Tomás Lapeña
 
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Ensayo sobre la historia de la filosofía
desde el principio del mundo hasta nuestros días

tomo III · Burgos 1807 · páginas 224-230

 
Capítulo XVIII · § III
Principios de la Lógica de Thomasio
 

Dos luces son las que pueden disipar las tinieblas del entendimiento, a saber, la razón y la revelación. No es necesario recurrir al estudio de las lenguas extranjeras, para hacer cada uno buen uso de su razón; pero no dejan de tener su utilidad aun relativa a este objeto. La Lógica y la Historia son los dos instrumentos de la Filosofía. El fin primero de la Lógica, o del arte de raciocinar, es el conocimiento de la verdad. El pensamiento es un discurso interior sobre las imágenes que los cuerpos han impreso en el cerebelo por medio de los órganos. Las sensaciones del hombre son interiores, o exteriores, y es preciso no confundirlas con los sentidos. Los animales tienen sentidos y no sensaciones. No es posible, que todo el ejercicio del pensamiento se haga en la glándula pineal; [225] es más natural, que se haga en el cerebelo. Los brutos tienen acciones semejantes a las nuestras, pero no piensan; tienen en sí un principio interno, que no conocemos. El hombre es una substancia corporal, que puede moverse y pensar: tiene entendimiento y voluntad. Uno y otro tienen acción y pasión. La meditación no pertenece a la voluntad sino al entendimiento; y el preguntar cuantas operaciones tiene el entendimiento es una pregunta obscura e inútil. Se entiende por abstracciones las imágenes de las cosas, cuando el entendimiento se ocupa de ellas en su ausencia. La facultad que las retiene y las ofrece al entendimiento como presentes, es la memoria. Cuando las unimos, o separamos a nuestro arbitrio, usamos de la imaginación. Deducir abstracciones desconocidas de las conocidas es comparar, raciocinar, y concluir. La verdad es la conveniencia de los pensamientos interiores del hombre con la naturaleza y cualidades de los objetos exteriores. Hay verdades indemostrables; a quien las niega se le ha de abandonar como a un hombre a quien no se puede convencer, ni el quiere que se le convenza. El hombre no piensa siempre. Los pensamientos que no convienen con el objeto exterior son falsos. Fijarse en ellos seriamente es error; si no pasan de suposiciones, fingir. Lo verdadero considerado relativamente al entendimiento es o cierto, o probable. Una cosa puede ser verdaderamente cierta, y parecer al entendimiento o probable, o falsa. Hay relación y proporción en todo aquello en que se encuentra conveniencia, o disconveniencia. Las palabras sin aplicación a las cosas no son verdaderas ni falsas. [226]

El carácter de un principio es ser indemostrable. No hay mas que un primer principio, en donde todas las verdades están ocultas. Este primer principio es, que todo lo que concuerda con la razón, esto es, con los sentidos, e ideas, es verdadero; y lo que les contradice, falso. Los sentidos no engañan, a quien está sano en el alma y cuerpo. Al sentido interno no se le puede engañar. El error aparente de los sentidos exteriores nace de la precipitación del entendimiento en sus juicios. Los sentidos no producen siempre en todos las mismas sensaciones; y así no hay alguna proposición universal y absoluta de los conceptos variables. Sin la sensación y el entendimiento nada se puede percibir, ni representarse. La algebra no es siempre la llave y fuente de las ciencias. La demostración es la evicción de la unión, o conexión de las verdades con el primer principio. Hay dos suertes de demostraciones; o nacen de las sensaciones, o de las ideas y definiciones y de su conexión con el primer principio. Es ridículo e impertinente el demostrar lo que es inútil, o indemostrable, o conocido por sí mismo. Una cosa es lo verdadero, otra lo falso, y otra el conocer lo verdadero y lo falso. Lo desconocido es relativo, o absoluto. La verosimilitud tiene sus caracteres, que son su basa, y miden sus grados. Un conocimiento puede ser verdadero, o verosímil, según la especie del objeto de que se ocupa el entendimiento. Es imposible descubrir la verdad por medio del arte silogístico. El método se reduce a una regla solamente, que es, disponer la verdad que se quiere hallar, o demostrar, de modo que no nos podamos engañar, procediendo de lo fácil a lo [227] que lo es menos, y de lo más conocido a lo menos conocido. El arte de descubrir las verdades nuevas exige experiencia, definición, y división.

La condición del hombre es peor, que la de la bestia{1}. La educación es la primera fuente de todos [228] los errores del entendimiento; de ella nacen la precipitación, la impaciencia, y las preocupaciones. Las preocupaciones nacen principalmente de la credulidad, que dura hasta la juventud; tal es la miseria del hombre, y la pobre condición de su entendimiento [229]. Hay dos grandes preocupaciones; la de la autoridad, y la de la precipitación. La ambición es una fuente de preocupaciones particulares, de la cual nace la veneración por la antigüedad. El que se propone hallar la verdad, depondrá sus preocupaciones, es decir, dudará metódicamente, separará lejos de sí la autoridad humana, y dará a las cosas la atención que requieren: se aplicará con preferencia a una ciencia que le conduzca a la sabiduría real. Esto es, lo que se debe ver en sí mismo. Debemos a los otros nuestras instrucciones y conocimientos; esto es, les [230] debemos hacer participantes de ellos; examinando primero, si están en estado de poder aprovecharse de las luces, que les comuniquemos. También los otros nos deben las suyas; nos arrimaremos pues al que conozcamos, que tiene solidez, claridad, fidelidad, humanidad, benevolencia; que no agobiará nuestra memoria, que dictará poco, que sabrá discernir los talentos, que se proporcionará a la comprehensión de sus oyentes, que será autor de sus lecciones, y que evitará las palabras superfluas. Si tenemos que enseñar a otros, debemos procurar reunir en nosotros, lo que exigimos de nuestro maestro. Cuando se trata de examinar, e interpretar las opiniones de los otros, comencemos por juzgarnos a nosotros mismos, y conocer nuestras ideas, entendamos bien el estado de la cuestión, y estudiemos de modo, que nos hagamos familiar la materia. ¿Qué podremos decir, que sea razonable, si nos son extranjeras las leyes de la interpretación; si no conocemos la obra, si estamos animados de alguna pasión, o poseídos de algunas preocupaciones?

{1} Esta proposición sola encierra todo el materialismo, pues para poderla sostener de algún modo es necesario suponer mortal la alma del hombre. Cicerón que no tenía tanta obligación como Thomasio a tener ideas tan sanas en este punto se explica sin embargo más racionalmente; pues hablando de las pasiones, dice, que el hombre debe ser superior a ellas, porque tiene una razón que las modera, una luz que le ilumina, reglas que le dirigen, una vigilancia que le sostiene, esfuerzos para resistirlas, y una prudencia para gobernarse. Est enim quadam medicina: certe; haec tam fuit hominum generi infensa atque inimica natura, ut corporibus tot res salutares, animis nullam invenerit, de quibus hoc est merita melius etiam, quod corporum adjumenta adhibentur extrinsecus, animorum salus inclusa in his ipsis est. Tusc. lib. 27. Si Thomasio dice esta proposición, porque los animales llevan muchas ventajas al hombre en la finura de sus sentidos; su aserción es igualmente falsa. Dirá acaso

«por los sentidos recibimos las impresiones de los objetos; la materia que hace impresión en nuestros órganos, tanto sobre el tacto como sobre la vista es cada vez más sutil, y se halla esparcida más o menos lejos de nosotros. Los cuerpos sólidos, los licores, los vapores, el aire, la luz; esta es la graduación de sus correspondencias, y los sentidos son nuestros intérpretes y gaceteros; pero todos son más o menos infieles: el tacto que es el más limitado de todos ellos es también el más seguro, igualmente lo son bastante el gusto y el olfato; mas el oído ya comienza a engañarnos con frecuencia, y la vista casi siempre. ¿Y qué diremos de las conjeturas a que nos arrastran? Por ejemplo, la luz, fluido particular, que hace visibles los cuerpos, nos hace conjeturar otro que los hace pesados, otro eléctricos, otro que inclina la brújula al norte, &c. Infiérase de aquí los estrechos límites, y la escasa certidumbre de nuestros conocimientos, que consisten en ver una parte de las cosas por medio de unos órganos infieles, y en adivinar lo restante. ¿Por qué la naturaleza, que suponemos tan buena y liberal, no nos ha dado sentidos para conocer todas [228] estas cosas que nos vemos precisados a adivinar, por ejemplo, sobre este fluido que mueve la brújula, y el que da la vida a las plantas y a los animales? Este era el medio más corto de hacernos sabios sobre todos estos puntos, que para nosotros son otros tantos enigmas: porque seguramente las cinco especies de materias que se hallan como diputadas hacia nosotros de los estados del mundo material, no pueden darnos mas que un vano bosquejo: imaginemos un soberano que no tuviese otra idea de los pueblos que habitan la tierra, si no la que le dieran un Francés, un Persa, un Egipcio, un Criollo, y un Chino, que todos fuesen sordos y mudos;, pues esto vienen a ser todas estas especies de materias. En vano la física moderna hace todos sus esfuerzos por preguntar a estos diputados, aun cuando se suponga que algún día dirán lo que ellos son en sí mismos, no puede esperarse que digan jamás lo que son los otros pueblos de materia, a los cuales no corresponden.»

Esto es cuanto Thomasio podrá decir: sin embargo nos eran absolutamente necesarios los sentidos; son, dice M. le Cat, otras tantas centinelas que nos advierten nuestras necesidades, y velan en nuestra conservación. En medio de los cuerpos útiles y perjudiciales que nos rodean, vienen a ser otras tantas puertas abiertas, para comunicarnos con los demás entes, y disfrutar del mundo en que estamos colocados. El Criador no ha querido darnos mayor numero de sentidos, ni que estos fuesen más perfectos, para que pudiéramos conocer estos otros pueblos de materia, ni otras modificaciones aún en los que conocemos. Nos ha negado las alas, y ha fijado la perspicacia de la vista en cierto medio, para que perciba únicamente las superficies de los cuerpos; porque facultades mayores hubieran sido inútiles para nuestra felicidad, y para todo el sistema del mundo. Sería una torpísima ingratitud el acusar al cielo de cruel para con nosotros. La felicidad del hombre, dice M. Pope, confesémoslo a pesar de nuestro orgullo, la felicidad del hombre no consiste en pensar u obrar más que como hombre, ni en tener unas potencias de cuerpo y de alma superiores a lo que corresponde a su [229] su naturaleza y estado. ¿Por qué el hombre no tiene los ojos microscópicos? por una razón bien sencilla, y es porque el hombre no es una mosca. ¿Qué uso haría el hombre de esta especie de vista, si pudiendo considerar un arador, no pudiese extenderla hasta los cielos? ¿De qué le serviría un tacto más delicado si por demasiadamente sensible, y puesto en una continua vibración, se le introdujesen por cada poro los más vivos dolores, y mortales agonías? ¿De qué un olfato más vivo, si las partes volátiles de una rosa, haciendo una impresión violenta en el cerebro le atolondrasen? ¿De qué un oído más fino, si la naturaleza se nos hiciese siempre oír con un estrépito de truenos, y nos aturdiese con la música de sus rodaderas esferas? ¡Oh cómo sentiríamos entonces el que el cielo nos hubiese privado del dulce ruido de los céfiros, y del suave susurro de los arroyos! ¿Quién podrá dejar de admirar, y reconocer la bondad y sabiduría de la Providencia, tanto en lo que nos da como en lo que nos niega? Essai sur l’hom. Epit. 2. pag. 13. in 8. Miremos, tanto las sensaciones que afligen al alma como las que la encantan, como verdaderos presentes del cielo. Las sensaciones tristes le avisan al hombre para que esté sobre sí, y no le sorprenda el enemigo que amenaza la destrucción de su cuerpo; las agradables le incitan a la conservación de su individuo y de su especie. Unos sentidos más multiplicados que los nuestros nos hubieran sido acaso embarazosos, o nos hubiera causado más inquietud que placer la insaciable curiosidad que necesariamente nos hubieran inspirado. Últimamente para la felicidad del hombre basta, que sepa hacer buen uso de los sentidos que Dios le ha dado.


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Tomás Lapeña
Thomasio: de la Encyclopédie a Burgos
Historias de la Filosofía