amado hijo político y Don Hermógenes.

En 1871 fue el suscriptor nº 268 a las Obras completas de Platón puestas en español por Patricio de Azcárate. Académico de la Historia (1867), de San Fernando (1881) y de la Lengua Española (1889, sillón Q). [Pero no fue académico de la de Ciencias Morales y Políticas, como asegura el Espasa, que además precisa como fecha 1867, error que repite HDFE 3:195.] Senador del reino (1878-1885, 1891-1892). Decano de la Facultad de Filosofía y Letras, rector de la Universidad Central (1895-1903) y consejero de instrucción pública. Falleció en Madrid el 30 de junio de 1917.

La Universidad de Castilla la Mancha (institución creada en 1982 y que comenzó su andadura en 1985) ha tenido la curiosa ocurrencia de promover en 2001 un Premio de Periodismo que lleva el nombre de «Rector Francisco Fernández y González» [rector, pero de la Universidad de Madrid], para «premiar los trabajos de mayor calidad que se hayan dedicado a la institución académica» manchega, y que al menos ha sido convocado un par de veces (en las notas de prensa y páginas de internet dedicadas a este premio se ofrecen datos biográficos del «Rector Francisco Fernández y González» tomados de la enciclopedia Espasa).

«En la alta Administración del Estado tenemos actualmente, entre los discípulos de Sanz del Río: Salmerón, Ministro de Justicia; Ruiz de Quevedo, Subsecretario –por decirlo así, en el mismo departamento–; Azcárate (profesor de legislación comparada en la Universidad), Director General del Registro Civil y de la propiedad; F. Fernández González, Director general de Instrucción pública. Nosotros podemos pues algo; y tratamos de hacer honor a los principios y a la dignidad y sinceridad de nuestras convicciones. Yo creo que es la primera vez que los principios filosófico-jurídicos de los que Krause y Röder, no menos que Ahrens, se han hecho los apóstoles en el mundo, van a ser proclamados sin la menor restricción por parte del Ministerio de Justicia. Dios quiera que así sea por el bien y el honor de la Humanidad y de nuestra patria. Usted comprende muy bien que en este momento tenemos en España muchas dificultades muy graves, sobre todo, quizás, la de los carlistas, que aunque es verdad que valen poca cosa, el ejército está en tal estado de desmoralización que permite a los partisanos del absolutismo pasearse por casi todo el Norte de España.» (Carta de Francisco Giner de los Ríos a Hermann Freiherr Leonhardi, marzo 1873; publicada por Enrique M. Ureña & José Manuel Vázquez-Romero, Giner de los Ríos y los krausistas alemanes. Correspondencia inédita, Universidad Complutense, Madrid 2003, carta nº 14, páginas 105-106. Anotan los editores de esta carta: «Leonhardi ecribe en su diario (conservado en Dresden en su archivo) el 1 de abril de 1873: 'Una carta de Giner de los Ríos muy rica en contenido. Una anterior de él se perdió. Toda una serie de discípulos de del Río ocupan ahora altos cargos estatales [...] Están tratando de reorganizar los estudios de la Facultad de Filosofía en el espíritu de Krause, y quieren tener en cuenta a Fröbel en la reorganización de la esfera educativa'.»)

«Milá y Fontanals, además de varias poesías latinas y provenzales de los tiempos medios, ha traducido la oda Sic te Diva Potens de Horacio. Está en la Revista Meridional que publicó en Granada Fernández y González. También tradujo el Rey de Tule de Goethe.» (MMP a Laverde, 27 julio 1875, MPEP 1:219)

«Leo en un periódico que Amador de los Ríos ha fallecido en esa. Merece un buen artículo en tu Biblioteca de traductores. ¡Lástima que yo no gozara de mejor salud para optar á su cátedra si la vacante se provee por concurso, y mayor lástima aun si sale á oposición, que, por falta de edad, no puedas tu tomar parte en ella! ¿No habría manera de conseguir que se derogue eso de la edad, ó que, á lo menos, se establezca alguna excepción que te comprenda? Mira á ver si Eguilaz puede hacer algo.» (Gumersindo Laverde a MMP, 26 febrero 1878, MPEP 3:30)

«Mucho he sentido la muerte de Amador de los Ríos. Murió cristianamente. Bueno me ha referido sus últimos momentos. Dicen unos que su cátedra se sacará á oposición. Otros (¡parece increíble! ) que será suprimida. Yo he escrito a los Pidales para que hablen a Toreno, y este me conceda una dispensa de edad, fundada en que la ley ha tenido para mí efecto retroactivo, por estar yo graduado con anterioridad al decreto &c. &c. Pero más quisiera que saliese a concurso, y que Vd. se la llevara.» (MMP a Gumersindo Laverde, Sevilla 3 marzo 1878, MPEP 3:34)

«Los Krausistas acaban de publicar el Análisis del pensamiento racional, obra póstuma de Sanz del Río. En el último número de La Ilustración viene el principio de la biografía de Amador de los Ríos, escrita por su yerno Fernández y González.» (Laverde a MMP, 21 marzo 1878, MPEP 3:43)

«Veo con gusto por ella cuan complacido quedaste de tu visita á Granada y de la buena acogida que allí tuviste y buenos hallazgos bibliográficos que hiciste. Pero aun me alegra mas el saber que lleva tan favorable sesgo la cuestión de tus oposiciones á la cátedra de Amador de los Ríos. Teniendo de tu parte á Cánovas, lo tienes todo para el caso. Yo creo que ha habido poca habilidad por parte del Ministro. Si quería favorecerte, el camino mas corto y derecho era declarar que el Decreto sobre edad no te comprendía, por ser tu doctor ya cuando fue publicado. No era gracia, era justicia: nada tenían que clamar los adversarios. Pero, en fin, á lo hecho pecho. Ahora lo que importa es que el tribunal se componga en su mayoría de amigos, sin que, por eso tenga trazas de reaccionario. Que entren en él Valera, Fernández Guerra, Milá, Eguilaz, Canalejas, Fernández González y Revilla... y creo que no habrá duda. Por lo demás, los esfuerzos hechos para excluirte prueban que los adversarios no se sienten con fuerzas para lidiar contigo. A Fr. Zeferino le harían mil favores si le admitiesen la dimisión de la mitra y le dieran una jubilacioncita de 5.000 pesetas. También la ciencia española saldría gananciosa. A Pidal le ruego que proponga una adición á las bases para la ley de Instrucción pública, á fin de que en las Universidades (en el doctorado siquiera) se explique la Historia de la ciencia española.» (Gumersindo Laverde a MMP, 11 abril 1878, MPEP 3:51)

«Querido Marcelino: se acaba de nombrar su tribunal de V. Valera, Milá, Guerra, Fernández González, Campoamor, Rubí, Cañete. ¿Qué tal? Campoamor acaba de renunciar y en su lugar pondrán a Borao.» (Alejandro Pidal a MMP, julio 1878, MPEP 3:112)

«Ya está nombrado el tribunal de oposiciones. Compónenle Valera, Milá, Aureliano Fernández-Guerra, Cañete, Rubí, Campoamor, Fernández González. Campoamor renunció alegando que tenía íntima amistad conmigo. En su lugar nombraron a Borao. Valera también ha renunciado, aunque Alejandro y yo le suplicábamos que no lo hiciese. Las razones que da no dejan de hacerme alguna fuerza. Dice que habiendo manifestado él en todas partes, que yo debo llevarme la cátedra, si se procede en justicia, y siendo público y notorio este su modo de pensar, atribuirán a compadrazgo su nombramiento, &c. Siento mucho que se le haya metido esta idea en la cabeza. No sé qué otro consejero de Instrucción Pública nombrarán para presidente. D. Aureliano aceptó ya, según carta suya que hoy he tenido. Suponiendo que Borao (como progresista que es, a lo cual se agrega el no conocerme) se arrime a Fernández y González, suponiendo (cuanto se puede suponer) que el consejero nombrado en sustitución de Valera sea también adverso, siempre quedarían a mi favor Milá, Fernández Guerra y Cañete: agregándoseles Rubí, tendríamos mayoría. Yo no le conozco, y quizá sería conveniente prevenirle, para que no le ladease Canalejas a favor de su sobrino que es uno de los opositores. ¿Tratas á Rubí?» (MMP a Laverde, 14 julio 1878, MPEP 3:113)

«Mi estimado amigo y maestro: La contra-renuncia de V. llegó a tiempo, según me informan Pidal y Valera. Mucho agradezco a V. esta singular muestra de cariño. No busco favor sino justicia seca; pero me hubiera dolido el encontrarme con gente prevenida en contra. Afortunadamente todo lo que los periódicos dijeron de renuncias &c., era añagaza de los otros opositores. El Tribunal ha quedado de esta manera: Valera, presidente. Milá. A. Fernández-Guerra. Cañete. Rosell. Rodríguez Rubí. Fernández-González. Las oposiciones serán hacia el 20 de octubre, cuando Valera vuelva de París, de ver a su hermana.» (MMP a Manuel Milá Fontanals, 1 agosto 1878, MPEP 3:130)

«El martes hace la primera pareja el ejercicio de preguntas. El miércoles entramos en fuego nosotros. A. Fernández-Guerra pondrá las preguntas de literatura hispano-latina, Milá y Rosell las de Edad-Media, Cañete las del siglo XVI, Valera las del XVII, el yerno de Amador las del XVIII, y Rubí las del XIX. Veremos lo que sale.» (MMP a José María de Pereda, 25 octubre 1878, MPEP 3:178)

«Anteayer tuvieron el primer ejercicio Canalejas y Moguél. Ayer me tocó a mí. Creo que lo hice bastante bien, a pesar de mi poca disposición para ejercicios orales. Asistió un gentío inmenso. Los jueces (fuera de Fernández-González, que desde el principio me hace la guerra) quedaron muy contentos y hasta entusiasmados, según hoy me dijo Aureliano. Creo por todo lo dicho que el negocio va bien. La semana que viene (si Dios quiere) tendremos las lecciones.» (MMP a Laverde, 31 octubre 1878, MPEP 3:179)

«Mi carísimo Gumersindo: Te supongo enterado de la caída de Aureliano y de la suspensión de los ejercicios. Al fin se han reanudado (con asistencia del mismo Sr. que está ya bien) y esta tarde explica su lección Canalejas. No puedes imaginarte cosa más pedantesca y soporífera que su programa. (...) A pesar de tanto como dicen y trabajan contra mí, la diferencia hasta ahora es tan grande, que no dudo que tendré en mi favor a todos los del Tribunal, excepto Fernández-González que (como casi todos los de esta Facultad de Letras) es enemigo acérrimo de mi candidatura. Esta animadversión llega á un punto ridículo. Al hijo de Rubió le mandaron tachar en el discurso de Doctorado todos los párrafos en que se refería á mí (por noticias que yo le había dado) so pena de no admitírsele. En el Tribunal estaban Revilla, Morayta, Camus y otros ejusdem furfuris.» (MMP a Laverde, 11 noviembre 1878, MPEP 3:185)

«Mi carísimo Gumersindo: No te extrañe mi largo silencio. Para contestar a tu última he esperado que las oposiciones acabasen del todo. Te doy, pues, la buena noticia de que he sido propuesto en primer lugar de la terna por seis votos contra uno. No necesito decirte que este uno es Fernández González, representante aquí de las iras universitarias. Para el segundo lugar salieron empatados Canalejas y S. Moguél, resolviéndose el empate a favor de Canalejas que lo merecía mucho menos que el otro. Para el tercer lugar tuvo Sánchez Moguel seis votos contra uno, el de Fernández González. La conducta de éste ha indignado mucho a tirios y troyanos. Revilla dijo a Valera que a haber sido él juez, me hubiera dado su voto.» (MMP a Laverde, 28 noviembre 1878, MPEP 3:191)

«No necesito advertirte que en mi toma de posesión (que, entre paréntesis, me dio un Rector montañés, D. Manuel Rióz) brillaron por su ausencia Canalejas, Revilla, Morayta, Camus y Bardon. Fernández González fue, pero ni siquiera me saludó. Los demás estuvieron muy finos. Me tienes, pues, en quieta y pacífica posesión de la cátedra de Josephus Amator Fluminum.» (MMP a Laverde, 25 diciembre 1878, MPEP 3:215)

«Mi carísimo Marcelino: recibe la mas cordial enhorabuena por verte ya remplazando al memorable Amador Fluminum en el pináculo del Doctorado, así como por las muestras de simpatía que con tal motivo has recibido y también por los desdenes con que te han honrado los D. Hermógenes de la Universidad central. Por García Romero sé ya hace días tu toma de posesión y lo que en ella pasó. No te afectes por tales miserias, ni por las que en adelante salgan á la superficie. Los buenos y los decentes harán justicia á unos y á otros. Limítate á cumplir con tu deber, rózate con tus émulos lo menos que puedas... y adelante! Podrás darles una buena lección al inaugurar tus explicaciones, consagrando un recuerdo a tu predecesor y elogiando, entre sus buenas prendas, la falta de envidia que le hacía, no con celos, si no con gozo, mirar los progresos de sus discípulos y alentarlos, &c. Indirectas del Padre Cobos.» (Gumersindo Laverde a MMP, 29 diciembre 1878, MPEP 3:218)

«Estoy, desde que llegué, en quieta y pacífica posesión de la cátedra de Amador de los Ríos (que D. h.). He empezado mis explicaciones por la literatura hispano-latina. A propósito de Amador: hace poco se vendieron (a lo menos en parte) sus libros, que no eran muchos aunque había algunos curiosos. Lo supe tarde y apenas pude coger más que algunos folletos. (...) Para dar noticia de las doctrinas de Virgilio Cordobés, me valí de su obra que desde el año 44 está publicada por Heyne en una colección de documentos impresa en Leipzig. No parece que Amador ni su yerno hayan tenido conocimiento de esta publicación.» (MMP a Laverde, 18 enero 1879, MPEP 3:234)

«El pedestre Cano ha removido, aunque infructuosamente, el cielo y la tierra en favor suyo ¡Cuántos me le han recomendado por su buen espíritu moral! ¿Y qué me dices de nuestro muy amado hijo político, que me recomendó á La Rua? Risum teneatis.» (MMP a Antonio Rubió Lluch, 17 enero 1885, MPEP 22:1087)

«Lo de la Academia anda muy turbio, pero quizá en la sesión de mañana llegaremos a un acuerdo. La cuestión está entre Manuel del Palacio y el catedrático Fernández y González, yerno de Amador de los Ríos, hombre docto al modo de su suegro, pero todavía más pedante y destartalado que él.» (MMP a José María de Pereda, 6 marzo 1889, MPEP 9:555)

«En Granada empezó á publicarse una España Arabe en 1862, pero no sé que saliera más que el primer tomo que contiene la crónica de Aben Adhari traducida por Fernández y González.» (MMP a Rafael Altamira, 15 septiembre 1891, MPEP 11:311)

«En 1873 pasé a Madrid y estudié allí lo restante de la carrera (Bardum, Camus, G. Blanco, Salmerón, Castelar, Amador, Canalejas, Fernández González...). A todos los ha conocido Vd. Mis mejores recuerdos son de Canús (de quien no fui discípulo oficial, porque ya traía aprobadas sus dos asignaturas, pero sí oyente asiduo en ambas cátedras), de Amador, a quien pongo en segundo lugar entre mis maestros literarios (era menos profundo y estaba menos adelantado que Milá, pero tenía más condiciones de vulgarizador, aunque menos espíritu científico y menos severidad de método); y finalmente de Bardón, que fue mi verdadero maestro de griego, puesto que el primero, es a saber Bergnes de las Casas, aunque sabía la lengua bastante bien, no sabía enseñarla.» (MMP a Leopoldo Alas, 27 septiembre 1893, MPEP 12:414)

«En el número próximo hablaré del discurso de nuestro amado hijo político, procurando entresacar de aquel pedantesco fárrago las cosas verdaderamente útiles que contiene y ponerlas en forma llana e inteligible. (...) El viernes pasado pregunté en la Academia de la Historia sobre el estado en que se hallaba el asunto de los papeles de Kende. Y vine a sacar en limpio que (durante mi ausencia en Santander) se había nombrado para examinarlos una comisión compuesta de D. Hermógenes, Hinojosa y Rodríguez Villa, los cuales, según fueron manifestando, habían examinado los papeles y opinaban que algunos debían comprarse y los demás devolverse por ser inútiles para nuestra biblioteca. » (MMP a Juan Valera, 21 febrero 1894, MPEP 12:560)

«En 26 de enero de 1894 tomó posesión de su plaza de número en la Academia Española el Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, D. Francisco Fernández y González, persona universalmente reputada como una de las más doctas de nuestra nación en filología y en historia, y calificado, no ha mucho, de arabista de primer orden por autoridad tan respetable como la de Hartwig Derembourg. El cariño y sincera estimación que como discípulo y compañero profeso al jefe de nuestra Facultad, podrían hacer sospechoso mi testimonio si no se tratase de méritos tan notorios y probados como los del Dr. Fernández y González, estudiante de por vida, tipo perfecto del estudiante de Letras, tal como en otras partes existe, aunque entre nosotros, con raras excepciones, sea planta exótica todavía. La robustez hercúlea de su temperamento intelectual le ha permitido cargar sobre sus hombros todo el peso y balumba de conocimientos diversos que integran el programa de nuestra Facultad, y por saberlo todo muy a fondo, no se le debe calificar de especialista en nada. Pasman la variedad de sus estudios y lecturas, las raras investigaciones a que se entrega, el número de lenguas antiguas y modernas, aún de las más exóticas y difíciles, que ha llegado a dominar para sus trabajos de comparación y análisis o para utilizar las fuentes históricas. La Estética, que es su cátedra oficial y universitaria, es quizá lo que le ha preocupado menos; ni siquiera se ha cuidado de recoger en un libro sus numerosos y dispersos estudios sobre la Idea de lo Bello y sus conceptos fundamentales, sobre el sentimiento de lo bello como elemento educador en la historia humana, sobre lo sublime y lo cómico, sobre la fantasía y el ideal, y sobre todos los temas capitales de la Metafísica y Psicología Estéticas. Pero así y todo, su influencia en este orden de estudios, ya en la Universidad de Granada, donde primitivamente profesó, ya en la de Madrid, donde sucedió a Núñez Arenas, ha sido muy considerable y beneficiosa a nuestra cultura; y lo hubiera sido mucho más si a la cátedra de Estética acompañase en nuestras escuelas, como debía acompañar, la de teoría e historia del arte, única que puede hacer positivos y fecundos los resultados de la indagación especulativa, mostrándolos realizado en el proceso histórico de las bellas formas. Al señor Fernández y González se debe el gran servicio de haber difundido desde su cátedra por más de treinta años, los resultados de la Estética alemana posteriores a la magna enciclopedia de Vischer, que sirvió de primitivo fondo a su enseñanza, si bien procurando depurarla de sus vicios de origen, mediante una libre interpretación espiritualista, al modo que Carriére, por ejemplo, lo practica en Munich. Y aun siendo predominantemente hegeliano el sentido de sus lecciones (lo cual apenas puede evitarse en Estética, ciencia que debe a Hegel el primer ensayo de organización sistemática, y ha tenido dentro de su escuela los principales cultivadores), no por eso ha mirado con indiferencia el señor Fernández y González la tendencia realista y formal que desde Herbart hasta Zimmermann tantos resultados útiles ha traído a la ciencia de lo bello, sino que ha procurado concertar y armonizar ambas direcciones, inclinándose en estos últimos tiempos al alto sentido del idealismo real que impera en la grande obra de Max Schasler. Y todo esto lo ha enseñado y propagado en la Universidad de Madrid el Dr. Fernández cuando (exceptuado el nombre venerable de Milá y Fontanals, que fue estético de verdad, pero que pertenece a una generación anterior) la Estética solía aprenderse en España por cartillas como la de Krause, por absurdos sermonarios llenos de pasmarotadas sentimentales como el del P. Iungmann, por indigestos centones de Cousin y de Levèque, y a lo sumo, por la Estética de Hegel, traducida, o más bien, arreglada en francés por Bénard, obra ciertamente genial y admirable, pero después de la cual ha llovido mucho en Estética y en Filosofía, precisamente por lo mismo que el impulso de Hegel en su tiempo fue tan poderoso y fecundo.
Pero aunque profesor oficial de Estética, el señor Fernández y González es por vocación historiador y filólogo, y principalmente orientalista. Igual o mejor que Estética podría enseñar árabe, hebreo o sánscrito, historia de la antigüedad o historia de los tiempos medios. En esta parte se le deben publicaciones importantísimas que, si tuviesen más claridad y método y estilo más apacible y llano, serían conocidas y celebradas de todo el mundo, como indisputablemente lo merecen por su profunda erudición y novedad. El libro que modestamente intituló Memoria sobre el estado social y político de los Mudéjares de Castilla, es completa y riquísima historia de aquella parte de nuestra población, tan interesante quizá como los judíos y los mozárabes; y fue obra sin precedentes, como no se tenga por tal el ameno libro del Conde de Circourt, que siendo extraño a los estudios arábigos, poco pudo adelantar sobre lo que dicen nuestros historiadores castellanos. El único tomo que hasta ahora ha publicado el señor Fernández y González sobre las Instituciones jurídicas del pueblo de Israel en España, es en realidad una nueva historia de los judíos españoles, en que con el directo recurso a las fuentes rabínicas, se amplían y rectifican muchos puntos de la obra, tan erudita y meritoria, que en tres volúmenes escribió el señor Amador de los Ríos, padre político del señor Fernández y González. Ha traducido, además, el señor Fernández y González gran número de textos árabes, hebreos y rabínicos, concernientes a nuestra historia y literatura, tales como la Crónica de Aben Adhari de Marruecos, la de Gotmaro, obispo de Gerona, el Ordenamiento de las aljamas de Castilla, muchos cuentos y novelas que podrían formar una serie de las más interesantes y deleitables, figurando en ella la historia de la hija del Rey de Cádiz, y el peregrino libro de caballerías de Ziyyad ben Amir el de Quinena, única muestra que conocemos traducida, hasta ahora, de su género entre los árabes españoles.
Pero todos estos no han sido para el doctor Fernández y González trabajos de empeño, sino intervalos de recreación estudiosa. Su grande esfuerzo, durante muchos años, le ha puesto en la redacción, ya terminada, de un nuevo catálogo de los manuscritos árabes del Escorial, corrigiendo y ampliando el de Casiri; y en la de otro catálogo de los manuscritos rabínicos conservados en el mismo depósito. El hado infeliz que pesa en España sobre los trabajos de erudición ha sido causa de que, retrasándose el Gobierno en la publicación de las obras del Dr. Fernández, que debían correr ya de molde hace muchos años, se haya adelantado Derembourg, publicando, con auxilio oficial del Gobierno francés, el primer tomo de su catálogo de los manuscritos árabes del Escorial. Pero esta obra, aun siendo tan exacta y concienzuda como del mucho saber de su autor debe inferirse, no puede tener para los españoles la utilidad que tendrá en su día la del señor Fernández y González, que no ha hecho mero catálogo como Derembourg, sino que, a ejemplo de Casiri (muy loable en esto), incluye en texto y traducción latina amplios extractos de los principales códices que tratan de nuestra historia o pueden ilustrarla. Urge, pues, la publicación de esta nueva Biblioteca Arábigo-Escurialense, y no puede la de Derembourg quitarle novedad alguna, ni mucho menos sustituirla. Urge también la publicación, ya acordada, de las numerosas memorias que, principalmente sobre asuntos de erudición hispano-oriental, ha presentado en estos últimos años el señor Fernández y González a la Academia de la Historia, en la cual es uno de los trabajadores más activos.
En estos últimos tiempos, el señor Fernández y González ha ampliado extraordinariamente el círculo de sus trabajos, haciéndolos versar con preferencia sobre épocas muy remotas y lenguas bárbaras y primitivas. Esta nueva dirección contribuirá sin duda a aumentar el crédito y fama de su saber; pero si he de decir lo que pienso, no puedo menos de deplorar que nuestro Decano haya abandonado, aunque sin duda temporalmente, los senderos de la erudición semítica, en que tantas y tantas buenas cosas puede enseñarnos, para enredarse en áridas disquisiciones sobre las lenguas indígenas de América o sobre el parentesco del vascuence con el turco. Todo esto es sin duda de más alarde erudito que provecho ni amenidad; y por grande que sea (y los es sin duda) la importancia de la obra que el Dr. Fernández y González está publicando sobre los Primitivos pobladores históricos de la Península Ibérica, la mayor parte de los lectores profanos hubiéramos preferido ver salir de su docta pluma alguna obra de asunto menos primitivo y tenebroso, por ejemplo, una historia (que no tenemos aún) de la literatura arábigo-hispana, o una historia general de los musulmanes de España desde el punto en que la dejó Dozy. Es lástima que en España la mayor parte de los esfuerzos eruditos se pierdan en empresas que de puro arduas, remontadas e inaccesibles al vulgo, vienen a resultar casi estériles.
Este apego del señor Fernández y González a la investigación de las cosas más difíciles perjudica bastante, no sólo a la amenidad, sino a la unidad de su eruditísimo discurso de ingreso en la Academia Española. Trátanse en él dos puntos manifiestamente inconexos, a pesar del lazo artificial que entre ellos ha querido establecer el autor, y suficientes cada uno de por sí, no ya para una disertación, sino para un libro. Con la materia sólida y abundante que hay en las 64 páginas del presente discurso, hubiera podido cualquier escritor de más malicia literaria que el señor Fernández (de los que en Francia, por ejemplo, abundan tanto) componer dos o tres volúmenes de muy agradable lectura, sobre la influencia de las lenguas y literaturas orientales en la nuestra. Pero nuestro Decano, que tantas cosas sabe, quizá olvida o descuida una sola, y es el arte de hacer valer por la exposición animada y lúcida el prodigioso caudal de su doctrina. Tantos datos, tantos nombres, tantas fechas, acumuladas en tan corto espacio, se estorban mutuamente, y acaban por engendrar confusión en el ánimo del lector más atento.
La primera parte del discurso huelga, o poco menos. Si el asunto era tratar de la cultura semítica y de su influjo en la nuestra desde los tiempos más remotos, lo primero que históricamente se ofrece a la consideración son las colonias fenicias y los cartagineses o libio-fenices; materia que el señor Fernández y González hubiera podido explanar con la peculiar competencia geográfica y epigráfica que todo el mundo le reconoce. Pero, lo repito, el señor Fernández y González no gusta de empresas relativamente fáciles para un hombre de su cultura, y ha preferido internarse en los misteriosos senderos de la lengua éuskara, que tiene, no sé por qué, el raro privilegio de hacer tropezar a cuantos se ocupan en la interpretación de sus enigmas. No diré yo (¡grande impertinencia sería!) que el señor Fernández y González tropiece; al contrario, me parecen sus conclusiones muy ajustadas al común sentir de los más expertos filólogos, y muy distantes, por lo mismo, de los sueños y desvaríos con que todavía suelen obsequiarnos algunos vascófilos celtistas y sanscritistas de España y Francia. Pero si es cosa bien averiguada que el vascuence no pertenece a la familia de las lenguas aryanas, no es menos cierto que tampoco se la puede considerar como lengua semítica, a lo menos en la acepción más usual y corriente de esta palabra, por la cual todo el mundo entiende el hebreo, el árabe, el siriaco y otras lenguas tales, pero muy pocos entienden el sumir-acadio, que las inscripciones de Caldea nos han revelado. Si el vascuence, como razonadamente afirma el señor Fernández y González, es la lengua de un pueblo de la Edad de Piedra; si los antropólogos que él cita encuentran tan gran parecido entre los antiguos esqueletos vascos y las osamentas africanas de las tumbas de Beni-Hassán, y se inclinan a mirar el actual pueblo vascongado como la unión de un pueblo afín al berberisco y de otro pueblo boreal análogo al finés o al lapón, y aun le encuentran semejanzas externas con el tipo de los Morduinos y de los Pieles Rojas; si la lengua hablada por este pueblo es positivamente lengua de aglutinación, y las analogías que se descubren en su estructura y aun en su vocabulario son con el turco y el húngaro, con las lenguas tártaras, con las americanas, con el sumir-acadio, y , en suma, con todo lo que suele calificarse de turanio o de afín al turanismo, hemos de inferir que el vascuence pertenece a un período lingüístico anterior lo mismo a las lenguas aryanas que a las semíticas, pero en el cual existían sin duda gérmenes aryos y gérmenes semíticos, que luego en la edad de flexión se fueron fijando y diferenciando. Nuestra absoluta incompetencia en estas materias nos obliga a pasar de largo por esta primera parte del discurso del señor Fernández y González, en que principalmente abundan las comparaciones entre el vascuence y el turco. La demostración parece perentoria, y viene a confirmar, como dicho queda, la opinión más aceptada hoy entre los doctos. El descubrimiento y estudio del grupo turanio ha venido a modificar profundamente las conclusiones tradicionales y clásicas de la filología comparada, acortando cada vez más la distancia antes infranqueable entre el aryanismo y el semitismo, y haciéndonos adivinar la edad misteriosa y crepuscular que precedió a su separación definitiva, y la primitiva civilización que educó juntamente a aryos y semitas.
El asunto propio y peculiar del discurso del Dr. Fernández empieza con la invasión de los árabes, porque de todo el semitismo anterior (fenicios, primitivas colonias judías, &c.), no puede afirmarse con seguridad ni influencia en la lengua, ni contacto literario.
Materia es esta de la influencia arábiga en que, por falta de método y de formalidad científica, ha solido caerse en opuestas exageraciones, las cuales, por supuesto, no han solido nacer entre los arabistas propiamente dichos, que sabían bien a qué atenerse en este punto, sino entre los dilettantes de erudición arábiga o cristiana, a quienes el fervor del primer descubrimiento o bien antagónicos fanatismos, dañosos por igual a la recta y libre indagación de la verdad histórica, han solido traer a consecuencias extremas e igualmente absurdas. Lo racional hubiera sido empezar estudiando a fondo lo que se debatía, antes de arrojarse a construir teorías sobre datos incompletos, aislados, mal conocidos y hasta mal comprobados a veces. Pero cuando la pasión religiosa o política se mezcla en estos asuntos, y viene en ayuda de la pereza histórica, los errores se endurecen y hacen callo en la voluntad y en el entendimiento, matando hasta el deseo de la verdad, que es natural impulso de todo espíritu sano. Hay hombre que, en obsequio a sus principios doctrinales, se cree obligado a negar toda cultura a los árabes, considerándolos como unos bárbaros feroces; y hay quien, por el extremo contrario, niega toda civilización propia a la Europa cristiana, y sólo a los árabes considera como maestros universales que disiparon las tinieblas de la barbarie. Grandes temas de Ateneo o de Juventud Católica, aunque afortunadamente van ya pasando de moda. (...)
Los orientalistas, que en nuestro siglo han restaurado la historia de la España musulmana, ya extranjeros como el incomparable Dozy, a quien (cualesquiera que sean sus errores de pormenor en materia no arábiga) nunca pagará nuestra historia lo mucho que le debe; ya españoles como Gayangos, Lafuente Alcántara, Fernández y González, Simonet, Eguílaz, Codera... han atendido en primer término a la parte histórica y lingüística, que era lo que por el momento urgía, y sólo por incidencia a la literaria. Apenas recuerdo más excepciones que un discurso de Moreno Nieto sobre los historiadores árabes, una tesis doctoral de Eguílaz sobre los principales géneros poéticos, y el reciente discurso inaugural de Ribera en la Universidad de Zaragoza, sobre los establecimientos de enseñanza entre los musulmanes. Por el contrario, la historia literaria de los judíos españoles puede decirse que está completamente explorada y conocida hasta en sus detalles, gracias a los innumerables estudios y publicaciones de Luzzato, Munk, Sachs, Geiger, David Cassel, Kayserling, Neubauer, Zunz, Benedettis y otros muchos. (...)
Es claro que al señor Fernández y González, ocupado por tantos años en la redacción de los dos catálogos escurialenses, que a cada momento le obligan a recurrir a todas las fuentes de la erudición oriental, no sólo no se le ha ocultado ninguno de estos libros vulgares y corrientes, sino que bien puede afirmarse que ha pasado por delante de sus ojos toda monografía y todo artículo de revista que en algo se refiera a estas materias. Pero la principal y más curiosa parte de su trabajo es indudablemente labor de primera mano, contribución propia, como ahora se dice. (...)
De todo esto habla el nuevo académico con mucho acierto y erudición, aunque no sé si con el mejor método, sin duda por el empeño de ceñirse estrechamente a la cronología, lo cual le obliga a mezclar especies inconexas que impiden abarcar de una sola ojeada todo el conjunto. Y por eso quizá no lucen bastante aquellos rasgos en que principalmente conviene fijar la atención por lo significativos o por lo extraños. (...)» (Marcelino Menéndez Pelayo, «Influencia de las lenguas y letras orientales en la cultura de los pueblos de la Península Ibéria» [comentario al discurso de ingreso en la Academia de Francisco Fernández y González], en La España Moderna, marzo 1894. En la edición nacional, tomo 6: Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, Madrid 1941, I:193-217.)

«Dígame Vd. si ha recibido la última España Moderna, en que va un artículo mío sobre el discurso de D. Hermógenes.» (MMP a Juan Valera, 29 marzo 1894, MPEP 3:218)

«Si recibió la última España Moderna, allí vería un artículo mío sobre el discurso de D. Hermógenes. En la que saldrá mañana o pasado va otro muy largo sobre Tirso de Molina con ocasión de un libro reciente.» (MMP a Juan Valera, 6 abril 1894, MPEP 12:617)

«...apenas se había publicado en lengua vulgar ninguna muestra de este género, hasta que en 1882, nuestro aventajado orientalista don Francisco Fernández y González, digno rector de la Universidad de Madrid, tuvo la suerte de encontrar en el códice 1876 del Escorial (no catalogado por Casiri) una importante colección de doce novelas árabes...» (Marcelino Menéndez Pelayo, Orígenes de la novela, pág. 70.)

«En La Razón, revista quincenal, Madrid, 1860, t. I, hay tres artículos muy dignos de leerse, de D. Francisco Fernández y González, Berceo o el poeta sagrado en la España cristiana del siglo XIII (números 3, 4 y 5).» (Marcelino Menéndez Pelayo, Antología de poetas líricos castellanos, pág. 168.)

«En casi todos los historiadores árabes de que hasta ahora han dado traducción, extracto o noticia, los orientalistas, se habla en términos análogos de D. Julián y de su hija. Sirva de ejemplo Aben-Adhari, de Marruecos, historiador del siglo XIII, que ha sido puesto en castellano por nuestro docto compañero de Universidad y de Academia, D. Francisco Fernández y González.» (Marcelino Menéndez Pelayo, Estudios sobre el teatro de Lope de Vega, pág. 30.)

«Francisco Fernández y González. Spanish Orientalist; professor in the University of Madrid; member of the Academia de la Historia. He is a son-in-law of the historian D. José Amador de los Rios. His great interest in the history and literature of the Jews has been manifested in the following works: "De la escultura y la pintura en los pueblos de raza semítica y señaladamente entre los judíos y los árabes," in Revista de España, 1871; "Instituciones juridicas del pueblo de Ysrael en los diferentes estados de la Península Ibérica desde su dispersión en tiempo del emperador Adriano hasta los principios del siglo XVI" (vol. X. of the Biblioteca Jurídica de Autores Españoles), Madrid 1881; "Ordenamiento formado por los procuradores de las aljamas hebreas pertenecientes al territorio de los estados de Castilla en la asamblea celebrada en Valladolid el año 1432; texto hebreo rabbinico... traducido, anotado e ilustrado con una introducción historica," Madrid 1886 (from Boletín de la Real Academia de la Historia, VII); "El mesianismo israelita en la Peninsula ibérica durante la primera mitad del siglo XVI", in Revista de España, XVIII, nº 406 et seq., treating of David Reubeni and Salomon Molcho. (Bibliography: Kayserling, Bibl. Esp. Port. Jud., p. 45.) Richard Gottheil & Meyer Kayserling.» (The Jewish Encyclopedia, Nueva York 1901-1906, págs. 364-365.)

«No sabía lo que Vd. me cuenta del Sr. Fernández y González, pero no me sorprende en lo más mínimo. Le trata a Vd. como nos ha tratado a todos los trabajadores de buena conciencia que hemos pasado por la Facultad de Letras. Pero no hay que desalentarse por eso: más o menos pronto, el mérito, cuando es tan sólido como el de Vd., se abre camino y triunfa de todas las asechanzas de la envidia, de la pedantería y de la malevolencia.» (MMP a Julio Cejador Frauca, 6 agosto 1905, MPEP 18:367)

«Mi siempre estimado amigo y jefe: El catedrático de Lógica de esta Universidad D. Alberto Gómez Izquierdo, me ha manifestado el deseo de V. de conocer un opúsculo de D. F. Fernández y González, referente a Martínez de la Rosa: tengo la satisfacción de decir á V. que en esta Biblioteca existe, con el título Elogio fúnebre (...)» (Francisco Guillén Robles a MMP, 10 diciembre 1907, MPEP 19:398)

«En la Biblioteca Nacional está el discurso de Fernández y González sobre Martínez de la Rosa. Pero yo quisiera un ejemplar para mi, que acaso podrá encontrarse de lance el día menos pensado, porque la mayor parte de los ejemplares debieron de quedarse en Granada. Espero que el verano próximo vendrá Vd. a continuar sus tareas sobre la filosofía española del siglo XIX. Buena tarea le queda todavía con las revistas y folletos.» (MMP a Alberto Gómez Izquierdo, 2 enero 1908, MPEP 19:430)

«Otro tanto diría del inolvidable maestro D. Francisco Fernández y González (1833-917), sapientísimo orientalista, prodigio de erudición, que explicaba Estética en la Universidad Central siguiendo a Hegel y a Vischer; alma liberal y generosa, alistado en el partido conservador por esas paradojas tan frecuentes en España.» (Mario Méndez Bejarano, Historia de la filosofía en España hasta el siglo XX [1927], capítulo XVII. El siglo de las luces, § VII. El hegelianismo, pág. 460.)

«Que don Antonio Arnao, el fecundo poeta de Las melancolías, y don Francisco Fernández y González, miembro de cuatro Academias, Rector de la Universidad de Madrid y, aún mozo de veinte años no cumplidos, catedrático de Retórica y Poética, hombre de vastos conoceres, y sólida formación humanística, sean indulgentes conmigo en lo mucho que mi atrevimiento necesita. En este punto, señores académicos, en que me refiero, siquiera tan de pasada, al octavo sillón Q, mi quinto antecesor, mi retatarabuelo en esta Casa, permitidme una alusión familiar, traída de la mano de los apellidos, a mi pariente Modesto Fernández y González, autor de La hacienda de nuestros abuelos y de un ameno Viaje a Portugal, que no fue académico de la Española, ciertamente, aunque sí de la de Jurisprudencia y Legislación, pero que pesa en mi agradecido ánimo por haber firmado múltiples artículos en los periódicos y revistas de fin de siglo con el seudónimo Camilo de Cela. Disculpad mi licencia en atención a ser el único antecedente literario de mi sangre. Tras don Francisco Fernández y González, a quien don Antonio Maura dedicó un penetrante estudio en el Boletín de esta Academia, ocupó la silla que me brindáis el Rvdo. P. Fidel Fita y Colomer, S. J.,...» (Camilo José Cela Trulock, La obra literaria del pintor Solana, discurso de ingreso en la Real Academia Española, el 26 de mayo de 1957.)

«Francisco Fernández y González,(3) hermano del novelista Manuel, se licenció de Literatura en Madrid, en 1854 –el mismo año en que comenzaba su docencia Sanz del Río–, y diez años más tarde, en 1864, obtuvo la cátedra de Estética de la Central. (3) Francisco Fernández y González (1833-1917). Poco después de licenciarse ganó la cátedra de Literatura en la Universidad de Granada. Su actuación docente en esta ciudad tiene particular importancia, ya que fue profesor de Giner de los Ríos. En Madrid, después de la de Estética, ganó la cátedra de Metafísica. Siendo ya catedrático de la Central se licenció en Derecho Canónico en 1865 (A. E. N., libro 48). Muy afecto al krausismo –ocupó el cargo de rector de la Universidad en la última década de siglo–. No siguió en política la línea marcada por éste, la democracia. Como observa Méndez Bejarano, Fernández y González estuvo siemper 'alistado en el partido conservador por esas paradojas tan frecuentes en España'...» (María Dolores Gómez Molleda, Los reformadores de la España contemporánea, CSIC, Madrid 1966, página 184.)

«Terminada la licenciatura salió Marcelino inmediatamente para Madrid, donde se matricula en las asignaturas del curso del doctorado: Estética, Historia Crítica de la Literatura Española e Historia de la Filosofía, de las que respectivamente eran catedráticos D. Francisco Fernández y González, D. José Amador de los Ríos y D. Francisco de Paula Canalejas. De Fernández y González el mismo Menéndez Pelayo nos dejó trazada, años después, una perfecta semblanza, de la que entresacamos los rasgos más característicos: «Estudiante de por vida, (...)». Retrato perfecto, acabado hasta en esos rasgos discretamente caricaturescos, es el que traza aquí Menéndez Pelayo de su maestro; quien esto escribe, que todavía alcanzó a conocer al Sr. Fernández y González –estaba ya próximo a cumplir los ochenta años– como maestro de Estética en el doctorado, responde de la fidelidad de las pinceladas. Aquel profesor debía haber explicado, como le gustaba a Unamuno, cuando era maestro de griego en Salamanca, una cátedra de cosas.
En la correspondencia de Valera y Menéndez Pelayo se hacen varias alusiones a Fernández y González, llamándole unas veces D. Hermógenes y otras nuestro muy amado hijo político, frase muy de D. José Amador de los Ríos, de quien era yerno, palabra esta vulgar, que Ríos debía tener prohibida para su pulcra oratoria.
Fernández y González sabía de todo y fue todo lo que podía ser un hombre de letras: profesor de Retórica y Poética, de Historia Crítica y Filosófica de España, de Lengua Griega, de Psicología, Lógica y Ética, de Literatura General y Española, de Metafísica y ampliación de Psicología y Lógica; hasta que por fin hizo asiento en la Estética. Fue también abogado y miembro de las cuatro Academias: de la Española, de la Historia, de Ciencias Morales y de San Fernando, decano de la Facultad, rector, senador, y aquí sí que vienen pintiparados los &c., &c., &c., que muchos se ponen después de agotar todos sus títulos; porque tanto éstos como la erudición del Sr. Fernández y González eran inagotables. Tal fue el maestro de Estética de Menéndez Pelayo, en Madrid, que nos hemos entretenido largamente en pintar, porque en alguna otra ocasión ha de volver a aparecer en nuestro relato.
Todo un curso de Estética estudió en Madrid con Fernández y González, D. Marcelino; mas a pesar de ello y de lo cumplidores que eran maestro y discípulo, ni huella queda en éste de su paso por tal cátedra. La dirección, ya que no la formación completa en la que es en buena parte autodidacto en esta disciplina, la debía, y así se complace en repetirlo, a D. Manuel Milá y Fontanals.» (Enrique Sánchez Reyes, Don Marcelino, biografía del último de nuestros humanistas, en Edición nacional de las OC de MMP, tomo 66, Madrid 1974, páginas 111-113)

«El toro ensogado. Es posiblemente el espectáculo tradicional más primitivo, según relata el conde de las Navas en su libro La fiesta más nacional, donde se da cuenta de una carta de Francisco Fernández y González, fechada el 6 de marzo de 1896, en la que se hace referencia a una crónica latina del siglo XII que menciona «la repetición en Castilla de una fiesta muy usada entre los romanos y de orden semejante a correr vacas enmaromadas. Consistía en atar los cuernos de un toro con una maroma, al cual llamaban la atención por ambos lados». La tradición permanece arraigada, efectivamente, en muchos pueblos de Castilla y de otras regiones españolas, pero no es menos cierto que Teruel hace un rito del toro ensogado o de sogas desde la Edad Media, que a tanto llega el testimonio documental de la fiesta.» (Alfonso Zapater, La tauromaquia aragonesa, 3 vols., citado en internet.)

«Como ya sabemos, además del informe de Delgado Jugo, figura, en la publicación de 1869 que comentamos, el discurso de Francisco Fernández González, que lleva por título Del lenguaje hablado considerado en su origen y primeras determinaciones formales según el criterio de la razón humana (pp. 29-53). Prescindiendo de la fronda retórico-progresista que lo integra en buena parte, por lo que toca a su estricto contenido, se trata de una de las múltiples disquisiciones acerca del «origen del lenguaje» que inundaron el siglo XIX, aunque para nosotros su interés resida en la vinculación que establece entre la perspectiva naturalista y la filología (según tendencia del autor ya señalada algo más arriba al mencionarle a propósito de la discusión del tema de las razas aborígenes). La cuestión del origen del lenguaje es planteada, en efecto, «en el terreno naturalista» (p. 35), si bien cuenta con un contexto filosófico de fondo consistente en un «armonismo», propio del cosmos y del conocimiento de él (pp. 35-36), que no parece ajeno a ciertas concepciones krausistas (véase nuestro cap. 10º, sobre «Antropología y krausismo»), «germanismo» filosófico que se transparenta al referirse al lenguaje, en cuanto manifestación de la «facultad expresiva humana», como «la ley propia de la razón en su determinación externa» (p. 38). En todo caso, liga la dilucidación de los problemas acerca del origen del lenguaje (es decir, de la variedad de los lenguajes, supuesta la unidad de la especie humana y la plausibilidad de un lenguaje único primitivo, que por sí solo sería insuficiente, sin embargo, para explicar aquella posterior variedad: p. 42) a la «tonalidad o acentuación» de los diversos sistemas lingüísticos, vinculada con la diversidad topográfica (condiciones variadas: montes, llanos y costas: p. 45), pero también con las «disposiciones anímicas»... «relacionadas al propio tiempo con tales condiciones» (p. 46). Aunque se den otros factores, «ninguna le dará importancia comparable a la que consigue en todos los casos la ley del acento, encarnada en la pronunciación» (p. 47). Esa especie de «música de las lenguas» (p. 48: «el arte musical es la paleontología de los idiomas») está llamada a contribuir al adelantamiento de la «antropología, como ciencia de la naturaleza humana» (p. 48). Relaciona Fernández González, para concluir, los caracteres de ciertas razas con sus «formas idiomáticas» (ibidem), mostrando cómo estas últimas revelan el espíritu de aquéllas. En este sentido, hace un expresivo canto a la decadencia de la raza semita y al «espíritu entusiasta, idealista y emprendedor de los arios» (p. 51), verdadero «oxígeno idealista» (dice: p. 52) para el «destino futuro del mundo» (si se combina con el «hidrógeno material» de los elementos mongoles: ibidem). De esa combinación (en la que está claro qué raza representará el papel de «espíritu» informador) dependerá el progreso del mundo y el «desenvolvimiento de la esencia del hombre». Aparte del interés que tenga para nosotros (interés que ya hemos subrayado con anterioridad, a propósito del mismo autor) esa combinación de la perspectiva raciológica con la lingüística, como índice de la problemática interna de la posición naturalista propia de la antropología dominante en el siglo XIX (también en España), las conclusiones del autor introducen también –creemos– interesantes elementos de juicio para la valoración –tan dificultosa siempre– del «progresismo» mayor o menor de la antropología, que instituciones como la Sociedad Antropológica habrían encarnado. En este sentido, cabría decir que, aquí como en otros casos, la positiva valoración que C. Lisón hace de este discurso de Fernández González (alabando su «enfoque metodológico» por lo que tiene de «contemplación total», con su correspondiente interacción «sintética» de factores; Lisón, pp. 105-106), como precursor nada menos que de M. Mauss y su noción de «hecho total social», parece olvidar el contexto preciso en que Fernández González enuncia sus tesis: el de una asociación raciología-filología unida a una consideración del lenguaje como «espíritu» de las razas para la cual no todos los «espíritus» son iguales (pues los arios reivindican «entre todos los pueblos la primacía en el apostolado de la Ciencia y el Arte»: p. 5l); ello seguramente no sería ya tan conforme al espíritu de la antropología social actual para la que Lisón busca, constantemente, precedentes en el siglo XIX.» (Elena Ronzón, Antropología y antropologías. Ideas para una historia crítica de la antropología española. El siglo XIX, Pentalfa, Oviedo 1991, páginas 269-271.)

«La teoría de la Atlántida en España y su identificación con Tartessos parece haberse hecho patente ya desde finales del siglo XIX a través del injustamente olvidado historiador español Francisco Fernández y González, padre del célebre Juan Fernández Amador de los Ríos, quien hizo este reclamo de prioridad teórica de su padre al alemán Adolf Schulten, al que los propios historiadores españoles le adjudicaron la inmerecida fama de haber sido el primero en defender esta teoría. ¡Hay que ver como somos siempre con los nuestros!» (Jorge Díaz [(a) Georgeos Díaz-Montexano], Introducción a la Atlantología Científica. La única ubicación posible de la Atlántida, resumen en internet del libro Atlantis entre Iberia y Mauritania, el enigma de Gibraltar, 1994.)

«Entre los más jóvenes de la generación de 1826 (nacidos entre 1819 y 1833, cumplían 30 en torno a 1856), la generación de Juan Valera («Hegel, para mí, es el príncipe de los filósofos modernos, y sobre éste será mi trabajo, mientras que voy censurando a Krause; ya ve Vd. que la empresa es peliaguda», le escribe a Laverde), Adolfo de Castro (martillo de sectarios alemanes en el prólogo a Obras escogidas de filósofos [españoles] de 1873 y antikrausista tardío), Pi Margall, Castelar e Isabel II; Tiberghien, Engels, Spencer y Renan; figuran los discípulos más viejos de Sanz del Río: Francisco Fernández y González o Tomás Romero de Castilla, pero también dos de los contradictores más firmes, desde posiciones y argumentaciones diferentes, de Krause (y en menor medida de los krausistas): Juan Manuel Ortí Lara y Zeferino González.» (GBS, Historiografía del krausismo y pensamiento español, 1997.)

«Francisco Fernández y González. Filólogo e historiador (Albacete 1833 - Madrid 1917). Era hermano del novelista Manuel Fernández y González. Compuso, entre otras interesantes obras: Primeros pobladores históricos de la península Ibérica, Las doctrinas de R. Lulio y Lo ideal y sus formas.» (Personajes de la Historia de España, Espasa, Madrid 1999, tomo 5, página 640.)

 
Bibliografía cronológica de Francisco Fernández González:

  • Influencia del sentimiento de lo Bello como elemento educador en la historia humana. Discurso leido en la solemne apertura del curso académico de 1856 a 1857 en la Universidad Literaria de Granada, Imprenta de D. Juan María Puchol, Granada 1856, 36 páginas.
  • La idea de lo bello y sus conceptos fundamentales: disertación leída en la Universidad Central por D. Francisco Fernández González, licenciado en Filosofía y Letras, al recibir la investidura de doctor en la misma Facultad,, Imprenta de Manuel Galiano, Madrid 1858, 59 págs.
  • Historias de Al-Andalus, por Aben-Adharí de Marruecos, traducidas directamente del arábigo y publicadas con notas y un estudio histórico-crítico por el doctor..., Imprenta de Francisco Ventura y Sabatel, Granada 1860, 344 págs.
  • Plan de una biblioteca de autores árabes españoles, o estudios biográficos y bibliográficos para servir a la historia de la literatura arábiga en España, Imprenta de Manuel Galiano, Madrid 1861, XIII + 73 págs. • Edición en microficha: Pentalfa Microediciones, Oviedo 1983.
  • Elogio fúnebre del Doctor Don Francisco Martínez de la Rosa, leído en la Universidad Literaria de Granada ante el claustro público reunido en su honra en el salón de actos de la misma, después de las exequias solemnes celebradas por su alma el día 15 de febrero de 1862, Imprenta de D. Francisco Ventura y Sabatel, Granada 1862, 27 págs.
  • Estado social y político de los mudéjares de Castilla, considerados en sí mismos y respecto de la civilización española, Real Academia de la Historia, Madrid 1866, 456 páginas (Obra premiada por la Real Academia de la Historia en el concurso de 1865 y publicada a sus expensas). • Facsímil: Hiperión, Madrid 1985, 456 págs. (con un prólogo de Mercedes García-Arenal.)
  • Historia de la crítica literaria en España, desde Luzán hasta nuestros días, con exclusión de los autores que aún viven, Memoria premiada por la Real Academia Española, Madrid 1867, 73 págs.
  • Discursos leidos en la sesión inaugural de la Sociedad Antropológica Española, verificada el 21 de febrero de 1869, por el socio titular fundador don Francisco Fernández González y el secretario don Francisco de Asís Delgado Jugo, Establecimiento tipográfico de T. Fortanet, Madrid 1869, 53 págs.
  • Discurso leído en la solemne inauguración del curso académico de 1869 a 1870 en la Universidad Central («De la acción que atañe al Estado sobre el negocio de la enseñanza en armonía con la índole de nuestra edad y la condición presente de la cultura española»), Imprenta de José M. Ducazcal, Madrid 1869, 37 págs.
  • Reseña histórica de la solemne regia apertura de la Universidad Central en el curso académico de 1875 a 1876, Universidad Central, Madrid 1876, 31 págs.
  • Prólogo y comentarios en la parte relativa a España, de Teodoro Mommsen, Historia de Roma, traducida por A. García Moreno, Francisco Góngora, Madrid 1876.-1877.
  • Crónica de los reyes francos, por Gotmaro II, Obispo de Gerona, publicada y precedida de un estudio histórico, Imprenta de Fortanet, Madrid 1880, 21 págs.
  • [«Influencia de lo real y de lo ideal en el arte»] Discursos leídos ante la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en la recepción pública de D. Francisco Fernández y González, el día 12 de junio de 1881, Imprenta de Fortanet, Madrid 1881, 74 págs. (Desde la página 51 la contestación de Pedro de Madrazo.)
  • Instituciones jurídicas del pueblo de Israel en los diferentes Estados de la Península Ibérica desde su dispersión en tiempo del emperador Adriano hasta los principios del siglo XVI, Imprenta de la Revista de Legislación, Madrid 1881, tomo 1 (Introducción histórico-crítica). [único publicado, aunque se anunciaban tres tomos] • Facsímil: Librerías París-Valencia, Valencia 1998.
  • Ordenamiento formado por los procuradores de las aljamas hebreas, pertenecientes al territorio de los estados de Castilla, en la asamblea celebrada en Valladolid el año 1432: texto hebreo rabínico mezclado de aljamía castellana, traducido, anotado e ilustrado con una introducción histórica, Imprenta de Fortanet, Madrid 1886, 115 págs. (publicado antes en el Boletín de la Real Academia de la Historia).
  • Versión española con ampliaciones y notas de Alfredo J. Church, Historia de Cartago, El Progreso Editorial, Madrid 1889, XVI + 474 págs. • 2ª edición, 1889.
  • Los lenguajes hablados por los indígenas del Norte y Centro de América (conferencia pronunciada el 29 de febrero de 1892, en las conmemoraciones del IV Centenario), Establecimiento tipográfico Sucesores de Rivadeneyra (Conferencias dadas en el Ateneo de Madrid), Madrid 1893, 112 páginas. • En 1894 reunida con otras conferencias en la obra colectiva El continente americano.
  • Los lenguajes hablados por los indígenas de la América Meridional (conferencia pronunciada el 16 de mayo de 1892, en las conmemoraciones del IV Centenario), Establecimiento tipográfico Sucesores de Rivadeneyra (Conferencias dadas en el Ateneo de Madrid), Madrid 1893, 80 páginas.
  • «Influencia de las lenguas y letras orientales en la cultura de los pueblos de la península Ibérica», Discursos leidos ante la Real Academia Española en la recepción... de D. Francisco Fernández y González el... 28 de enero de 1894 [contestación por Francisco A. Commelerán Gómez], El Progreso Editorial, Madrid 1894, 104 págs.
  • Prólogo a El alma: estudios metafísicos, de José María Ruano y Corbo, La España Editorial, Madrid 1899, 231 págs.
Sobre Francisco Fernández González:
  • 1925 Ernesto Martínez Tébar, Estudio crítico-biográfico del ilustre hijo de Albacete Excmo. Señor Don Francisco Fernández y González, Rector que fue de la Universidad Central, Imprenta La Minerva, Albacete 1925, 28 páginas. (Trabajo permiado en el tema dado por el Excmo. Señor Don Alfonso de Lara y Mena, Gobernador Civil de esta provincia, en los Juegos Florales celebrados por la Asamblea Local de la Cruz Roja de Albacete, el día 20 de septiembre de 1925.)
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