Leopoldo Palacios Morini, Las universidades populares
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Un museo social

Me refiero al que en París fundó el benemérito conde de Chambrun.

El objetivo que le anima se lee a la cabeza de sus estatutos, de sus programas, de sus publicaciones, y figura en cuadros que adornan muchas de sus salas: «Le Musée Social tiene la misión de poner gratuitamente a disposición del público, por medio de informaciones y respondiendo a consultas, los documentos, modelos, planos, ordenanzas, &c., de las instituciones sociales que tiendan, y lo logren, a mejorar la situación material y moral de los trabajadores.»

Veamos su historia y sus tareas.

I
Antecedentes

Los museos sociales se deben, en primer término, al movimiento social que llena toda la historia contemporánea, movimiento de reacción contra la Revolución francesa, con cuyo espíritu culmina y [204] consolida, y son parte, a la vez, de ese número de instituciones en las cuales se condensa, por decirlo así, la, evolución de nuestras sociedades en lo tocante a las reivindicaciones obreras y a la consagración de los obreros como clase. Las Exposiciones han sido su antecederte inmediato.

Cuando éstas pudieron ofrecer, reunidos en un gran cuadro, los productos de la industria y del arte, compendio de un esfuerzo formidable, ocurrió pensar en sus agentes. Sin duda maravillas semejantes ocultaban millones de existencias abrumadas por privaciones y dolores, ganadas por un raquitismo moral incontrastable; quizá costaron vidas enteras y no valían lo que costaron. A esta preocupación respondió el pensamiento de Le Play, economista francés o insigne filántropo, al abrir, por primera vez en 1867, las Exposiciones a las obras sociales. Hubo en la celebrada en París entonces un grupo curioso «de objetos especialmente expuestos, mirando a la mejora de la condición física y moral de la población», y un concurso en favor de las personas, establecimientos o curso de localidades, que hubiesen desenvuelto la buena armonía entre los cooperadores a los mismos trabajadores, y asegurado a los obreros el bienestar material, moral o intelectual. Más de 600 casas del mundo entero acudieron a disputarse el nuevo orden de recompensas. El Jurado, influido por las opiniones de Le Play, otorgólas a las instituciones que mantenían las llamadas «prácticas esenciales de la paz en los talleres». En la Exposición de 1889 se fue más lejos. Pareció que en vez de someter la relación de los hechos a un Jurado, como en 1867, debiera intentarse someter al público las mismas instituciones; tarea, ardua si la pretendida lección de cosas había de ser en vivo. Se logró por medio [205] de emblemas, fotografías, cuadros, dibujos, planos, relieves, mapas, &c. El rincón consagrado a la Economía social fue el más visitado de la Explanada de los Inválidos, El espectáculo que ofrecía, al decir de M. Cheysson, cautivaba el corazón y justificaba nuestra calumniada época, que tanto hacía por los obreros; brindaba a hacer más en pro de la confraternidad de unos intereses comunes{1}. Se repitió con el mismo éxito en las exposiciones de Chicago, Lyón y Ginebra, entre otras. En la de París de 1900 ocupó la Economía social una soberbia instalación, y en ella, destacándose entre muchas obras generosas, convidaban a meditar principalmente los trabajos de la Liga de la paz de Suiza, los seguros obreros por el Estado de Alemania la obra antialcoholista, también por el Estado, de Rusia.

La idea de fundar un museo social en Francia puede decirse que salió de la Exposición de 1889. En otros países se empeñaban también en tareas semejantes (por ejemplo, en Viena se trabajaba en la formación de un museo de aparatos destinados a prevenir los accidentes de la fábrica, &c.), que triunfaban por distintos rumbos. En París ya hacía un año que M. Cheysson había propagado la idea, y proponía ahora al Jurado de la Exposición que no consintiera en la desaparición de aquel hermoso grupo, que acaso pudiera perpetuarse en un museo. Aceptada con entusiasmo, halló ferviente apoyo en el presidente Carnot y en los expositores, que abandonaron a ella sus instalaciones, de valor algunas. Sin embargo, el proyecto sufrió grandes [206] vicisitudes. Las cosas desde la Exposición pasaron al palacio de las Artes liberales; después, unas fueron a esparcir nueva luz a otras exposiciones, otras pasaron al grupo de las Cámaras Sindicales de París, donde la sociedad de Participación en los Beneficios quiso reunir un museo especial en 1892; otras se estropeaban roídas por la humedad en las cuadras del Quai d'Orsay. La idea, que corrió los mismos azares, tuvo primero a su servicio una asociación llamada del Museo de Economía Social, bajo la presidencia de M. León Say, y sus esfuerzos no daban el resultado merecido. Hubieran acaso muerto si por entonces no las hubiera amparado el ministro del Comercio, M. Siegfried, quien en 1893 se propuso la creación de un museo de Economía Social en el Conservatorio de Artes y Oficios. La Asociación se disolvió entonces, después de haber encargado al Estado de los objetos de su custodia. Pero no triunfó la obra, a despecho de tan buenos auspicios: el Parlamento votó los 10.000 francos que requería para su mantenimiento anual; los 40.000 que se invertirían en su instalación los votó sólo la Cámara de diputados. Hubo que restar alientos a la empresa, y todavía fue necesaria la buena voluntad de M. Lourties, otro ministro, para que se fundase al cabo en 1894, con su cátedra comentario de Economía social.

Por entonces fue cuando el conde de Chambrun, cuyas liberalidades en pro de las buenas causas tanto recordaban las costumbres de los capitalistas ingleses y americanos, comunicaba a sus amigos la idea de fundar un museo social asegurándole amplios medios de existencia.

II
El fundador

No sólo era conocido Chambun en la buena sociedad francesa por su abolengo aristocrático y por sus cuantiosos medios de fortuna. Le habían asegurado mayor celebridad sus ideas democráticas, sus libros, sus ensayos prácticos de economía social en sus empresas industriales, sus fundaciones de caridad, sus peregrinaciones científicas y artísticas y el tono de elevación de su vida, al que con franca hospitalidad asociaba a muchas gentes. Lo mismo la casa del conde en París, perteneciente un tiempo al antiguo Patrimonio Real, que su palacio de Niza, fueron sitios de selecta reunión para cuantos en su tiempo significaron algo en Francia. Las relaciones del conde en el extranjero eran numerosísimas y escogidas.

Había nacido en París en 1821. Su abuelo, el marqués de Chambrun, había muerto de general mayor del ejército ruso, y su padre, soldado también, era de la corte y muy de la intimidad de Carlos X. A despecho de este ambiente en que transcurrieron sus primeros años, tuvo siempre el conde ideas liberales. En el Parlamento fue de los «ciento diez y seis interpeladores» que en 1869 sostuvieron un cambio de la Constitución en el sentido parlamentario, y protestó después contra el plebiscito napoleónico. Cuando hace pocos años el presidente de la República le hacía Oficial de la Legión [208] de honor en premio de sus fundaciones, recordaba Chambrun otra distinción que había recibido de otro jefe del Estado. De niño, un día, en el palacio de Saint-Cloud, vio acercarse al monarca y que, acariciándole, le dijo: «¡Que este muchacho sea tan valiente como su padre! El rey de Francia –añade a este recuerdo– pensaba en la guerra, y el presidente de la República en la paz: permítaseme, a pesar do mis tradiciones de familia, preferir a la bravura la bondad; a las armas, el trabajo y sus beneficios.» En estos distintivos de su carácter podría quizá estudiarse la evolución de las clases después de la Revolución. Bödiker, el más conservador de sus biógrafos, dice que es «vástago orgulloso» de la Francia moderna, donde si se perdieron algunas tradiciones aristocráticas, dan las que se conservan combinadas con las nuevas tendencias «sus flores más nobles y delicadas»{2}.

El conde de Chambrun encontró apoyo y alientos para sus obras en su compañera infatigable, la principal heredera de la célebre cristalería de Baccarat; muchas de ellas se deben a su iniciativa personal y llevan el nombre de la condesa.

Murió en 1899.

De sus doctrinas recogeré las que afecten algo al espíritu del Museo Social, las de su libro Aux Montagnes d'Auvergne{3}. En general, se resienten del sentido eclecticista que revistió todo el pensamiento francés de su época. Con frecuencia habla [209] de Cousin en sus escritos; con mayor frecuencia se adivina su influencia en ellos. Sus ideas sociológicas y económicas proceden de Le Play, principalmente. Como él, es entusiasta Chambrun del método de observación y monográfico. A su luz pudo darse cuenta de lo que era la Economía en sus relaciones con la vida y de cómo se traducen en el socialismo sus aspiraciones. Más de las cuatro clases que cree hay de socialismo, el de la Iglesia, el del Estado, el revolucionario y el de la libertad, es partidario del último: «trabajar y luchar asociándose a los demás libremente». No rechaza a ninguno y de todos quiere aprender: «El campo es vasto e ilimitado; que todos se encuentren en él, cambien su pensamiento y se den la mano.» De tener algún exclusivismo sería contra la Economía liberal, materialista, de Smith, que sólo piensa en las riquezas; en favor de la Economía social moderna, que busca al obrero y en él al hombre. Pensando en éste quiere la armonía del capital y del trabajo, pero en un régimen de justicia. El trabajador, dice, no debe ser un asalariado: debe ser un asociado cuyas relaciones en su empresa con el capital debe regular el derecho, mediante el contrato de trabajo. Fía para lograrlo en la virtualidad: 1º, de la enseñanza; 2º, de las instituciones de previsión; 3º, de las sociedades, principalmente de las mixtas de patronos y obreros. En sus empresas industriales encontró los mejores éxitos en las sociedades de participación en los beneficios, en las cooperativas de todo género, en los consejos de obreros al lado de los patronos, que a su juicio representan toda una revolución. El conde de Chambrun sentía con los obreros sus amarguras y trabajaba también. «¡La civilización –pensaba– o será socialista o no será civilización!» [210]

Tal es el «modesto ciudadano», como él se llama, que quiso llevar a una de sus casas de familia el grupo de la Economía social con que se conmemoraba «el glorioso centenario de 1789 en la Explanada de los Inválidos». En junio de 1894, elevaba al ministro del Comercio los estatutos del nuevo Museo, y con ellos una carta, su comité de dirección: su objeto era obtener del Estado que se lo declarara de utilidad pública. Lo obtuvo, y se inauguró en Marzo de 1895, con asistencia del Gobierno y representantes de los principales centros manufactureros, económicos, obreros y financieros. Un ambiente de democracia, de trabajo, de paz, se cernía sobre aquella fiesta en que tan alto hablaban y sentían las numerosísimas instituciones que revelan el espíritu de solidaridad y de cohesión nacional en Francia{4}.

III
La obra

Ocupa el museo un hermoso hotel en la rue Las Cases, 5. Al verle situado en la parte más conservadora del Faubourg Saint-Germain, parece una misión del trabajo que busca adeptos para la causa obrera de la paz entre los ricachos de aquella parte de París. Bastaría recordar el Toynbee Hall, de Londres, para darnos cuenta del buen éxito que tuvieron las misiones a la inversa, las de los [211] medios cultos y aristocráticos a los más miserables y abyectos.

Ahora bien: si penetramos en esta «Sorbona del Trabajo», como la denominó Julio Simón la hallaremos dispuesta con elegante sencillez y confort para su objeto. Encontraremos en el piso bajo una hermosa sala de conferencias y las salas que contienen las instalaciones de la Economía social; en el piso principal la biblioteca; las oficinas de la dirección y el secretariado en el segundo.

Aunque los medios de acción del museo encaminábanse a establecer una Exposición permanente de Economía social, tiene ésta hoy, sin duda, una importancia secundaria. Si bien es verdad que ocupan las instalaciones tres o cuatro salas, contando con la grande de conferencias, pronto se ve desorden en que están y que no abundan. El mismo museo no pone en ello demasiado celo y enriquece, enviándolo las nuevas que recibe, el museo del Conservatorio. En la sala de conferencias sin embargo, están bien ordenadas. En lo alto de sus muros se leen estos epígrafes generales: seguros y mutualidad, ahorro y descanso, sindicatos profesionales, aprendizaje, arbitraje, recreos, instituciones patronales, intervención del Estado, contrato de trabajo, higiene, habitación, sociedades cooperativas. Debajo de estos rótulos hay cuadros en que, en gruesas letras, se lee lo que significa la instalación, las leyes que la reglamentan, los resultados de los ensayos hechos y hasta la indicación de dónde pueden encontrarse mayores pormenores. Las otras salas no tienen la misma uniformidad: unas veces son fotografías de talleres o de tipos de obreros, otras mapas y cuadros esquemáticos, otras planos, &c., los que pretenden el mismo resultado.

El comentario vivo, reputado siempre [212] imprescindible al lado de estas cosas, se logra en el museo por medio: 1º, de la dirección y del secretariado y dispuestos a toda clase de comunicaciones y consultas técnicas; 2º, de una biblioteca y un archivo; 3º, de un sistema de conferencias y cursos vulgarización esparcidos por toda Francia.

Si la Dirección coordina todas las funciones del museo, el secretariado que constituye su cuerpo principal, es el que recibe y contesta todas las preguntas que se le dirigen, orales y escritas. Esto le obliga a enterarse al día de cuanto se trabaja, en asuntos sociales en el mundo entero y a clasificar las cuestiones según un plan científico que le asegure una pronta respuesta y pueda aprovechar, en toda su riqueza, el público. Para las cuestiones que no puede satisfacer, se auxilia de las secciones y servicios en que se agrupan los numerosos miembros del museo, que, especialistas en asuntos determinados, las discuten en sus sesiones. El secretariado recibe sus acuerdos, y a su vez los clasifica y comunica.

Las secciones son siete, a saber: de relaciones con las sociedades que se ocupan en cuestione sociales, agrícola, de sociedades obreras y cooperativas, de seguros sociales, de instituciones patronales, jurídica, de misiones, estudios e informaciones. Las forman los miembros colaboradores del museo, entre los que se cuentan, sin distinción de ideas, las personalidades más eminentes de la nación.

Los principales servicios son el industrial y obrero, el agrícola y el de la mutualidad y cooperación. Nacieron a medida de las necesidades. El primero tiene por objeto «seguir y estudiar las manifestaciones de la clase obrera, su organización, sus relaciones con el patronato industrial, así como [213] las diversas soluciones intentadas para hacer estas relaciones armónicas y pacíficas». Sus principales procedimientos son: a) el análisis escrupuloso de sus periódicos políticos y corporativos y de las revistas de ciencia social procurando sorprender el espíritu de sus movimientos, progresos y crisis; b) las monografías de las industrias con todos los pormenores de su organización y contenido real; c) las informaciones directas cerca de los obreros o de los patronos, que permiten al museo un contacto permanente con el mundo de sus relaciones, inestimable para contrastar opiniones y descubrir para sus problemas horizontes nuevos; d) la asistencia a sus Congresos de todo género, lo mismo nacionales que internacionales, sobre todo a los que se ocupan de las relaciones entre el capital y el trabajo, la organización sindical y la protección legal de los trabajadores. El servicio agrícola, fundado en 1897, llena en lo tocante a las cuestiones de la economía social rural una misión comparable a la del anterior en las obreras, y tiene perfectamente clasificado cuanto atañe a las asociaciones, sindicatos y uniones agrícolas, enseñanza agrícola, cooperación de consumo y producción, seguros diversos, crédito agrícola, sociedades de seguros mutuos y cajas de retiros, participación del personal en los beneficios, instituciones agrícolas extranjeras, congresos, &c., &c. En fin, en 1898, y a causa de la nueva situación creada a las sociedades de socorros mutuos por la ley de aquel año, se organizó el servicio de la mutualidad, al que se agregó después una oficina para las cooperativas de consumo. Sus tareas consistieron en estudiar sus modelos y estatutos, hasta que eligió sesenta sociedades tipo, que constantemente le tienen al corriente de su vida, asambleas y resultados. [214]

He aquí el archivo y biblioteca. Al primero van a parar los legajos formados sobre tantas cuestiones cuando adquieren cierto carácter definitivo. Los legajos abiertos, cuyos asuntos agitan todavía la opinión o el Parlamento, &c., y se mantienen en vías de formación, permanecen en el secretariado. En la biblioteca se acumulan las revistas y los libros que se reciben de todo el mundo. Contiene más de 30.000 volúmenes. Por sus hermosas salas de lectura y de trabajo, abiertas siete horas diarias, pasan al año más de 4.000 personas hombres y mujeres. Un bibliotecario competentísimo, hoy M. Martin Saint-Léon, tan celebrado por su libro sobre Le Compagnonnage, dirige sus servicios y procura toda suerte de noticias.

Los cursos y conferencias entran también –dijimos– en la obra de comentario del museo. Unos los principales, se deben a sus misionarios, otros a colaboradores y amigos{5}. Los preside generalmente un hombre eminente en la política, la ciencia o la vida financiera, que hace el resumen. He presenciado una de estas conferencias, en la cual disertaba M. Sautter sobre «Las Uniones cristianas de empleados de los caminos de hierro en los Estados Unidos». Sobre sus notas de viaje nos transmitía la impresión que le produjeron aquellas asociaciones de cultura que, sin imponer a sus miembros [215] una determinada significación religiosa, asocian el nombre de Cristo a sus tareas. Con él asistimos a sus orígenes, a la disposición de sus soberbios hoteles, a la confección de sus enormes presupuestos, a sus reuniones científicas y artísticas, a sus bibliotecas circulantes y a sus influencias en las relaciones del trabajo. El director de la compañía de los ferrocarriles Paris-Lyón Mediterranée, monsieur Noblemaire, que presidía, estudió después las bases para fundar en Francia unas instituciones semejantes, si bien con las diferencias concernientes a su genio laico. Entre el público se sentaban, confundidos, obreros, damas aristocráticas, dueños de fábricas, &c.

Por lo demás, las misiones del museo para estudiar cuantas instituciones sociales repute interesantes, supone una de sus más importantes funciones. Tuvo misionarios en Alemania, en Inglaterra, en los Estados Unidos, en África del Sur, en Australia, y a veces durante mucho tiempo. Los propósitos del conde de Chambrun eran, y se cumplen, que no faltase su museo donde hubiese una institución nueva que estudiar. Aparte de ellas tiene miembros corresponsales en todos los países{6}. [216]

Y en cuanto a los estudios hechos en ellas, a menudo tienen más alcance que el que les da la conferencia o el curso. Generalmente se publican por el mismo museo, que con el título de Le Musée Social tiene una revista mensual en dos fascículos uno de Anales en que principalmente da a conocerla marcha de su vida, y otro de Memorias y documentos, destinado a los resultados de sus, observaciones. Publica también libros por separado con sus trabajos de mayor empeño. No hay que decir, dado su objeto, que envía gratuitamente muchas de sus publicaciones a innumerables sociedades y centros obreros.

En fin, el Museo Social abre concursos unas veces para premiar obras doctrinales{7}, otras para conceder rentas vitalicias a los mejores obreros; ha prestado grandes alientos a la organización de las Universidades populares; ha prestado su recinto a importantes congresos, como el de la alianza cooperativa internacional y el de la protección legal de los trabajadores, &c., y promueve la reunión de otros; del Museo Social han partido grandes movimientos de organización, como el de las sociedades de seguros mutuos en poderosas uniones regionales; abre conferencias y contribuye a que se abran en Francia y en el extranjero para activar el estudio de las cuestiones sociales y la confraternidad de las ideas; presta atención y ayuda a cuantas instituciones se produzcan dentro de su objeto{8} «con una acción positiva y un espíritu de alto liberalismo y amplia humanidad.»

En cuanto a sus medios de vida, es una fundación particular que comenzó con un capital de 200.000 francos, y los edificios de la donación Chambrun{9} con un presupuesto anual de 100.000 francos. Hoy habrá ascendido. Los recursos del Museo Social son, pues, sus rentas, las donaciones de sus bienhechores y las concesiones que puedan concedérsele. El Estado interviene en su vida como en las demás sociedades de utilidad pública. Un comité de dirección que tiene a su lado otro de administración, y un gran Consejo de sesenta miembros, constituyen todo su gobierno, al frente del cual figuraba como presidente de honor M. Loubet, presidente entonces de la República{10}. [218]

Tal es la institución que contribuye –como decía M. Siegfried el día de la inauguración– a hacer más general «un movimiento que, a despecho de todas las denegaciones, es honor de nuestro tiempo».

El Museo Social es un laboratorio de estudio y de información.

En sus principios parece que se encuentra: trabajar por la paz «sin perturbar el derecho de propiedad ni la libertad del trabajo». No obstante, en sus observaciones brilla el espíritu de la sinceridad más pura. Así, ¡cuántas veces a sus luces los fundadores modificaron sus doctrinas! El conde de Chambrun, por no ir más lejos, repugnaba las cooperativas de producción, las grandes asociaciones de trabajadores, la intervención del Estado en los asuntos sociales... Después declaraba que, gracias al Museo, había encontrado en el tradeunionismo, en los seguros a cargo del Estado en Alemania, en los sindicatos agrícolas, &c., obras de paz de las mejores. Léanse las publicaciones de sus miembros, las del conde de Seilhac por ejemplo, y se verá una franca imparcialidad, lo mismo cuando nos habla de las huelgas, congresos y organizaciones obreras, que cuando nos demuestra el estado próspero de la Verrerie d'Albi, el famoso ensayo socialista...

El Museo Social es una guía imparcial, no es un dogma; guía a las gentes por el camino que eligen, no por el que quiere. Lo que hace, sí, es enseñar los datos que conoce. Centro de información rigurosa, deja la responsabilidad de sus opiniones [219] a cuantos cooperan en su obra. Su misión es técnica, no doctrinal, y se tiene prohibida toda suerte de significación religiosa o política.

No enseñaría –dice M. Cheysson– a confeccionar una bomba anarquista: pretende exclusivamente obra de paz. Sin embargo, en su biblioteca las literaturas del socialismo y del anarquismo son tan ricas como pueden serlo las demás literaturas.

En el escudo del Museo Social se lee una sola palabra: «Trabajemos.»

Notas

{1} Le Musée Social. Comunicación al VIII Congreso de las sociedades cooperativas de consumo celebrado en Lyón, 1894.

{2} Graf Chambrun und das «Musée Social» zu París, Berlín, 1896.

{3} Tiene muchísimos más, algunos escritos con un tono de ingenuidad que parecen traspasar los limites de lo discreto. Pueden consultarse el que publicó en colaboración con St. Ségis, titulado Wagner, y su discurso Le Comte de Chambrun à sa mision aux Etats-Unis.

{4} Le Musée Social. Inauguración, 25 de Marzo de 1895.

{5} He aquí algunos ejemplos de estos interesantes trabajos: A. Fleury, Tres tipos antiguos de sindicatos: los mecánicos, los «Boilermakers» y los fundidores de hierro; C. Jannet, Los Caballeros del Trabajo; P. Bureau, El Congreso de las «Trades-Unions» de Edimburgo, 1896; W. Sulliwan, El movimiento trade-unionista en los Estados Unidos; A. Leroy-Beaulieu, La evolución social de los esclavos en el Adriático; Ch. Gide, Las sociedades de vinificación; A. Metin, Una monografía económica y social en la India inglesa, &c., &c.

{6} Misiones del Museo Social en 1901. Además de haber tenido representantes en todos los congresos concernientes a su asunto, envió las siguientes: a M. de Seilhac, a estudiar las huelgas de Marsella y Calais; a M. Salaun, los retiros obreros de Bélgica; a M. Fondeur-Scheffler, el contrato colectivo de trabajo y los sindicatos obreros de Alemania; a M. Sayous, el Sweatings system en Whittechapel (Londres); a M. Maurin, una forma del cooperacionismo alemán, etcétera. Hizo también una información por medio de sus corresponsales acerca del arbitraje obligatorio, a lo cual mister Willonghby, el de los Estados Unidos, aportó materiales inapreciables.

{7} Sus premios consistieron a veces en 25.000 francos.

{8} La corriente de que nació el Museo Social, produjo, según era de esperar, muchas instituciones semejantes: unas sólo de alcance científico, otras de mayor alcance. No citaré más que dos, por estar influidas directamente por la de París, [217] que reseñamos: el Central Bureau voor Sociale advienzen (Oficina central de Informaciones sociales), de Amsterdán (véase Jaarverslag van de verecniging Central Bureau, &c., 1899-1900), y el Museo del trabajo, de Moscou. Este surgió en 1901 de la Sociedad imperial de tecnólogos rusos, mediante la iniciativa del señor Ledenzow, que dio para la obra 130.000 rublos (500.000 francos). Hoy asocia a mucha gente que trabaja por la paz y el bienestar de los obreros, tiene sus bibliotecas, sus publicaciones, sus cursos populares, sus concursos, una exposición de Economía social, un laboratorio de experiencias, y hasta un taller de dibujo y de conservación de modelos y aparatos.

{9} La fortuna que invirtió en el Museo el conde de Chambrun, se calcula en más de millón y medio de francos. Además, (por citar sólo las fundaciones que tienen alguna relación con esta obra) creó una cátedra de «Economía social» en la Escuela libre de ciencias políticas de París, que hoy desempeña monsieur Cheysson; otra que desempeña M. Espinas en la Sorbona, de «Historia de la Economía social», y otra de «Economía social comparada» en la Facultad de Derecho de la Universidad, que profesa M. Gide. De todas ellas se ha hecho mérito en su lugar.

{10} Además de los lugares citados, pueden verse para mayores detalles: The Musée Social in Paris, por W. Willonghby, 1896; [218] El Museo Social de París (en ruso), por Oseroft, 1898; Die «Société du Musée Social» in Paris, por G. Blondel. Bibliografía que por otra parte demuestra su importancia.

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Leopoldo Palacios Morini (1876-1952)