Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Leopoldo Alas (Clarín)

En Francia existe entre el literato y el público, una cordialidad que determina una íntima solidaridad moral. Aunque, juzgando por las meras apariencias, se ha motejado a los franceses de superficiales y de impresionistas –porque examinados a distancia los movimientos que allí se producen con rapidez casi inusitada parecen inconscientes–, estudiando a fondo el dinamismo de la sociedad francesa adviértese que de cada una de las agitaciones que allí se han producido, subsistió simple algo. Por otra parte, de los hombres que fueron portavoces de toda transmutación, si bien muchos de ellos fueron olvidados, aquellos que tenían una característica privativa o se distinguieron por su ingenio, por su cultura o por su civismo, siguen viviendo en la memoria de sus compatriotas. Ahora mismo, en la Prensa diaria de la vecina República, se publican en forma de folletín las obras maestras de la literatura francesa: las de Balzac, Flaubert, Sue, Goncourt, Alfonso Karr, Daudet, Zola, Bourget, &c. A pesar de haberse modificado en gran parte los gustos del público y haber surgido, una tras otra, un número considerable de escuelas representativas de tendencias estéticas contradictorias y opuestas, el curso seguido por la espiritualidad francesa ofrece los caracteres de una evolución sucesiva, gradual y que, evidentemente significa un progreso.

En Italia, para circunscribir el análisis a los pueblos que tienen mayor analogía con el nuestro, ha acontecido lo propio. D'Annunzio, Rovetta, Matilde Serao, Fogazzaro, Graziel Deledda y otros escritores pertenecientes a la generación que triunfa, han conquistado la simpatía [114] del gran público, sin que por esto se haya olvidado por completo la labor de Capuana, Amicis, Farina y aquellos otros escritores románticos y naturalistas que con sus obras contribuyeron a dar vida al psiquismo de aquel país, poco después de constituirse la Unidad Italiana.

En cambio, en España, salvo honrosas excepciones, los novelistas que ahora triunfan –Valle Inclán, Baroja, Ricardo León, Pérez de Ayala y Martínez Sierra– han casi monopolizado el mercado literario, a expensas de la notoriedad de los literatos más ilustres de la generación pasada, salvo Galdós y la Pardo Bazán, pudiendo decirse que han caído en el olvido figuras tan eminentes como Pereda, Alarcón, Palacio Valdés, Valera, Picón, Alejandro Sawa, Narciso Oller, Pin y Soler y otros.

Para convencerse de la veracidad de esta afirmación, basta fijarse en el hecho últimamente registrado con motivo de la aparición de los dos primeros volúmenes de las Obras Completas de Leopoldo Alas: Galdós y su único hijo, que ha revestido cierta resonancia, que es lo más que puede ocurrir en España, donde apenas sí de tarde en tarde podemos señalar un éxito literario que sea objeto de discusiones.

Aunque sea doloroso confesarlo, ha de convenirse en que lo único que se ha salvado aquí de la acción corrosiva del tiempo es lo externo de la obra de Clarín, ya que la mayoría de los lectores españoles, especialmente nuestros jóvenes, tienen de Leopoldo Alas la idea de que fue un escritor atrabiliario y agresivo, que solo sobresalió por sus dotes de polemista y de satírico.

Sin embargo, la obra del insigne maestro ovetense es una de las pocas que pueden resistir el análisis y hoy, como hace veinticinco años, conserva la frescura, el interés y el aire de modernidad que logró infundirle su autor.

Actualmente uno de los espíritus más selectos de la generación triunfante, Martínez Ruiz (Azorín), en algunas de sus cualidades más sobresalientes, viene a ser un continuador de Leopoldo Alas, especialmente cuando se consagra a desentrañar la psicología literaria.

La juventud literaria ha tenido la pretensión, en algunos instantes, de ser reformadora e iconoclasta y ha creído ingenuamente haber transfundido a nuestro país la tendencia integrada en la filosofía valorista; pero, en realidad, no ha hecho otra cosa que proseguir con más buen deseo que acierto, la orientación iniciada por Leopoldo Alas [115] con ardimiento y perseverancia y que si no trascendió a la masa social, fue debido, más que a los defectos que se imputaron al maestro, a lo que Unamuno llama frialdad y oquedad de nuestro ambiente.

No puede calificarse de fracasado a Clarín por la sencilla razón de que el triunfo de las ideas, en ninguna esfera de la actividad depende exclusivamente de quien las propugna, porque en este caso, habríamos de considerar fracasados a Ángel Ganivet, Macías Picavea, Joaquín Costa y al ya citado Unamuno, que han sido los espíritus más innovadores que ha tenido España al final de la centuria pasada. Volviendo la vista algunos lustros más atrás, debiéramos también considerar como insignes equivocados a Fernando Garrido, Roque Barcia, Castelar, Pi y Margall, Francisco Giner, Salmerón, Maranges, Nieto Serrano, Fernando de Castro, Luis Vidart, Ruiz de Quevedo, Azcárate, Alfredo Calderón, Perojo, Simarro y cuantos representaron en nuestro país las distintas escuelas filosóficas no conformistas, siendo adversarios sinceros de la Unidad católica y el ultramontanismo.

Extinguido por completo el rescoldo de odios que levantaron las polémicas de Clarín con Bonafoux, Fray Candil, Manuel del Palacio, Emilia Pardo Bazán, Pompeyo Gener y J. Arimón –para no mencionar más que aquellos de sus antagonistas que alcanzaron prestigio o notoriedad– la personalidad del maestro recobra todo su relieve, su altísima significación en la literatura española.

¿Cuántos de sus contemporáneos pueden parangonarse con el genial autor de Adiós Cordera? En mi sentir, solo dos: Menéndez Pelayo y González Serrano, los cuales superaron a Clarín en algunos respectos. El autor de Las ideas estéticas en su conocimiento de la Historia Literaria Española y de las Literaturas Clásicas y el autor de La Psicología del amor, en su poder indagador y en su capacidad comprensiva y sincrética. Pero ambos fueron menos independientes que Clarín y opusieron menor resistencia a las influencias de la cultura y de la erudición.

Leopoldo Alas fue a un tiempo economista bien orientado, que desde un principio acertó a columbrar lo que había de significar el movimiento socialista; novelador insigne en quien la inventiva y la reflexión estuvieron equilibradas; pedagogo eminente que sentía un gran fervor por los nuevos ideales docentes, si bien de vez en cuando, por influencia ancestral, sin duda, tendía a imponerse; [116] pensador y filósofo profundo, que también hubiera llegado a ser un teorizante de primer orden si hubiese logrado reobrar a tiempo, haciéndose superior al idealismo vago y difuso que ensombrecía sus escritos, y ante todo y sobre todo, fue un crítico sagaz, dotado de una agilidad sorprendente, de una capacidad de aprehensión no superada, merced a la cual sabía descubrir los tesoros ocultos en lo íntimo de las obras literarias.

Es indudable que, hecha excepción de Unamuno y Ganivet, Clarín fue el escritor que dedicó mayor suma de esfuerzos conscientes a renovar el ambiente intelectual de nuestro país. Nadie como él acertó a escribir con tanta galanura y esprit, para promover agitaciones en la esfera de la ideología. La cultura hispana le debe mucho, pues durante un cuarto de siglo, Alas fue un trabajador infatigable, que importó a nuestro país todas las novedades literarias y filosóficas que conmovían a la Europa intelectual.

Es indiscutible también, que contribuyó eficazmente a orear el pensamiento nacional, luchando con brío por imponer un nuevo sentido estético y una mayor dignidad a la producción literaria. Hasta sus propios adversarios han reconocido noblemente que Alas fue uno de los más activos y tenaces sembradores de ideas. Es cierto que su temperamento nervioso, acentuado por padecimientos gástricos, desvióle, en algunas ocasiones, de su trayectoria y por esto fue víctima de sus propios apasionamientos; pero, a fuer de sinceros, hemos de confesar que nadie como Clarín siguió con tanta lealtad el movimiento de avance en el sentido de elevar el nivel de cultura de de nuestro país y, lo que más vale, de enaltecer la conciencia social, procurando infiltrar en todas las capas el deseo de saber, la noción del deber y la utilidad de proceder con rectitud.

No puede reprocharse a Clarín por haber desentonado algunas veces, llevando las discusiones al terreno personal, y haber sostenido polémicas destempladas, acometiendo con acritud a sus contradictores. Esto fue en gran parte debido a que los que intentaron medir sus fuerzas con el autor de La Regenta, careciendo de facultades y de medios para la controversia elevada y serena, tendieron a una polémica de bajo vuelo. Por otra parte, Clarín no siempre logró dominar su pluma y acaso sintió el deseo imperioso de vencer a sus adversarios, porque [117] en el calor de la campaña iba más allá de donde en un principio se había propuesto.

La vida de Clarín es un ejemplo de lo que representa la intensidad de trabajo cuando el móvil principal es un anhelo por los ideales profesados con sinceridad y acomodando a ellos la actuación. Por esto, en mi sentir, son explicables las aparentes contradicciones que ofrece Leopoldo Alas y que para las gentes superficiales fueron meras contradicciones, siendo así que eran el fiel reflejo de las inquietudes de su espíritu, uno de los más selectos y complejos de la España contemporánea.

Nació Clarín en 25 de Abril de 1852 en la ciudad de Zamora, donde se encontraban accidentalmente sus padres, pertenecientes a una familia de rancio abolengo asturiano. En Oviedo cursó la segunda enseñanza y la carrera de Derecho, distinguiéndose desde mozo por sus grandes facultades asimiladoras, por su memoria prodigiosa y por su entusiasmo hacia el estudio. Licencióse antes de cumplir los diecinueve años y en 1870 se trasladó a Madrid, para doctorarse en Jurisprudencia. En aquella época, el Ateneo de la Corte era un semillero de ideas, y Leopoldo Alas no tardó en ser uno de los más asiduos concurrentes a las conferencias y cursos que por aquel entonces apasionaban a la juventud intelectual.

Entre los ateneístas que gozaban de mayor prestigio como oradores, descollaba el insigne Moreno Nieto, por sus vibrantes discursos defendiendo la conciliación entre la tradición literaria hispánica y el espíritu moderno, que pugnaba por abrirse paso, llevando los ecos de las innovaciones a la lucha fragosa entre los ideales de la Ciencia y la fe religiosa.

Alas, que era un admirador de Moreno Nieto, comenzó en 1874 sus campañas periodísticas, reseñando y comentando con agudeza las controversias de los pasillos del Ateneo y reflejando con elegancia, buen gusto y fina sátira, la vida intensa del Madrid intelectual y literario. Y al mismo tiempo que ponía en evidencia los errores y la unilateralidad de determinadas personalidades, ensalzaba a los jóvenes que más se distinguían, entre ellos Manuel de la Revilla, Palacio Valdés, Julio Burell, Blanco Asenjo, Conrado Solsona, González Serrano, Mariano de Cavia y otros.

Leopoldo Alas, comenzó a darse a conocer como [118] admirable cronista en El Solfeo, que dirigía el inolvidable maestro de periodistas; don Antonio Sánchez Pérez, y bien pronto se destacó su personalidad de entre todos los jóvenes de aquel agitado período, en que lo mismo en la política que en la especulación filosófica se reflejaba una intensa y viva agitación que pugnaba por infundir a todos las manifestaciones de nuestra actividad psicológica, los efluvios de la cultura para que, al calar en el alma de las clases intelectuales y directoras, vigorizaran las energías amortiguadas del país. Clarín, al mismo tiempo que cultivó el periodismo y la crítica, fue adoctrinando su espíritu y una vez terminado el doctorado, disciplinó sus conocimientos y afilióse al krausismo, que entonces se hallaba en España en un período floreciente, y, comprendiendo que sus aspiraciones habían de hallar campo propicio en el profesorado, en Julio de 1882 ingresó en el escalafón general de catedráticos del Reino. Son dignas de ser conocidas las vicisitudes por que hubo de pasar Clarín antes de ver colmados sus deseos. Sus aficiones le llevaron a dedicarse a los estudios sociales y ninguna disciplina como la Economía política, tan adecuada para un publicista que conocía a fondo las doctrinas relacionadas con la estructura íntima de los organismos colectivos. Creyendo en la buena fe de sus jueces y en la seriedad de las oposiciones, se decide a probar suerte, y el tribunal, haciendo honor a su imparcialidad, le propuso en el primer lugar de la terna para ocupar una vacante en la Universidad de Salamanca. Pero el ministro, que en aquel entonces era un amigo de Callevar, poco escrupuloso, desatendiendo la propuesta, escogió al que ocupaba el último lugar de la terna. Poco después, al escalar el Poder los liberales, se repare la injusticia y fue nombrado Alas, por Real decreto, catedrático de Economía política en la Universidad de Zaragoza.

No permaneció Clarín mucho tiempo en la capital de Aragón, pues al quedar vacante la cátedra de Derecho Romano de la Universidad de Oviedo, pasó por traslado a este último centro docente, donde explicó aquella asignatura durante algunos años, pasando después, por fallecimiento del titular de Derecho Natural, a esta cátedra, que desempeñó hasta su muerte.

Instalado definitivamente en Oviedo, compartió sus deberes académicos con la crítica y la novela. Durante los [119] tres primeros años de su estancia en la capital de Asturias concibió y planeó La Regenta, una de sus creaciones más profundas y originales, aquella que había de inmortalizar su nombre. Lo que ha significado para la cultura hispana la Universidad ovetense, es poco menos que desconocido para el gran público. Tan solo algunos publicistas, entre ellos Luis Morote, acertaron a expresar el valor representativo que tuvo durante más de veinticinco años aquel centro docente, pues llegaron a congregarse en él hombres de tanto valer positivo, como el ilustre don Félix de Aramburu, que descolló por sus estudios en materias jurídico-penales, habiendo escrito el mejor libro de crítica aparecido en España acerca de la escuela positiva; Adolfo Álvarez Buylla, el egregio introductor en España de los tratadistas de Economía Social que más fama adquirieron en Inglaterra, los Estados Unidos, Francia, Alemania, &c.; Adolfo Posada, el más laborioso y perspicaz de los profesores de Derecho político, a quien se debe la divulgación del enorme movimiento sociológico del día, y el más fiel expositor de las doctrinas modernas y contemporáneas acerca del Estado, su organización y sus fines; don Fermín Canella, el sabio investigador de la Historia Patria en lo concerniente al Derecho Privado; Aniceto Sela, el docto pedagogo y competente profesor de Derecho Internacional, y, por fin, el insigne Altamira, historiógrafo, crítico y novelista, tan conocido y admirado en el extranjero y especialmente en América.

Leopoldo Alas tenía un ascendiente indudable sobre sus compañeros de claustro y aunque en muchas ocasiones no tomase parte activa en los trabajos que se efectuaban en la Universidad, fue, no obstante, algo así como el nexo que unía a todos aquellos ilustres profesores. La Universidad de Oviedo, calificada, no sin motivo, de nueva Atenas española, tiene un timbre de honor y de gloria en nuestro tiempo: el haber irradiado por una gran parte de España el espíritu científico. Me refiero a la extensión universitaria realizada con asiduidad y abnegación por aquella pléyade de maestros beneméritos. Clarín fue el alma de aquel movimiento pedagógico, que aparte de su gran valor ético y de su indudable utilidad social, era una novedad en España, puesto que tan solo se había realizado anteriormente de una manera aislada y sin un plan determinado.

Los que hemos tenido la fortuna de haber sido [120] alumnos de aquel centro docente, pudimos apreciar la trascendencia que revistió la extensión universitaria, que más que por los resultados inmediatos obtenidos, que acaso no colmaron los deseos de sus propugnadores, fue una demostración fehaciente de cuán fecunda podría ser la expansión de la cultura, siempre que la dirigiera un móvil generoso y objetivo. Clarín, que como articulista de alto vuelo, fue, durante cinco lustros, el escritor que logra infiltrar en la masa social un mayor caudal de nociones científicas y valiéndose de su ingenio y de su imaginación, interesaba la atención del común de los lectores hacia los problemas fundamentales y, singularmente, cuantos guardan relación con los temas que conmueven la conciencia contemporánea. Fue un definidor, que no ha tenido igual en España y por esto se comprende que sintiera con tanta intensidad el ejercicio de la crítica y que consiguiese, casi siempre, infundirle calor de vida. De ahí que su obra resultase tan espontánea y, sin dejar de ser erudita, tuviese el poder de atraer a los lectores de cultura más rudimentaria.

Del Clarín pedagogo, del entusiasta impulsor de todas las reformas en materias docentes, ha quedado muy poco, porque lo más personal, lo más suyo, lo derrochaba en su cátedra, que era a un tiempo semillero y laboratorio, en donde, a la por que se nutria la mente y se elevaba el espíritu hacia las regiones más puras del ideal, se templaban los caracteres para la lucha. En aquel ambiente semirreligioso, en que la efusión se apoderaba de las almas, cada uno de los alumnos sentía en lo íntimo de su ser irradiar la influencia del preclaro maestro, que era para todos un guía experto y un verdadero padre espiritual.

Aunque la afirmación pueda parecer insólita, si el que esto escribe tuviera alguna autoridad, proclamaría que el aspecto en que fue más grande Clarín, en el que resultaba un coloso, era el de sugeridor. Ahora, transcurridos ya tantos años, comprendo cuán ímprobo fue su trabajo en la cátedra para acomodar a nuestras inteligencias sus explicaciones acerca de los principios fundamentales del Derecho y para, valiéndose de hermosas imágenes y comparaciones, demostrarnos como los poetas y las escuelas filosóficas, habían puesto los cimientos de todas las concepciones jurídicas.

Una de las impresiones que perduran en mi [121] memoria, de mi paso por la cátedra del maestro, es la que me produjo la defensa que este hizo en Mayo de 1897, a raíz de los fusilamientos de Montjuich. En ningún escritor utopista he leído un alegato tan caluroso y enérgico en pro de la rebeldía como elemento propulsor de las grandes reivindicaciones sociales, que han de preparar el advenimiento de una sociedad basada en los principios de justicia, cual la que hiciera Leopoldo Alas en aquellos días de trágica recordación.

Clarín, al condenar las represiones ab irato, ponía de manifiesto la ineficacia de las mismas, señalando que en todas las épocas de la Historia las persecuciones contra los agitadores han sido contraproducentes, porque la fuerza de las ideas es incoercible.

En la producción literaria de Clarín, pueden distinguirse dos etapas, perfectamente delimitadas: la de iniciación, que comprende de 1870 a 1885, y la de plenitud, que abarca desde este último año hasta el fallecimiento del maestro, ocurrido en Junio de 1901. En los trabajos de la primera época, predominó un radicalismo ingenioso y vehemente, una sátira mordaz, y, a veces, implacable y, en general, una tendencia iconoclasta, que no llegó, sin embargo, jamás al nihilismo. En la segunda época, Clarín, sin desposeerse por completo del humorismo ni abandonar el escalpelo, evolucionó lentamente, influido por las lecturas y acaso también por la experiencia. Sintiendo Alas, como todos los temperamentos muy cultivados, la necesidad constante de adecuar su pensamiento a las corrientes filosóficas del momento, experimentó una honda crisis y tuvo la sinceridad de reflejarla a medida que fue apoderándose de su ánimo un anhelo cordial, que le lleva a ampliar su concepción metafísica, dirigiendo la mirada hacia la restauración de un neocristianismo.

Su admiración por Castelar y por Renán llevóle a los estudios de carácter religioso, y más adelante, las obras de Carlyle, Emerson, Spin, Sabatier, Ritschel, Reville, Harnack y otros, determinaron en su espíritu lo que el denominaba «ansia de lo divino y anhelo de oxigenar de Dios su alma». Y a medida que sentía en lo íntimo de su ser aquel imperativo deseo, fue alejándose de sus antiguos puntos de mira, dejó de admirar incondicionalmente a determinadas personalidades y acentuó cada vez más su predilección por el misticismo. Sin embargo, no [122] dejó de ser el portavoz de toda reivindicación y de cuantas novedades surgían en Literatura, Pedagogía, Historia, Ciencias Sociales y Estética, y a pesar de su nueva orientación y de su aspiración a llevar la idealidad por nuevos y más amplios derroteros, con objeto de infundir mayor vigor mental a la colectividad; conservó su vivísima simpatía por el naturalismo y en particular por el más grande de sus representantes, Emilio Zola, vertiendo al castellano su magnifica novela Travail, para la cual escribió un prólogo, muy hermoso, en que revelaba su vasta y profunda cultura, pero en el que parece iniciarse el ocaso de una inteligencia, poderosa, abatida por traidora enfermedad que, al mismo tiempo que minaba su organismo, debilitaba su cerebro.

Clarín conservó, no obstante, hasta meses antes de morir, su sagacidad de crítica; pero el dilettantismo intelectual no solo le desviaba, sino que empequeñecía su obra, la cual impuso a las aparentes contradicciones, devaneos y preferencias, no siempre justificadas, del maestro. He aquí la lista casi completa de sus libros:

Solos de Clarín, la primera colección de ensayos y críticas, publicada en 1881, reimpresa en 1891, y que lleva un prólogo de Echegaray; La literatura en 1881, en colaboración con Armando Palacio Valdés (1882); Sermón Perdido, crítica y sátira (1885); Folletos literarios: I, Un viaje a Madrid (1886); II, Cánovas (1887); III, Apolo en Pafos (1887); IV, Mis plagios; Un discurso de Núñez de Arce (1888); V, A 0'50 poeta (1885); VI, Rafael Calvo (1890); VII, Museum (1890); VIII, Discurso sobre el utilitarismo en la enseñanza (1891); El señor y lo demás son cuentos (1883); Pipá, novelas cortas (1886); Su único hijo, novela (1890); Mezclilla, críticas (1892); Doña Berta, Cuervo, Superchería, novelas cortas (1892); Paliques, crítica 1893; Cuentos morales (1896); La Regenta (1885 y 1900); El Gallo de Sócrates, 1900; Las dos cajas, &c.

A pesar de ser Clarín un hombre superior, un entendimiento afanoso y cultivadísimo, no consiguió substraerse por completo a la influencia que los krausistas ejercieron en su espíritu, y debido a esto, quizá, cuando teorizaba resultaba un tanto obscuro y alambicado. El tecnicismo krausiano perjudicó a Alas muy sensiblemente, impidiéndole, al igual que a Salmerón, a don Francisco Giner y a González Serrano, expresar con claridad su [123] pensamiento y convirtiéndole en corifeo de un sistema un tanto rígido y cerrado. También propendió Clarín, acaso por haber residido en una ciudad pequeña, alejada de todo movimiento intelectual y no haber podido vivir con toda intensidad y expansión las ideas, a un cierto dogmatismo que solo logró atenuar, en algunos instantes, su copiosa lectura. Por esto, sin duda, peco de unilateral, verbigracia, al discutir con Alfredo Calderón acerca de la cuestión religiosa, pues se inclinaba a aceptar como definitivas algunas concreciones de su pensamiento, cuando se creía en posesión de la certeza, considerando como objetivo aquello que era primitivamente personal, subjetivo. De ahí también que algunos de los contradictores de Clarín que no acertaron a penetrar en lo íntimo de su psicología lo tacharan de esquinado y arbitrario, pues juzgaban a Alas por impresión y sin haber estudiado su obra intelectual y literaria en conjunto.

Alas, como la mayoría de los hombres geniales, logró sustraerse, en los momentos culminantes, a todas las influencias y supo sacudir todas las ligaduras, porque la flexibilidad y el humorismo, en él congénitos, debido, sin duda, a la idiosincrasia espiritual de los asturianos, le inclinaba al sincretismo, permitiéndole ensamblar la seriedad con la donosura.

Cuantos hemos estudiado a fondo la obra de Clarín en el libro, en el periódico y en la cátedra, tenemos la convicción firmísima de que, a pesar de las crisis experimentadas por el maestro y del indudable influjo que ejercieron en él el naturalismo literario (especialmente Zola), el simbolismo y el teatro de Ibsen y el neomisticismo y la concepción tolstoiana; conservó siempre, en lo fundamental, un culto fervoroso a la verdad, un deseo vehementísimo de inquirir y una aspiración perenne a ensanchar el horizonte de su inteligencia. En su tesis doctoral El derecho y la Moralidad y en el Programa de Economía, trabajo que escribió en su juventud, reveló dotes nada comunes de jurista y de sociólogo; y más tarde al escribir el prólogo a la versión española que hiciera Adolfo Posada del libro La lucha por el Derecho, del tratadista alemán Rodolfo Ihering; demostró su competencia filosófico-jurídica y el interés que sintió siempre por desentrañar el concepto del derecho. En estas materias fue Alas discípulo de don Francisco Giner de los Ríos, a quien admiraba con la misma sinceridad que a [124] Castelar y Menéndez y Pelayo. Puede asegurarse que estas tres personalidades, junto con Galdós, fueron sus únicos ídolos en España.

Cuanto se ha dicho de la laboriosidad de Clarín es pálido, comparado con la realidad, pues Leopoldo Alas era de esos escritores a quienes puede calificarse de entusiastas y de infatigables. Durante más de 25 años colaboró en los principales periódicos de España y América, escribiendo a veces uno y dos artículos diarios. Pero no como suelen hacerse en España los trabajos periodísticos, de un modo vulgar y banal, sino por el contrario, con una sólida preparación que permitía elevar las cuestiones a la esfera de los principios. Ahí están por ejemplo, sus ensayos de crítica, de estética, de filosofía, de ética, de pedagogía, de crítica, &c. En otro aspecto, cuando escribía en tono festivo y dejaba discurrir espontáneamente su vis cómica, descollaba por modo extraordinario, llegando, en la sátira, a donde pocos escritores contemporáneos han llegado, ya que alguno de sus «Paliques» y de sus «Sátiras» por la frescura y el ingenio recuerdan a Quevedo y a los grandes humoristas ingleses y franceses.

En estos trabajos de crítica ligera y mundana, de comentario sutil e irónico, es donde más claramente se reflejaba la modalidad de su espíritu inquisitivo y de su carácter batallador. En cambio, cuando cultivaba la disquisición filosófica de alto vuelo resultaba menos original, pecando muchas veces sus artículos de conceptuosos y difusos, debido, sin duda, a las encontradas influencias que luchaban en su espíritu; y al proponerse Alas contrabalancear los estímulos externos, acentuaba su individualidad, sin llegar, no obstante, a las grandes rebeldías del pensamiento, acaso porque no acertó a encuadrar el suyo por completo en una dirección ideológica determinada. En su ensayo dramático Teresa se observa, mejor que en ninguna otra de sus obras, que en el ánimo de Clarín y por encima de todas las escuelas filosóficas y literarias prevaleció un sentimentalismo vago y confuso que, a la postre, le llevó a ser un propugnador del neomisticismo.

Estudiando, sin embargo, en conjunto la obra de Clarín [125] en su aspecto literario, crítico filosófico, pedagógico y social, ha de convenirse en que fue un hombre realmente extraordinario y que se le puede perdonar el mariposeo intelectual de casi toda su vida y sus intentos de restauración neocristiana, en gracia a sus constantes esfuerzos para infiltrar en España el espíritu de tolerancia y el amor al saber, promoviendo una intensa agitación en el orden intelectual.

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Santiago Valentí Camp Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 113-125