Leopoldo Palacios Morini, Las universidades populares
←  Valencia 1908 • páginas 175-202  →

Las universidades populares

I
Origen

Su nota más general dábala Anatole France inaugurando Le Reveil «Prosiguiendo –decía– su marcha lenta hacia la conquista de los poderes públicos y de las fuerzas sociales, el proletariado ha comprendido la necesidad de poner mano en la ciencia y de ampararse de las armas poderosas del pensamiento»{1}. [176]

Las Universidades populares nacieron efectivamente en Francia, como las fuerzas sindicales, las cooperativas socialistas, la organización de los partidos obreros, la legislación del trabajo... a impulsos de esa corriente «social» que llena nuestro tiempo. No es fácil determinar cuál es el movimiento más concreto de su origen, cuál su característica, cuál su espíritu, en qué consiste su crisis de que ya hace tiempo se habla; intentarlo es perderse en su complejísima variedad de formas y en la diversidad de opiniones que sobre ellas reina.

Buscando bien necesitaríamos llegar hasta el [177] infinito: indagar lo que en esta nueva concreción de la cultura pusieron el genio nacional y la influencia de otros países. Alguien dice que las Universidades populares, como toda obra viva, no tuvieron comienzo. Mas puestos a sorprender los puntos discretos en que cuaja la corriente, tendríamos que remontarnos a aquellos obreros de Montreuil congregados después de una encarnizada época terrorista para vivir el comunismo. Alegres trabajaban, por amor unos para otros, cambiaban gratuitamente sus productos. Su ideal era de justicia y de paz, y con su práctica fina, abnegada, hacían más por implantar la «ciudad nueva» que antes con sus conspiraciones y sus mitins. Pero el asesinato de Carnot despierta otra espantosa furia de oficial alarma, y la «Commune de Montreuil» fue deshecha, perseguidos los obreros, muchos encarcelados. La misma suerte sufrían grupos del mismo origen y aun otros tan tranquilos, tan extraños a pasiones revoltosas, que escarmentados de ensueños comunistas y anarquistas y asqueados del estado de grosera barbarie de los apóstoles del ideal nuevo, discurrían nómadas, por cafetuchos y cantinas de Paris, sobre filosofía, Política, ciencia social y arte, ganosos sólo de una «mente esclarecida», condición absoluta, en su opinión, de la justicia social futura. Tal acontecía, sobre todo, al que ya desde 1880 iba de la calle de los Boulets a la Aumaire, de ésta a la Vieille du Temple. Cuando no la policía, su sobriedad y templanza eran sus mayores enemigos; el vendedor de vino les cerraba las puertas y los obreros se dispersaban mohinos, desalentados, tristes.

De tantos esfuerzos maltrechos quedaba en 1894 una hoja volante que un obrero tipógrafo escribía, componía y repartía. La Coopération des [178] Idées. En 1895 todavía advierto en algún periódico la supervivencia de aquellos grupos. Uno se reunía en la Sala del Tesoro (rue Vieille du Temple), abierto a quien quisiera para discutir las cuestiones más abstrusas de sociología y metafísica; su ideal de franca tolerancia contrastaba con el sectarismo de Allemane prohibiendo a sus militantes La Petite République, entonces órgano de otra parcialidad socialista. También volvían a reunirse los tenaces obreros de Montreuil, esta vez para estudiar ciencias naturales. Su grupo sería andando el tiempo las célebres Soirées ouvrières, una de las universidades populares más interesantes.

La cooperación de las ideas y su autor Jorge Deherme eran todos los alientos de la empresa. Este, espíritu muy culto, había defendido, cuando revolucionario, el derecho a la fuerza, a la mentira, al robo; había tenido que ver en el proceso de los Treinta; ahora anhelaba paz, cultura fina, unión por la educación para los fines más altos del espíritu. Sus ideas lo mismo pudieran ser inspiradas en Fourier, que en Stirner, que en Proudhon, que en Ruskin. En sus trabajos estaba el alma de esa solidaridad idealista que representa principalmente en Francia un grupo muy extendido de educadores, casi todos protestantes, los Boyve, Secretan, Desjardins, Gide, los pastores Monod y Wágner... Deherme es un cooperador que piensa en la «Sociedad futura» como en una coordinación de asociaciones voluntarias, en las cuales el individuo es el elemento real. La democracia apenas salió de las fórmulas que recuerdan el mecanismo de otros regímenes; necesitamos vivirla haciéndola orgánica, despertando la vida en todos sus detalles. La democracia todavía apenas cuenta ciudadanos, y hay que hacerlos para «la libertad, que es el esfuerzo [179] constante, la voluntad siempre despierta y la responsabilidad siempre aceptada». La democracia tiene que producirse con la cooperación, cuanto más íntima y espiritual más honda, de todas las voluntades, de todas las ideas, de todos los intereses, no con la lucha, que es una restricción a la libertad creadora. Necesitamos acción, que es libertad, acción, aunque sea de clase. La burguesía será la última clase directora, pues aunque quisiera el proletariado no podría serlo teniendo su liberación por fin la absorción de todas las clases».

Mas ¿con qué medios? Con la educación. «Un obrero sobrio en cada talle –escribe– hará más por combatir el alcoholismo que todas las leyes prohibitivas y represivas. Diez trabajadores inteligentes y rectos que conozcan los verdaderos principios de la cooperación, las grandes leyes de la solidaridad humana, harán más por la mejora social que todas las caridades privadas u oficiales y que todas las legislaciones del trabajo. La justicia, la libertad, la solidaridad, no están fuera del hombre».

La cooperación de las ideas había crecido, y en 1896 era una revista que atraía a los intelectuales, apoyada por Enrique Mazel, el sociólogo de Mercure de France. La pregunta que les dirigía Deherme era ésta: «¿Cuál será el ideal de la mañana?» Y filósofos, poetas, artistas, historiadores, trabajadores y capitalistas... cada cual hablaba genialmente de sus atisbos en las modestas columnas de aquel periódico. Todos coincidían en un vago ideal de justicia para el porvenir, a despecho de sus distinciones de partido, dogma o casta, en la cultura del esfuerzo creador y en la necesidad de trabajar con los obreros. Al consignarlo, Deherme recordaba miras semejantes de concordia en las Sociedades [180] de la Paz, en la Unión para la Acción Moral, en la Liga del Bien, en las Sociedades antialcohólicas, en la Alianza Universal... El, por su parte, preparaba algo para el pueblo.

Sólo faltaba dinero, y Mauricio Barrés envió cien francos. La cooperación de las ideas lanzó en 1898 su llamamiento hacia la enseñanza popular superior ético-social. Se trabajaría, «metódicamente en la educación sindical, cooperativa, política, social, en una palabra», no en hacer déracines pedantes; buscaría el alma haciendo «hombres de voluntad enérgica, conciencias altas y esclarecidas, corazones ardientes, inteligencias sanas»; formaría con los obreros amantes de la verdad «una élite proletaria, núcleo vivo de la sociedad futura».

El llamamiento aparecía casi al mismo tiempo que Zola en L'Aurore fulminaba su famoso «Acuso». El affaire Dreyfus, enconando las pasiones, ardía por entonces camino de la cúspide de su pujanza, y la generosa Francia parecía morir aplastada entre el choque de dos fanatismos.

Mientras tanto, Deherme, decidido a empezar, alquilaba con sus cien francos una trastienda en el fondo de un patio de la calle de Paúl-Bert, compraba dos tablas en un almacén de demoliciones, las unía y cubría de encarnado para servir de mesa entre veinte taburetes y una silla para el conferenciante. Dos lámparas de petróleo y un encerado viejo constituían el resto del ajuar. En los muros había letreros: «En la sociedad no hay más que una fuerza viva: el hombre», «Vivir para otro», «Nosotros aceptamos todas las utopías y nos disponemos a vivirlas»... En seguida el primer programa, con una larga lista de conferenciantes: Mazel («Historia de la civilización»), Marín («El hombre y la raza»), Jorge Blondel («El movimiento [181] industrial y social en Alemania»), doctor Legrain «El alcoholismo y sus consecuencias sociales»), Mauricio Pujo («La educación artística: Rembrandt»), Arturo Fontaine («Las cooperativas de producción»)... La sala se colmó la noche del estreno... con cincuenta personas. Siguió abierta todas. El público se rarificaba; tres, cuatro, seis adherentes, y eso de tarde en tarde. Una noche hubo dos oyentes, y el conferenciante, venido desde muy lejos, hizo su lección como siempre. Y así hasta Agosto, sin estatutos, pagando quien quería, sin retribuir a nadie: los más devotos fijaban los pasquines, y Deherme barría el local todas las tardes. No obstante, se habían hecho progresos, se habían comprado unas banquetas, empezaba una biblioteca, se habían hecho excursiones al Louvre dirigidas por el pintor Séon.

En la calle arreciaban los enconos de las dos Francias. Un espíritu soez de pesada reacción, la credulidad del pueblo –pues, como dice Emilio Kahn, bastaba comparar dos escritos, y en vez de hacerlo se entregaba sin reflexión a las leyendas más monstruosas–, la carencia absoluta de crítica, que es el mal más grave de la democracia, el avance por lo mismo de gran parte de la burguesía (la dreyfusista) hacia un estado superior de reforma social, percatada de la contingencia baladí de la sociedad capitalista y guerrera, los aprestos a su preparación... eran cosas que vagaban en el ambiente en aquellas memorables jornadas del invierno 1898-99. Fue cuando los «intelectuales», acusados desdeñosamente de oponerse a la masa de la nación y a su engrandecimiento, hacían del pueblo, del cuarto estado donde hervían todas las audacias de un ideal nuevo, la carne de sus aspiraciones ideales. Eran los artistas, los poetas, los [182] sabios, los filósofos... Eran Zola, France, Duclaux, Buisson, Tailhade, Séailles, eran infinitos más, hasta entonces o endiosados en la Torre u obscuros en el laboratorio, los que salvaban la patria en la ruda pelea, sus nombres insultados, escarnecidos, azotados en las calles de París y en los muros de las Comunas de toda Francia.

El ensayo de la calle de Paúl-Bert ganaba: la concurrencia y las simpatías eran cada vez mayores. «La cooperación de las ideas» devenía en 1899 una «Sociedad de Universidades populares» que pensaba organizar y desenvolver en todo el país la enseñanza superior del pueblo y la educación ético-social mutua. Con un puñado de miles de francos que se recaudó en seguida, se instaló la primera «Universidad popular» en la calle del Faubourg Saint Antoine.

El nombre obscuramente empleado por los católicos bajo el imperio había sido resucitado por la revista un año antes. Ahora la palabra «Universidad» no era la universitas scientiarum et artium... Era eso y no era eso, y era más, mucho más.

II
Evolución

La conferencia-programa inaugural fue de Gabriel Séailles, uno de los filósofos de la Sorbona. Se titulaba «Educación y Revolución». Estamos en Octubre de 1899, después de terminado el ruidoso proceso de Rennes. [183]

Deherme y su grupo viven ahora en un local casi magnífico, antaño café cantante, donde un espacioso vestíbulo adornado con reproducciones del Louvre conduce al despacho del secretario al gabinete de fotografía, al pequeño almacén cooperativo y a una sala cuadrada afecta a los cursos, a las reuniones de sociedades, y el domingo a la cantina; a la derecha a un largo pasillo, y éste a la biblioteca, al salón de juegos, al pequeño museo; en fin a la gran sala destinada a conferencias y teatro. En todas partes se ven reproducidas las obras inmortales del arte. Los adherentes, que pasan de 2.000, siguen creciendo, y la actividad de la casa extiende sus dominios. No se dedica sólo a las conferencias, tarea ininterrumpida que sigue congregando todas las noches a inmenso público en torno de los más discordes conferenciantes. Son además los cursos de lenguas (alemana, inglesa, rusa y francesa para los extranjeros), los de fotografía, canto, taquigrafía, dicción y costura; son las consultas médicas, jurídicas y económicas y el servicio barato de farmacia: son el patronato para niños, la organización de colonias de vacaciones, de mutualidades, de cooperativas de todo género la agencia de colocación; son el Teatro social, donde los domingos se hacen conciertos, se representan Cid, Tartufe, Ruy Blas, Gringoire, Flibustiers, Liberté... y se leen los grandes clásicos alternando con cánticos y música, los paseos al campo, los juegos, la esgrima; son las obras de la más fina estética, como la dirigida por Mad. Chalamet, Les Fenêtres Fleuries... los que aseguran tan prodigioso éxito. En la biblioteca pasan de 3.000 los volúmenes, casi todos de filosofía y ciencia social, y son inumerables las revistas. En el museo alternan Rubens con Botticelli, las obras clásicas de [184] pura belleza con las ilustraciones de Juan Pablo Laurens, con los paisajes de Beudin, con las ideales figuras de pensamiento y ensueño de Alejandro Séon. Los socios disfrutan de todo sin más formalidades que su pobre cuota. «Los que vengan –escribe Deherme– traerán sus convicciones. Mejor; no nos proponemos cambiarlas, sino, sean cuales sean, fortificarlas haciéndolas más sociales, más conscientes, dándoles un fondo moral, en el cual puedan prolongar sus raíces y convertirse en disciplinas fecundas. Es menester apasionar al pueblo.» Todo el reglamento se reducía a unos cuantos consejos en la tarjeta de entrada{2}.

Al mismo tiempo, la corriente de que la Universidad popular era eco, irrumpía aquí y allí en los más variados centros. El fanatismo y la discordia, tan agitados aquellos días, también en ellos hacían presa.

A comienzos de 1900, la Sociedad había ya abandonado su primer nombre, se llamaba «Sociedad para la enseñanza popular y la educación mutua». Ya no tenía por secretario a Deherme, ya [185] no vivía en el Faubourg Saint-Antoine, sino en el Hotel des Sociétés Savantes, autorizada por el Gobierno. En los recintos de la primera Universidad popular quedaba independiente, libre, el grupo carne y espíritu de Deherme. Este pretendía, quizá injustamente, que hasta su objeto había variado: la Sociedad no «crearía», imponiendo grupos como el originario, con su tono de libertad, de «cooperación», de franca tolerancia hacia todos; sólo «provocaría y secundaría» cualquiera suerte de asociaciones, entre ellas parlotes sin importancia que desnaturalizarían el movimiento.

Lo cierto era que el comité recibía y centralizaba las infinitas que iban poblando París y toda Francia. La corriente era fecunda, variadísima, pintoresca. L'enseignement mutuel se formaba con la base de un grupo de empleados del centro de París, que venían reuniéndose ya desde 1897 para hablar de Filosofía y leer los libros de Guyau. Ahora, unidos a obreros sindicados, a estudiantes y maestros, se instalaba en un local con biblioteca y jardín. La Fundation universitaire de Belleville nace formada por estudiantes recién venidos de Inglaterra, unidos a cooperativas, sindicatos y profesores. Tiene un pabellón en uno de los barrios extremos con habitaciones para residentes; hace conferencias, obra social y da bailes. Al lado de un restaurant cooperativo fórmase L'Emancipation, inaugurada por Anatole France. Tiene tendencias anarquistas. L'Union Mouffetard surge de un grupo de escolares de la Normal, puesto al habla con otro de ardientes educadores. Es muy avanzada dentro de su neutralidad, y en su Hotel reúne un numeroso público de obreros. Profesores eminentes iniciaron La Solidarité, donde hicieron cursos Seignobos, Faguet, Buisson, Tarde, el doctor [186] Poirrier, Duclaux, Le Dantec, &c. Y así, Le Reveil, La Fraternelle, Le Contrat Social, L'Aurore, Voltaire, L'Education Sociale, Germinal, L'Idéal Social... hasta cerca de cincuenta entre Paris y sus alrededores, nacidas casi todas de grupos obreros, al lado de sindicatos, de logias, de cooperativas, de círculos políticos; muchas humildísimas, casi miserables, otras errantes; todas trabajadoras entre las cuales algunas de las más pobres, conmovedoras por lo denodadas y lo serias.

Deherme solo, en la suya, sola, no se daba paz. La Casa Filosófica de los obreros debiera realizar el Palacio del pueblo. «Son piedras las que marcan las etapas sucesivas de la humanidad. La antigüedad ha vertido su ensueño de belleza en sus monumentos. La Edad Media ha proclamado el ardor de su fe y su fraternidad en sus catedrales... Los Palacios del pueblo, edificados por el pueblo, consagrarán para siempre el triunfo de la democracia.» La cooperación de las ideas nos anticipa su composición. El Palacio del pueblo se elevará sobre tres mil metros de su superficie y servirá a la satisfacción de las necesidades intelectuales, morales y sociales de sus 20.000 miembros. En el piso bajo del lado de la fachada se instalarán las cooperativas, los baños, una sala de lectura, un café de templanza y un restaurant cooperativo para 200 personas; en el centro un teatro para 1500, una galería que le separe del jardín destinada a Museo, palco para conciertos, gimnasio para la educación de la belleza física y una sala de descanso, un hall para los niños y una sala de esgrima en el fondo. En el primer piso, salones para oficinas y para reunir círculos de amigos, mutualidades, sindicatos, sociedades musicales, &c.; después la biblioteca, las salas de lectura y varias de cursos y [187] conferencias: por la noche se emplearán en las veladas de los obreros; por el día, bullirá en ellas un liceo popular donde reciban una enseñanza general, completa, de verdadero acceso a las Facultades, los hijos de los socios: «Es menester que el pueblo tenga sus ingenieros, sus sabios, sus filósofos, sus artistas.» Se destinará el segundo piso a los talleres de la enseñanza profesional, donde «se hagan obreros creadores y artistas y no contramaestres rutinarios»; a las exposiciones permanentes, glorificación del trabajo manual; a los laboratorios de física y química... En fin, en el tercero, habrá habitaciones elegantes, confortables, embellecidas por el sello personal, para los residentes obreros... Otra vez congregó Deherme en torno de la idea a los hombres más esclarecidos de toda Francia. Los planos hechos fueron fijados en los muros de la Universidad popular al lado de las metopas del Partenón. El proyecto sigue su camino. En Gante y en Bruselas ya lo realizaron el Vooruit y la Maison du Peuple{3}.

Mas Deherme estaba evocado a otra aguda crisis. La intolerancia más grosera, iba a hacer presa de su Universidad, «á pesar de haberse abierto sin restricción a todas las creencias, a todas las voluntades, a todos los corazones»: en sus programas sólo se excluía la exclusión. Entre los conferenciantes figuraba el abate Denis, director de los Annales de la philosophie chrétienne, revista en que colaboran hasta positivistas. Sus lecciones acerca de «Los orígenes y la misión social del cristianismo», alternaban con otras de los más heterodoxos, notablemente con las de Buisson sobre «Sócrates y Jesús». Se habían hecho en paz las primeras. Un [188] día, unos clérigos dimisionarios que también allí explicaban, excitaron al público y a los periódicos anticlericales, y una noche el abate Denis tuvo que dejar la tribuna maltratado. Buisson no quiso seguir, pues se rechazaba al adversario: recordó, en cambio, los principios de la Universidad popular. Deherme vio cuán necesaria era su obra.

La cooperación de las ideas quedó más sola y más libre, Los anticlericales fundaron otra, la Diderot, en el mismo barrio. Los demócratas católicos, de los cuales es el Sillon principal órgano, fundaban los «Institutos populares»{4}. Unos y otros siguieron encontrándose en la «capilla» de Deherme{5}. [189]

También los departamentos pagaban su tributo de cultura. Sus Universidades populares son a veces lo que en Paris, y es cuando triunfan, de iniciativa obrera o intelectual con sus aspiraciones reformistas; otras son federaciones de las sociedades de instrucción o centros de patronato: es cuando fracasan. Se deben a los obreros, a los profesores de la Universidad y de los liceos y colegios (incluidas directoras de los de señoritas), a los maestros, a los inspectores de escuelas (entre los cuáles M. Payot ha hecho obra considerable), a los burgueses ricos, a los pastores, a los municipios... hasta a las asociaciones de pequeños alumnos de las escuelas (las Petites A, como se las llama). Muchas son rurales. Como en París, algunas tienen locales a propósito, otras son capillas nómadas que ofician donde pueden, en el salón de una alcaldía o de una escuela; otras están adscritas a los sindicatos, a las cooperativas o a los círculos políticos; otras disponen de magníficos locales que les cede el municipio, como en Lyón y Lila; en Amiens, Rennes, Nimes, Clermont-Ferrant y otras ciudades viven en las Bolsas del Trabajo; en Rouen, un filántropo rico compró el edificio de una iglesia sin culto y dispuso que en él se levantara La Maison du Peuple...

Fuera, principal in ente en Inglaterra y en los Estados Unidos, se habló antes que en Francia de Universidades populares, para designar difusamente y con cierta retórica las corrientes de las universidades de la nación hacia la masa del pueblo, generalmente alejada de ellas (University extension). También en Austria se habló de Universidad popular a propósito de los Wiener volksthümlichen Hochschulkurse. Nacidos de una Sociedad particular de Instrucción compuesta, sobre todo, [190] por los privat-docenten de la Universidad de Viena, pertenecen hoy en absoluto a ella. En 1.895 ya disponían de programas muy completos, a lo que contribuía no poco el celo de Antonio Menger. Pero donde la labor de Francia ha influido verdaderamente ha sido en las Universidades populares de Polonia, Italia y Bélgica. En Polonia se fundó una, que aunque de mayor importancia en Cracovia, tiene ramificaciones en el país, con el nombre de Mickiewicz para celebrar en 1.898 el centenario del poeta. Es absolutamente del tipo francés, creada por miembros del partido obrero, si bien neutral y ayudada por profesores de la Universidad. Italia ofrece todo un movimiento, y muy variado, de Universidades populares, también muchas veces en manos de los liberidocentes. De él conozco la de Turín, que fue la iniciadora. Surgió la idea de relaciones habidas en 1899 entre la Societá di cultura y Fraternitas, una sociedad obrera. El profesor A. Mosso apoyó con calor la idea y la Real Universidad la hizo obra oficialmente. Hoy se reúnen en el antiguo y artístico refectorio de un convento. Todavía no se consiguió tanto en Francia. En Bélgica hay por lo menos tres en Bruselas: la de la Casa del Pueblo, la de Schaerbeek y la de Saint Gilles. Trabajan por los mismos ideales que las francesas, quizá un poco más conservadores.

Y así Dinamarca, tan poéticamente con Kold, el de la cabaña; Suiza, con la que M. Renard fundó en Lausana, y con la de Zurich después; hasta Alejandría y Túnez...

En fin, España con la de Oviedo, y las de Valencia y Madrid, con el poderoso movimiento de Barcelona, también parece entrar en este enorme concierto. [191]

III
Carácter

Cuando Francia no tenía Universidades populares, los ojos miraban a Inglaterra y se quería reproducir su Extensión de la enseñanza. Claro que se salvaba la primacía francesa, pensando en la obra de la Revolución, en los proyectos de Condorcet, en la doctrina de los fisiócratas...{6}. Mas nacidas, todos proclaman su originalidad incomparable. Ni siquiera recuerdan dentro de casa aquellas Sociétés scientifiques y literaires de la Sorbona, de 1865, ni las Lectures au Peuple, de Souvestre y Carnot, en 1848{7}.

No son, en efecto, la Extensión universitaria. Si pudo creerse cuando por tal se tomaba fuera de [192] Inglaterra cualquier tarea de difusión de la cultura, hoy no suele admitirse. «Las conferencias populares –declaraba en un Congreso el profesor Roberts de Cambrigde–, por interesantes que sean, no dicen relación alguna a la University extension.» Y otro profesor, M. Jebb, añadía que no lo habían sido en Oxford ni las memorables de Juan Ruskin. El maravilloso conjunto de la Extensión británica empieza por los exámenes locales de la Universidad y por su sistema de cursos fuera de sus muros con concesión de títulos a los alumnos, y termina, por ahora, en la fundación de universidades y colegios. Es toda la historia contemporánea de la enseñanza superior inglesa. Los países que la imitaron (ya casi todos), prescindieron de las funciones concordantes allí con las condiciones peculiares de su vida nacional, pero mantuvieron las esenciales, a saber: a) difusión del espíritu puramente científico; b) por medio de la Universidad hasta como persona administrativa y solemne.

¿Responden a eso las Universidades populares?

Pienso que con ellas podrían hacerse dos grupos. Formarían el primero las de Francia, Polonia, Bélgica y algunas italianas... que tienen de común, entre otras cosas, el haber nacido y desenvuéltose privadamente, independientes de la Universidad y de los poderes oficiales; en el segundo, figurarían las adscritas a la Universidad, como las de Viena y Turín, por ejemplo, entre nosotros la de Oviedo{8}, que tienen su mismo ideal, habitan su casa, [193] disponen oficialmente de sus profesores y de sus métodos. Estas son una forma de Extensión, y por cierto floreciente; las otras no entran en sus dominios.

Pero todavía discrepan en más. Veámoslo por lo que hacen las Universidades populares tipo, que son las francesas, las cuales, a despecho de su variedad, son por lo menos de tres clases:

a) Universidades populares de La cooperación de las ideas.

Enseñanza superior por la cooperación y concurrencia de todas las ideas, sin exclusión; acción social orgánica que eduque para un porvenir de libertad. «Sólo perseguimos un objetivo –dice De herme–: la emancipación integral del proletariado y bien entendido por el proletariado mismo, mas para la humanidad entera, no para gloria de una fórmula, el poder de una parcialidad o el triunfo de una dialéctica.»

b) Universidades populares que llamaremos de partido.

Enseñanza superior y educación mutua; laicismo con exclusión; acción social, más bien política para el triunfo de un sistema. «La Universidad popular –dice Carlos Guieysse, el secretario de la [194] sociedad– es una institución obrera organizada para la lucha de clase, para la conquista de un poder público, el de la enseñanza...»{9}.

c) Institutos populares.

Enseñanza mutua de compenetración y amistad: ni confesional ni neutra (hecha por católicos, según métodos racionales); acción social. «El trabajo de la educación popular –escribe Marcos Sangnier– tiene un complemento: la organización democrática, el florecimiento del movimiento sindical, la legislación del trabajo.»

Se combinan estas tendencias en algunas; en otras donde la actividad no es tan completa se aspira a que lo sea. Es su público muy semejante quien reduce todavía las diferencias.

Puede verse, pues, otra distinción muy acusada entre ellas y las instituciones de la Extensión. Las tareas intelectuales que pudieran serles comunes, son en éstas, como en la Universidad, de pura investigación desinteresada (científica); en las Universidades populares, de predicación; además, en ellas, por misión principal que les concedan, es sólo como un medio entre muchos de su acción social integral reformadora. Son una especie de [195] capillas laicas de acción orgánica social, tendenciosa, de emancipación proletaria. Aparte de lo que puedan devenir en la crisis de las instituciones oficiales de enseñanza, no les liga con la Universidad en Francia más que lo que influyen en su incorporación por aquéllas algunos pensadores, entre ellos el eminente Durckheim, y no para que las Universidades populares dejen de ser lo que son (quiere que en ellas se prepare a los obreros en su obra política y técnica), sino para que las Universidades lo sean verdaderamente, «la universalidad de las artes y de las ciencias, y además de todas las manifestaciones de la mentalidad colectiva».

Más bien se parecerían a los Settlements o colonias universitarias inglesas, incluso por la base cooperativa de sus orígenes. Piénsese en la acción de Arnoldo Toynbee en los bajos barrios de Londres, y en lo que trabaja todavía en esa corriente emancipadora su colonia no superada de Whitechapel. Pero el movimiento francés es íntimamente democrático y popular, en ocasiones hasta plebeyo. En Inglaterra débense los Settlements a universitarios aristócratas, que, por supuesto, no quiere decir a «caridades intelectuales» en el sentido que se entiende en Francia, sino a corrientes de fraternidad de las más puras y elevadas.

En general, puede decirse con Dainel Halevy que la aristocracia y la burguesía católica, o sea casi toda la burguesía, han permanecido alejadas, cuando no hostiles, de las Universidades populares. Ni la primitiva colaboración de Barrés y Mazel ni el movimiento de los Institutos populares, tan débil que a despecho de sus recursos de todo género no había logrado en 1902 fundar más que uno en París (el de la calle de Cochin) y muy pocos más en provincias, lo desmienten a mi ver. «El dinero [196] vino un poco de la burguesía protestante, y sobre todo de la judía.» El partido de la demopedia, que diría Proudhon, lo componen «los intelectuales»; es decir, los intelectuales revolucionarios, anhelosos como los obreros de un estado nuevo de justicia social. No representan clase alguna, representan los intereses de la cultura humana y del libre pensamiento, maltrechos por la burguesía. Uníalos al pueblo el «sentimiento de una fraternidad real, verdadera unidad». Otro publicista, Emilio Kahn, dice que los pocos profesores que no eran socialistas antes de ir a las Universidades populares se convirtieron en seguida{10}.

El otro elemento, el pueblo, que había iniciado la corriente, era para ellos un misterio; casi sigue siéndolo. En él se habían condensado todas las llamaradas de la Revolución, habían sedimentado todas las utopías que cruzaron la mente de la humanidad en un siglo de revuelta, los ideales románticos y socialistas de la revolución de Julio, las audacias democráticas y terribles de 1848, el odio que las persecuciones, las injusticias y la adversidad, vistas al candil de cuatro lecturas huecas y desilvanadas, habían fraguado en los tiempos posteriores. No era otra clase ni otro ideal, era otra cultura. Es menester ver con qué tenacidad, mortalmente uniforme, se repiten aquí y allí y en todas partes media docena de fórmulas llamativas, burdas, axiomáticas, irrompibles, contra las que chocan todas las noches los esfuerzos más desinteresados de los maestros. Terminada la conferencia, [197] comienza la discusión. La mayor parte de los obreros callan impenetrables; alguno habla, pero jamás lo hace para discutir, dispuesto en su caso a convencerse. Son conclusiones cerradas, inabordables: «La propiedad es el robo», «todo es materia organizada», «la autoridad es absurda...» Los demás asienten. Nadie experimenta allí la necesidad del libre pensamiento, y cuando se invoca significa una negación categórica. La palabra Dios no puede pronunciarse. Y es justa la observación de Halevy: para aquel pueblo que no soporta los poemas de Víctor Hugo, puede considerarse perdido el tesoro de poesía, de mística, de unción religiosa con que las más varias creencias lo consagraron en obras inmortales hace más de treinta siglos.

Quien haya vagado un poco por las Universidades populares de París no podrá menos de recoger esa nota. Todas o casi todas fueron llegando al socialismo, muchas arrastrando a sus maestros. La de Deherme resistió en su neutralidad y no por una especie de petulante coquetería, o por pagar tributo a un rancio liberalismo. Resisten algunas otras, yo creo que por motivos más hondos. El público es el mismo. Deherme era anarquista.

Este carácter de las Universidades populares trasciende a la calidad de los que aprovechan sus enseñanzas, a los programas, a los métodos, a sus recursos económicos, en relación con las otras instituciones de que hablamos.

Llegan más abajo que la Extensión, aunque en ocasiones no se encuentre en sus recintos sino una cuarta parte de obreros entre pequeños burgueses y empleados de poca importancia; en cambio en muchas son obreros hasta los conferenciantes. «La University extension –escribe Sadler– por un lado [198] fue parte del movimiento para la mejora de los maestros de escuela, por otro formó en el movimiento de la enseñanza superior de las mujeres, sobre todo en las ciudades de provincia»{11}.

Los programas están llenos siempre en Francia de asuntos candentes de batalla si bien alternan con los de la más varia cultura. Todavía, recuerdo emocionado una famosa conferencia de Luisa Michel, aquella viejecita de melena cana, sobre las jornadas Sangrientas de la Commune, en La cooperación de las ideas. Compárense con las de la University extension, que versan principalmente sobre literatura o historia. «Es menester confesar –vuelve a decir Sadler– que la enseñanza de la Economía política y de la ciencia social a los obreros no ha prosperado.» Compárese con lo que ocurre en Viena, donde el profesor Strisower, explicando «los esfuerzos para el mantenimiento de la paz internacional» no pudo pasar de 1867, por sujetarse al reglamento, que prohíbe formalmente «las cuestiones que hagan relación a las luchas políticas, religiosas y sociales de nuestro tiempo».

Los métodos, mientras en las Universidades populares extensionistas son los de la Universidad con sus cursos, trabajos de los alumnos y hasta diplomas, en las francesas y semejantes casi no ha podido pasarse de las conferencias aisladas; sin [199] embargo, aquel año había prosperado en casi todas las de París un curso sobre Spinoza. Se trabajaba mucho por extender el ensayo de La Solidaridad. Frente a los que tal hacían, estaba Deherme. Para éste, la más rica, variedad en programas, métodos, ideas, conferenciantes y asuntos más mezclados, encierra toda la excelencia de aquella suerte de enseñanza. La reglamentación uniforme es buena para los profesionales. Los obreros no podrían seguir un plan riguroso, dadas sus condiciones de vida y de trabajo. Dadas sus condiciones de espíritu, es necesario sembrar mucho –pensaba–, a manos llenas y de la más variada suerte, para que fructifique algo. Y algo es para el obrero el esfuerzo de seleccionar, de orientarse en lo que parece un dédalo de confusiones, de formarse su programa según sus necesidades espirituales y su individualidad. Pensar no es más que tener personalidad, crear. La enseñanza debe ser fecundación. En La cooperación de las ideas, «lo que se recomienda a los conferenciantes es no ponerse jamás al alcance del público: deben guardarse las alturas». El que menos sea entendido es quizá quien hace mejor obra, porque ha sacudido a latigazos la pereza intelectual, ha despertado un esfuerzo...

Y lo mismo en los recursos económicos. No hablemos de las sumas gastadas en la labor británica. La Universidad Popular de Viena, además de las cuotas de los adherentes (25 kreuzers mensuales), percibe una anualidad de 6.000 florines del ministerio de Instrucción Pública, cuenta como bienhechores, al lado de algunos sindicatos obreros, a banqueros, a grandes señores, a compañías como el Banco de Crédito Industrial y Comercial, la Sociedad de la Dinamita, la casa de electricidad de Siemens y Halske. Si copiara la lista de sus [200] donantes en Turín, se vería una cosa análoga. En cambio, e Francia las Universidades populares viven pobres; sólo perciben las cotizaciones de los socios (50 céntimos al mes y 75 una familia, y en algunas menos) y escasa ayuda de los sindicatos, de las cooperativas, a veces hasta de los municipios (sobre todo en los departamentos; el de París también subvenciona alguna de sus obras: por ejemplo, con 500 francos, el patronato de niños organizado en La Emancipación, que es, por cierto, libertario){12}. En Bélgica, donde la Extensión y las Universidades populares forman dos organismos perfectamente independientes, también los municipios los ayudan con locales, calefacción, luz, y además con 500 francos (250 por su obra de instrucción y otros tantos por la antialcohólica). De ahí que sus servicios, empezando por el de los maestros, tengan que ser gratuitos; no son por eso menos entusiastas y fervorosos.

Todo confirma la nota que les señalaba Anatole France. Son instituciones obreras de reivindicación por la cultura: «necesitamos obreros conscientes», según dicen comparables con ciertas cooperativas de Inglaterra; en Alemania con organizaciones más bien políticas, como el «Club Karl Marx», de Berlín, por ejemplo. En Francia, el movimiento cuenta con los intelectuales más encumbrados; eso es todo.

Y en esa confusión, en esa pobreza, en esa cerrada intolerancia revolucionaria... cada cual lee en qué no realizan sus sentimientos y hablan de su [201] crisis, hasta Deherme. ¡Hace tanto tiempo que se habla de la crisis de la Extension británica!

Y mientras tanto, las Universidades populares arrancan en París todas las noches, y por esa proporción en todas partes, a más de 53.000 personas, del vicio cenagoso, o de las miserias de una triste velada... Además, arrojan ya demasiada luz para que la pobre cultura de que hablamos no contemple sus harapos. Las ideas cristalizadas, las quimeras de los sectarios utopistas, no resisten los golpes invencibles de la lógica; al fin se quiebran. ¡Y qué de veneros descubiertos en el generoso humanismo que las anima y enciende! Los obreros más recalcitrantes son creyentes. Que no se mancille a sus grandes ídolos, a la Ciencia, a la Justicia, a la Solidaridad, al Progreso, a la Humanidad... No hay ninguno que no crea en la realización de la «Ciudad armónica» llena de luz y de paz; ninguno espera verla, y todos trabajan en ella con fe, con denuedo heroico, con amor, con rudo sacrificio. Las Universidades populares están en la médula del movimiento más liberador de la Francia grande. Hay que verlas vibrantes de simpatía, de honda pasión, en su culto a la Naturaleza, en su adoración al Arte, en sus predicaciones, en sus fiestas...{13}. ¿No significan tampoco nada sus luchas contra el alcoholismo, contra el cabaret, contra la prostitución, contra la miseria, y la tuberculosis; sus trabajos por la paz de las naciones, por el imperio de la Idea, por el triunfo del Bien?... [202]

Cuando el incomparable Guyau hablaba en su libro inmortal{14} de lo que subsistirá de las religiones en la vida social, de la asociación de las inteligencias, de las sociedades de estudios religiosos, filosóficos y científicos, de la extensión de las ideas y de la conversión de los espíritus a la ciencia de la sustitución del rito por el arte, del culto a la Naturaleza y del proselitismo moral, ¿no parecía adivinar este movimiento? ¿No responden estas instituciones a esas necesidades?

«Las Universidades populares –dice Deherme– son mutualidades de perfeccionamiento y elevación, como lo fueron antes las iglesias. Pero no por la oración, sino por el esfuerzo.»

Notas

{1} Opiniones sociales, vol. 13 de la Biblioteca socialista, París 1902. Bibliografía. Rein y Fleich, Volkshochschullkurse, Berlin 1900; Daniel Halevy, Essais sur le mouvement ouvrier en France, París, 1901; Ch. Gide y Bardoux, La Fondation Universitaire de Belleville, París, 1901; Dick May, Quelques reflexions sur les U. P. (Revue Socialiste, 1901); R. Dreyfus, La naisance et la vie des U. P. (La Grande Revue, 1901); L. Le Foyer, De la tolerance dans les U. P., París, 1901; Università Popolare, un foll. con varias firmas, Turín, 1901; Madel, Une U. P. à Schaerbeck (Rev. de l'Université de Bruxelles, 1901); Cahiers de la Quinzaine: Les U. P. (1900-1901), noticias de sus secretarios en dos cuadernos: 1, París [176] et banliue; II, départements, prólogos de Séailles y Guieysse; Mantoux, Guieysse, Lafargue, Lagardelle, Vaillant, &c., Intellectueles et socialisme (4 cuad.); G. Séailles, Le Palais du Peuple (1 cuad.); Lafargue, Deherme, Guesde, Turot, Les Petis Teigneux (1 cuad.); Ch. Guieysse, Les U. P. et le mouvement ouvrier (1 cuad.); G. Deherme, Une tentative d'Education et d'organisation populaires, París, 1901; Le I congrès de l'enseig. des sciences sociales (memorias de Hauser, Deherme y Aves, págs. 234, 256 y 272), Alcan, 1901; Congrés Int. de l'Education Sociale (mem. de Durckheim, pág. 128), Alcan, 1901; III Congrès Intern. d'Enseig. Supérieur (memorias relativas a la Extensión universitaria, págs. 37, 120), París, Chevalier-Marescq, 1902; A. Chaboseau, La Première U. P. (Mouvement socialiste, 1902); doctor Roussy, Les U. P. (Revue int. de Sociologie, 1902); E. Kahn, La Question des U. P., Paris, Stock, 1902; D. Halevy, Trois juors en Belgique (Pages Libres, 1902), Séailles, Les U. P. en Belgique (Annales de la Jeuneusse laique, 1902); Montoliu, Institucions de cultura social, Barcelona, 1903; Sangnier, Une méthode d'éducation démocratique, París, 1906. Revistas: La Cooperation des Idées, desde 1894, París; el Bulletin des U. P., publicado de Marzo a Julio de 1900, París; Le Sillon, Les cahiers des l'Universités Populaires, París, &c.; en Italia L'Università Popolare, publicada desde 1901 en Mantua... –Estatutos: Statuto della Universisità Popolare di Torino; Slatut für die Einrichtung volksthümlichen Universitätsvorträge durch die Wiener Universität; Memorias publicadas por la Universidad Popular de Madrid; Anales de la Universidad de Oviedo.

{2} Decía en el reverso: «No tenemos reglamento ni vigilante. Nos bastará saber lo que tenemos que hacer aquí para que lo que hagamos libremente, como hombres libres y conscientes.» «Tened cuidado de los libros prestados, para que muchos más puedan leerlos después de vosotros...» «No escupir. Cada año mueren sólo en Francia 160.000 individuos de la tuberculosis, de los cuales las dos terceras partes sin duda porque nosotros escupimos. Cuestión de limpieza y de cortesía.» «En las conversaciones no suponer nunca que el de la opinión contraria es un imbécil o un cretino. Puede ser él quien tenga razón...» «Participar muy activamente en el funcionamiento de la Universidad popular, es obra de todos y para todos, de todos los que vienen y toman parte en sus trabajos y placeres... Penetrémonos bien de que aquí estamos en nuestra casa y somos nuestros maestros...»

{3} Pág. 45.

{4} El nombre consuena con el de los Instituts catholiques, que es como oficialmente se denominan en Francia las universidades católicas. El Estado reservó por ley de Marzo de 1880 el de Universidad para las suyas. Generalmente, sin embargo, se emplea siempre este. Le Sillon es una asociación de jóvenes que se proponen vivir socialmente el catolicismo, «dar una forma a las aspiraciones privilegiadas de esa sociedad futura que se elabora lentamente, y no podría prescindir de Cristo y su Iglesia». Penetra en los medios católicos despertando su sentido social y se infiltra (por irradiación) en los indiferentes y hostiles, tratando con verdadera unción todas las cuestiones batallonas. A esas dos fases de su acción responden sus Círculos católicos de obreros y los Institutos populares. Marcos Sangnier, su director, dejó la Escuela Politécnica para consagrarse a la educación popular con toda su alma. En Francia son los católicos a la antigua y los nacionalistas enragés sus más voraces enemigos.

{5} Más tarde todavía, en 1904, las disensiones y hasta la intervención judicial a que dio lugar el mantenimiento del Château des Universités populaires, de que hemos hablado en el segundo capítulo de este libro, obligaron a retirarse a su fundador. La Universidad popular del Faubourg Saint-Antoine parece conservar, sin embargo, su antiguo espíritu. Deherme a hecho reaparecer recientemente su revista, La Coopération des Idées.

{6} H. Michel, L'Idée de l'Etat (París, Hachette): «La difusión de la instrucción popular ha sido proclamada antes que por nadie por los fisiócratas. Instruir a los espíritus es conquistarlos.» Cita en su apoyo a Badeau, Introduction á la philosophie économique, segunda parte, tomo II.

{7} No obstante, hubo muchas instituciones semejantes; entre ellas citaremos por mejores la Société Populaire d'Economie Sociale, de Nimes, debida a Boyve en 1885, fundida hoy con otras en una Universidad popular (véase el modesto periódico L'Emancipation, órgano del movimiento cooperativo nimés, que es de lo más serio y bien inspirado); los círculos desaparecidos de obreros de los pastores Allier y Wágner, sobre todo los mutualistas del pastor Fallot (Cercles d'Aide fraternelle et d'Etude Sociale), y la Société Positiviste d'Enseignegnent supérieur que, fundada en 1881, vive todavía piadosamente en la última casa de Augusto Comte...

{8} De las otras españolas, la que Vicente Blasco Ibáñez fundó en Valencia podría figurar entre las de tipo francés. La de Madrid tiene por antecedente las excursiones de obreros a los museos, organizadas por la «Corporación de antiguos alumnos de la Institución Libre de Enseñanza» y las clases y reuniones del mismo género en los locales de su domicilio. [193] En 1904, se fundó la Universidad popular por gran parte de la juventud del Ateneo de Madrid. Hoy ya se ha instalado en local aparte y disfruta una pequeña subvención del gobierno. Hace conferencias y cursos, en su casa y fuera de ella, en círculos y sociedades obreras; excursiones a los museos y a las ciudades más celebradas por el arte; música; organiza enseñanza primaria elemental, sobre todo para obreras; lleva también a los museos a los niños de la beneficencia pública y conferenciantes y lectores a los centros de sordomudos y ciegos. Véanse sus Memorias (Madrid, 1905 y 1906), y para enterarse de la corriente avanzada contraria al espíritu de esta obra, Julián Besteiro, artículo en El Intransigente, Madrid, 1907.

{9} La lucha de clases en su expresión más aguda está organizada fuera de las Universidades populares hasta el punto de serles hostil. Lafargue decía en el Socialiste que en ellas se quería comunicar al pueblo la ideología burguesa y distraer las escasas energías que le restaban para organizar sindicatos, cooperativas, grupos políticos y socialistas, después de su embrutecedor trabajo. «No hay más que una ciencia que los trabajadores deban adquirir incluso apretándose el vientre y rebelándose contra el sueño: el socialismo.» «Las Universidades populares –decía Guesde a un redactor de Le Temps– tienen tanta importancia como la obra de esos tiñositos (refiriéndose a los socialistas ministeriales). Con invenciones semejantes se divierte al pueblo.»

{10} Por cierto que después de revisar todas las instituciones populares de enseñanza, incluida la University extension, dice pensando en la obra de la Universidad de Oviedo: «Es en España donde hay que buscar los cursos más apropiados a las necesidades de los obreros.»

{11} Todavía puede dar idea del público de las Universidades populares la siguiente estadística, publicada por La Enseñanza Mutua en 1900. Inscritos 200, y 113 declararon sus profesiones: 36 empleados, 5 dibujantes, 6 estudiantes, 5 ingenieros, 8 tenedores de libros, 8 pintores, 5 mecánicos, 3 maestros, 5 tipógrafos, 4 jornaleros, 4 ebanistas, 5 sastres, 2 tapiceros, 4 zapateros, 2 guarnicioneros, 1 dorador, 1 cochero, 1 medidor, 1 farmacéutico, una partera, 1 cortador, 1 carretero, 1 cerrajero, 1 confitero, 1 periodista, 1 albañil.

{12} A veces comienzan con un puñado insignificante de francos procedentes de alguna liberalidad. Cuando se formó la sociedad se recaudaron cerca de 30.000, de los cuales se emplearon más de 21.000 en La cooperación de las ideas. Pero lo que se recomienda como esencial son las cotizaciones de los socios. ¡Siempre el esfuerzo!

{13} Alrededor de las Universidades populares hay buen número de asociaciones con este objeto: Le Livre pour Tous, L'Art pour Tous... La Nature pour Tous... Entre sus fiestas pueden citarse las de la Paz, organizadas para recibir a los niños del Vooruit, la cooperativa socialista de Gante, los cuales recorrieron varias naciones estrechando amistades con [202] sus vecinitos y trabajando por la Internacional; las fiestas cívicas de la Raison, en conmemoración de Rousseau, de Voltaire, &c., al nacimiento del sol, a la primavera... El escultor Derré planeaba en grande su Fuente de Amor, y colocada en uno de los bosques más hermosos de París, iba a ser también objeto de una peregrinación popular de las más encantadoras...

{14} L'irréligion de l'avenir, págs. 343-44, 8ª edición, París, 1902. La pág. 363-64 es realmente la descripción de una Universidad popular.

←  Leopoldo PalaciosLas universidades populares  →

filosofia.orgProyecto filosofía en español
© 2002 filosofia.org
Leopoldo Palacios Morini (1876-1952)