Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Julio Lachelier

Este egregio maestro francés alcanzó extraordinaria notoriedad desde los comienzos de su vida docente. Pocos pedagogos obtuvieron en Francia un éxito tan resonante entre la juventud escolar, ni lograron que su influencia transcendiera de modo tan rápido fuera de las aulas. Julio Lachelier es sin duda, uno de los filósofos de la Francia contemporánea que marcaron nuevas sendas lo mismo en la esfera didáctica que en la psicología de los hombres de estudio. Imprimió a la enseñanza un profundo sentido ético, y fue un panegirista de la educación clásica, familiarizando a sus discípulos con la antigüedad griega y latina. Consiguió infundir a sus alumnos la necesidad de estudiar los textos y procuró habituarles a penetrar en el pensamiento de los más famosos autores de los tiempos pretéritos.

Lachelier despertó en dos generaciones el espíritu crítico y fue en gran parte obra personal del venerable educador el sustraer a la juventud estudiosa del verbalismo erudito. Su obra tenaz y clarividente fue luego continuada por otros profesores ilustres como Carlos Renouvier, Luis Liard, H. Marión y Alfredo Fouillée, los cuales si bien en algunos aspectos disintieron, coincidían en estimular en la gente moza el afán inquiridor.

Julio Lachelier nació en Fontainebleau, el 27 de Mayo de 1832. Ingresó en 1851 en la Escuela Normal Superior de París, donde fue compañero del célebre Fustel de Coulanges y del ilustre Cearges Perrot. En la [356] Normal reveló bien pronto su aptitud para las funciones didácticas, siéndole confiada la tarea de enseñar Retórica en el Liceo de Sens. Luego pasó a otros Liceos como profesor agregado de Letras, pues, en aquella fecha todavía no existía el cargo de profesor agregado de Filosofía.

Apenas se establecieron estos estudios en 1863, Lachelier, bajo los auspicios del eminente Ravaisson, fue solicitado para ocupar en la Escuela Normal Superior el cargo de maestro de Conferencias. A la sazón, contaba 32 años. De 1864 a 1874 realizó la labor quizás, más intensa de su vida. Puede considerarse aquel período de once años, como el más culminante y decisivo en el proceso de evolución del pensamiento filosófico en Francia.

La alta crítica ha venido a atestiguar que la obra de Lachelier, fue profunda y fecundísima, pues sus lecciones obtuvieron tal celebridad, que acaso no haya sido igualada en París, hasta que Bergson, consiguió en la Sorbona un triunfo resonante. Hacía notar recientemente el notable geógrafo y presidente de la Academia de Ciencias Morales y Políticas de París, M. Vidal de la Blache, muerto hace cuatro años, que todavía podría recogerse en aquellas aulas el eco de la palabra persuasiva de Lachelier. Los alumnos aún buscan con avidez los cuadernos que contienen las 18 lecciones que dio en el curso de 1866 a 1867. Bajo el título general de Logique, Lachelier abordó las cuestiones más elevadas del Universo y de la Vida, de la Naturaleza y de la Historia, señalando el objeto y el método de la Ciencia. Con una admirable flexibilidad analítica, fue aquilatando todos los grados de la liberación del espíritu hasta llegar a los límites de la Ciencia y demostró cómo se elevan del individuo a la especie, de la especie al género y así sucesivamente. El punto de partida, decía hace 54 años Lachelier, es la diversidad: la unidad es el objetivo, pero, una vez llegado a la meta, el espíritu no debe olvidar en modo alguno su ruta, y entonces no puede haber reposo absoluto para él. Puede afirmarse [357] que Lachelier era un prototipo de pensamiento inquieto, incesantemente ansioso de escrutar en sí mismo, y que hallaba siempre en el ámbito en que se desenvolvía el medio adecuado y la forma genuina de expresar con precisión y de un modo sugestivo sus ideas. En ocasiones, recurría a las fórmulas pintorescas, porque así grababa indeleblemente en el ánimo de sus alumnos las nociones fundamentales del saber. Además de filósofo, era un artista que empleó su privilegiado talento en la tarea ímproba de ensamblar el rigor del razonamiento con la imagen viva y plástica.

Quizás porque Julio Lachelier tenía un elevado concepto de la responsabilidad inherente a los deberes pedagógicos, rehuía el dar a sus enseñanzas toda pretensión oficial y le repugnaba el ejercer una acción dominadora cerca de sus discípulos. Siempre les inculcaba la exigencia de producirse con entera sinceridad, de ser ingenuos, y les decía que debían huir de los sofismas y poner de relieve las ideas fundamentales, proyectando así la luz del conocimiento en las profundidades de lo ignorado.

En 1875, Julio Lachelier fue nombrado inspector de la Academia de París, y poco después inspector general de la enseñanza Secundaria, cargo que renunció en 1900. Desde aquellos puestos, fue desenvolviendo un vasto plan de mejora de las instituciones docentes, habiendo sido su acción por demás beneficiosa. Su gestión como vicepresidente y luego como presidente en los Concursos de Agregación de Filosofía, fue altamente acertada y a su iniciativa debióse el nombramiento de la mayor parte de los profesores que mantuvieron viva la devoción pedagógica que había suscitado el maestro.

En 1896 la Academia de Ciencias Morales y Políticas le designó para ocupar la vacante que había dejado al fallecer el eminentísimo indagador y publicista Barthelemy Saint Hilaire en la sección de Filosofía, de la cual llegó a ser su decano. Como académico, Lachelier mostró el mismo interés que como [358] profesor y concurría asiduamente a las sesiones y tomaba parte en los trabajos de la docta casa. La conciencia escrupulosa que revelaba, en todo, daban a sus ponencias y a sus observaciones una gran autoridad.

Por un exceso de modestia y por una severidad ejemplar para consigo mismo, este profundísimo ideólogo, a pesar de su dilatada labor intelectual, legó pocos trabajos escritos. Además de las lecciones antes mencionadas, quedan la tesis que presentó en 1871, al doctorarse, intitulada Le fondement de l'induction, trabajo breve que apenas abarca un centenar de páginas en un pequeño volumen aparecido en la «Bibliothéque de Philosophie Contemporaine», que edita la casa Alcan. Forman también parte de este volumen los estudios Psychologie et Métaphisique y Notes sur le pari de Pascal. En 1907 dio a la estampa su trabajo Etudes sur le Syllogisme. En la Revue Philosophique y otras notables publicaciones vieron también la luz muchos artículos de Lachelier, que consolidaron su fama de pedagogo y pensador.

Al igual que su discípulo de la primera época Luis Liard, Lachelier tendió constantemente a aunar el idealismo con el realismo, habiendo ejercido una poderosa influencia en su espíritu pensadores de diversas escuelas, como Leibniz, Kant, Schopenhauer y Maine de Biran. Lo más sobresaliente de la personalidad de Lachelier no es la concepción, sino el esfuerzo continuado que puso al servicio de la educación moral y social de las nuevas generaciones.

Lachelier era un espiritualista a ultranza, pero, mentalidad amplísima, no se encerró en los límites estrechos de un credo sistemático, rígido, sino que por el contrario, siguió todos los avances de las ciencias psicológicas, tratando de dar a su pensamiento la flexibilidad necesaria para adaptarlo a las conquistas logradas en la esfera de lo fenoménico. Fue Lachelier un hombre que se consagró enteramente al cumplimiento de los deberes y que observó escrupulosamente [359] las prácticas de su fe cristiana. Su línea de conducta se ajustó siempre a una gran modestia y sencillez; jamás sintió el orgullo, pero tampoco retrocedió ante ninguna de las consecuencias de su dialéctica. Por encima de todo, era un lógico riguroso. Su sistema ético se sintetizaba en un amor sin límites a los ideales de verdad y de belleza. Decía el propio Lachelier, en cierta ocasión: «Si la Geometría tuviese una Metafísica, ésta sería la Estética. Ahora bien, añadía, una respuesta análoga a la que en lo moral daría el sentido común, pues el medio más seguro de saber si una acción es buena o mala, consiste en preguntarse si esta acción es bella o fea.»

Como tantos otros hombres eminentes de Francia, sucumbió Lachelier a consecuencia de la impresión terrible que en su espíritu, evangélico causó la guerra, que hubo de desatar todas las fuerzas del mal. El día 28 de enero de 1918, a los ochenta y seis años de edad, bajó al sepulcro, en su villa natal, el hombre sabio y bueno, después de haber consagrado la vida entera al engrandecimiento espiritual de su patria.

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Santiago Valentí Camp Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 355-359