Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Oliver J. Lodge

Uno de los grandes éxitos alcanzados en las últimas décadas por la ciencia británica, obtúvolo el renombrado físico Oliver J. Lodge. El aspecto en que triunfó este ilustre maestro fue, no en el propiamente científico, sino por haber cultivado la psico-filosofía.

Lodge es un neo-espiritualista que ha llevado a las disciplinas psicológicas un sentido de profunda investigación que, indudablemente, ha sido por demás fecundo. La psico-física, aunque es en gran parte obra de los indagadores alemanes debe también a los sabios ingleses un sinnúmero de contribuciones que ampliaron en no escasa medida el dominio de esta rama de los acontecimientos en la hora actual.

Oliver J. Lodge es quizá uno de los tratadistas que con más claridad de juicio contradijeron la tesis de Ernesto Haeckel acerca del monismo. Su refutación de la doctrina haeckeliana es interesantísima, y lo que vale más, en algunos respectos pone en evidencia las errores y las precipitaciones en que incurriera el filósofo de Jena.

Oliver J. Lodge nació en Penkhull (Staffordshire) en 12 de junio de 1851. Cursó en la Universidad de Londres la Jurisprudencia y las Ciencias fisico-químicas. En 1881 fue nombrado profesor de Física en la Universidad de Liverpool. En 1899 presidió la Sociedad inglesa de Física. En 1902 se le concedió el título de Caballero, por sus grandes merecimientos como investigador. Desde 1900 ha venido ejerciendo el rectorado de la Universidad de Birmingham.

Oliver J. Lodge fue uno de los grandes físicos [328] contemporáneos, que sintió más hondamente la inquietud íntima ante las dudas que surgían en su espíritu al advertir que los progresos científicos no colmaban su ansia de explorar en el ámbito de los fenómenos de la conciencia. En 1901 dio Lodge un gran impulso a la investigación de los problemas psíquicos. En este orden de estudio alcanzó el ilustre profesor una gran notoriedad, y en su labor como publicista ha descollado tanto o más que en su dilatada labor de físico y de electricista. En 1913, puede decirse que Oliver J. Lodge obtuvo la consagración del mundo docto, al ocupar uno de los lugares preeminentes en la «Asociación Británica para el Progreso de las Ciencias»; conocida es la actuación de esta importante entidad, que ha venido marcando los derroteros que había de seguir la cultura científica en los demás países occidentales.

Oliver J. Lodge, como escritor, tiene una brillante ejecutoria, comparable a la de William James. Entre otros libros, ha publicado los siguientes: Elementary Mechanics (1877); Pioners or Science (1893); Modern views of Electricity (1894). Posteriormente dio a la estampa varios notables estudios y ensayos que revelan una gran profundidad en la indagación, como los intitulados Lightuing conductors and Lighting Guards (1900); Electrons (1902); The Ether of Space (1903), en el que sustenta su parecer de que el éter posee propiedades que le asemejan a los fluidos de la materia.

En el último período de sus trabajos científicos, Lodge dedicó su atención al examen de los problemas filosóficos, publicando sucesivamente los volúmenes Man and the Universe (1900), The Survival of man (1904); Reason and Belief (1905), Life and Matter (1905); que dos años después fue vertido al francés por el ilustre Maxwell, y The War and Aster (1916).

Este estudio del rector de Birmingham fue muy controvertido, dando lugar a innumeras disquisiciones filosóficas y científicas. En Inglaterra la doctrina de Lodge obtuvo un éxito resonante, y no cabe negar que llegó a formar escuela. Afirma que el espíritu ejerce una acción respecto a las fuerzas de la materia, impulsándolas y aun dirigiéndolas. Lodge supone que la existencia rebasa las limitaciones del mecanicismo, y por esto considera que el proceso de la evolución ascendente no cabe [329] explicarlo más que admitiendo la existencia de un sujeto ascendente dotado de perennidad.

El 28 de febrero de 1919, Oliver J. Lodge presentó la dimisión del importante cargo de «Principal» de la Universidad de Birmingham, que desempeñaba desde hacía algunos años, para dejar el puesto a un hombre más joven y para dedicarse a sus estudios sobre el éter.

Y aquella misma tarde, ante la Royal Institution, dio una conferencia sobre este tema, al que viene consagrando su actividad desde el año 1911.

«Nosotros –dijo al empezar su conferencia– nos estamos moviendo en este instante a la velocidad de 30 kilómetros por segundo, o quizá más grande, y, sin embargo, no tenemos noción de la intensidad ni de la dirección de nuestro movimiento. Los sentidos humanos no son capaces de apreciar la velocidad, aunque sí la aceleración, como lo hemos experimentado todos en un ascensor o en un ferrocarril. Y esta falta de sentido de la velocidad es la causa de nuestra ignorancia acerca de los desplazamientos a través del espacio y del éter».

El principio de la relatividad cierra toda esperanza al logro del exacto conocimiento de nuestra velocidad absoluta respecto al éter. Pero pronto hemos de saber si es o no cierto ese principio.

Partiendo de él, se ha llegado a una predicción concreta: la de que un rayo de luz procedente de una estrella, y rozando el disco solar, debe desviarse un arco de un segundo y tres cuartos. Y el día 29 de Mayo próximo, en el eclipse de sol, visible en el Brasil, se confirmará o se refutará la profecía.

Los experimentos realizados para ver si la luz invertía igual tiempo marchando en el mismo sentido, o en el contrario, que la corriente de éter a causa de las interferencias producidas por las dos mitades de un rayo de luz fueron también descritos por el conferenciante, que además ha construido un aparato especial compuesto de dos discos horizontales de 90 centímetros de diámetro, a una distancia de 25 centímetros, con cuatro espejos montados en los extremos de dos diámetros perpendiculares, y que giraban a razón de algunos miles de vueltas al minuto. Las diez bandas de interferencia que pensaba ver sir Oliver si el éter hubiera sido [330] arrastrado por el movimiento de los discos, no fueron observadas, a causa de la fuerte corriente de aire que se produjo. El autor piensa usar ahora su aparato para demostrar la teoría eléctrica de la cohesión.

Hablando de la pequeñez de los átomos, dijo después que si tuviésemos un globo de dos centímetros y medio de diámetro lleno de aire y sacásemos los átomos con una bomba que extrajese un millón cada segundo, necesitaríamos medio millón de años para vaciar completamente el globo.

Su comparación entre lo muy grande y lo muy pequeño fue el final de la conferencia. Los átomos constituirán tal vez, sistemas planetarios análogos al nuestro, y alrededor de su núcleo central girarán los electrones como giran los planetas en torno del sol. Esta astronomía del átomo es la que ha de abrir nuevos caminos al progreso. No basta estudiar las propiedades de la materia que hablan a nuestros sentidos; es preciso conocer también las del éter que hablan sólo a nuestra inteligencia.

En conjunto, la obra de Oliver J. Lodge es muy notable. Como físico, sus investigaciones ocupan un lugar realmente envidiable. Como, filósofo, su doctrina acaso se resienta de los mismos defectos que tan acerbamente censurara al analizar la concepción monista del Universo. No obstante su agilidad, Lodge incurre en errores casi imperdonables. Sus síntesis son producto de una visión, en cierto modo unilateral.

La característica principal de Lodge consiste en sus grandes dotes de expositor metódico, claro y elegante; su estilo, sin dejar de ser modelo de precisión, es asequible al gran público. Lodge, como nuestro inolvidable dan José Echegaray, sabe dar amenidad a los temas científicos más áridos, y es que el célebre publicista británico es, ante todo, un pedagogo y un escritor.

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Santiago Valentí Camp Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 319-330