Enrique Suñer Ordoñez Los intelectuales y la tragedia española

Capítulo XV

Sumario: Deducciones de las páginas anteriores. – El próximo Renacimiento español debe ser más que una promesa.

En los anteriores capítulos he pretendido aportar una contribución personal al conocimiento de la intervención de los hombres que debieran haber vivido más sensata y pulcramente de su trabajo cerebral, en la génesis de la tragedia española.

Parecerá lógico que, después de lo anteriormente expuesto, dé por terminada mi labor, pues está clara como la luz del sol la realidad de la inmensa catástrofe sufrida por España, víctima de las concupiscencias y de las maquinaciones de los sectarios nacionales e internacionales. Mas puede resultar, en cierto modo, frío e incompleto el modo de concluir este libro: frío, porque lo sucedido después de la actividad causal merece algunos comentarios; e incompleto, porque el relato de mis experiencias personales pide la deducción de algunas conclusiones que sirvan para los lectores de ayuda en sus propios juicios críticos. Por eso alargo todavía la [166] redacción de estas cuartillas, escribiendo el último capítulo de la presente obra.

Como en película emocionante de aventuras peligrosas y de horrendos crímenes, desfilan ante mis ojos los acontecimientos de los cinco largos años de la segunda República, que bien podemos calificar de eternos, lúgubres y sombríos. Esta República de «sangre, fango y lágrimas»; de desplantes parlamentarios, provocadores y procaces, modelos de educación pésima, y de inmoralidades sin cuento. En el «metraje» inacabable de este horripilante «film» han aparecido con cínica desnudez todos los pecados capitales, y han brillado por su ausencia absoluta los «mandamientos de la ley de Dios». La famosa libertad tan decantada por los demagogos, admiradores hipócritas, inconscientes o ignorantes de la Revolución francesa, no ha aparecido en ningún momento de la vida pública de estos hombres horrendos, verdaderamente demoníacos. Sádicos y vesánicos unidos a profesionales del hurto, de la estafa, del atraco a mano armada y del homicidio con alevosía, han ocupado carteras de Ministros, Subsecretarías, Consejos, Direcciones generales y toda clase de puestos importantes. El enchufismo ha logrado adquirir un lugar por derecho propio, con rico contenido de sustancia, en el Diccionario de la Lengua, y si entre los representantes de los genuinos partidos republicanos que han gobernado existieron personas honorables y bienintencionadas, éstas han sido en tan escaso número, que nunca [167] con más razón ha podido decirse que las «excepciones confirmaban la regla». Dentro de este cuadro vergonzoso hemos contemplado en el agreste paisaje «jabalíes» y «ungulados» corriendo por el que fue Congreso de los Diputados, en busca de víctimas propiciatorias de sus colmilladas y de sus golpes de solípedos, y al final de los cinco años de caos y de anarquía se ha producido el crimen de Estado más abyecto que la Historia Universal registra. Monstruos neronianos, directores de sectas y ejecutores de las mismas, han asesinado a la máxima esperanza de la Patria: Calvo Sotelo, el español mártir, el hombre representativo en quien confiábamos los buenos ciudadanos para salvar esta tierra querida. Galarza, Casares Quiroga: ¡he aquí sus más simbólicos verdugos! Detrás de ellos quedan los masones, los socialistas, los comunistas, los azañistas, los anarquistas: todos los judíos dirigentes del negro marxismo que tiene por madre a Rusia y por lema la destrucción de la civilización europea. España ha sido y es teatro de un combate épico, ciclópeo, acción de titanes contra monstruos apocalípticos. Los programas expuestos en los «Protocolos de los Sabios de Sión» han empezado a cumplirse, y aunque documentados bibliógrafos afirmen que dichos «Protocolos» son apócrifos, la realidad obliga a reconocer que el inventor de tales falsedades ha tenido el raro privilegio de acertar en la profecía por él lanzada.

Nuestro país, como tantas veces le ha sucedido [168] durante el curso de su Historia, ha tenido el lamentable destino de ser la nación mártir, y al mismo tiempo promotora de una nueva cruzada contra los enemigos del mundo cristiano.

Y en esta inmensa catástrofe acaecida, cuya magnitud traspasa los límites de una imaginación a lo Edgardo Poe, enloquecida por el más «tremens» de los delirios, ¿cuál ha sido la posición y la responsabilidad de nuestros intelectuales? Los que se llaman «auténticos» a sí mismos han obrado como desencadenadores de la desgracia, en connivencia casi siempre con las secretas sectas masónicas. Los «institucionistas» han creado los que pudiéramos llamar «órganos del trabajo revolucionario» y han procurado corromper con sus dádivas las conciencias aún ingenuas de la juventud y de la adolescencia españolas. El interés, sembrado entre los administradores oficiales de la enseñanza pública, frecuentemente desprovistos de los medios económicos indispensables para el sostenimiento de un hogar satisfecho, ha producido defecciones lamentables en el servicio del país, viniendo a engrosar con ellas la lista de los adeptos a la causa de la anarquía. Hombres independientes, con medios materiales sobrados para desenvolver su existencia, desertando del legítimo interés nacional, han ocupado los puestos de máxima responsabilidad en la producción de la sangrienta ola devastadora de nuestra raza y de nuestro suelo. Finalmente, las derechas españolas, que en las elecciones de 1933 [169] obtuvieron un grandioso triunfo, cayeron, por circunstancias y razones que sería inoportuno analizar, en una política equivocada, por ausencia de un sentido de realidad y admisión de una táctica incompatible con el contenido ético de las clases sociales que debieran haber estado representadas por ellas. Algunos de sus inspiradores habrán podido ver en esta inmensa hecatombe que la misión evangélica que les estaba encomendada desde muchos siglos anteriores, había sido tan mal cumplida como lo demuestra la pérdida de dirección de las masas obreras, presas de la rapacidad y de la astucia de los judíos, consecuencia obligada del abandono de los que debieron ayudarlas material y moralmente. En estas circunstancias, ¿cómo extrañar el fracaso de los servidores de la doctrina de Cristo?

Hora es la presente de meditar sobre nuestras culpas y de enmendar nuestros errores.

Llenos de caridad y de tolerancia para los de abajo, hace falta rectificar nuestros trabajos y direcciones de los pasados años, disminuyendo el amor al propio interés y aumentando el que debe sentirse hacia los humildes. A los hijos de los obreros hay que darles enseñanza cristiana, habitación, alimentos, en los mismos colegios y en las mismas clases donde se educan los que se encuentran en mejor situación económica: no separados, sino unidos a éstos es como deben vivir, aprender y alimentarse. Una nueva transcripción de la vieja doctrina de Jesús urge poner en práctica, con extensión e [170] intensidad adecuadas para remediar las desdichas sociales. A esto será necesario añadir: asistencia a las familias menesterosas, encauzando dentro de una disciplina de hierro la vida del hogar, modesto, pero confortable, sencillo, pero higiénico. Sin destruir el capitalismo con sistemas anárquicos, será menester dirigirlo, limitarlo en sus excesivas libertades y encauzarlo de la manera más conveniente. Estas y otras muchas cosas más es menester que se realicen en la nueva España. Obra descomunal, sin duda, que sólo tendrá éxito seguro con el hombre capaz de llevarla a cabo.

Toda la fe inquebrantable de los españoles verdaderos se fija, a la hora presente, en el Generalísimo, en Franco. Él está realizando en estos momentos la salvación, no sólo de nuestra Patria, sino del mundo civilizado. Los hombres que, afortunadamente, tenemos fe en la Providencia, a Ésta nos dirigimos para pedirle que infunda en nuestro primer caudillo la voluntad de acero inoxidable que le es indispensable para vencer en esta lucha colosal, verdaderamente de gigantes; que le dé acierto necesario para saber elegir y confiar en los hombres puros, enérgicos, sensatos, apasionados por la Patria, con cuya indispensable ayuda pueda salvar a la Nación de los peligros que la rodean. Soy un firme convencido de que la regeneración de España sólo se logrará el día que una selección de los mejores –que no quiere decir los más «intelectuales»– se cumpla de un modo decisivo. Un puñado de [171] hombres bien elegidos y unidos sin reservas, podrá hacer, sin duda, la felicidad del país.

España tiene absoluta necesidad de estos hombres y de su esfuerzo. Su labor ha de realizarse impregnada de un ideal: el de lograr una vida justa, moral y encaminada a la fortaleza de la raza. Para ello hay que huir de toda clase de intolerancias y de sectarismos, inspirándose solamente en la equidad y en el beneficio de todos los ciudadanos. Las cualidades raciales más profundas deben ser estimadas, dirigidas, sin pretender disolverlas. Muchos modernismos, como el corporativismo, sindicalismo, &c., &c., deben ser cuidadosamente estudiados antes de hacer una implantación a la ligera impregnada de doctrinas extranjeras, que pueden ir bien en Alemania o en Italia, y mal en nuestra bendita tierra. Los hombres designados por Dios para regir nuestros destinos deben ser, ante todo, «españoles», no xenófilos pedantes ni tampoco execradores de la cultura de fuera: prudentes y dotados de una gran dosis de buen sentido.

Para que este programa ideal pueda cumplirse, hace falta practicar una extirpación a fondo de nuestros enemigos, de esos intelectuales, en primera línea, productores de la catástrofe. Por ser más inteligentes y más cultos, son los más responsables. También son los más peligrosos, porque ellos mantienen, y mantendrán probablemente hasta el fin de sus días, sus concomitancias con las sectas, de las cuales no pueden desligarse porque en ello les va la vida. [172] Procurarán hipócritamente fingir el arrepentimiento; mas en esencia permanecerán dentro de sus antiguas posiciones, porque el sistema judaico-marxista no suele soltar a los cerebros adecuados para sus propósitos que apresó en sus redes. Cuando se manifiesten los «intelectuales» tantas veces mencionados en estas páginas, sorprendidos y arrepentidos de los espantosos y repugnantes crímenes que ellos mismos con sus propagandas nocivas desencadenaron, deberá contestárseles con estas palabras, traducidas de «Il Popolo d'Italia»:

«Los que roban, incendian y asesinan son vuestros discípulos, aquellos que predicaban vuestras ideas y aplicaban vuestro evangelio. Mas ¿qué hicisteis para detener el carro que se despeñaba por el desfiladero rojo?»

Burgos, 28 de febrero de 1937

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Enrique Suñer Ordoñez Los intelectuales y la tragedia española
2ª ed., San Sebastián 1938, págs. 165-172