Actas del Primer Congreso Nacional de Filosofía
 
Mendoza, Argentina 1949

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Miguel Angel Virasoro, Guido de Ruggiero | Mendoza 1949

Miguel Angel Virasoro

Guido de Ruggiero

Actas del Primer Congreso Nacional de Filosofía (Mendoza 1949), Universidad Nacional de Cuyo, Buenos Aires 1950, tomo I, págs. 607-610.
(Sexta sesión plenaria, 8 de abril de 1949.)

Un homenaje a Guido de Ruggiero en este Primer Congreso Argentino de Filosofía no podía faltar. Y es que Guido de Ruggiero ha sabido anudar entre nosotros, lazos de confraternidad difícilmente quebrantables. Su nombre empezó a hacérsenos familiar en una época de turbulenta adolescencia, conjuntamente con la de otro pensador que hoy nos honra con su presencia, el filósofo Ugo Spirito, cuando un grupo de jóvenes que despertábamos recién a la vida del espíritu nos encontrábamos por incontrolable azar, conviviendo dentro de las doctrinas del neo-idealismo hegeliano que reconocía como inspiradores máximos al binomio itálico: Croce-Gentile.
De Ruggiero discípulo de vanguardia del segundo, empezaba a hacerse conocer con sus estudios de filosofía griega, que exponía con arbitrio que encontraba eco en nuestros corazones, dentro de las perspectivas de su ideología actualista. Después otras aventuras del pensamiento aventaron aquellas primeras precipitaciones. La fenomenología de Husserl, la ética de los valores de Max Scheler y Nicolás Hartmann, el existencialismo de Heidegger, Jaspers, Marcel, Sartre, &c., nuestros propios personales problemas, nos fueron alejando paulatinamente de tales admiraciones, pero sin que llegara nunca a extinguirse en el fondo de la subconciencia el regusto emocional de aquellos lejanos deslumbramientos, siempre prontos a brotar como una fuente nocturnal, en las silenciosas oquedades de nuestra intimidad. Por eso, cuando al correr de los años, tuvimos la oportunidad de encontrarnos con de Ruggiero en Buenos Aires, él también apagados sus primeros furores iconoclastas, alquitarado su pensamiento por una madurez que dejaba resumar las más jugosas esencias, sentimos reencenderse aquella llama viva que parecía apagada y el sortilegio tumultuoso de su palabra volvió a encerrarnos en el círculo de su problemática siempre renovada.

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Mendoza, Argentina 1949
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