Filosofía en español 
Filosofía en español

Juan Bautista Fernández · Demostraciones católicas y principios en que se funda la verdad · 1593

Libro segundo · Tratado tercero · Capítulo primero

Que las ciencias, artes y letras humanas no solo no son vanas e inútiles, como algunos pensaron, pero aun son necesarias para entender las divinas letras: de lo cual se infiere la dificultad de ellas


No han faltado por la sucesión de los tiempos algunos tan ajenos de razón cuanto enemigos de las buenas artes y provechosas ciencias, que desdiciendo de su naturaleza, y negando el ser de hombres, que consiste principalmente en discurrir, raciocinar y buscar las causas y razones de las cosas, se armaron contra todas las disciplinas y les hicieron guerra descubierta, teniéndolas unos por vanas y desaprovechadas, y otros no sólo por inútiles pero aun por erróneas. Si volvemos los ojos a aquellos Filósofos antiguos tan celebrados en sus tiempos, no faltaron entre ellos muchos, o que afirmasen que de ninguna cosa se podía tener ciencia, o que del todo menospreciasen las ciencias. De aquí es que hubo entre ellos grande altercación, si podían los hombres por mucho que se diesen al estudio de la filosofía, hallar las razones y causas de las cosas que se hacen debajo del Sol. Reducían (como en el primer libro apuntábamos) aquellas innumerables sectas que tuvieron los Filósofos a tres primeras diferencias, de Dogmáticos, Académicos y Escépticos. Los Dogmáticos entre los cuales se cuentan los Peripatéticos, Estoicos, Epicúreos, y otros muchos fueron los que osaron afirmar muchas cosas y referir sus sentencias como ciertas y estables, teniendo por averiguado que de ellas se tenía ciencia y cierto conocimiento. Los Académicos, cuales fueron Sócrates, Platón, Clitómaco, Carneades, &c. enseñaban que ninguna cosa se podía saber con certidumbre, y así en sus disputas a aquello se arrimaban que tenía más probabilidad y semejanza con la verdad. Los Escépticos, cuyo príncipe fue Pirrón, a quien siguieron Zenón [Zenoclates], y Anaxarco Abderita, ni concedían con los Dogmáticos, que con certidumbre se podía saber alguna cosa, ni con los Académicos que se habían de arrimar a lo más verosímil y probable, antes dudando igualmente de todas las cosas de ninguna afirmaban ni negaban. Y aun cuando se disputaba si alguna se podía saber ni lo afirmaban ni negaban, antes tenían siempre en la boca aquellas familiarísimas palabras. Ninguna cosa determino, por ventura puede ser. O reusaba de juzgar usando de incertidumbre y taciturnidad. De estos fue aquel famoso Sexto (de quien arriba hicimos mención) que aumentó maravillosamente esta secta, y se desacató tanto contra las ciencias y artes liberales, que teniéndolas por falsas se reía de todas ellas. A este siguió en nuestros tiempos Cornelio Agrícola hombre vanísimo e impío, perseguidor cruel no sólo de las ciencias humanas, pero aún de las divinas. Peor que todos fue aquella pestilente Hidria de Martín Lutero, que se armó también contra las ciencias especulativas, y descaradamente afirmó, no sólo ser la Filosofía inútil y dañosa para el Teólogo y profesor de las letras sagradas, pero aun también que todas las ciencias especulativas eran errores. Pretendió este perniciosísimo hereje resucitando todas las antiguas herejías, y siguiendo en esta parte a aquellos que antiguamente, como lo testifica Clemente Alejandrino, (Clement. Alex. 1. li. Stroma.) tan solamente admitían las letras sagradas aborreciendo toda la filosofía y humanas ciencias, apartara sus discípulos de la razón en que se fundan las ciencias para que así no se comprehendan los absurdísimos errores de su depravada secta. Así como Epicuro detestó la Dialéctica (según lo dice Plutarco) (Plutar. li. de Plac. Philoso.) y los Alfaquíes Mahometanos a sus Sarracenos les vedan todas las buenas disciplinas y racionales artes porque entienden que son contrarias a su torpe y obscena doctrina, cuya irracionabilidad y falsedad sería comprehendida con la buena razón en la cual estriban las ciencias: bien de esta manera a aquel sucio y descarado Lutero procuró apartar a sus seguidores de la filosofía y ciencias especulativas, porque no se descubriesen con ellas sus desatinos intolerables.

Mas como la verdad no sea contraria de la misma verdad, ni la lumbre natural contradiga la sobrenatural, ni la razón humana a la divina, porque la una y la otra es de Dios, nefando disparate es reprobar toda la filosofía, y tener por errores todas las ciencias humanas, pues es cierto que se debe hombre servir de ellas como de siervas que deben ministrar y obedecer a la verdadera sabiduría, que es la divina. Envidia tuvo de esto aquel Apóstata Emperador Juliano, como lo refieren Sócrates, y Sozomeno, (Socrat. li. 3. de Hist. eccles. Sozomenus, lib. 6. histo. tripar. c. 37.) cuando prohibió tiránicamente a los Cristianos los estudios de las artes liberales y humanas ciencias. Parecíale a este tirano industriado por el demonio, con el cual tenía hecho su pacto, que destituidos los fieles de todas las humanas ciencias, y de las razones de ellas, con facilidad podían ser engañados y apartados de la verdadera Fe.

Por esta razón debe el Teólogo que trata en la escuela de la verdadera sabiduría abrazar las razones naturales y ayudarse de las demás ciencias. Porque aunque sea verdad que el profesor de las divinas letras se ejercite en ellas como Teólogo, pero juntamente las debe tratar como hombre capaz de razón y discursivo, que de otra manera dejará de ser hombre racional, y si como tal se ejercita en ellas no menospreciará las razones naturales y humanas ciencias. ¿Cómo podrá enseñar el Teólogo al Filósofo si está destituido de filosofía? ¿cómo podrá redargüir y refutar a los Sofistas el que no entiende sus falacias, y sabe la arte de argüir, y cómo se han de desbaratar los engañosos sofismas de los Filósofos? De aquí es que Clemente Alejandrino (Clem. Alexan. li. 1 Strom. & lib. 5.) nos enseñó, ser necesaria la filosofía al Teólogo para enseñar al Filósofo, y redargüir al Sofista. Porque así como el Apóstol se hacía Hebreo para los Hebreos, (1 Cor. 9.) y todas las cosas para todos, para de esta manera granjear para Cristo todos los estados de los hombres. Bien de esta manera al profesor de la sacra Teología le es necesario que se haga Filósofo para los Filósofos, para atraerlos a Cristo más fácil y convenientemente.

Allende de esto la doctrina varía de muchas cosas y de muchas maneras, no sólo deleita y admira al oyente, pero con más facilidad lo prende y rinde a la Fe. Por lo cual el Apóstol (Colos. 1.) testifica de sí que enseñaba toda sabiduría. Esto es la divina y humana, para aficionar a cualquier hombre y hacer lo perfecto en Cristo. Con razón dice también el mismo Clemente (Clem. Alexan.) debe ser menospreciado el luchador que primero que entre en el lugar de la lucha no se ejercita y industria de muchas maneras para la pelea. Bien así el que ha de pelear con los adversarios de la Fe que son tan diversos, ha de estar instruido en toda disciplina, porque de otra manera indigno es de ser contado entre los perfectos Teólogos. Vacila por cierto y titubea la Fe si el Teólogo, según el consejo del Apóstol S. Pedro, (1. Pet. 3.) no está aparejado a dar razón y cuenta de sí, esto no lo puede conveniente ni provechosamente hacer destituido de las ciencias humanas, luego con ellas debe estar pertrechado para satisfacer a todos. Sin la Filosofía y razón de disputar queda la Fe con la santa rusticidad, la cual (como dice el doctísimo Jerónimo, y lo tocamos en el primero libro) (Hiero. ad Pauli.) cuanto aprovecha en el merecimiento de la vida, tanto daña con la simplicidad si no resiste a los adversarios.

Muchas cosas hay en las sagradas letras que es imposible ser entendidas sin el sabor de la filosofía natural, de la Aritmética, Geometría, Geografía, Astronomía y las demás ciencias, llenos están los santos libros de ejemplos, principalmente cuando Job, David, Salomón, y los demás Profetas pretenden engrandecer la potencia y sabiduría de Dios poniendo delante los ojos de los lectores las cosas naturales que parecen y son admirables y no se explican sino en las disciplinas humanas.

Por esto Orígenes, como lo refiere Eusebio, (Euse. li. 6. eccles. Histor. c. 15.) a los que decían mal y murmuraban de la filosofía, satisface con decir, que con diligencia la deprendió, se empleó en su estudio, no sin ejemplo de varones doctísimos y gravísimos, Panteno, Heracleo, y otros semejantes, que siendo doctores Apostólicos con todo esto leían los libros de los Filósofos, y se ejercitaron en los trabajos de la Filosofía. De aquí es que acostumbraba el mismo Orígenes, como testifica el mismo Eusebio, (De hoc etiam Euseb. lib. 4. c. 7. & Sozome. li. 3. histo. suae c. 15.) cuando veía algún niño que salía ingenioso y que prometía sabiduría, enseñarle aquellas disciplinas con las cuales los antiguos filósofos instruyan a sus discípulos, porque decía que no de poco provecho les era para entender las divinas escrituras ejercitarse en la Filosofía y liberales ciencias. Aquel milagro de los padres antiguos Didimo Alexandino, según lo cuenta Teodoreto, (Theo. lib. 8. histo. tripart. c. 8.) fue consumado en la Gramática, Aritmética, Geometría, Astronomía, y en la Dialéctica de Aristóteles, porque las tenía como armas de verdad contra la mentira y con ella se disponía para entender las divinas letras, a las cuales sirven.

Necesario (dice el ya citado Clemente) (Clem. Alex.) le es al Teólogo conocer las voces ambiguas que se hallan en las escrituras, porque con la anfibología y equivocación, ni engañe ni se engañe, esto no lo puede hacer sin la ayuda de la arte de la gramática, ¿y si la gramática es recibida como necesaria, por qué no la Dialéctica? ¿por qué no la Filosofía? ¿Por ventura, quieren los gramáticos atribuirse así y hacerse dueños de la Teología, excluyendo a todos los demás, Dialécticos, Astrónomos, Geómetras? Y pues consta (concluye) que esto es vanísimo, necesaria cosa es que confesemos, que las disciplinas humanas son utilísimas y aun necesarias al Teólogo. Y porque con la mayor brevedad, aunque no podrá ser tanta que no se habrá de prolongar algún tanto por no incurrir en la falta de los que queriendo ser breves son oscuros de entender, mostraremos adelante esta verdad discurriendo por cada una de las ciencias, según el orden que en el primer libro apuntamos de deprender las ciencias: basta por ahora haber hablado generalmente de la necesidad que el Teólogo tiene de tener conocimiento de ellas.

[ Logroño 1593, hojas 134v-136v ]