Enrique Suñer Ordoñez Los intelectuales y la tragedia española

A mi fraternal amigo Teobaldo Busto

Desde el lugar donde mora tu alma pura, envuelta por la luz inmaterial de unos sentidos infinitamente más perfectos que los de la terrena vida, contemplarás con la serena indignación del justo esta tragedia española. Nunca hubiera pensado en dirigirme a ti invocando tu espíritu incomparable con tan terrible motivo; pero los acontecimientos, quizás no igualados en la Historia Universal, que se suceden en España, me impulsan a buscar la comunicación contigo, aun cuando hayas dejado esta vida material para alojarte en el Reino de la eterna Verdad, en donde están los elegidos de Dios; porque esta pobre inteligencia humana no puede permanecer sin comunicación telepática con los habitantes de la región ignota cuya existencia afirmamos los mortales creyentes. En ese país desconocido, sujeto a perpetuo silencio para el hombre terrenal, es donde tu alma pura existe. A ella me dirijo, porque sólo tú, entre los amigos que se cruzaron hasta hoy en mi vida, puedes totalmente comprenderme, y estimar, por el profundo conocimiento [10] que tuviste mío, el alcance y la significación de lo que pienso decirte sobre nuestra patria querida, digna de mejor suerte en el presente. Aspiro por este libro a ti dedicado, a expresar cuantos recuerdos tengo sobre personas y hechos relacionados con nuestra actual desgracia. Naturalmente que con esta aportación no pretendo describir, aun limitándome a sus orígenes, la historia completa de esta inmensa conflagración. Me he de limitar a contribuir con la parte de mi personal experiencia al conocimiento de un capítulo de la misma; a llevar, quizás, la emoción de lo que se ha vivido a los lectores, con el anhelo de que la vibración de las ideas por mí vertidas en estas páginas contribuya a la formación de pensamientos y sentimientos entre los españoles. Aquí resulta oportuno recordar la inmortal invocación de nuestro gran poeta de la Guerra de la Independencia:

«No desdeñes mi voz,
letal beleño presta a mis sienes,
y en tu horror sublime
empapada la ardiente fantasía,
da a mi pincel fatídicos colores
con que el tremendo día
trace al fulgor de vengadora tea,
y escándalo y terror del orbe sea.»

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Enrique Suñer Ordoñez Los intelectuales y la tragedia española
2ª ed., San Sebastián 1938, págs. 9-10