Eloy Bullón Fernández (1879-1957)
El alma de los brutos ante los filósofos españoles (1897)
Biblioteca Filosofía en español, Oviedo 2001
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Capítulo V

Impugnadores de Gómez Pereira

Sumario. Una afirmación de Calmet. – Miguel de Palacios. – Réplica de Gómez Pereira. – Francisco Vallés. – Su doctrina. – El hombre animal racional. – El hombre capaz de religión. – El hombre animal científico. – Francisco Suárez. – Sus opiniones. – Continuadores de Suárez. – El P. Ulloa. – Su doctrina. – Juan Cano. – Conclusiones definitivas de la polémica.

El sabio Calmet dijo en su erudito Diccionario {23}, al hablar de la teoría enseñada por Pereira acerca de los brutos, que ésta fue leída con tanto desdén por los españoles, que ni la juzgaron digna de refutación («adeo incuriosis oculis lecta est elucubratio illa ut nec confutatione digna conseretur»); parecer que suscribe [70] el inexorable crítico Fernández Valcarce {(1) Desengaños filosóficos, cap. I, pár. XI.}, y que aun el mismo padre Feijóo {24} y el sabio jesuita Ulloa {25} repiten más de una vez.

Sin embargo, el juicio de estos escritores es erróneo, porque la Antoniana Margarita tuvo impugnadores, y los tuvo en gran número, como no podía menos de suceder dadas las atrevidas paradojas de Pereira y el espíritu de disputa de aquella época.

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El primero que salió a impugnar la absurda teoría del médico de Medina fue el granadino Miguel de Palacios, catedrático de Teología en la Universidad de Salamanca, que escribió un opúsculo latino, {26} impreso en Medina en 1555, [71] contra algunas aserciones de la Antoniana.

Entre todas las paradojas y audaces afirmaciones de Gómez Pereira, ninguna pareció al teólogo de Granada más extraña y peregrina que la de negar sensaciones a los brutos: «Quod maxime, dice, omnium portentosum videtur, illud est: bruta sensu carere.»

Palacios la emprende, pues, contra Pereira, probando, en primer término, que los brutos tienen sentidos exteriores, toda vez que vemos en ellos órganos y movimientos análogos a los del hombre. Prosigue después demostrando que tienen también sentidos interiores, respondiendo en estos términos a la prueba principal de G. Pereira, que expusimos más arriba: «Dices que si los brutos están dotados de sensibilidad, también lo estarán [72] de razón. ¿Pero no ves que la fuerza sensitiva interior en los brutos es sólo aprensiva y no discursiva, o judicativa? ¿No basta la aprehensión interior para excitar el apetito y éste el movimiento exterior? Nosotros mismos experimentamos esto en los movimientos repentinos, huyendo a la sola aprehensión de un mal terrible que de pronto se ofrece. El que nunca oyó el estruendo de las bombardas, ni sabe qué cosa sean, tiembla y se estremece cuando por primera vez lo escucha, por sola la aprehensión, sin que, intervenga el juicio. La simple percepción del mal induce a huirle; la simple percepción del bien a buscarle.»

A lo que decía G. Pereira, de que los brutos distinguen a los enemigos de los amigos y que, por lo tanto, habrá que concederles razón, responde el teólogo granadino que los brutos distinguen, en efecto, pero imperfectamente y tan sólo entre objetos sensibles, por lo cual no hay motivo que fuerce a concederles inteligencia, toda vez que esta facultad no se encuentra sino en los seres que clara y [73] perfectamente distinguen los conceptos universales.

De igual modo rechazó Palacios {27} que de la sensación se dedujese la conciencia, pues «cosas muy distintas son, dice, el sentir y el sentir que se siente. La primera de estas operaciones es directa, la segunda, refleja. En el hombre mismo suelen andar separadas, cuanto más en el bruto.»

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Nada, al parecer, podía replicarse a las atinadas observaciones del catedrático de Salamanca; pero G. Pereira le replicó, y por cierto que, con candidez no sé si columbina o farisaica, escribe al principio de su Apología {28} que se admira [74] sobremanera de que haya quien, no convenciéndose de su teoría por la experiencia y por las clarísimas pruebas por él alegadas, se atreva a impugnarla: «Quis enim lectis nostris improbationibus et multimodorum motuum eorundem brutorum statim in nostram sententiani non descendat.»

Responde, a continuación a Palacios con harto desdeñosas palabras, diciéndole que ha impugnado su libro sin entenderlo, y que precisamente en lo que más le impugna es en puntos que él concede de buen grado, por lo cual será lo mejor que lo vuelva a leer. Respecto a lo que había dicho Palacios de que sólo tienen razón los que conocen y distinguen los universales, dice Gómez Pereira que en ese caso serán muy raros los hombres que posean esta facultad, por ser poquísimos los que saben forjar esas vanas abstracciones, precisas para formar los universales, que vencen en número a las hojas de los árboles. Conno se ve, G. Pereira no perdona ocasión de zaherir al escolasticismo. [75]

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Al opúsculo de Miguel de Palacios siguió una nueva refutación de la doctrina sustentada por Gómez Pereira, publicada también en Medina el año 1556 con el título de Endecálogo contra la Antoniana Margarita. Este libro, hoy rarísimo, está escrito en castellano y tiene la forma de un diálogo satírico-burlesco en que hablan el jimio, el murciélago, el corodrilo, el león, el águila y otros animales, que presentan ante Júpiter una demanda contra Gómez Pereira por haberles despojado de sentidos y apetitos; nombran procurador y alcanzan favorable sentencia. «Por la lectura de este libro –dice Piquer {29}– se echa de ver cuán extravagante pareció a los españoles la opinión de Pereira, que después fue recibida con tanto aplauso fuera de España por su novedad, y se ve también que el autor del Endecálogo era más satírico que filósofo.»

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El insigne médico de Alcalá, Francisco Vallés, refutó también, aunque sin [76] nombrarla, la teoría de G. Pereira en su inmortal libro de Sacra Philosophia. «Un escritor nuestro, dice, en el cap. LV, por no conceder a los brutos la razón, temeroso (a lo que sospecho) de tener que atribuirles asimismo la inmortalidad, les negó hasta el sentido, explicando todas sus operaciones por naturales simpatías o antipatías.» Pero nada más absurdo que esta opinión: sed et opinio ipsa per se est absurda, prosigue Vallés, «porque en tal caso ninguna fe podremos dar a nuestros sentidos, y será verdadera locura el negar que tienen sensibilidad unos seres a quienes vemos huir del peligro, acudir a la voz y al reclamo, dar señales de dolor, y observar las leyes de la amistad y la enemistad,»

A continuación pregunta el médico complutense si debe concederse a los brutos alguna manera de razón, a lo cual responde afirmativamente: «Certe rationem aliquam esse brutis negare non possumus citra proterviam.» Pruébalo por las maravillosas operaciones de estos vivientes, haciendo una brillante retorsión [77] de los argumentos de Gómez Pereira. Tanto Vallés como Pereira partían del mismo principio, a saber: que si los brutos eran sensitivos, eran también recionales; pero el filósofo de Medina, no atreviéndose a hacer a los brutos iguales al hombre, les negó la sensibilidad, mientras que el médico de Alcalá, calificando de absurdo y delirio la opinión de Pereira, optó por la contraria; ambos filósofos partían de un principio falso, y así fueron a dar en consecuencias falsas también. Sin embargo, debe decirse, en honor de la verdad, que Francisco Vallés atenuó algún tanto su proposición diciendo que la razón de los brutos era inferior a la humana, no sólo en grados, sino también en la esencia.

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Esta teoría de Vallés concediendo inteligencia a los brutos no era nueva del todo en el campo de la Filosofía. Antes que Vallés la habían enseñado Enesidemo, Parménides, Empédocles, Demócrito [78] y Plutarco entre los griegos, Arnobio y Lactancio entre los latinos, y el docto humanista italiano Lorenzo Villa en tiempos más recientes.

Una vez enseñada por Lactancio esta teoría, se sustituyó la común definición del hombre en animal racional por esta otra, animal capaz de religión, y así debían hacerlo todos los que concediesen razón a los brutos, pues en tal caso, siendo esta facultad común a ellos y al hombre, no podría señalarse como el peculiar distintivo, como la última diferencia, que elevase al humano linaje sobre las demás especies animales.

Vallés, por lo mismo, reformó también dicha definición diciendo que el hombre era un animal científico o capaz de ciencia, es decir, de conocimiento metódico y de ideas puras (ex sese nata est –mens humana– ratiocinari simpliciter et circa quodvis). En otro pasaje escribe Vallés que, dada la relativa imperfección de la razón de los brutos, sólo por analogía puede llamársales racionales.

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Del mismo modo que lo habían hecho Vallés y Palacios, impugnó la teoría de Gómez Pereira, aunque sin nombrarla, otro filósofo granadino, el inmortal jesuita Francisco Suárez, lumbrera de las Universídades de Salamanca y Coimbra, y que mereció por su claro talento el dictado de Doctor Eximio. «En nuestros días, escribe en su tratado De Anima, {30} han enseñado algunos que en los brutos no hay verdadera alma sensitiva; opinión a todas luces absurda, y monstruosa paradoja, que repugna por igual a la razón que a la Escritura Sagrada.»

Suárez prueba después, como lo habían hecho Palacios y Vallés, que los brutos tienen sensibilidad; pero evitando prudentemente la errónea opinión de este último, enseña, con su acostumbrada claridad y excelente método, la doctrina escolástica. [80]

Una particularidad hay que advertir aquí respecto de Suárez, particularidad por cierto que lo honra mucho y da bien a entender la grandeza de su ánimo, solícito sólo de la verdad. El Doctor Eximio habla defendido en su juventud, lleno de entusiasmo, la indivisibilidad del alma de los brutos; pero pasados algunos años, maduró su opinión y, convencido de su falsedad, no dudó en sostener solemnemente {31} lo contrario, retractando su antiguo error.

Esta opinión de Suárez, en la última etapa de su vida, fue la que siguieron, entre otros muchos escritores que pudiéramos citar, los padres Lossada, Quirós, Arriaga, Hurtado, Benito, Pereiro y casi todos los jesuitas, mientras que los tomistas, con Santo Tomás y Cayetano a la cabeza, sostenían la opinión contraria.

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El sabio jesuita Juan Ulloa, catedrático en Roma y después en Alcalá, fue uno de [81] los que en el siglo XVII estudiaron más detenidamente {32} la cuestión del alma de los brutos, refutando y rechazando con dura calificación el sistema de Gómez Pereira, a quien no sé con qué fundamento {33} llama repetidas veces gallego (gallaegus). El padre Ulloa concede a los brutos un conocimiento imperfecto, rudo y material, semejante al que tenemos nosotros durante el sueño; y esto lo prueba con gran cúmulo de argumentos, bien que sin negar que éstos, aunque hagan su proposición cierta, no le dan aquella evidencia propia tan sólo de verdades tan palmarias como la de que tres y tres son seis.

Pero según el P. Ulloa no es necesaria tal evidencia, pues saepe dixi, escribe, et probari miserabilem valde et infra puerilem vel supra contumacem esse intellectum non aquiscentem nisi uni et soli methaphysicae evidentiae, «con frecuencia he dicho y he probado que inteligencias que a la sola y única evidencia metafísica se [82] rinden, muy miserables son y tan pueriles como contumaces.»

El P. Ulloa rechaza luego, uno por uno, los argumentos de Gómez Pereira y de Descartes, y después de probar también que los brutos carecen de inteligencia, dice que el alma de éstos, aunque no sea ni deba llamarse cuerpo, puede, sin embargo, decirse corporea y mortal, por depender de la materia in esse et in operari. Según el P. Ulloa, no repugna metafísicamente que las almas de los animales fuesen indivisibles; pero de hecho todas son divisibles y compuestas de partes integrantes homogéneas y de idéntica perfección, como claramente aparece los animales que se propagan por generación escisípara.

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La misma doctrina que el P. Ulloa enseñó por aquel tiempo el sabio catedrático de la Universidad salmantina Juan Cano, en sus comentarios {34} a los tres [83] libros De Anima de Aristóteles. Allí afirma que los brutos, aunque privados de razón, poseen la facultad de sentir, y la mayor parte de ellos la facultad de moverse de lugar; y añade que en dichos seres, como en todo ente animado, no hay sino un alma, la cual es causa de las diferentes operaciones de ambas vidas vegatativa y animal.

Esta alma de las bestias es, para el catedrático de Salamanca, indivisible en los animales más perfectos y divisible en los de menos perfección, pero en todos material y mortal. En una palabra, la doctrina de Juan Cano acerca de los brutos es la misma de Aristóteles, expuesta con notable claridad.

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De cuanto acabamos de exponer sumariamente, claramente se deduce cómo el libro de Gómez Pereira fue causa de que en el gran siglo XVI se discutiera [84] extensamente la cuestión del alma de los brutos, quedando para siempre cual cierto e indubitable axioma que dichos seres están dotados de sensibilidad. Por esta razón podemos felicitarnos de que Gómez Pereira lanzara a los cuatro vientos su absurda teoría, pues si ésta no hubiera aparecido, ni se hubieran escrito las Objeciones de Palacios, ni Vallés, Suárez y Ulloa hubieran tratado y dilucidado con tanto acierto el difícil problema del alma de los animales. La paradoja de Pereira fue también la causa de que Vallés concediera a éstos inteligencia, pues que, como vimos antes, la causa de esto fue el haber admitido el médico de Alcalá el principio de Gómez Pereira de que la sensibilidad implica forzosamente la razón. [85]


{23} Dictio. Biblio. – Art. Bestiae.

{24} Teatro Crítico, tomo III, discurso noveno.

{25} Non profecto ederet tantum strepitum sententia illa (Gometii) si mero silentio repudiata fuit sicut in illo gallego suo authore repudiata fuit a cunctis Universitatibus Hispaniarum qua nulla digna est («impugnatione sententiam illam». (De Anima. –Disput. 1ª, núm. 164, pág. 124.

{26} El opúsculo de Miguel de Palacios, que, como anteriormente hemos indicado, hemos visto impreso [71] con el libro de Pereira, en el ejemplar custodiado en la Biblioteca universitaria de Salamanca, se titula:
Objectiones Licenciati Michaelis a Palacios, cathedratici Sacrae Theologiae in Salamantina Universitate, adversus nonnulla ex multiplicibus paradoxis Antonianae Margaritae, et Apologia eorundem. Al fin: Excussum est Methymnae Campi in officina chalcographica Guillielmi de Millis vigessima die Martii. Anni 1555.

{27} Sunt enim duae mutationes diversae, et sentire et sentire se sentire. Altera quidem directa est, ut nosti, altera reflexa. Quare dissociantur saepissime in hominibus, nedum in brutis. Fieri igitur poterit brutum sensionem habere et sensu potiri, citra reflexionem. (Objectiones. Mich. Palat.)

{28} «Apología Gometti Pereirae ad quasdam objectiones adversus nonnulla ex multiplicibus paradoxis Antoniana Margaritae.»
Este folleto se imprimió en Medina en 1555, es decir, el mismo año que las Objeciones de Miguel de Palacios.

{29} Discurso sobre el Mechanismo, por D. Andrés Piquer.

{30} Secundum errorem quod in brutis non sit vera anima sensitiva, nostra etiam aetate aliqui docuerunt... Veruntamen sententia est intolerabilis et grande paradoxum; et quod ad theologiam attinet repugnat Scripturae dicenti: Cognovit bos possessorem suum &c. Quod autem ad philosophiam pertinet sententia illa est sensui manifeste contraria. Quia in brutis videmus esse organa sensum, &c., &c. (De Anima, lib. 1º, cap. 5, núm. 3º)

{31} Disput. Metaph. – Disp. XV.

{32} De Anima, Disput. 1ª, cap. II y VIII.

{33} Sin dudar por el origen galaico-portugués del médico de Medina, revelado en su apellido Pereira, de procedencia indiscutiblemente galaica.

{34} Tomus septimus. «Cursus philosophiae quo praeclare exponuntur et elucidantur tres libri [83] Aristotelis de Anima.» Authore D. D. Joanne Cano, Tarraconensi, &c. Salmanticae. Ex Typographia Gregorii Ortiz Gallardo. Anno MDLXXXXIII.


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Eloy Bullón Fernández | El alma de los brutos
Madrid 1897, páginas 69-84