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Santiago González Noriega 1942-2003
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«Después llegó mi primera gran oportunidad. Por mediación de Santiago Noriega, entré en el departamento de Filosofía de la recién inaugurada Universidad Autónoma de Madrid. Los que habíamos estudiado en la vieja Central mirábamos con algo de desconfianza las instalaciones remotas y funcionalmente desangeladas de la nueva Autónoma, de cuyo diseño se había omitido cuidadosamente cualquier aula en la que pudieran reunirse más de cincuenta alumnos para evitar las temidas asambleas del 68. Pero los departamentos estaban dirigidos por gente en general más abierta y menos carca que el profesorado tradicional. Esto era especialmente notorio en el caso del de Filosofía, a cuya cabeza estaba Carlos París, un catedrático que provenía de Falange pero que había evolucionado hacia una actitud intelectual progresista e incluso próxima al marxismo, itinerario semejante al seguido en Barcelona por Manuel Sacristán. Con criterio muy amplio y tolerante, París había enrolado un excelente puñado de jóvenes talentos inconformistas entre quienes figuraban el propio Santiago Noriega, Alfredo Deaño, Fernando del Val, Javier Sádaba, Pedro Ribas, Diego Núñez, Carlos Solís, Juan Carlos García Bermejo... a los que más adelante se unió el ya prestigioso Javier Muguerza, en vías de convertirse en toda una institución (benéfica, por supuesto) del pensamiento crítico. Ni los temarios tratados ni el talante de los profesores tenían nada que ver con lo que era tradicional en las vetustas cátedras de centros más conservadores. El renombre luciferino del departamento llegó a ser tan grande que hasta fue objeto de una diatriba desde un púlpito madrileño en la misa dominical, distinción que no había obtenido un equipo filosófico español al menos desde el siglo XVIII. ¡Y se me ofreció la posibilidad de formar parte de ese dream team! Si los caballeros de la Tabla Redonda me hubieran invitado a sentarme a su vera no lo habría considerado mayor honor.» (Fernando Savater, Mira por donde. Autobiografía razonada, Taurus, Madrid 2003, pág. 225.) |
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En 1972, cuando la grave crisis que sufrió la Universidad Autónoma de Madrid, provocada por las reivindicaciones laborales de los profesores no numerarios, que afectó también al Departamento de Filosofía, dirigido por Carlos París, resultó expulsado de esa institución junto con otros profesores. Así recuerda Savater aquellas circunstancias: |
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«En nuestro propio departamento de Filosofía, pese a contar con el apoyo decidido y supongo que algo resignado de Carlos París, teníamos también cierta oposición entre los filósofos llamados analíticos de la escuela anglosajona, tecnócratas de la filosofía o si se prefiere los nuevos escolásticos. El profesor Hierro Sánchez-Pescador, por ejemplo, comentaba a veces en nuestras reuniones de departamento que «en Rusia tampoco había libertades» y nos miraba con suspicacia, como esperando ver asomar la botella de vodka Smirnoff por alguno de nuestros bolsillos. Por lo visto la diferencia entre reivindicaciones sindicales antiautoritarias y la subversión bolchevique era demasiado difícil de establecer para ese heredero de Oxford. El punto más alto de nuestra lucha llegó en el mes de mayo, cuando nos negamos a entregar firmadas las actas de los exámenes finales hasta saber quién tendría su contrato renovado el siguiente curso. Promover algaradas, realizar asambleas informativas, incluso hacer huelga de clases caídas era una cosa y otra muy distinta atentar contra los exámenes, centro neurálgico de la burocracia académica. Eso ya era sedición con todos los agravantes. |
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Santiago González Noriega no sólo medió para que Fernando Savater (nacido en 1947, cinco años más joven que él) se convirtiera en profesor de la Autónoma, sino que, al parecer, también fue quien facilitó que Savater pudiera alimentarse con ácido lisérgico e indigestarse de psicodélicos viajes: |
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«Yo hay cosas que ahora desde luego ya no me permito, aunque me alegro de haberlas frecuentado en su momento. En especial la más asombrosa de las sustancias que he probado jamás (bueno, algo más que probado...): el ácido lisérgico, el legendario LSD de mis años mozos. Cuando lo tuve por primera vez en la mano, parecía la cosa más insignificante: una simple mancha de tinta en un trocito de papel secante. Pero era algo fuerte, muy fuerte: el alterador psíquico más potente que la química puede proporcionar (por supuesto el amor y el odio son alteradores aún más potentes, pero no proceden de la química o no proceden sólo de la química). Quien me introdujo en el uso del lisérgico fue Santiago González Noriega, al que había conocido siendo yo aún estudiante en la Facultad y él profesor ayudante. Nos hizo una especie de test cultural a toda la clase, para saber quién merecía la pena de ser tratado más a fondo y quién no: lecturas filosóficas, novela, poesía, arte, cine... Estuve entre los pocos varones escogidos (las demás fueron chicas, que obviamente le interesaban bastante más) y llegamos a hacernos muy amigos. Supongo que yo no le aporté demasiado –mi contribución más importante fue revelarle la existencia de Borges– pero él en cambio me enseñó muchísimas cosas decisivas, por supuesto no limitadas al campo meramente bibliográfico. Fue Santiago quien me presentó a Antonio Escohotado y ambos se encargaron generosamente de acelerar mi perezosa formación intelectual. Solíamos reunirnos en la estupenda casa de Antonio, oíamos música (aunque parezca imposible, fue allí donde escuché con cierta atención a los Beatles por primera vez), bebíamos, fumábamos yerba y hablábamos de Hegel o Heidegger. Yo les admiraba mucho y me sentía un poco abrumado en su compañía, me parecían enormemente superiores en materia intelectual (sin duda lo eran): manejaban la jerga filosófica de los maestros germanos con una soltura que a mí –más dado a ingleses y franceses– me resultaba intimidatoria. Pero les estoy muy agradecido. Por mucho que luego los imprevisibles meandros de la vida o del carácter nos alejen de ellos, nunca debemos desistir en el agradecimiento hacia quienes nos ayudaron a crecer. Entonces apareció el LSD, del que todo el mundo hablaba y al que algunos cantaban: incluso el de mejor calidad era en aquella época bastante fácil de conseguir y muy barato. Lo tomé por primera vez un día en casa, solo con Santiago; después varias veces más, incorporando a Antonio y a otros amigos como Paco Calvo Serraller y Ángel González García (ambos de lo mejor que nadie puede encontrarse en la vida, que hicieron lo imposible por desasnarme en cuestiones de historia del arte: la culpa del resultado no es desde luego suya). De lo que mejor me acuerdo es de la inquietud del día anterior a nuestros «viajes» y la tensión de la espera hasta que la dosis empezaba a hacer efecto. Por lo general la «subida» comenzaba en cuanto Ángel comentaba con resignada impaciencia «me parece que el de hoy no funciona»; después, mientras todos alucinábamos como posesos y él más que nadie, le oíamos decir con tono lúgubre «creo que yo ya estoy bajando...». En mi caso, todo solía empezar mirando al techo, como es mi manía: un momento empezaba a aburrirme de que allí no pasase nada y al minuto siguiente me admiraban los bajorrelieves tan hermosos del cielo raso, que hasta se movían como en procesión. (...) No intentaré hacer psicología descriptiva ni mala poesía mística respecto a lo que sentí en esas gratas intoxicaciones. Tantos otros se han dedicado a ello desde hace décadas que no merece la pena: además, después del de narrar a quien se deje los sueños de la noche pasada, no hay género literario más aburrido que contar experiencias psicodélicas.» (Fernando Savater, Mira por donde. Autobiografía razonada, Taurus, Madrid 2003, págs. 211-212.) |
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Santiago González Noriega preparó para el Diccionario de filosofía contemporánea (Ediciones Sígueme, Salamanca 1976), las entradas dedicadas a Federico Nietzsche y Arturo Schopenhauer. En esa obra figura como «profesor ayudante en la universidad de educación a distancia». Doctor en 1981 por la Universidad Nacional de Educación a Distancia, con la tesis Autobiografía, discurso filosófico e identidad personal: un análisis de los textos autobiográficos de Rousseau a partir de su traducción crítica, dirigida por Carlos Vicente Moya Valgañón y defendida en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología. (Se puede consultar en la biblioteca de la UNED –tesis doctorales, signatura 224–.) En 1982 volvió a incorporarse a la Universidad Autónoma de Madrid como profesor adjunto contratado, y en 1985, en el proceso de transformación en funcionarios del Estado de los profesores no numerarios llamados «idóneos», fue reconocido como Profesor Titular en el área de Sociología. Entre el primero de octubre de 1991 y 1995 disfrutó de una comisión de servicios en el Instituto de Filosofía del CSIC. Reintegrado en 1995 a la UAM, en el año 2000 fue jubilado por incapacidad, debido a su enfermedad. Buena parte de su actividad la dedicó a la traducción y a la preparación de ediciones. Fue primo y amigo desde la infancia del escritor José Ignacio Gracia Noriega, quien pocos días después del fallecimiento de Santiago González Noriega publicó la siguiente necrológica: |
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«Brillante, lúcido y escéptico. Al cabo de una larga y deplorable enfermedad, que le obligaba a sobrevivir observando dietas muy rigurosas, ha fallecido en Madrid el filósofo asturiano Santiago González Noriega, con quien me unían vínculos de parentesco y de amistad desde la infancia (además de primos, éramos vecinos de calle en nuestra villa natal). En aquella juventud que yo recuerdo como maravillosa, intercambiábamos lecturas como otros cambiaban cromos de ciclistas: yo le debo a Taro las tempranas lecturas de Schopenhauer y Nietzsche, y él a mí Shakespeare y Faulkner. Nacido en 1942, fue un espíritu muy característico de esa generación de la posguerra que alcanzó la mayoría de edad cuando la guerra civil empezaba a ser un lejano recuerdo. Educado en Francia, sus posteriores estudios en Alemania le impidieron convertirse en un afrancesado demasiado típico. Como tantos otros individuos de su generación, González Noriega consideró que la militancia radical era una rama de la filosofía o, si se quiere, su puesta en práctica. En el fondo, Santiago González Noriega soñaba con un intelectual del tipo de Lenin, capaz de ser al mismo tiempo hombre de acción, de escribir textos sobre Hegel y de desembarcar desde un tren blindado en la estación de Finlandia para poner en marcha la revolución de octubre. Pero las «condiciones objetivas», como se decía en la jerga, bastante pedante, de la época, no permitieron hacer la revolución (más que nada porque a aquellas alturas los proletarios, con muy poca conciencia de clase, por cierto, preferían ser burgueses a revolucionarios), aunque sí escribir sobre Hegel cuanto se quisiera. Con lo que Santiago González Noriega hubo de renunciar a la acción para reducirse a la condición de intelectual, muy brillante, muy lúcido y agudo, y un tanto escéptico. Los años no pasan en vano, y Santiago, totalmente al margen de la política, fue haciéndose una especie de ermitaño en el centro de Madrid, cada vez más ensimismado y cada vez más abierto a otras sugestiones. De la filosofía estricta derivó hacia la lectura literaria y a la reflexión sobre la literatura, es decir, pasó de la filosofía académica al ensayo como género literario. «Vieja enemistad –escribe en el breve texto 'Filosofía y poesía: Platón ya, contra Homero'–. Controlar el éxtasis, reproducir lo inefable, hacerse con el dominio de los hombres: todo uno. Dominio secreto de la razón, maquiavelismo filosófico de los filósofos. De familiar de sofía a docto adscrito a tal departamento dentro de tal facultad... como las muñequitas rusas: "ex nihilo nihil"». Al final, como era de esperar, a través de la filosofía llegó a la poesía. A la poesía como lector, entendámonos. |
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En 1994, con una introducción de Vidal Peña, apareció una recopilación de varios de sus textos ya editados, bajo el título El viaje a Siracusa. Ensayos de filosofía y teoría social, dentro de la colección La balsa de la Medusa, dirigida por Valeriano Bozal. (En ese libro se hace constar que fue publicado con una ayuda del Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.) Dedica el autor esta recopilación de textos «A Carlos Moya» y «A Reyes Mate, a cuyo animoso aliento se debe la publicación de este libro.» También introduce el autor el siguiente texto en las primeras páginas: «A imagen de una planta, un libro es el resultado de la acción de diversas causas, especialmente de las conversaciones del autor del mismo con quienes han contribuido de modo más decisivo a conformar su pensamiento. Quiero mencionar aquí los nombres de quienes me parece que han desempeñado un papel más importante en mi caso: Felipe Martínez Marzoa; Antonio Escohotado; Carlos Moya, por quien leí a Max Weber y me interesé por la sociología; Fernando Savater (el Savater de La Filosofía tachada y Ensayo sobre Cioran); Pablo Fernández-Florez.» Transcribimos la introducción de Vidal Peña con la que se abre este libro: |
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«Introducción. El conjunto de los escritos filosóficos del profesor González Noriega indica un tipo de preocupaciones de carácter «filosófico general», persistente desde los primeros (de finales de los años sesenta-principios de los setenta) hasta los más recientes. Cierta autointerpretación de aquel «carácter» probablemente haya influido (aunque nada sé de cierto acerca de ello) en la voluntad de publicación de los mismos, precisamente ahora. No sería difícil que el autor sospechara (aunque, insisto, no lo sé) que el actual «estado del mundo» no desmentiría la oportunidad de sus preocupaciones filosóficas de siempre (aunque fuera sólo en cierto modo, y en la medida en que de cualquier supuesto estado del mundo cupiera concluir algo); preocupaciones que, en cambio, y en aquellos años iniciales, habrían podido ser vistas como marginales o extravagantes desde las que parecían ser «corrientes principales» filosóficas de entonces. Los primeros escritos de González Noriega surgieron cuando la filosofía española socialmente más «dinámica» (la que pretendía sustituir a cierta esclerosis escolástico-tradicional impuesta, y no sin eficacia, como filosofía oficial en nuestra posguerra) incluía, o bien la exigencia de politización (mantenida, ante todo, por las variantes del marxismo filosófico), o bien la modernización en clave de «filosofía científica» (rápida fórmula que subsume aquí la propagación de la lógica formal, la filosofía neopositivista de la ciencia y la filosofía analítica del lenguaje). Pues bien: González Noriega no parecía comulgar con ninguna de esas corrientes, sin ser tampoco –por supuesto– «oficialista»; ni siquiera rimaba del todo con otras «marginalidades» entonces emergentes, como la de un Trías –pongamos– o la de un Savater al que, in illo tempore, aún cabía considerar marginal. |
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Pocos días después de su fallecimiento el diario El País publicó la siguiente necrológica, donde no faltan algunas briznas progres (las «represalias de la dictadura») bien conservadas sin duda en el «grato y estimulante marco» de quienes viven bien, en la democracia, de la «investigación filosófica»: |
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«En la muerte de Santiago González Noriega, filósofo, sociólogo y profesor. La muerte de Santiago González Noriega (el pasado viernes 26 de septiembre en Madrid) ha puesto fin a una trayectoria intelectual llena de originalidad y riqueza, privando a la filosofía española de una de sus voces más incisivas y difícilmente clasificables. |
Bibliografía cronológica de Santiago González Noriega:
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