Enrique Suñer Ordoñez Los intelectuales y la tragedia española

Capítulo I

Sumario: Orígenes de la catástrofe actual. – Institución Libre de Enseñanza. – Sus fundadores y prosélitos más destacados. – Decadencia del principio de autoridad. – Inactividad de los miembros de la Iglesia católica.

Los orígenes de la catástrofe que experimentamos son muy remotos y complejos. Nos perderíamos tal vez en varios siglos si buceáramos en las causas lejanas de esta desdicha. No pretendo llegar a tanto; ni siquiera estoy preparado en conocimientos históricos para deducir los viejos principios de este proceso. Apelando al lenguaje médico, diré que he de separar las «causas predisponentes» y los «factores constitucionales» (si bien es cierto que no pienso desposeerme del todo de tales elementos de juicio), para ocuparme de la «etiología determinante y ocasional», por ahora la de más interés práctico.

La Institución Libre de Enseñanza, en el curso de una labor medio centenaria, ha ido creando una legión de adeptos, entre los cuales se encuentran los principales agentes revolucionarlos. El amor a [12] la exactitud me obliga a decir que don Francisco Giner de los Ríos fue un espíritu sincero, de inclinación proselitaria, dotado de dotes sugestivas, apropiadas para la conversión a su causa de los jóvenes alumnos, sobre los cuales ejercía una influencia decisiva. Personas merecedoras de entero crédito me han descrito a «Don Francisco» como una personalidad edificante en el orden moral, de atracción intensa en sus relaciones sociales. Indudablemente, la obra de D. Francisco Giner no hubiera podido realizarse sin una fuerza psíquica extraordinaria. Así se explica el sello impreso en el carácter de los que fueron sus discípulos. Es probable también que fines lógicos, respetables, le indujesen a una labor de captación de altura, que, desgraciadamente, cayó, después de su muerte, en las más lamentables aberraciones. Cualquiera que sea el juicio que formulemos sobre la obra de don Francisco Giner, aun en este período de contrarios y naturales apasionamientos por los resultados de sus actividades, faltaría a mi conciencia si yo atacase la personalidad profunda del fundador de esa Orden laica que se llama la «Institución» en el lenguaje corriente. Por desdicha, los resultados de su labor fueron fatales para España, y esto por dos motivos: el primero, porque al arrancar del alma del niño la creencia en Dios, destruyó el principio de toda moralidad, en la vida práctica, de muchos de los que siguieron más tarde las enseñanzas institucionistas; el segundo, porque fundó una secta [13] que, simplemente por serlo, ha dañado inmensamente a la Patria. La Institución –lo mismo que todas las agrupaciones humanas egoístas– actuó más tarde con interés personal e hipócrita, disimulando bajo el calificativo de altos y diversos ideales, esencialmente culturales, un proteccionismo a los afiliados de carácter esencialmente masónico, con olvido absoluto del valer de los adversarios. Formaba parte del procedimiento el cubrir con apariencias de imparcialidad los verdaderos fines «de presa», y así, de vez en cuando adscribía a sus obras, siempre en minoría extraordinaria, alguno que otro raro representante de la Iglesia o del derechismo. En ocasiones, estos elementos derechistas estaban conquistados de antemano; otras veces, no; pero, en estos casos aislados, la vigilancia perfecta y el dominio de los resortes de la organización y del mando hacía de ellos personas inofensivas, y, en todo caso, su actuación libraba, ante ojos ignaros, a la Agrupación así constituida del calificativo, perjudicial para ella, revelador de sus fines proselitarios, de alcance material y moral evidente.

La «Institución», en los últimos años de la vida de Giner de los Ríos, fue perdiendo su carácter puro, filosófico, un poco abstracto, quizás sincero –estoy dispuesto a concederlo cuando se me demuestre, sin que, por mi parte, me atreva rotundamente a afirmarlo–, para irse convirtiendo en una empresa de lucha, claramente combativa, dispuesta a lograr los fines concretos para que había sido creada. Pienso, [14] en justicia, que ni D. Francisco Giner, ni su lugarteniente Cossío, hubieran por sí mismos alcanzado el éxito destructor, rápidamente conseguido, con una acción de mayor fuerza explosiva que la trilita o la melinita, si no se hubieran sumado a sus aptitudes meramente ideológicas las cualidades extraordinarias, francamente activas, del hombre que, según mi firme convicción, ha sido uno de los más terriblemente funestos que ha visto nacer España.

Como no son éstas horas de ocultaciones, ni de veladuras de nombres o de conceptos, estampo aquí el de este colaborador de los fundadores de la «Institución Libre»: José Castillejo Duarte, catedrático de Derecho romano en la Universidad Central. Sería equivocado y contrario a la verdad el negar una gran inteligencia a esta persona; inteligencia encaminada al daño moral y material de nuestra raza y de nuestro país. Cajal a menudo decía de él que «era muy listo», porque, en su trato frecuente en los tiempos en que nuestro gran español fue Presidente de la Junta de Ampliación de Estudios, en la que Castillejo actuaba como secretario, tuvo ocasiones repetidas y frecuentes de conocerlo. Es Castillejo símbolo de la astucia que perdió a los hombres, y esta afirmación la hago porque he podido conocerle en las épocas de convivencia que con él tuve, con motivo de haber servido juntos en tres Universidades españolas.

Así como las doctrinas de Carlos Marx tuvieron [15] necesidad de esperar muchos años para encontrar en Lenin el hombre adecuado para ponerlas en práctica, del mismo modo los ideales pedagógicos de Giner hallaron, aunque infinitamente más pronto –eran de acción más limitada– en Castillejo el agente que les diese realidad. ¡Y qué realidad más funesta para nosotros! El plan táctico comenzó, en este último personaje, por una perfecta preparación de idiomas. Su poliglotismo impecable, implantado en un actor que sabía tomar el tipo representativo del alemán o del inglés, según tiempos y circunstancias, traducía una superioridad sobre los oyentes y catecúmenos insinuante y sugestiva. De sus labios, en la conversación particular –porque en conferencias y libros la actuación, si alguna vez ha existido, tiene, a mi juicio, mucho menos valor–, han salido todos los argumentos, sofismas y sugestiones capaces de sorprender y dominar a los interlocutores. Esta representación, aunque, como acabo de manifestar, se basaba en temas extranjeros, variables según épocas y conveniencias, llevaba en su fondo una manera astuta, suave, propia de algunas teocracias; porque ha de advertirse, que en esto de la lucha contra las creencias religiosas y los sacerdotes que las interpretan, los hombres de la Institución, los fundadores y sus predilectos discípulos, han adoptado siempre la máxima del «similia similibus», hasta el extremo que el modo de hablar, de andar, el saludo y la íntima psicología de la conversación dan mucho parecido a los hombres típicos [16] de la Institución con las maneras de algunas Órdenes religiosas.

Si la memoria no me es infiel, Castillejo no fue, al menos en su infancia y adolescencia, alumno de la Institución. Su formación anterior, sin embargo, le facilitó en gran manera la adaptación a las costumbres de los maestros y pontífices de aquélla.

Que el hombre ahora estudiado dedicó como agente de las nuevas ideas su actividad a las mismas, con menoscabo de su labor docente universitaria, lo prueba la parquedad en el número de sus lecciones en Sevilla y Valladolid, de lo que soy testigo. Su actividad como catedrático en ambos centros de enseñanza se puede traducir en la siguiente fórmula: 1 × 4; esto es, para un día de lección y de estancia en la residencia oficial, de cumplimiento de lo que unos cuantos modestos profesores llamamos deber, había cuatro de ausencia. Esta llegó a ser tan significativa cuando Castillejo desempeñaba con tan menguado esfuerzo su cargo oficial docente en la primera de las mencionadas ciudades, que un ministro de Instrucción pública, el Sr. Rodríguez San Pedro, publicó en la Gaceta una disposición para obligar al profesorado a reintegrarse a sus puestos, sin pretexto ni excusa alguna. Este ministro debió de dar en el clavo en lo referente al joven profesor, entonces sevillano de ocasión, cuya silueta, aunque sólo sea con interrumpidos trazos anecdóticos, dibujamos, a juzgar por la cólera de éste, expresada en virulentos artículos [17] publicados en un popular diario de Madrid, en los que, con el pretexto de visitar nuestros monumentos nacionales, entre ellos las famosas ruinas de Itálica, ponía al citado ministro de oro y azul, llegando en su agresividad hasta el empleo de las frases más cáusticamente injuriosas que han producido plumas hábiles impregnadas de corrosiva tinta.

Esto último me induce a considerar cómo, desde tiempos lejanos, ha existido en nuestro país una decadencia del principio de autoridad, llevada en los últimos años a una caída casi vertical. Los ministros no eran respetados, ni tenían la fuerza necesaria para realizar sus funciones; una política de tertulia o de encrucijada se interponía en el camino de todo el que ejercía un cargo de significación jerárquica, y el prestigio personal no era suficiente en la mayoría de los casos para intervenir con la debida energía. Una prensa demoledora, personal, egoísta, al servicio de intereses de familia o de empresa, actuaba, desgraciadamente, con la suficiente eficacia en la destrucción o limitación de los propósitos mejor concebidos.

Por eso pudo darse el caso, en este ambiente de corruptelas, de que un profesor, buscando el retruécano, maltratase cruelmente a un señor respetable, que, además de ser el Ministro, al que debía consideración, junto con el respeto, era un hombre honorable, bien intencionado, que había pretendido dar término a graves irregularidades de la Administración pública, para llevar al cumplimiento del [18] deber a los subordinados no dispuestos a servir sus cátedras como tenían obligación de hacerlo.

En resumen, la campaña de prensa, por un lado, el apoyo de los elementos sectarios, por otro, la caída de Rodríguez San Pedro y la llegada a la poltrona ministerial de elementos más dóciles y complacientes, dieron el triunfo a los que trabajaban ya por crear, al lado de la Universidad, otros centros propulsores de la cultura, a la par que dispensadores de beneficios para los amigos. Esta fue la obra de Castillejo, concretada, primeramente, en la organización e instalación de la Junta para Ampliación de Estudios, luego en la creación de la Residencia de Estudiantes, más trascendental para el logro de los tan mezquinos como fatales intereses de los agrupados que la primera, y, finalmente, en la fundación del Instituto Escuela, vivero de un profesorado, salvo raras excepciones, bien adicto a la causa que lo había elegido para la consecución de los fines catequísticos, el primordial de todos: la descatolización de España.

Por la época en que se inauguraba la «Residencia», tuve ocasión de exponer a un virtuoso miembro de una de las más destacadas Órdenes religiosas el peligro que envolvía la novel creación de los institucionistas, broche, a mi entender, de una larga labor, casi cincuentenaria, en pro del ateísmo. La respuesta dada por el aludido religioso al toque de alarma mío frente al peligro amenazador para la Patria y la Religión católica, me [19] proporcionó el convencimiento de que el clero regular español –no es menester decir que el secular ni por curiosidad se asomaba a este problema– no se daba cuenta del peligro.

Era la del clero una verdadera inactividad, funesta para el porvenir, como los acontecimientos ulteriores se han encargado, desgraciadamente, de probar. Todo por seguir, por una y otra parte de las huestes, con el sistema del «similia similibus», aun cuando es menester, en justicia, reconocer que, por el lado de la Institución, el similia era meramente formal: la acción se hacía con calculada actividad contraria; en tanto que por parte del clero –al menos, esto es lo que parecía existir entonces, y tristemente se demostró en el futuro– existía un desinterés suicida por el problema práctico, sin duda porque el pensamiento de la invulnerabilidad de la Iglesia hacía a los sacerdotes pensar en la inutilidad del esfuerzo contrario, olvidando aquella castiza máxima del: «A Dios rogando y con el mazo dando».

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Enrique Suñer Ordoñez Los intelectuales y la tragedia española
2ª ed., San Sebastián 1938, págs. 11-19