Blas Zambrano 1874-1938 Artículos, relatos y otros escritos

Diálogo I
agosto 1930

 

Interlocutores: Álvaro Venegas Minaya: licenciado en Filosofía, empleado de Hacienda; escritor provinciano; sin amigos en la capital de la nación; 40 años. Está recién llegado a Madrid, en donde se reúne con antiguos amigos de Sequera, vieja y bella ciudad, en la que había residido bastantes años: Soltero y ¿habrá que decirlo, siendo empleado oficial? filósofo libre, escritor desconocido y excesivamente pobre, tres veces pobre... de dinero. Tiene, en cambio, un alma abundante en riquezas y espíritu de proselitismo amistoso, de maestro antiguo.
Pedro Roca González, médico joven (unos 36 años) talentudo, escéptico, pesimista, sarcástico. No es ni siquiera materialista, no porque el materialismo esté en baja – lo que a él le traería sin cuidado– sino porque el materialismo implica, aunque escondida, una metafísica, una fe en algo sustantivo. Corazón excelente, noble y desinteresado. No se preocupa de la autopropaganda, ni adopta ningún género de pose. Poca clientela; opositor emérito fracasado. Posee una fortunita personal y con ella y algunos honorarios profesionales vive, ni envidiado, ni, menos aún, envidioso.
Tiempo: Principios del verano de 1921.
Lugar: La «vicaría» casi solitaria, de un viejo café madrileño. Las dos o tres parejas que hay por allí están abstraídas en sus cosas. De en vez, las chicas los miran extrañados «¡Qué sabios tan jóvenes!» dice, con cierta simpatía conmiserativa, una rubia gallarda y bonita.
¿Tendrá razón la rubia? Problema que dejamos íntegro al lector.

 

Álvaro.– La civilización y la cultura son hechos naturales, esto es, necesarios. Y ante la necesidad hay que ser mudos. Sólo a la poesía se puede permitir que se lamente de la fatal imperfección de aquellos hechos. Y la poesía, hija del amor, es esencialmente exagerada.

Pedro.– Sí, todo lo que ha ocurrido ha sido necesario que ocurriera. Fatalidad, esa es la ley, el dogal que nos oprime, hasta ahogarnos, al fin, y que el histriónico optimismo ha revestido, pretendiendo ocultarla, de varias flores de artificio. ¡Oh, los esplendores de la civilización! ¡Oh, las perfecciones de la cultura!

Álvaro.– ¿Vanas flores la filosofía, el derecho, la moral, las bellas artes, la ciencia pura y la ciencia aplicada?

Pedro.– Aludía a los piropos retóricos dirigidos a la civilización y a la cultura. Pero, en fin, suscribo lo que Ud. supuso que quise decir. Pensamiento que no responda a la utilidad es vana diversión, falsa promesa, ilusoria eflorescencia, creada por la música de las palabras.

Álvaro.– Esa música es expresión de nuestro espíritu, que tiene su vida, y para ella es útil lo que es inútil en la vida práctica. El amor – el único, del que son especie todos los amores– crea en nuestra intimidad la medida y el ritmo, que se manifiestan en el bien saber, el bello hacer y el bien obrar, flores vivas y fecundas. Son el bien, la verdad y la belleza modos de la armonía espiritual, cuyo desenvolvimiento histórico tal vez pueda esquematizarse así; amor sexual, música, danza y poesía erótica. Amor a la naturaleza: observación artística, que produce la pintura y la escultura. Amor cósmico, o emoción directa y sintética ante el mundo: divagación filosófica y filosofía poética (naturalismo místico). Amor a la humanidad: ciencia, derecho. Amor directo a los ideales de belleza, verdad y bien; reflexión sobre la ciencia, o filosofía crítica, ética y estética. Amor a todo, por amor a aquellos ideales y por nuestra íntima relación con la vida universal: filosofía otra vez; pura y total filosofía, alma de la cultura; estructuración espiritual del mundo, del hombre y de la sociedad. Hay otro camino revolucionario: magia; revelación divina; moral religiosa, social y moral religiosa individual, en sus dos direcciones, no incompatibles, la ascética y la mística.

Pedro.– Deriva Ud. la cultura del amor. Yo disiento. Pero aunque sea como Ud. dice, enfrente Ud. la cultura con una crítica severa, y podrán resultar engañosos todos los caminos, falsas todas las ideas. El amor es sospechoso de fraude. Cuando hay que combatir, por conveniencias de la especie, o de la sociedad política el interés individual, es el amor – a lo que fuere– quien se encarga del papel de traidor, amordazando al pobre individuo, cubriéndole de flores y sacrificándolo sin piedad.

Álvaro.– Dejemos ahora la genealogía y etopeya del Amor. Yo le hago observar a Ud. que podrán ser falsos estos, o los otros juicios; podrán estar mal planteados algunos problemas; podrá el amor ser como Ud. dice – y ya le buscaríamos su por qué y su para qué últimos, su situación en el plan general de lo que existe. ¿Pero cómo negar la tendencia de nuestro espíritu a ponerse las cuestiones que he señalado y a formular sobre ellas estos y aquellos juicios? ¿Cómo prescindir de la realidad de nuestro pensamiento? Y planteo el problema en su integridad. Los problemas particulares, desde los más importantes a los más nimios, dependen del problema fundamental de la validez de nuestro pensamiento.

Pedro.– Nuestro pensamiento se nutre de sensaciones y pretende, ante todo, conocer la realidad – su objeto– así exterior, o mundo, como interior, o alma. Pero la realidad puede corresponder al pensamiento. Mejor dicho, no puede corresponder. La realidad es incoercible. Cuando creemos haberla aprisionado en fórmulas y leyes, vemos que ha sido nuestro pensamiento quien se ha ordenado a sí mismo, lo que no es poco, pero no lo que él pretendía. Dos manzanas y dos manzanas son cuatro manzanas... para nosotros, en esa faena de contar. Pero ellas no son cuatro. Ellas serán lo que sean. Ni la idea cuatro, ni la idea uno, ni ninguna otra idea – amarillo, oloroso, turgente– forman parte de su naturaleza. Ni las ideas, ni las sensaciones respectivas.

Álvaro.– Desde luego. Ya suponemos que las manzanas carecen de pensamiento y de sensibilidad.

Pero.– No es eso. Me refiero a lo tan sabido de que el color, el olor, la tersura, se forman en nuestros aparatos sensoriales, por reacción de nuestra sensibilidad especializada sobre los datos que las manzanas nos suministran. Cada sensación es como un cuerpo químico compuesto, que no posee ninguna de las propiedades características de los componentes y, sí, en cambio, otras nuevas.

Álvaro.– Sobre el conocimiento vulgar, engañoso, interpretación ingenua de los datos de la sensación, está el conocimiento científico.

Pedro.– Y sobre éste, su crítica, que puede conducir al escepticismo.

Álvaro.– O no conducir: el conocimiento científico no dice que lo que llamamos amarillo es el efecto en nuestra retina de los rayos de luz de «tantas» vibraciones por segundo; nos demuestra que el peso del agua es igual al peso reunido de sus componentes, y nos hace ver que ni en ese ni en ninguna combinación química intervienen elementos extranaturales, descomponiendo el agua y entregándonos, libres, el mismo oxígeno y el mismo hidrógeno que la forman, con su peso exacto y sus cualidades prístinas.

Pedro.– Mas como el peso es la medida de una sensación...

Álvaro.– Esa sensación ¿no tiene una causa real, que se manifiesta en otros diferentes efectos?

Pedro.– Mejor, una concausa. Suprima Ud. la retina, o el nervio óptico, o nuestro poder de atención, o nuestra manera de impresionarnos ante los rayos luminosos, y no existirá el color. Suprima todos los sentidos, y se acabaron las sensaciones. Pero, en fin, yo no niego la correspondencia entre las medidas científicas y los fenómenos naturales, de una parte, y entre aquellas medidas y nuestras sensaciones, de otra. Luego viene la correspondencia entre la sensación y la idea y la elaboración de los juicios y los raciocinios. Lo que yo niego es que a través de tantas versiones sea la verdad científica el equivalente mental de nuestra realidad, y nuestro espíritu, el espejo del mundo.

Álvaro.– Si existe correspondencia entre las medidas científicas y los fenómenos y entre aquellas y las sensaciones, la hay también entre las sensaciones y los fenómenos.

Pedro.– La primera correspondencia se establece mediante abstracciones cuantitativas. Las fórmulas científicas están basadas en la abstracción matemática, y lo que ellas aprisionan son también resultados de abstracciones, esquemas de fenómenos aislados, lo general de cada uno de sus aspectos, prescindiendo de sus relaciones con lo más inmediato y con la totalidad del mundo. La caída de un sólido sobre la superficie de la tierra es una cosa, y la fórmula e = t2 1/2 g es otra. Esta expresa el análisis de las propiedades mecánicas del fenómeno, ligadas entre sí por una relación numérica. Es, pues, una abstracción, que no puede ser aplicada sino a un aspecto del hecho, mientras que este es, en cada caso, un complejo concreto, casi una individualización, en la que se incluyen el tamaño, la forma, el peso y la naturaleza del sólido cadente, el aire que desplaza y su choque con él y con la tierra, y, para nosotros, la luz que hace visible el fenómeno y hasta, a veces, su carácter estético, o trágico. Figúrese un bello paisaje tranquilo y un objeto rotundo y de color, que desciende desde un aerostato, hiriendo la inerme quietud del ambiente y dejando en la fantasía la impronta de su triunfal carrera, trazo admirativo, simbólico de nuestra emoción, la cual tiene, enseguida, un motivo de cambio: la irrupción vencedora del aire ha parado en el duro lecho de la tierra, y el irruptor impetuoso, perdido su energía, ha sido aprisionado en la red invisible de la inercia. No era un mensajero de lo alto, destinado a traspasar la tierra en demanda del reino tenebroso, sino un pobre juguete abandonado. Figúrese ahora que es un hombre quien así cae de las nubes. Lo inminente y seguro de la catástrofe produce en el alma un hervidero de imágenes, de ideas, de emociones cargadas de horror; crece el tiempo, se dilata, parece no acabar nunca, mientras que el ansia de salvación, rebelde contra lo fatal, parece detener en el aire a la víctima ¿Qué diría Ud. a quien quisiera convencerle, ya consumado el hecho luctuoso, de que se había desarrollado en unos segundos? Para Ud., todo compasión, había durado aquello el tiempo de una vida ¡Las matemáticas! ¡La Ciencia! Sobre el pecho de Jesús agonizante, un cardiógrafo; el nombre botánico, en el tronco de un rosal florecido; bajo la sublime pesadumbre del cielo estrellado, el análisis espectral y las medidas astronómicas...! ¿Qué nos ofrece de puro la ciencia? Esquemas de algunos aspectos de la realidad; traducciones numéricas, aisladas, de las múltiples palpitaciones de la vida; fragmentos lineales de sus formas visibles, y frías descripciones, clasificaciones arbitrarias, nombres pedantescos. ¡Y que haya que consultarla como a un oráculo, porque, con toda su fatal limitación, no sabemos nada que no sepamos por ella...! ¿Y qué dice ese oráculo tremendo, al par que ridículo?

Sus últimas palabras – y aunque no me refiero sólo a la ciencia pura, sino a la experiencia y a inducciones racionales, es, en el fondo, lo mismo– no pueden ser más desconsoladoras: el hombre entero, desde los movimientos fisiológicos inconscientes a lo más altivo y eficaz de su alma, preso en el mecanismo de la vida universal, finita y pasajera, como intersección de fenómenos psíquicos; la inteligencia, condenada a perpetua ignorancia ante lo que es y a cambiante incertidumbre, a verdades provisionales ante lo que parece; el corazón, retorciéndose entre opuestos apetitos insaciables; la existencia, perturbada por mil desequilibrios orgánicos; la vida de relación, sometida a la férrea ley de la lucha, que produce en el mundo natural y en el humano abismos de crueldad y de dolor, lujos del mal, incompatibles con un poder infinito y providente; inútil la educación para remediar la maldad y la torpeza de los hombres, aunque sería espantoso que los hombres fueran, por virtud de la educación, productos escolares «standarizados»; insuficientes la agricultura y las demás industrias para satisfacer, sin perjuicio de ninguno, las necesidades de todos, al par que condena el neomalthusianismo como un delito contra la especie; la degeneración produciendo cada día más seres insociables, por la herencia, que perpetúa lo pésimo, mientras anula, apoyándose fatalmente en la miseria; los sistemas económicos y políticos definidos, ocasionando, según proclama la experiencia, males gravísimos y los de término medio, ofreciendo la mezcolanza repugnante de lo peor de los extremos, sin poder ostentar la síntesis armónica de lo que tienen mejor; el derecho, que fue consoladora esperanza de los que padecían hambre y sed de justicia, puesto en el fatal dilema de o rebajarse a ser verbo de la fuerza, negándose a sí propio, desapareciendo como tal derecho, o de mantenerse puro y ser negado por la fuerza, desapareciendo también; la fraternidad mundial, imposible entre los hombres, como es posible en el resto de los seres el mutuo respeto a la vida, y en el Universo entero, la armonía sin continuar disonancias, la luz, sin mayor cantidad de sombras, los focos de calor, son inmensos espacios fríos. Desorden que nos parece orden, porque se perpetúa, anarquía sempiterna, caos con alma, el dolor: eso es Todo.

Álvaro.– No puede llamarse caos a lo que se rige por leyes de valor constante: a la armonía de los astros y de los átomos, a la perfecta economía, promesa de eternidad, que reflejan los hechos de la conservación de la materia y de la fuerza; a la atracción, engendradora de nuevas vidas y a la repulsión, que mantiene la individualidad, o liberta torrentes de energía.

¿Y la vida consciente?

Pedro.– La vida consciente es un hecho accidental y fortuito, sin destino ulterior; una mariposa perdida en el caos, y los problemas que plantea el valor alocado de la pobre psique, angustioso laberinto de irresolubles antinomias: religión e iglesias; justicia y ley; educación y fuerza espontánea; intensidad y extensión en la riqueza y en la cultura; cantidad y cualidad de los productos industriales, de las obras de arte y de ciencia y del personal docente; poder del Estado y libertad del ciudadano; originalidad y espíritu gregario y la que a todas comprende y en la que se extinguen, sin resolverse, todas: vida y muerte.

Cada ser humano, si es persona de veras, se debate, además, entre los hirientes extremos de un trágico dilema inevitable: adaptarse al medio social, aplaudir las injusticias tradicionales, seguir las costumbres absurdas, respetar los errores perniciosos, es oponerse al verdadero progreso humano, sacrificando en el ara de un egoísmo hipócrita o cobarde, lo mejor del espíritu; proceder de acuerdo con los dictados de la dignidad y la conciencia, señal evidente de locura. No hay término medio. Dejar pasar, dejar hacer, dejar decir, inanes y alalos, no sería un medio, sino el extremo de la imbecilidad. Y resulta imposible en aquellos extremos contradictorios y en este último, opuesto a ambos, la alegría que nos produce encarnar en la vida nuestro espíritu, y el divino equilibrio de la serenidad.

Álvaro.– La serenidad no depende de la eficacia de nuestras acciones, sino de la buena voluntad con que se realizaron. La buena voluntad no marra nunca. «Cumple tu deber – decía Chrisna a Arjuna– sin preocuparte de las consecuencias. La virtud está en el acto, no en sus resultados».

Pedro.– Eso es bueno para predicarlo en un desierto, o para que intente realizarlo un personaje literario, un D. Quijote. Nuestra moral de hombres arraigadamente sociales no se satisface sino con la eficacia.

Álvaro.– Esos consejos se le dieron a un guerrero en la noche que interrumpía una batalla.

Pedro.– Sí, es verdad. También sirven esas frases para anestesiar el egoísmo – legítimo, en este caso– del más egoísta de los seres y convertirlo en fiero victimario y, a la vez, en víctima sumisa. Esas frases pertenecen al manifiesto permanente, redactado por la ambición, del que cada ambicioso hace una copia, con variaciones de estilo.

Álvaro.– ¡Qué un hombre como Ud. diga tales cosas! ¿Tenían designios ambiciosos los fundadores de religiones, los grandes moralistas, los santos, los mártires, todos los héroes que se han sacrificado abnegadamente por una idea, o por un sentimiento de amor a la humanidad?

Pedro.– Eran ambiciosos sin egoísmo. Querían que sus ideas transformaran el mundo.

Álvaro.– Para exclusivo beneficio del mundo, que, efectivamente, se ha beneficiado con la doctrina y el ejemplo de los héroes de la justicia y de la bondad. Eficacia – y contesto también a una de sus frases anteriores– hay siempre; ¿recuerda Ud. la parábola del sembrador? Yo digo que hasta los granos que caen en las piedras resultan útiles. Con los ácidos desarrollados en su descomposición, contribuyen a disgregar unas partículas de roca. Y de partículas de roca se forma el agro. Si en el mundo físico toda causa produce más de un efecto, en el mundo moral puede suponerse que esa producción es indefinida, como el número de ondas del movimiento vibratorio en un medio perfectamente elástico, o el de las sucesivas posiciones del de traslación, sin ninguna resistencia contraria, o como el de las imágenes de los espejos exactamente paralelos. Si alzar un brazo es influir, teóricamente, en el curso de los astros ¿cómo no conceder eficacia notable y perdurable a una palabra buena, a un gesto magnánimo, a una mirada comprensiva, a una acción generosa? Cristo dijo a sus discípulos, que fue decírselo a todos los sembradores y a todos los Quijotes, que eran la sal de la tierra.

Pedro.– ¡Sal de la tierra! ¡Visionarios, cuya imaginación interpone entre el mundo y ellos rosadas nubecillas y blandas melodías, para alejarse del espectáculo brutalmente cruel de la naturaleza inexorable y del trágico bufo de la humanidad hipócrita!

Álvaro.– Su visión de la vida es demasiado negra ¿Quién tiene ante sí nubes, y no rosadas, simo de plomo oscuro? Yo creo que la ciencia, en cuyo nombre ha dicho Ud., excediéndose en la representación, palabras tan desoladas, es profundamente religiosa y grandemente consoladora, a más de ofrecernos los medios más eficaces, los únicos medios, hoy, de prosperidad general. Es la espada y el yelmo, la lanza y el escudo de un formidable y triunfal D. Quijote que ve con los ojos de Sancho.

Pedro.– ¡Religiosa! ¡Consoladora! La ciencia extiende el poderío del hombre, y aumenta sus necesidades; excita el deseo, sin aumentar la voluntad; perfecciona el cerebro, y desquicia el conjunto orgánico; dignifica a sus cultivadores, sin prestarles inmunidad contra la multiforme miseria humana, que los rodea y que, al fin, los penetra, o los sacrifica; y ahuyenta dulces quimeras de la fantasía; comprime generosas expansiones del sentimiento y opone a la interrogación racional y cordial sobre el qué, el por qué y el para qué del hombre y del mundo una impenetrable muralla, vacío en sombra, de espesor infinito.

Álvaro.– No es la ciencia por sí misma, sino en todo caso, la reflexión sobre ella, la que alza ese muro.

Pedro.– Pero es ella quien suministra los materiales para la ingente fábrica, que nos encierra en un miserable calabozo y nos hace comprender que no somos sino pobres animales, con la cantidad suficiente de razón para que nos sirva de espejo.

Álvaro.– Es decir, que nuestra razón se convence, por sí misma, de su impotencia intelectiva, de la falsedad de su interpretación del mundo y de la ineficacia de su normativa moral, y nos demuestra que no somos racionales, o como si no lo fuéramos. ¿Cree Ud. que en ese resultado negativo concluye la misión de la racionalidad? ¿Que en ese trágico aniquilamiento acaba su labor? ¿que esa contradicción absoluta entre su aspiración y su poder encuadra su existencia? Para ello habría que declararla infalible, en cuanto se niega a sí misma y afirmar que sólo acierta cuando asegura que yerra siempre. No puede averiguar la verdad; pero sí puede averiguar esa certeza de su error, una verdad formidable. ¿No ve el absurdo? Mas, aun pasando por él, provisionalmente, vemos luego que hay algo – síntesis de razón y otra cosa– que niega la certeza de ese resultado, que invalida ese trágico desenlace, que suple esa debilidad, que reduce esa antinomia y, superando el obstáculo que nos parecía insuperable – la negra muralla de vacío y sombra– nos enfrenta con el mundo de lo absoluto y proclama desde allí que la razón es infalible, pero sólo en sus problemas.

Pedro.– ¿En qué problemas no puede intervenir la razón?

Álvaro.– Intervenir, para ver si van contra ella, en todos. Pero sin tratar de resolver más que los suyos, los estrictamente científicos.

Pedro.– ¡Ah, vamos! Razón y Fe. Ud. me invita a saltar sobre la muralla, rompiendo antes el espejo. Y yo le declaro paladinamente que carezco de la agilidad necesaria para dar ese salto prodigioso, aún haciendo añicos la razón.

Álvaro.– Ud. lo hará algún día, sin ir contra la razón, sino prescindiendo de ella en ese acto, que no es de su incumbencia. Y la razón no puede decir «quien no está conmigo...» La vida humana es casi toda irracional. Son irracionales, no sólo las tendencias a proceder por hábitos, a imitar y a creer con fe ciega; no sólo el amor y todas las emociones expansivas, y el heroísmo, la abnegación, la magnanimidad; no sólo el odio y todas las pasiones antisociales y el delito y el remordimiento, sino la religión y el arte. La ciencia misma opera sobre el dato irracional de la sensación y se vale de verdades, básicas, indemostrables.

Y hay una cosa, amigo mío, superior a la razón. Empleo intencionadamente este adjetivo, del que se abusa con harta frecuencia. La fe, la intuición apasionada de lo ideal, es superior a la razón, porque la supera; porque la sustituye en las altas regiones, en que la razón se asfixia; porque es como una razón para lo absoluto y para verdades indemostrables de orden espiritual, a las que no me atrevo a llamar axiomas, porque necesitan el dictamen de la razón, afirmativo de que no son absurdas o imposibles. Hay una diferencia abismática entre lo irracional y lo antirracional. Es irracional que por una causa nimia se cometa un crimen. Pero es posible, y la psicología patológica llega a explicarlo. Es, en cambio, imposible que el cuerpo real y efectivo de un hombre vivo – huesos, músculos, tejidos sólidos y líquidos– esté en una miga de pan. Esto es, no puede ser admitido por la fe aquello que la razón demuestra que es imposible. Pero sí puede ser admitido lo que la razón no pueda demostrar que existe, pero tampoco que no existe. Hay que admitir, además del de la razón, otro criterio que no contradiga positiva y evidentemente a la razón. Es una exigencia del buen sentido.

Tenga Ud. también en cuanto que no podemos llamar verdades racionales sólo a las verdades científicas de tipo matemático ¿No reputa Ud. racional prestar asenso a las narraciones históricas incontrovertidas y a las descripciones geográficas, botánicas, &c.? ¿Y puede nadie demostrar matemáticamente la existencia de Felipe II y, para quien no lo haya visto, los caracteres del canguro, del acónito ferox? A todo lo que se llama ciencia en su más vasto sentido se extiende el imperio de la razón. A sólo ello, sí, pero a todo ello.

Pedro.– La fe, entonces, es creer en lo posible.

Álvaro.– Creer en lo que no se ve. Prestar asenso a las intuiciones de lo espiritual, que todos tenemos.

Pedro.– Soy ciego para esas visiones.

* * *

Álvaro.– Volvamos, pues, hacia atrás. Yo le digo a Ud. ahora que lo único que pude afirmarse, al hacer una revisión o crítica del conocimiento, es que pensamos. «Yo pienso» es, indudablemente, la primera afirmación, el punto de partida para quien desee estar en ese momento sobre algo firme.

Pedro.– Ya lo dijo alguien hace algún tiempo.

Álvaro.– Y con harta razón. Adoptar una actitud crítica es dudar de la certeza del conocimiento. Todos mis juicios pueden ser equivocados. Hasta mi propia existencia puede ser ilusoria, o muy diferente a como la percibo. ¿No será mi cuerpo la proyección de un fantasma de mi espíritu? Pero aunque todos mis juicios sean falsos, es evidente que son juicios. El más sistemático y radical escepticismo se detiene ahí.

Ahora bien, de la existencia de mi pensamiento surge su estudio, la reflexión del pensamiento sobre sí propio. Y en ese estudio se puede ir muy lejos.

Pedro.– ¡Y tanto! Ya se ha hecho ese viaje varias veces. Sale todo – el mundo, Dios, sus atributos– son una seda. El hombre, especialmente, resulta magnífico. Luego nos sobreviene cierto desconsuelo, porque notamos que todo sigue igual y con las mismas tinieblas. Y se vuelve a empezar, tras un descanso, si no bien ganado, harto necesario. Es un juego algo aburrido. Pero, en fin, se pasa el rato, y, a veces, hasta se distrae el hambre.

Álvaro.– Pero en cada viaje se retira para siempre algún estorbo, se rectifican atajos y rodeos, se reafirma, ensancha y prolonga el camino real, se captan nuevas perspectivas del paisaje y se entrevé con mayor claridad la meta ¿No constituye un mejoramiento efectivo el haberse zafado para siempre la filosofía de la servidumbre teológica? ¿No lo ha sido, después, la derrota del positivismo? ¿No constituye otro progreso enorme el ensayo de superación del idealismo subjetivo y la incorporación a la teoría del conocimiento de la parte aprovechable del antiguo realismo, trabajo que se está desarrollando a nuestra vista y en el que colabora un insigne pensador hispano? Este solo concepto de superación, puesto en el lugar en que siempre, hasta ayer mismo, se ponía el de la negación, es una conquista formidable del pensamiento reflexivo. Creer que puede superarse algo es haberlo comprendido y criticado, lo que puede no ocurrir en la negación. Superar no es negar, sino integrar; es matar, sin aniquilar, antes absorbiendo, como hace la naturaleza, toda la sustancia de la individualidad desaparecida.

Pedro.– ¡Bah! Una nueva forma de eclecticismo.

Álvaro.– No. El eclecticismo es una mezcla arbitraria; la superación – lo repito– una integración; y si lo quiere Ud. en imagen, una combinación química.

Pedro.– ¿A qué responde esa imagen?

Álvaro.– Así como en la molécula de un cuerpo compuesto entran porciones definidas de los cuerpos simples, en una doctrina de superación, entran necesariamente, también, los elementos predeterminados por lo que pudiéramos llamar lógica trascendente de las ideas, o sea la lógica suya, la relación necesaria entre ellas, que transciende al entendimiento que las ordena.

Pedro.– ¡Diablo! ¡Qué sutil y complicado es eso! ¿De modo que las ideas tienen, ellas, en sí mismas, su lógica?

Álvaro.– Claro es; una lógica independiente de nuestra voluntad y de nuestras opiniones y creencias. Nosotros no hacemos sino extraer esa lógica del pensamiento; esa lógica que lo pensado por nosotros tendría en el espíritu de un ser muy diferente al hombre. Y esa «lógica de las ideas» es la base de la de la ciencia. Ud. sabe, por ejemplo, que el valor de dos ángulos de un triángulo plano rectilíneo es de 100º. ¿No es forzoso, impuesto por la lógica de las ideas ángulo y triángulo y por la de su medida común, que el tercer ángulo de la figura supuesta ha de valer necesariamente 80º? ¿O es que va Ud. a decirme, haciéndose más realista que yo, que esos grados, y esos ángulos y ese triángulo no son ideas, sino cosas? Y aunque fueran cosas, son ideas también, y como ideas, no como cosas, entran en nuestro pensamiento.

Pedro.– Ahí está la falla de nuestro conocer. No podemos captar la realidad de las cosas. Sólo nos es permitido medir los fenómenos o apariencias. Busquemos un ejemplo en lo más estático y patente, en lo, al parecer, más seguro: en la percepción, por medio de sensaciones visuales y táctiles, de un cuerpo sólido. Sea esta tabla de mármol ¿Qué vemos aquí? Dejemos a un lado el hecho de no poder abarcar de una ojeada los dos grandes planos y a las cuatro superficies curvas de su figura y no nos preguntemos otra porción de cosas inexplicables. ¿Qué vemos en este cuerpo? Del cuerpo, nada. Vemos la superficie, el límite entre el mármol y el aire que sobre él gravita. Como ni la mirada ni el tacto pueden profundizar ni una milésima de micra, como es pura superficie lo que vemos, no vemos el mármol, que no es, ni en la molécula, una superficie, sino un cuerpo. Y el tacto y el sentido de la resistencia no hacen sino acusar la tersura y la dureza de la superficie.

Álvaro.– Resulta, pues, que las abstracciones – superficie, dureza, color– son los únicos aspectos que percibimos de la realidad. Y por eso precisamente, porque los percibimos, podemos abstraerlos. Y, sin embargo, oponemos los conceptos de «abstracción» y «realidad», dando ya por sabido que hay una realidad y que es diferente de las cualidades percibidas y abstraídas. Y como no podemos percibir sino esas cualidades, la sustancia que ellas revisten, la realidad, es incognoscible. Creo ilegítima esta manera de resolver el problema del conocimiento del mundo. ¿Por qué no suponer que la realidad es el complejo de esas cualidades y de las que descubre el análisis científico?

Pedro.– Ya hablaremos de eso. Prosiga Ud., si le parece.

Álvaro.– Después de pensar que pienso, tengo que pensar en el objeto de mi pensamiento. Para seguir marchando por terreno firme, debo hacer constar, ante todo, que el pensar es un hacer: cada idea se produce como una iluminación súbita, o como el abrirse de pronto el botón de una flor. ¿Y no es cada juicio verdadero el acto de incluir una idea en otra idea?

Ahora bien, en el mundo hay dos clases de hechos: los puramente físicos y los biológicos. Su distinción es fácil. Los primeros tienen causas, y no fines. Una tempestad se produce porque se ha alterado el equilibrio eléctrico entre la superficie de la tierra y una mesa de vapor de agua, y no, para restablecer ese equilibrio. Estos hechos, efectos mecánicos y fatales, están inseparablemente ligados a sus causas, por lo que son mensurables, previsibles y reversibles, como se ve en los análisis y síntesis químicos. El movimiento de un péndulo simple sería tipo de esta clase de fenómenos. Los hechos biológicos, en cambio, se producen siempre en vista de un fin, y son irrevocables, porque sus resultados tienen distinta cualidad que las causas que los producen, no obedeciendo, por consiguiente, a las leyes de la conservación de la materia y de la energía. La vida por antonomasia – todo, en la naturaleza, vive– es una trama de hechos finalistas, de hechos que parecen intencionados, y que lo son, de algún modo, aunque no acompañe a la intención la conciencia y aunque aquella no reviste forma intelectual ni instintiva. Pero hay que suponer apetencia o repulsión y una cierta voluntad de acercamiento, o de fuga: el amor y el odio, que algunos pensadores antiguos atribuían hasta a los elementos materiales. En los seres vivos hay, pues, sobre la vida meramente física, algo que podríamos llamar sensibilidad y voluntad primarias; hay alma, en fin.

Tenemos, pues, que el pensamiento es un hecho vital, una acción interna. Es decir, que pienso para algo. Y mientras menos espiritualista sea el criterio con que se estudie las operaciones de nuestra alma, con mayor fuerza habrá que afirmar que el pensamiento humano tiene una finalidad propia.

Pedro.– Sí, desde luego. La naturaleza no produce las cosas a capricho. Y es perfectamente natural que el hombre piense.

Álvaro.– Ahora bien ¿para qué piensa?

Pedro.– Para defenderse de la lucha por la vida. La inteligencia humana es el arma más eficaz con que la naturaleza ha dotado a un ser vivo.

Álvaro.– Pero note Ud. en primero lugar – luego vendrán otras distinciones– que para ser la inteligencia un arma tiene que leer en el gran libro de la naturaleza, tiene que mirar, que ver, que entender y comprender. ¿Y qué es todo esto sino la célebre «adecuación entre el entendimiento y la realidad»? Ha surgido, pues, en nuestra investigación un algo nuevo, la relación entre las cosas y mi pensamiento, la verdad. Generalizando, puede decirse que el fin del pensamiento es la verdad.

Pedro.– La verdad natural y utilitaria; la misma verdad del animal.

Álvaro.– Si esa verdad fuera el objeto único del pensamiento humano, este no sería sino el instinto de los animales; y no es así.

Pedro.– Claro que no es así. La inteligencia, más sujeto al error que el instinto, es arma más poderosa, porque es un instinto que se modifica, al modificarse las circunstancias. Pero el fin es uno y el mismo en ambas facultades: utilidad, beneficio para el individuo, o para la colectividad de que forme parte y conservación de la especie. Hasta ahí la inteligencia no falla, salvo errores de tanteo. Lo malo es cuando se mete a averiguar lo que, en definitiva, no le importa.

Álvaro.– Si no le importara, no lo pretendería. Y prosigo. Tenemos, pues, que el pensamiento es una actividad vital, finalista. También lo es el instinto. Pero el instinto sabe cuanto tiene que saber, y lo sabe infaliblemente. La inteligencia es un discípulo perpetuo. Es decir, la inteligencia es un discípulo perpetuo. Es decir, la inteligencia es un poder original, mientras que el instinto representa lo mecánico en la vida animada: a tal excitación, tal respuesta.

Pedro.– Los animales poseen inteligencia.

Álvaro.– Referida a lo particular, en el lado objetivo y a la vida física en lo subjetivo. Por eso se ha podido confundir con el instinto. El animal no piensa desinteresadamente, ni, por lo mismo, universalmente. Y no olvidemos esto. El interés inegoísta, el amor, crea o hace posible el intelecto, que es siempre, por su raíz, un intelecto de amor.

Pedro.– ¡Qué amante del amor es Ud.! ¡No perdona medio de exaltarlo!

Álvaro.– No da, tampoco, el animal señales de tener consciencia de sus juicios. Careciendo de consciencia y de pensar científico, el animal carece de razón. Ahora bien, sin necesidad de una hipótesis nueva, valiéndonos únicamente de lo sabido, podemos asegurar que cuando un órgano existe responde a una función propia, y que toda función lo es en vista de un objeto ¿Para qué existe, pues, la razón humana? Y no debemos prescindir en esta inquisición de las otras funciones que acompañan al pensamiento racional propiamente dicho: intuición intelectual, fantasía, emoción. Lo vivo debe ser estudiado en vivo.

Pedro.– Perdone: ha dicho Ud. que el animal no piensa desinteresadamente, y que, por lo tanto, no piensa universalmente.

Álvaro.– El egoísmo animal se dirige siempre a lo inmediato.

Pedro.– El egoísmo, pase. Pero los instintos se refieren a la conservación de la especie, de tal modo que los individuos no parecen tener otro fin que esa conservación. Esto es así estrictamente en los animales que mueren en cuanto han asegurado la descendencia. Y no parece que sea verdaderamente inmediato el comienzo de la construcción de los nidos, en las aves, y la puesta de los huevos.

Habrá que suponer, por consiguiente, un egoísmo específico, dando por cierta la existencia real de las especies, como querían los realistas de la Edad Media y como pretenden los organicistas modernos.

Álvaro.– Hay una cierta inmediatez en lo que es ininterrumpido. Además de inmediato, debí decir concreto y predeterminado. El animal no puede evadirse de ejecutar los actos instintivos. Son tan fatales como los hechos físicos. En cuanto al realismo y al organicismo – uno en el fondo– yo las acepto, si con ellos no se pretende borrar a los individuos, sin cuya realidad periclitaría la de cualquier organismo constituido por aquellos. La unidad individual, por lo mismo de ser más limitada, más perfecta e invariablemente limitada, es más profunda, más fuerte, más intensa que las unidades colectivas de cualquier orden.

Pedro.– Entonces, una de las células de su organismo posee unidad más fuerte y profunda que aquel, que no es sino una colonia.

Álvaro.– Individuo quiere decir «indiviso», solo y señero, y, por consiguiente, el mismo, bajo los cambios de sus componentes. Las células de un organismo vivo se renuevan, y el organismo sigue viviendo, sigue siendo el mismo. Bien sabe Ud. que los vegetales tienen una organización menos centralizada que los animales, sobre todo que los animales superiores. Y, sin embargo, una encina, un helecho, y hasta un hongo, son individuos vegetales bien definidos. Además, toda la vida de las partes de un organismo se verifica en función de la vida del organismo; y no toda la vida de estos está absorbida por la colectividad a que pertenezcan. Lo central de la vida de un ser orgánico es vivir para sí. Hasta la conservación de la especie se realiza como placer del individuo.

Y decía que el pensamiento científico es, no inutilitario esencialmente, sino esencialmente inegoísta, por lo mismo de ser universal. Así, la regla epicúrea «debe buscarse, ante todo, el placer», a pesar de su dirección egoísta, pertenece, en cuanto norma universal, al imperio de lo desinteresado; y es más que probable, que el primero que la formulara fuese una buena persona. Por lo menos, pensó en los demás y rindió culto – aunque se equivocase– a la verdad científica. El egoísmo auténtico, primitivo, se mueve en la órbita de la individualidad y entre realidades concretas, mientras que lo racional o científico entra necesariamente en lo universal.

¿Ve Ud. cómo hay que estudiar el pensamiento humano en sus caracteres generales y clasificar los pensamientos o juicios con arreglo a esos caracteres?

Debemos tener en cuenta, además, que en el conocimiento no interviene sólo la inteligencia, y que es, en definitiva, como alguien, muy excelso, pensara y según ya hemos visto, una función del amor. Nuestro vivir es un convivir interno y un convivir con la vida universal. En cada acto de nuestra psiqué colabora todo eso que se han llamado, dividiéndolo, para estudiarlo, facultades, potencias, almas. Hablando con propiedad estricta, no podemos decir que la inteligencia conoce, sino que conoce el hombre. Y el hombre es una realidad viva. Si todo nuestro vivir estuviese acompañado de la visión intelectual, habríamos llegado a conocerlo todo. Y la fuerza más penetradora es el amor. La atención espontánea es voluble. El pensamiento que la sigue va y viene sobre objetos más o menos conocidos, sin exigencia de mayor conocimiento; es una radiación incoordinada, una dispersión de energía, sin resultado. Pero la meditación y la observación, el pensar que nos trae conocimiento, fija la atención, sostiene la mirada intelectual, el juego con los fenómenos. Comprender, se ha dicho, es amar. El conocimiento de lo universal, el saber científico, es el premio, la consecuencia grata de ese interés desinteresado, de ese amor a la verdad, o, mejor, de esa humilde confraternidad con el mundo.

Siguiendo ahora la ilación de nuestro diálogo, diré a Ud. que entre el conocimiento sensible y el conocimiento científico de la manzana hemos captado la realidad de esta.

Pedro.– ¡Alto! El conocimiento sensible lo es siempre de una manzana; y el conocimiento científico lo es de la manzana en general, sensorialmente imperceptible.

Álvaro.– Pero ambos conocimientos se corresponden y forman una síntesis – el concepto «manzana», que se aplica, en una referencia objetiva, natural y lógica, a cada manzana particular y a todas las manzana existentes y posibles.

¿Qué resta de cada manzana, si la quitamos sus elementos organizados, su origen, su desarrollo, su potencia germinatriz y las cualidades debidas a sus relaciones con el espacio, con la gravedad, con la luz, con el aire, con todo cuanto le rodea, que, en definitiva, es todo el Universo? Si hay una esencia detrás de cada cosa sensible y singular, no será sino nuestro concepto de las cosas, o en todo caso, la idea arquetípica, divina.

Pedro.– ¿Subjetivismo... todavía?

Álvaro.– No creo que esto pueda ser llamado subjetivismo. Yo afirmo la existencia real, objetiva de las cosas, independientemente de mi conocimiento de ellas. Sí digo que asignar una sustancia esencial a cada cosa, separada de la realidad que patentizan los fenómenos y el análisis de los mismos, es crear antes de razón, ideas arbitrarias de sentido místico y volver a creer que toda apariencia es ilusión, engaño. ¡La esencia incognoscible de una cosa, escondida no se sabe cómo, dentro de la misma cosa! ¿Qué es eso, si no es su constitución, la íntima, limitada, precisa, individualizadora armonía de sus elementos, en disarmonía o armonía diferente con el medio?

Pedro.– Va saliendo algo que no es la cosa natural.

Álvaro.– Sí, pero todo en la cosa natural, como hecho estante en ella, como su vida, o su manera de ser ¿Qué es, en otro caso, esa célebre esencia? ¿lo que le hace ser a cada cosa lo que es? Pues lo que acabo de decir, su constitución de la que dimanan sus cualidades.

Pedro.– Si yo no busco la esencia, que para nada me sirve; sino que huyo del realismo ingenuo, en el que Ud. parece caer, aunque luego quiera corregirlo, mostrándome la posibilidad de un idealismo trascendente. ¿Es, acaso, que la manzana es amarilla – y así todo lo demás– no en nuestros ojos, porque ellos reflejan ciertos rayos de luz, sino que ella de por sí es amarilla, hasta en la oscuridad, aunque entonces no la veamos?

Álvaro.– Eso no, eso no. Pero sí que la amarillez de la manzana – ¿por qué no la vemos, azul, o blanca, o negra?– es una realidad conjuntiva, una creación vital entre la realidad de las vibraciones luminosas y la realidad de los elementos materiales de la manzana.

Pedro.– Dirá Ud. «realidad de los elementos materiales» en otro sentido que en el tradicional. Porque de sus preguntas de Ud. acerca de la esencia de la manzana se deduce que no cree Ud. en la existencia de la materia, como cosa en sí, sustratum de los fenómenos. La materia, para Ud. se agota en los fenómenos, es decir, en el movimiento, en la energía. Y yo digo que las apariencias lo son de algo y por algo. Pero es que esa apariencia – por de pronto, apariencia– del color y esas apariencias de los elementos materiales parecen así en nuestros sentidos, sin los cuales... ¿cómo resultarían esas apariencias?

Álvaro.– ¿Y no será una inducción lógica, fundada en la analogía entre la percepción de los fenómenos físicos y la de los biológicos, que efectivamente ocurren en los seres naturales – como el nacimiento, la muerte, &c.– la proposición de que nuestras sensaciones son adecuadas a la realidad de las apariencias y que las apariencias – en cuanto tales– son el resultado necesario la auténtica realidad? A eso que he llamado «realidad apariencial» responden las rectificaciones sensoriales de los datos mecánicos de los sentidos, como el percibir una sola imagen agrandada, en vez de dos minúsculas imágenes, el referir el sonido al cuerpo en el que se produjeron las vibraciones sonoras, &c. O, de otro modo, que la interpretación sensorial de los datos que se producen en los órganos materiales de nuestros sentidos es correcta, veraz, aunque, como es forzoso, relativa. Si nuestra potencia visual fuere 100.000 veces mayor, veríamos los sólidos como masas nebulosas, aunque por la diferencia entre ellas y los líquidos y entre estos y los gases, se mantendría la distinción entre unos y otros.

Por otra parte, el número de vibraciones de los rayos amarillos no creo que dependan de nuestros sentidos, ni la manzana es el fruto de una especie arbórea determinada, porque el hombre la haya catalogado, ni el movimiento con que caería al suelo, si se desprendiese del árbol, dejaría de verificarse, aunque nosotros no lo viéramos y aunque no hubiese descubierto todavía la fórmula del movimiento uniformemente acelerado. Y repito lo que dije antes: ¿Qué más quiere Ud. saber acerca de la manzana? Conoce su constitución orgánica y química, su origen, su destino natural, su color y en qué consiste, su peso y por qué lo tiene y hasta puede Ud. comérsela, comulgando, así con la realidad manzana y con la ciencia que a la manzana se refieren y por aquella y por esta, con el Universo entero y con la suprema ciencia de Dios.

Pedro.– ¿Teófago, también? Y conste que no he contado – siguiendo el hilo de nuestra discusión– las vibraciones de mis nervios, al percibir el color, ni aunque las contara, sacaría nada en limpio; e ignoraré siempre cómo y por qué la excitación luminosa se convierte en visión coloreada; cómo las imágenes fotográficas de las retinas se tramitan al cerebro; cómo se reducen las dos a una y por qué esta copia simplificada es desmesuradamente mayor que las originales y rectifica la inversión de aquellas. Tampoco sabré jamás cómo la sensación se convierte en idea y cómo y en virtud de qué poder el hombre forma el juicio expreso analítico «esta manzana es amarilla» y el raciocinio inductivo: «esta y otras muchas manzanas maduras que he visto son amarillas, y pues lo semejante tiene caracteres semejantes, todas las manzanas maduras son amarillas», ni tampoco me dirá nadie por qué no pueden formar estas construcciones mentales los pájaros, que ven, como nosotros, las manzanas, que, como nosotros, conocen las que están maduras y como nosotros, también, y antes que nosotros, se las comen.

Álvaro.– No le contesto con unas palabras, harto fáciles de decir, porque sé que Ud. no habría de conformarse con ellas.

Pedro.– Gracias por la justicia que me hace. Mi curiosidad no se satisface con decirme que «el opio hace dormir... porque tiene virtud dormitiva».

Álvaro.– Y parece indudable que a ciertas preguntas no se podrá responder de otra manera por los siglos de los siglos. Hay cosas que no las sabremos jamás.

Pedro.– Y como esas cosas son fundamentales, no sabremos jamás ninguna otra. La ciencia, toda la ciencia, no es sino la ignorancia consciente. ¡Irrisorio destino de la razón humana! Tener que emplear casi toda la vida en el estudio y la meditación para poder decir – frase orgullosa, no humilde– «sólo sé que no sé nada»! Un hombre ignorante no puede decir eso, porque eso es la cúspide de la sabiduría.

Álvaro.– ¿Y los axiomas, D. Pedro? ¿Qué dice Ud. de ese conocimiento? ¿«No es directo», inmediato y evidente? El mismo Dios – el Dios personal infinitamente sabio y poderoso de la teología católica– no puede contradecir un axioma.

Pedro.– Perdone, D. Álvaro: los axiomas expresan verdades universales, conocimiento evidente; pero no inmediato, ni directo, ya que el conocimiento científico es siempre general y abstracto.

Álvaro.– Es indudable. Pero yo tenía en cuenta al aplicarle esos adjetivos, su referencia inmediata y directa, casi, a la realidad circundante, como a toda la realidad posible. Ahora bien, las verdades científicas se hacen evidentes, axiomáticas, por el razonamiento.

Pedro.– A través de un dédalo de razonamientos, y sólo en las ciencias matemáticas. Todas las demás ciencias son descriptivas. Es un error grosero tomar como ciencia esencial la mera descripción de los fenómenos. Y la matemática, en cambio – la matemática pura– es ciencia de abstracciones, no de realidades, como lo son, o parecen ser, al menos las ciencias descriptivas, desde la fisiología a la geología. La matemática es una construcción racional.

Álvaro.– Pero no arbitraria. La abstracción matemática tiene su lógica.

Pedro.– Pero no en física. Las leyes de esta ciencia no son todas verdaderamente exactas, sino aproximadas, y no hay manera de encontrar fórmulas matemáticas en acuerdo estricto a como se producen los fenómenos. Estas leyes parece que no tienen sino un valor estadístico. Se ha esfumado con la física modernísima, la pretendida exactitud y fijeza de las leyes mecánicas del Universo.

Álvaro.– Esa misma inexactitud demuestra la existencia efectiva de los objetos de nuestro pensamiento y el poder de la razón, que llega a averiguar sus propios errores.

Pedro.– Pero es muy grave que no pueda rectificarlos científica, racionalmente. Resulta, pues, que la institución racional llamada ciencia, que tiene sus leyes propias en la lógica, y su fondo invariable en axiomas y principios eternos, no se acopla exactamente a la realidad cósmica. Aceptando todo lo que Ud. propone, resulta, al fin y al cabo, que nuestra mente no es sino un espejo «con aguas» de la vida universal. La serie de fenómenos y la serie de verdades científicas no son paralelas. Ese es el hecho, que, por Ud. lamento.

Aparte de eso, concedemos demasiado valor a un simple cambio de expresión, como ocurre en las operaciones matemáticas, o a igualdades necesarias entre hechos de la misma naturaleza, aunque producidos en diferentes medios ¿Por qué admirarnos, por ejemplo, de que la intensidad de los efectos de cualquier movimiento vibratorio esté en razón inversa del cuadrado de las distancias del foco vibrante a los puntos de observación? ¿No sabemos que las superficies esféricas son entre sí como los cuadrados de sus radios? Ponga Ud. un foco luminoso en el centro de una esfera hueca y opaca de un metro de radio. En la superficie interior de la esfera se proyectan todos los rayos que emanan del foco. ¿No es así? Quite esa esfera y ponga otra de dos metros de radio. La cantidad de luz es la misma. Pero la superficie en que se reparte es cuatro veces mayor. Luego a cada unidad de superficie le corresponde cuatro veces menos.

Álvaro.– Bien. Pero el caso es que ello es así, geométricamente, y que nuestras sensaciones corresponden a los hechos: por acercarnos a una luz para leer, y la mitad de la distancia nos da la impresión de doble luz.

Note Ud., además, que la matemática no es ciencia de observación, sino de raciocinio, la más abstracta e irreal de las ciencias. En la naturaleza visible no hay poliedros regulares, ni cuerpos redondos exactos, ni pirámides ni prismas perfectos, ni, menos aún, superficiales, líneas y puntos geométricos, ni unidades y decenas de cosas o hechos, sino hechos y cosas: ni los seres vivos crecen por la generación en potenciaciones ni progresiones fijas. Y, sin embargo, en la reflexión hay ángulos perfectos; en el movimiento uniformemente acelerado, el espacio recorrido es proporcional al cuadrado de los tiempos; y las leyes físicas, aunque no sea con absoluta perfección, pueden enunciarse prácticamente en forma matemática.

Pedro.– ¿Y qué le asombra en esto?

Álvaro.– Me asombra que la construcción matemática, racional, con muy estrecha base de intuición sensible fue anterior, en muchos siglos, a la construcción de las ciencias físicas.

Pedro.– Es que aquella construcción matemática no parece suficiente hoy.

Álvaro.– Su concordancia fundamental con el cosmos está suficientemente demostrada. Pero, en suma, si es hoy sustituida en las altas especulaciones de la ciencia, eso no quiere decir sino que en la matemática, como en todo, se progresa. Y, desde luego, nadie podrá demostrar jamás que la matemática euclidiana es errónea en su terreno: los tres ángulos de un triángulo plano rectilíneo valen dos ángulos rectos, y (n+n)2=4n2, y así todo, siempre y en todas partes, en la tierra como en Sirio, en la mente humana como en la mente divina.

Pedro.– Como que esas ecuaciones no son sino modos diversos de expresar una misma idea, o si Ud. quiere, el análisis de las condiciones necesarias de una figura, o de un número. No habría triángulo si sus ángulos no sumaran 180º. La geometría euclidiana y la aritmética tradicional son exactas porque sus teoremas son tautológicos.

Voy a ponerle a Ud. un ejemplo, interesante, a mi juicio, de la falta de correspondencia entre el pensamiento y la realidad. Lo que individualiza exteriormente a los seres naturales son sus límites. Sin embargo, nuestro pensamiento pone ahí, en la no existencia, ideas positivas, superficies, líneas, puntos. Cualquier límite es para nosotros algo, cuando en la realidad no es cosa alguna.

Álvaro.– Lo negativo no existe sino relativamente, en contraposición lógica con los modos o estados del ser. A no es Z, o no es ahora o no es aquí. La nada, en absoluto no es, no existe. Y el límite no es que sea nada. Nada, como concepto excluye todo otro concepto, porque es el símbolo – legítimo, o no– de la ausencia total, absoluta de ser. Nada y X, aunque esta X represente una sombra, un ser fantástico o una relación entre ideas falsas, son incompatibles. El límite no es que sea nada, sino que es el final de una cosa; allí donde la cosa ha perdido su dimensión de profundidad, sin la cual no sería tal cosa, es cierto; pero tampoco lo sería sin las otras dos que en la superficie subsisten. La superficie es una consideración real, una cualidad necesaria de las cosas materiales o cuerpos.

Pedro.– Viene a ser la superficie, entonces, como una penumbra entre un cuerpo determinado y la ausencia, en lo circundante, de ese cuerpo. Es cuerpo y no es cuerpo ¿puede ser esto? ¿No se prescinde aquí del principio de contradicción? La parte más pequeña de cuerpo tiene profundidad, y en la superficie no la hay. Ud. mismo negaba antes que en la naturaleza existan superficies.

Álvaro.– Aisladas, como las maneja el matemático, haciendo una verdadera abstracción. Pero las superficies existen en el cuerpo. Si no existieran, no las abstraería nuestra mente.

Pedro.– No ya como cuerpo, ¿como qué, entonces? ¿No será mejor que digamos que superficie es un puro concepto?

Álvaro.– Concepto, desde luego; pero con algo correspondiente en la realidad exterior. Ese algo – las superficies que yo veo– no es un cuerpo, sino una de las apariencias del cuerpo, su forma o figura – cuerpo geométrico– la medida de capacidad del cuerpo físico respectivo; es, en una palabra, su fórmula de visibilidad y tactilidad. Creer que una superficie, o un límite cualquiera es nada, proviene de un doble error. Uno, el no creer que tengan existencia sino las sustancias, y, aun más concretamente – porque hasta ahí se llega– las sustancias materiales, como si los accidentes, las cualidades, las relaciones, los hechos, las mismas ideas nuestras no existieran también, y con más evidencia o inmediatez que la sustancia material, que al fin y al cabo, no sabemos lo que es. El otro error consiste, a mi juicio, en considerar el espacio como una cosa que existe por sí, sin ser sustancia – la cosa es demasiado fuerte– como un inmenso continente, en donde están las cosas, como en la atmósfera, las aves, o en el mar, los peces.

Pedro.– ¿Y no es así?

Álvaro.– Yo creo que no. Para concluir sobre el concepto de «nada», le diré que para mí es evidente que «nada» indica ausencia de todo objeto de pensamiento, y sin objeto no se piensa. Por eso no podemos pensar sobre la nada, porque tendríamos que pensarla positivamente, como un algo, lo que envuelve una contradicción irreductible. Ante esa contradicción, nuestro pensamiento vuelve hacia la realidad, henchida de ser. La noción de ser es el fondo de las demás nociones; el predicado, expreso, o tácito, de todos nuestros juicios. Si A no es B, será X; si en C no existe D, por lo menos C ya existe y alguna cualidad podrá ser predicada de ella la nada. La nada ontológica es lo absoluto negativo, sobre lo que, repito, nos es imposible pensar.

Pedro.– ¿Por qué «lo absoluto»?

Álvaro.– Porque lo opuesto al ser contingente no es la nada, sino lo posible, es decir, la negación de una realidad en un momento determinado. Pero la nada en general es lo opuesto al ser pleno, necesario, infinito y eterno, absoluto.

Pedro.– ¿No puede pensarse lo absoluto negativo y sí lo absoluto positivo?

Álvaro.– Lo absoluto positivo podemos obtenerlo – siquiera no lo comprendamos, no lo penetremos, no dominemos su dimensión de profundidad eliminando relatividades, suprimiendo limitaciones. Lo absoluto positivo es plenitud de ser sin límites. Y esto puede concebirse.

Pedro.– Note Ud. que lo concebimos negativamente. Pensar es definir y relacionar, esto es, limitar y tender hilos entre las cosas limitadas. Y el ser absoluto es indefinible y no relacionable.

Álvaro.– También son indefinibles el tiempo y el espacio, la materia y el espíritu, la cantidad, la energía, el amor... Los cimientos de nuestras construcciones mentales, como los de nuestra propia vida, son indefinibles. Conocimiento y definición no son sinónimos. Lo más íntimo, lo más conocido, no puede definirse.

Pedro.– Esos indefinibles son elementos de nuestra vida, supuestos de nuestras ideas.

Álvaro.– Lo mismo puede decirse a Dios con respecto a nuestra vida espiritual y de lo absoluto – Dios mismo– como supuesto de nuestras ideas sobre el trasmundo, sobre todo lo que no es cuantitativo, físico, natural.

Pedro.– No es solamente que no podemos comprenderlo, sino que es absurdo un Dios consciente. Porque un Dios consciente es un Dios limitado, ya que el objeto de la conciencia no es la conciencia.

Álvaro.– El objeto no limita necesariamente la conciencia ¿Limitan la nuestra las ideas?

Pedro.– No las ideas; pero sí las cosas.

Álvaro.– Realidad de las cosas, pues, amigo.

Pedro.– Bien. El caso es que la conciencia supone la no conciencia, el yo, un no-yo.

Álvaro.– En absoluto, no. La no conciencia puede ser un estado, un momento de la conciencia infinita.

Pero tengo una razón a mi juicio más fuerte que esta hipótesis indemostrable. Y es que lo espacial, todo el cosmos no es límite de lo infinito, porque es de distinta naturaleza. Lo absoluto es atemporal y utópico, aunque, señores, misteriosamente – es otra hipótesis que no puede explicarse– lo extenso y perecedero. Decir que el espacio limita lo infinito es como si sitúa Ud., por estar en mí, mi pensamiento en esta sala y dice luego que esos muros impiden que las verdades que aquel atesora pueden realizarse fuera de ellos. Es solo una comparación, siempre inexacta; pero que constituye una imagen aproximada de lo que quiero decir.

Pedro.– El hombre es el gran poblador de la sombra. Nos hallamos encerrados, como dice Kant, en la realidad sensible fenoménica y es inútil forzajear; no tiene salida sino hacia la nada lógica. Queremos crear en esa nada, y carecemos de potencia para ello. Nuestra creación es un conjunto de absurdos fantasmas.

Álvaro.– La razón, sola, es, desde luego, impotente.

Pedro.– ¿Y qué hay en nosotros por encima de la razón como instrumento aprehensor de realidad, o de ser; como facultad, en suma, propia para formar conceptos verdaderos acerca de lo que pueda existir fuera de esa realidad sensible o fenoménica?

Álvaro.– El complejo de potencias espirituales: intuición intelectual, sentimientos, inteligencia acompañada de la imaginación creadora y también la razón permisiva o buen sentido, esto es, la razón para demostrar que algo no es imposible – esta razón mía que ahora se ejercita– aunque ella no puede formularlo. Ejemplo: la razón permisiva, el buen sentido me dice: «Tras de lo relativo puede existir lo absoluto, en correspondencia real con la conclusión lógica, a que llego por contraposición; si bien no has de esperar que yo te lo defina, lo que envolvería dos contradicciones: una, la naturaleza indefinible, indelimitable de lo absoluto; y otra con mi propia naturaleza. ¿Está claro?

Pedro.– Claro de palabra, sí.

Álvaro.– Las verdades que llamamos eternas tienen una participación o reflejo de lo absoluto. Si no son universales por su materia lo son por el modo de concebirlas, lo son por su objeto formal, por su independencia del tiempo y del espacio. Pertenecen, pues, a la ciencia divina.

Pedro.. (Riendo) ¡Vamos, sí; son absolutos relativos!

Álvaro.– Son, en sí mismas, en lo que ellas estrictamente dicen, absolutas, sin adjetivos, que la palabra no admite, aunque es claro que no lo abarcan todo; pero sí, totalmente, un modo o aspecto de ser.

Pedro.– ¿Ud. cree infinito y poblado el Universo?

Álvaro.– Imposible. Lo infinito no admite adiciones ni sustraciones. No hay más infinito que lo absoluto, y lo absoluto está fuera del tiempo y del espacio.

Pedro.– Entonces, existirá un número determinado de astros.

Álvaro.– Así lo cree hoy la ciencia, aunque el pensamiento filosófico se había adelantado. Una cantidad discreta cualquiera es, teóricamente, al menos, numerable. Si los astros fuesen en número infinito (esto sí que es absurdo) quedaría el infinito disminuido en el momento en que uno de ellos se hiciere polvo, y aumentado, cuando una informe nebulosa se resuelve en varios. ¿Le cabe a Ud. en la cabeza que el infinito pueda acortarse y alargarse como un acordeón? ¡Un número concreto formado por uno, más uno, más uno... infinito! Si al mismo tiempo que Ud. cuenta, voy respetando, el infinito sería igual a cero, a nada. Y si mi resta es desigual con respecto a su numeración, tendríamos el infinito oscilante. Vea Ud. lo que resulta de juntar conceptos absolutos y conceptos relativos. Con cabezas que discurren así es, naturalmente, imposible la metafísica.

De toda suerte de números puede negarse la infinitud, a no ser que demos a la palabra infinita una acepción de «infinito convencional matemático».

Pedro.– En este sentido se usa, indudablemente.

Álvaro.– Yo llamaría a esto, para evitar equívocos «Indefinido». Es claro que la etimología de ambos términos es la misma. Pero, al fin, con dos palabras diferentes es fácil reservar una para el sentido filosófico y otra para el matemático.

Pero voy más allá. Creo firmemente que, aun así, se abusa del sentido de ese término, a causa del mecanismo matemático. Fíjese Ud. en lo que voy a decirle, Ud. quiere dividir un cuerpo cualquiera, que pese 20 gramos, por ejemplo, en seis partes iguales. Siempre quedarán dos enésimas de resto. ¿Pero puede Ud. creer, ni nadie, que los últimos elementos, irreductibles, indivisibles ya, de ese cuerpo – sus iones y protones– sean en número indefinido? Serán, son, indudablemente, un número determinado de ellos, y no, porque el mecanismo algorítmico quiera, en número indefinido. Y si se acepta que esos elementos son indivisibles ¿a qué realidad responde la frase numérica 3`222222222...? La matemática es la menos real de las ciencias.

Pedro.– Sigo mi pista. Ud. dice – y es, no lo niego, lo racional– que el número de astros es limitado. Luego donde ya no hay astros, existe la nada..

Álvaro.– La existencia es propia de los seres. Puede decirse que no hay más seres que los que hay y en paz.

Pedro.– Fuera, pues, del Universo, no existe ni el espacio. Luego allí...

Álvaro.– No hay allí, donde no hay espacio.

Pedro.– Hay un reino de la nada.

Álvaro.– Esa frase es una figura retórica vacía; la prosopopeya de «la ausencia de todo»: una contradicción.

Pedro.– Personifico una idea. Eso es la nada: una idea.

Álvaro.– Una idea, sí. Pero no se puede perder de vista que, como idea, es la negación de todo, forma pura, sin contenido, por lo que no tiene derecho a figurar como sujeto de ninguna proposición, como no sea esta: la nada es lo que no es, opuesta a la célebre «el ser es lo que es».

Sin embargo, esta sería la nada ontológica. De la ausencia del espacio, aun puede pensarse algo: ¿Qué queda del espacio, si se quita la extensión de los cuerpos y la distancia o extensión entre ellos?

La mera posibilidad, la capacidad, informe o inconmensurable, de alojar materia; la no resistencia a la extensión, la extensión en potencia, diríamos. Eso es lo que yo supongo más allá del Universo y del espacio. Poca cosa; pero algo: una nada cósmica, aunque limitada por el Universo; la ausencia de existencias contingentes; lo que no es, a mi juicio, ni la sombra de la nada absoluta, ontológica. Esta sería la imposibilidad esencial, eterna, absoluta de todo ser. Por consiguiente, la nada ontológica no existe, no puede pensarse, sino para negarla, es una idea falsa, una palabra. De donde resulta que la nada ontológica es un puro concepto lógico que surge por contraposición con la idea de ser y que está bien aplicado en lo relativo: «nada existe aquí de tal cosa». Pero que el llevarlo a lo absoluto es absurdo: la realidad es plena, o dicho en forma tautológica: la realidad está plena de ser. «El ser es lo que es» es la gran proposición, lo mismo se toma «es» como sinónimo de «existe» que si se toma en cuanto existencia en si, o ser sustancial, como receptáculo de todos los predicados posibles.

Pedro.– Acabamos, pues, de afirmar que la ciencia no es, como Ud. decía, la expresión de la necesidad, puesto que no hay correspondencia entre la matemática pura y el mundo, ni entre la lógica y la verdad real. Tampoco la hay entre las fórmulas de la matemática aplicada y la producción de los fenómenos.

Álvaro.– No hay esa correspondencia en los extremos, así de la matemática y la lógica, como de la realidad-límites y no ser. Todo lo humano es imperfecto. El formulismo matemático, como también el lógico pueden llevarnos fuera de la realidad. La lógica formal y la matemática, deben estar sometidas a la intervención suprema de la razón con su máximo poder libre, libre de las prisiones de un formulismo mecanizado, libre de esa lógica especial de los símbolos. A seguir a estos, dos moléculas de agua, según ya dijimos, no se agotarían jamás, dividiéndolas matemáticamente en tres partes, aunque el cociente 0, 622222... llegara de aquí a la estrella polar. Si no podemos creer en un número infinito de astros ¿vamos a creer en un número infinito de partes de iones? El algoritmo sin control lleva al absurdo.

¿Y qué me dice Ud. de las divisiones por cero de un número positivo? Dividir por cero es no dividir, como tampoco lo es dividir por uno. Pero hasta ahí hay una lógica real. Un número partido por uno es igual al mismo número. Pero si Ud. me dice que va a dividir diez por cero, yo le diré, a Ud., que de esa expresión está ausente el significado de dividir con arreglo a cualquiera de sus definiciones; que eso no es decir nada; y que lo mismo que pone Ud. el signo de infinito en el cociente podía Ud. poner cualquiera otra cosa, o no poner nada, que sería lo más cuerdo.

Pedro.– Como el cociente multiplicado por el divisor ha de reproducir el dividendo ¿qué puede ponerse – fuera de infinito– en ese cociente?

Álvaro.– No hay que poner nada; porque esa división es imposible, absurda. El cero es la nada matemática y el límite entre las cantidades positivas y negativas ¿Cómo dejarlo – caprichosamente porque sí– para término de una operación? Puede ser un resultado; pero nunca un actor o factor. La nada no actúa, no se mueve, no crea, no tiene cualidad. En la misma matemática el signo + prende a las cantidades positivas y el signo – a las negativas ¿Un signo prende a cero? Resulta, además de esas divisiones por cero, que todos los números son iguales. Si 3:0 = ¬ y 40:0 = ¬, 3 y 40 son iguales.

¿Y eso de que las paralelas se encuentran en lo infinito? Es condición sine qua non de esas líneas el que conserven siempre entre sí la misma distancia. Pero he aquí que al llegar a un sitio que llaman el infinito, se arrepienten de su separación hostil, y se juntan amorosamente. Digo «a un sitio», porque las líneas son longitudes ¿no es esto? o símbolo de longitudes, teniendo ellas mismas longitud. Es algo que parte de un punto y se prolonga por otros, indefinidamente. Aunque sean el resultado de la abstracción de la anchura y la profundidad, la condición espacial le es inherente. Van por el espacio; lo miden en una dimensión. Están adscritas al mundo, a la realidad exterior. Aunque las consideremos como idea, las ideas no son ideas y nada más, sino que tienen su cualidad, que las individualiza y su referencia objetiva. La idea línea tiene ese carácter de longitud adaptable a cualquiera de las tres dimensiones clásicas del espacio. Trace Ud. imaginariamente dos líneas paralelas. La distancia entre ellas, forzosamente, es alguna, n. Prolónguelas Ud. cuanto quiera. La distancia será a fortiori, n, exactamente. Prolónguelas Ud. varios billones de kilómetros. La distancia será n, otra vez. Varios trillones, ahora; varios centillones; más aún, hasta que lleguen a los límites del Universo ¿Distancia entre ellos? n, necesariamente, aunque se opusieran todos los matemáticos, a grito herido, a gritos que llegaran hasta donde las líneas han llegado.

Pedro.– No hay matemático que se oponga a esto.

Álvaro.– ¿Dónde está, entonces, ese infinito, a donde esas líneas, cosa, propiedad del espacio, han de llegar?

Pedro.– ¿No le parece a Ud. que hemos incurrido en un terreno que no es el nuestro?

Álvaro.– Al contrario. Son ellos, los matemáticos, los que invaden ilegítimamente, el campo metafinito. La matemática es ciencia de abstracciones, es decir, de esquemas de la realidad, con finalidad real también.

Así como la línea, longitud pura, es módulo para todas las dimensiones, así las leyes matemáticas, abstracción de las formas y los movimientos, de la continuidad y de la discreción, de las agregaciones y las disgregaciones, del estar y del moverse, han de tener una referencia, una vuelta a las cosas. Cuando esta vuelta resulta imposible, no hay ya tal ciencia, se ha salido de si misma, pero conservando sus instrumentos, sus métodos. Absurdo: ese es el resultado, fatal, inexorable, racionalísimo.

Digo, pues, que la ciencia, contrastada por la razón y frente a la realidad – y no me refiero sólo a la realidad cósmica, sino a toda la realidad, incluso la de la razón misma– la ciencia depurada por la crítica racional, la ciencia verdadera, fundamental o elemental, eterna, es la expresión de la necesidad. Los griegos tuvieron entre tantas maravillosas, geniales intuiciones, ésta, que ya no era sólo intuición, sino razonamiento, de hacer al destino – la Necesidad– superior a los dioses.

Pedro.– Aniquilando a los dioses en cuanto tales. Si todo es necesario, ciegamente necesario, no hay dioses, seres libres y providentes. No existiendo sino la necesidad, no existen ni el bien, ni el mal. La religión, la moral, el derecho, son ficciones, nombres diversos, falsos nombres de la necesidad.

Álvaro.– Y, sin embargo, existen, y existen necesariamente. El cristianismo ha superado al Destino con el Dios, de inteligencia y bondad infinitas que existe necesariamente. El Destino no está sobre él, sino en él, único ser necesario, necesariamente racional y bueno.

La necesidad ciega, sin espíritu, rige lo mecánico, lo cuantitativo, la «phisis». El espíritu se sujeta libremente a una necesidad de otro orden, a un Destino que lo ve todo; el Destino clásico era ciego conociéndolo y conociéndose, esto es, reconstruyéndolo y reconstruyéndose idealmente. El ojo del destino y el del espíritu son el mismo ojo. La ciencia humana es una parte de la total ciencia divina.

Pedro.– Decía Ud. que estaba en el primer escalón, y ha saltado al último, de pronto.

Álvaro.– ¡D. Pedro! Ud. tiene la culpa. Volvamos hacia atrás. Ibamos diciendo...

Pedro.– Yo decía que, partiendo la ciencia de nuestras sensaciones y teniendo que operar, experimentar y medir con ellas; no pudiendo escaparse de la «realidad sensible fenoménica», está condenada a un saber precario, relativo, de utilidad biológica, y que, por lo tanto, el pensar lo absoluto es un pensar fatalmente vano. Y Ud. decía...

Álvaro.– Yo digo que ese, en todo caso, es el papel de la pura inteligencia. Eso digo ahora. Antes decía que por encima de las sensaciones está la razón y, además, que aquellas coinciden, en su modalidad propia, con lo real. A la sensación de pesantez, por ejemplo, corresponde la gravedad, causa descubierta por la razón humana, y no por las sensaciones.

Pedro.– ¿Y no ve Ud. que el peso es una cualidad relativa? Suprima Ud. la gravedad...

Álvaro.– ¿Y qué? Siempre queda una propiedad esencial de la materia: la extensión. El peso no es sino la proyección de lo extenso sobre el platillo de una balanza.

Pedro.– El espacio no pesa.

Álvaro.– He dicho lo extenso. El espacio sin cuerpos no es lo, no es cosa.

Pedro.– Si el espacio no es cosa alguna, no existe fuera de nosotros; es, como se ha dicho, una forma del conocimiento sensible.

Álvaro.– Yo podía replicar a Ud. haciéndole notar que el conocimiento sensible se refiere a las cosas que tienen realmente extensión y al movimiento de esas cosas en el espacio. Si no hubiera cuerpos, no habría espacio.

Pedro.– De modo que un espíritu puro habría de percibir también los cuerpos bajo la forma del espacio.

Álvaro.– ¿Qué duda cabe? La única propiedad esencial de la materia, propiedad cósmica, lógica y metafísica, es la extensión.

Pedro.– Si es propiedad de los cuerpos, la distancia varía entre ellos no será espacio.

Álvaro.– En primer lugar, no hay tal vacío. En segundo lugar, como la extensión se percibe como externa en los cuerpos, el vacío relativo entre dos cuerpos señeros está limitado por ellos, es como un cuerpo geométrico; es, evidentemente, una capacidad, sensible, de recibir cuerpos. Es, digámoslo así, una prolongación de la extensión corpórea.

Pedro.– Conformes. Nuestros conceptos dependen de nuestras sensaciones. Del olvido de esta verdad nace la metafísica. La ciencia imposible.

Álvaro.– La inteligencia forma conceptos independientes de lo sensible, que rigen idealmente lo sensible, rehaciéndolo racionalizándolo, esto es, ordenándolo, formulándolo, según ello es, y no arbitrariamente. Del olvido de esta verdad nace toda posición agnóstica, desde el escepticismo pirroniano, hasta el positivismo, al que la tierra sea leve.

Pedro.– Ud., racionalista incorregible ¿puede concebir la ausencia del tiempo y del espacio?

Álvaro.– Después de protestar – por ahora, sólo protestar– del calificativo de racionalista, diré a Ud. que concibo bien la ausencia a que Ud. alude. Me figuro un ser único, inextenso, estático e inmutable, y el mundo inexistente. ¿Qué tiempo pasa? Ninguno. Sólo está, fijo, el momento indivisible de la existencia sin actos. ¿Y dónde está el espacio?

(Un nuevo personaje irrumpe en la escena)

Álvaro.– ¡D. Santiago por aquí!

D. Santiago.– (Sonriendo) Aunque Ud. no quiera.

Álvaro.– ¿Cómo no voy a querer, D. Santiago? Ud. sabe que lo veo siempre con alegría.

D. Santiago.– Por eso, y porque a mi me ocurre lo mismo con Ud., vengo a buscarlo. Y me alegro mucho de encontrar al joven doctor escéptico.

Álvaro.– ¿Cómo ha podido Ud. calcular que estaríamos por aquí?

D. Santiago.– Supuse, cuando vi que no iba Ud. esta tarde por nuestra tertulia, que lo alejaba de nosotros el temor de que cayera por allí ese pobrecito de D. Severiano. Y como yo sabía que Ud. suele venir por este café...

Álvaro.– ¿Ha ido, por fin, D. Severiano?

D. Santiago.– No ha ido. Pero yo me aburría con «los hacendistas». Tampoco ha aparecido hoy el atildado y culto Julián María Otero.

Álvaro.– Uno de los mejores hombres que conozco. ¡Qué espíritu de justicia, qué austeridad y qué buena fe tan robusta, tan indiferente a los desengaños, tan conmovedores!

Pedro.– No flotará, seguramente.

Álvaro.– ¡Qué ha de flotar! Y conste que escribe como pocos. Pero no lo conocen arriba unas docenas de personas y algo en el extranjero, por su precioso Itinerario sentimental de Segovia. Vive de su destino en Hacienda y de ayudar a un cuñado suyo en el bufete. Se casó hace años con una mujer de tales méritos, que si Otero no hubiese hecho otra cosa en el mundo que elegirla por compañera de su vida, se habría acreditado de hombre inteligente y de exquisito gusto, y de bueno, además, porque ella es la virtud misma.

Pedro.– Serán felices, en lo que cabe.

Álvaro.– ¿Felices...? Un matrimonio de esa calidad no puede ser infeliz del todo. Pero él está enfermo, y en su casa no sobra nada ¿Por qué habrá tanto imbécil y tanto canalla con sobrados medios de vida, mientras que la mayor parte de los hombres inteligentes y buenos bordean la miseria?

D. Santiago.– ¡Ay, D. Álvaro! Mal tema. Doblemos la hoja. Habría de decir tales cosas, a gritos – hay cosas que no se deben decir, si se dicen, más que a gritos– que acabaríamos en la cárcel.

Para evitar ese peligro y el no menor, para mí, de pasar hambre, propongo a Ud. que me acompañen a cenar. Debo a Ud. esta reparación por haber interrumpido su diálogo. Además, mi invitación es egoísta. Deseo oír a Ud.

Álvaro.– ¡Pues sí que, por mi parte, al menos, va Ud. a aprender mucho!

Pedro.– ¡Y por la mía, más aún!

D. Santiago.– Si no aprendo nada, habré pasado, por lo menos un rato agradable.

D. Pedro.– Y como a nosotros nos ocurre lo mismo, sería lo más justo que...

D. Santiago.– Lo más justo es que respeten Uds. mis canas, obedeciéndome. ¿Vamos? Cenar aquí no me agrada.

Pedro.– D. Santiago, hace Ud. mal en dar de comer a este hombre (señalando a Venegas). En cuanto cobre fuerzas, acaba conmigo. Quiere convertirme a su filosofía, y ya me tiene medio loco.

D. Santiago.– ¿Cómo...? ¿Está Ud. envenenando al Doctor? ¡Cuidado! La venganza puede ser terrible.

Álvaro.– ¡Así se escribe la Historia! ¿Quién aquí puede envenenar? – y no aludo a la profesión del señor– ¿Quién posee, por fortuna suya, un optimismo robusto sobre lo definitivo, que es lo importante, y quien, con sus prédicas, invita directamente al suicidio?

D. Santiago.– Es verdad, Venegas, que Ud. es optimista, a pesar de todo.

Álvaro.– ¡A pesar de todo! Lo que prueba es que nuestras ideas no son hijas de nuestra situación. Yo, cuando niño, era melancólico. Después no he podido ser ni eso, sino negramente triste.

Pedro.– Su optimismo filosófico es, entonces, una reacción defensiva. Como los creyentes, en la religión, Ud. ha encontrado en la filosofía el consuelo de la vida.

Álvaro.– Los amantes de la verdad sabemos que nuestra amada es terriblemente celosa. Sólo se entrega a los que no miran sino a ella, a los que prescinden de todo, es decir, de sí mismos, para rendirle a ella culto activo, constante, único, exaltado hasta la perfecta serenidad, apasionado hasta la muerte.

D. Santiago.– Esto se pone muy solemne. Vámonos.

(Y en el mismo instante entran Julián María Otero y Medina.)
(D. Santiago les dice que ha cobrado tres mil pesetas por un libro suyo y que los invita a todos.)

D. Santiago.– Estos dos señores –añade señalando a Roca y Venegas– están enzarzados en una discusión filosófica. Lástima que no esté por aquí Mariano, {1} para que terciara.

Álvaro.– Ese es un filósofo profesional y me arredraría con citas, tecnicismos y distinciones. Ya tengo, por la calidad, demasiados testigos, sobre todo en Ud. Yo hice la carrera de prisa y por enseñanza libre. Soy amigo de pensar, y muy especialmente en la cultura y sus problemas. No tengo otra filosofía que la del sentido etimológico de esa palabra, referido al tema práctico de la cultura y a los temas fundamentales o elementales del saber.

D. Santiago.– Indudablemente, lo elemental o fundamental es lo primero y lo último.

Medina.– Como Dios. {2}

Otero.– Como Dios, fundamento de los fundamentos.

D. Santiago.– Hay, digan lo que quieran los especialistas, los «técnicos», una gran cultura general, elemental o fundamental, un saber de hombres: humanismo, en el puro y vasto sentido de esta palabra, sentido que no difiere mucho del tradicional, visto con ojos perspicaces; humanismo anterior y superior al saber especializado y utilitario. El abandono de esta cultura...

Álvaro.– que es la cultura...

D. Santiago.– Nos llevaría a la barbarie.

D. Pedro.– ¡Muy bien!

D. Álvaro.–

Julián.– ¿De acuerdo, ahora, los contendientes? Con seguridad que lo estarán en muchas cosas.

Medina.– ¿Qué duda cabe? Por mucho que dos personas cultas difieran en ciertas ideas, el número de aquellas otras en que coinciden será inmensamente superior al de las otras.

D. Santiago.– Es el poder unificador de la cultura.

Y en marcha, señores.

Agosto 1930
Blas J. Zambrano


{1} Se refiere a Mariano Quintanilla, abogado y profesor de Filosofía en el Instituto de Segovia. Fue miembro de la tertulia y fundador de la Universidad Popular. (N. del E.)

{2} Este personaje era un teniente de artillería que murió en la Guerra de Africa. Estaba muy relacionado con los miembros de la tertulia. El tercero de los diálogos escrito por Zambrano figura como la despedida de este teniente instantes antes de partir al frente. (N. del E.)

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  Edición de José Luis Mora
Badajoz 1998, páginas 357-388