Facundo Goñi
 
Informes diplomáticos inéditos

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Facundo Goñi

[ Despacho fechado en Guatemala el 30 de abril de 1856 ]

[ Heroicos avances de Costa-Rica en su guerra abierta contra los filibusteros de Walker que controlan Nicaragua y costosos triunfos de los costarricenses, ante la indecisión y desconfianza de El Salvador, Honduras y Guatemala. ]

 
Legación de España en Costa-Rica y Nicaragua

Nº 22

Exmo señor:

Muy señor mío: Desde la fecha de mi anterior despacho nº 18, en el que informé a V.E. de la situación de Centro-América, los sucesos ocurridos se resumen casi exclusivamente en la guerra abierta entre Costa-Rica, y los filibusteros que comanda Walker.

Manifesté a V. E. en mi citado despacho que el Presidente de Costa-Rica había puesto en movimiento una fuerza considerable con dirección a Nicaragua al tiempo mismo que Walker había enviado una expedición al territorio de Costa-Rica. El primer encuentro entre la vanguardia costarricense y un cuerpo de cuatrocientos filibusteros se verificó a dos jornadas dentro de Costa-Rica en la hacienda llamada Santa Rosa. El resultado de este choque fue favorable a las armas de aquella República, y por consecuencia derrotados y dispersos los filibusteros se retiraron a Nicaragua. V. E. puede ver los detalles en el adjunto Boletín de noticias que acompaño. El ejército costarricense alentado con aquella primera ventaja apresuró su marcha hacia Nicaragua y llegó el día 11 de Abril a la ciudad de Rivas, primera población considerable de la frontera, ocupada por Walker. En dicha ciudad se empeñó un sangriento combate, cuyo resultado definitivo parece ser el que los costarricenses hayan quedado en posesión de Rivas, habiéndose replegado Walker a Granada. El triunfo de los Costarricenses ha debido serles muy costoso pues parece ascender a cuatrocientos los muertos que han tenido, siendo de notar que casi todos eran padres de familia. Costa-Rica, como he manifestado a V. E. en otra ocasión, carece de brazos para las armas, y al emprender la heroica guerra que mantiene, ha tenido que improvisar su ejército con todos los habitantes sin excepción, componiéndose este de propietarios, comerciantes, y hasta magistrados, catedráticos. Se abrigan esperanzas en la resolución decidida que ha tomado Costa-Rica; pues por lo mismo que la población en su casa con excepción de las mujeres ha dejado sus hogares, es de creer que no desistirá en tan supremo esfuerzo, que tampoco podría prolongarse, hasta lograr el término de la lucha. A la fecha presente se ignora en esta capital cual sea la posición de ambos contendientes, no habiéndose recibido noticias posteriores a las de la acción de Rivas. Se cree que el Gobierno de Costa-Rica pretende apoderarse del puesto de San Juan de Nicaragua (Grey-town), cuya ocupación, a que aspira de muy atrás, sería importante para la tranquilidad de las Antillas, pues es el único puerto del territorio de Nicaragua en el Atlántico, y el solo puerto de que pudieran partir expediciones de filibusteros.

Entretanto los Estados de El Salvador, Honduras y Guatemala se han limitado en este mes a negociar con la indecisión y desconfianza que los caracteriza, sobre el envío de tropas en apoyo de Costa-Rica. Es probable que se decidan a enviar una pequeña fuerza combinada a la frontera de Nicaragua, ya que las lluvias impiden un movimiento en mayor escala. Por la lectura de las notas que han mediado entre un Comisionado de Guatemala y el Gobierno de El Salvador, y que aparecen en la adjunta Gaceta, podrá V. E. formar juicio del estado de este asunto. Como quiera, siempre es lisonjero que aunque tardíamente den estos pueblos señales de vida en justa defensa de su independencia amenazada.

Tendré el honor de continuar informando a V.E. de cuanto ocurra.

Dios guarde a V. E. muchos años.
Guatemala 30 de abril de 1856.

Exmo Señor
B. L. M. de V. E. su atento y seguro servidor,
Facundo Goñi

* * *

Boletín de Noticias
Núm. 23.
Guatemala, abril 20 de 1856

Reproducimos, con la mayor satisfacción, el siguiente Boletín, que ha traído un correo extraordinario de San Salvador, y que confirma las noticias, recibidas por cartas particulares, del completo triunfo de las tropas de Costa-Rica sobre los atrevidos aventureros de aquella República. La bizarría y denuedo con que en unos pocos minutos fueron completamente deshechos y derrotados los filibusteros a quienes su capitán, Walker, envió con tanta seguridad y con tono tan insultante y despreciativo, dan la medida de lo que vale esa gente aventurera, lanzada sobre un país pacífico para cometer en él todo género de depredaciones, así como de lo que pueden la propia defensa y el honor ofendido, de la raza que habita estos países, tal vez no bien conocida por los que la habían creído incapaz de resistir a la agresión más inicua. Muy pronto las fuerzas de todas las repúblicas, unidas a las de Costa-Rica y Nicaragua, acabarán de liberar a todo el país del oprobio que pesará sobre él mientras los aventureros no sean lanzados de Centro-América.

Entre tanto, con un sentimiento de profunda satisfacción, felicitamos cordialmente al honrado y valiente pueblo de Costa-Rica, a su digno Presidente y a los esforzados jefes, oficiales y soldados a quienes ha cabido el honor de infligir el primer castigo a los piratas que estaban insultando a todo el país desde la infeliz Nicaragua, entregada a sus depredaciones, por el furor de la discordia.

Esperamos, de un momento a otro, comunicaciones de Costa-Rica que den una idea más completa de la gloriosa acción del 20 de marzo y sus consecuencias, que atendidas las distancias y naturaleza del terreno, deben haber sido desastrosas para los derrotados.

Cojutepeque, abril 14 de 1856

Para conocimiento del público se dan a luz los siguientes interesantes documentos sobre la derrota de los filibusteros en Santa Rosa, de que ya se tenía conocimiento por cartas privadas.

República de Costa-Rica

Cuartel general en marcha, Liberia, marzo 23 de 1856.- Al H. Sr. Ministro de la guerra.- Señor: La victoria obtenida por nuestros soldados ha sido tanto más honrosa, cuanto en ese día habrían andado mas de catorce leguas a pié y por bosques espesos, buscando al enemigo que vencieron y pusieron en fuga a las cuatro de la tarde. Esa marcha tan rápida impidió el que se les persiguiera en el mismo instante, con el vigor que hoy se hace por todas partes. Todas las municiones, unos cien rifles, espadas, revólveres y otras vituallas cayeron en nuestro poder, y tenemos fundadas esperanzas de que muy pocos filibusteros escaparán de la persecución de nuestros soldados.
Son las once y media de la mañana, y acaban de entrar en ésta ciudad los treinta y dos heridos, cuya lista remito a Ud.; ahora mismo los he visitado, y en su mayoría las heridas son muy insignificantes; ninguna parece mortal.
Al propio tiempo han llegado diez prisioneros de los doce que anuncié a Ud. pues dos quisieron huir y fueron muertos por los que los custodiaban. Tenemos dos más en esta cárcel, y dentro de media hora llegarán otros nueve que se cogieron ayer. A las doce serán sometidos a un consejo de guerra.
Aun no se ha recibido la lista de los doce soldados muertos.
De los filibusteros, veintidós se enterraron en el mismo sitio de Santa Rosa, y en las montañas se hallan muchos muertos de los heridos dispersos, y otros que haciendo resistencia o corriendo han sido tirados.
Tenemos muy pocos enfermos, en su mayoría sin gravedad.
El estado sanitario de las tropas es satisfactorio en alto grado.
Jamás cesaré de alabar la disciplina, la constancia y el valor de este improvisado ejército de labradores, de artesanos y comerciantes, en su mayor parte propietarios. Nuestros compatricios han ejemplo honrosísimo de que si aman la paz, el orden, el trabajo y su propiedad, saben trocar el arado y sus libros por el fusil y la espada, para defender la patria con un tesón incontrastable.

Dios guarde a Ud. muchos años.
Por ausencia momentánea del Sr. Subsecretario de guerra, Emilio Segura.

Cuartel general en marcha. Liberia, marzo 25 de 1856.- Exmo. Sr. Presidente, General en jefe del ejército.- Cuartel de la división de vanguardia.- Hacienda del Pelón 24 de marzo de 1856.-Tengo el placer de dirigir a V. E. parte detallado de la toma de Santa Rosa.

El jueves 20 del corriente, con noticia de haber visto a los filibusteros en el llano del Coyol, me puse en marcha con la columna que saqué de Liberia.
Mucho nos costó conducir los dos cañoncitos de a tres, por lo quebrado e impracticable del camino.
Tomamos un filibustero que procuró engañarnos, guiándonos al enemigo por un lado enteramente opuesto a aquel en que se hallaba; pero desconfiando de él, quise, antes de seguirle, registrar el llano del Coyol. Seguimos la marcha, y a corto trecho descubrimos huellas de botas en un camino que conduce a la hacienda de Santa Rosa. Mandé a un ayudante adelantarse para observar las casas de dicha hacienda, y retornó con la razón de estar allí el enemigo.
Seguíamos un callejón orillado de árboles, a cuyos lado se extendían lomas de poca altura, cubiertas de espesa breña.
Al salir del callejón, vimos tendida a nuestros pies la plaza de dicha hacienda, formada por un valle hondo y limpio, circundado por colinas de poca elevación, pero escarpadas.
Los corrales de la hacienda, cerrados con cercas de piedra, empiezan como a la mitad de la falda de una de las colinas situada al frente del callejón hacia su izquierda, y rodean las casas que ocupan la altura, pero que están dominadas por la cumbre de la colina, a corta distancia, y cubierta de breña.
Tienen las casas un gran patio también cercado: a la derecha, y en la falda de la colina hay una quesera. A continuación de la altura, ligándola con la inmediata corre una limpia loma, al frente del camino que seguíamos. La línea que debía correr mi gente, para llegar a las casas, es precisamente de una milla.
En vista de la posición, di mis órdenes para el ataque concebido sobre el exacto plano que antes el mayor D. Clodomiro Escalante me había presentado para el caso de tener que batir allí al enemigo.
El coronel D. Lorenzo Salazar con doscientos ochenta hombres, debía atacar el frente, la quesera y el flanco derecho de la casa: seguíanle por este lado (el más practicable) los dos cañoncitos, dirigidos por el capitán D. Mateo Marín.
El capitán D. José M. Gutiérrez, con doscientos hombres, debía flanquear la izquierda por fuera de las cercas y tomar posición a la espalda de las casas sobre la cumbre de la colina.
El escuadrón de caballería quedó formado en el callejón hasta recibir la orden de cargar al enemigo, cuando se le desalojara de sus posiciones.
La tropa de Moracia, en número de doscientos hombres, la formé en batalla en el callejón para cubrir la retirada en caso necesario.
Listo todo mandé desembocar por el callejón a la tropa, formada en columnas. Nuestros soldados, al son de las cornetas, que tocaban a degüello, marcharon a la carrera, acudiendo cada cual al puesto señalado.
Los filibusteros no hicieron un tiro; nos aguardaban de cerca, con la esperanza de que su primer descarga nos derrotaría. Tampoco los nuestros dispararon hasta hallarse a veinte varas del enemigo. Rompieron entonces un fuego sostenido, que duró tanto como tardaron los costa-ricenses en llegar a las cercas. Desde ese instante, solo los piratas dispararon. Los nuestros saltaban a los corrales sin que el mortífero fuego que sufrían bastara a detenerlos.
Allí murió el valiente oficial D. Manuel Rojas. Una vez dentro, no hubo ya esperanza para los malhechores: el sable y la bayoneta los hacían trizas, y ellos aterrados, ni atinaban a ofender con sus tiros.
Así fueron rechazados hasta las casas, donde se encerraron, al tiempo que la gente del capitán Gutiérrez, posesionada ya de la altura, los cercaba. En estos momentos pereció el capitán D. Manuel Quirós, herido al saltar la cerca del patio. Sus últimas palabras fueron dirigidas a sus compañeros de armas «Entren ustedes» les dijo, y espiró. Señalose también en el asalto al patio el ayudante del coronel Salazar, D. Joaquín Ortiz, quien con su espada mató dos bandidos, teniendo la suerte de quedar ileso.
Di la orden de atacar a la caballería, pareciéndome que no tardaría tanto en llegar sino el tiempo necesario para desalojar de su guarida a los filibusteros. Pero viendo al llegar que no era tiempo aún, marchó a formarse en la loma del frente, aguardando el momento oportuno.
Todo esto pasó en cinco minutos.
Ya empezaba a obrar la artillería: el capitán Marín disparó sus cañones contra el costado derecho, y frente de la casa, abriendo brecha, pero esto solo sirvió para enfurecer más a los forajidos que avivaron el fuego.
Impaciente el Coronel Salazar, corrió, exponiéndose a servir de blanco al enemigo, para preguntarme si para librar de ser diezmada su gente, podría poner fuego a la casa de un propietario costaricense. Inquieto al verle venir, temiendo que estuviese herido, me adelanté a su encuentro, y le di el permiso que pidió: retornó a dar la orden a sus soldados, que la recibieron con gritos de alegría. Mas no hubo tiempo. El arrojado Capitán Gutiérrez olvidando la orden que tenía, entró a la casa, y adelantándose hacia un establo atrincherado, y erizado de rifles, con pistola y sable en mano, murió desgraciada y prematuramente. La ira que su muerte causó a los soldados fue tal, que nada bastó a contenerlos. La casa fue invadida por todos los lados, y los filibusteros, hallando salida por la altura que debió de cubrir el malogrado Gutiérrez, huyeron en tropel, y aunque perseguidos y diezmados por todas partes, lograron muchos escaparse. Entonces mandé a la tropa de Moracia dispersarse en guerrilla por la colina a la izquierda del callejón, para aprisionar a los fugitivos que tomaron por allí.
Desde el principio de la acción, al ver a nuestra tropa apoderarse de los corrales, varios jefes filibusteros montaron a caballo y huyeron sin poderlos alcanzar ni dañarles.
Al dispersarse el enemigo, la caballería de Moracia anduvo tarda en perseguirle, a pesar de mis órdenes y los esfuerzos del Capitán Salazar. Solo el Capitán Estrada, seguido de unos pocos lanceros, le cargó, matándole un solo hombre, pues favorecido por la inacción de la caballería y lo cercano de la espesura del monte, se aprovechó de tan favorables incidentes.
Considerando las dificultades que el lugar de la acción presentaba, he hallado alguna disculpa al Comandante del escuadrón.
A los catorce minutos, contados desde la primer descarga, se hallaba mi tropa formada en el mejor orden, y en tranquila posesión de Santa Rosa.
Señalárnosle en este memorable día, además de los buenos oficiales que perdimos, el ya citado D. Joaquín Ortiz, el mayor D. Clodomiro Escalante, los Capitanes D. Carlos y D. Miguel Alvarado (habiendo recibido este último tres heridas de rifle que le rompieron la ropa rozándole el cuerpo), D. Vicente Valverde, D. Mateo Marín, D. Santiago Millet, D. Joaquín Fernandez, D. Felipe Ibarra y D. Jesus Alvarado, el Ayudante D. Macedonio Esquivel, y en general toda mi lucida oficialidad.
Hubo entre los soldados notables rasgos de valor, pero tan comunes a casi todos que sería imposible enumerarlos.
He tomado al enemigo diez y ocho rifles, un fusil, cuatro cajas de parque (que según declaración de los prisioneros es cuanto tenían) las pistolas, paradas, piezas de equipaje, &c. que cedí a los jefes y oficiales que las tomaron, varios caballos y mulas, todos sus papeles y un grupo de daguerrotipado, con los retratos de varios jefes de la gavilla de bergantes (1. Además los soldados se apoderaron de más de ochenta rifles y multitud de objetos).
Los muertos del enemigo que pude reunir, llegaron a veintiséis, y muchos deben haber acabado en lo espeso del monte. Prisioneros hasta hoy, diez y nueve. El resto hasta cuatrocientos hombres, que según los prisioneros, entraron en acción, se entregará o morirá de sed y hambre en los montes. Los persigo por todas partes, y el Mayor D. Domingo Murillo apostado en Sapoa con respetable fuerza, les cortará el solo camino para ellos practicable.
No puede darse una victoria más completa, gracias al valor de mis soldados.
Nuestras pérdidas, según las listas que adjunto, ascienden a cuatro oficiales y quince soldados muertos. Dios guarde a V. E. muchos años. Jose Joaquín de Mora.

Tal ha sido el escarmiento dado a los forajidos que han osado invadir nuestro territorio, robar las propiedades en el tránsito, asesinar cobardemente a la guarnición que se hallaba en la línea fronteriza; y herir, robar y atormentar a débiles mujeres, a infelices ancianos y hombres indefensos.
Nuestra valiente división de vanguardia, fatigada el día 20 por una marcha precipitadísima en que anduvo mas de catorce leguas en pos del enemigo, por ásperas y extraviadas vías, no dudó en acometerle violentamente en cuanto le alcanzó, pero rendida por el cansancio del viaje y la pelea, no le fue posible perseguirle en todas direcciones.
Con todo, existen en esta ciudad veinte prisioneros, y un consejo de guerra se ocupa de juzgarlos. Muchos cadáveres de filibusteros se han hallado en los montes.
La ley de todas las naciones los condena sin oírlos, puesto que están fuera del derecho internacional, y debe tratárseles como piratas o salteadores de nacionalidades; pero S. E. el General en jefe quiere probar una vez más, aun con esos miserables bandidos que han asesinado a nuestros compatricios, que no es la venganza la que puede abrigarse en los pechos costaricenses, y sí tan solo la justicia y el amor a la patria.
(Copiado del Álbum de la Paz núm. 42)

He aquí confirmadas de una manera indudable las noticias que sobre este fausto acontecimiento se habían estado recibiendo por conductos particulares. Nunca creímos que las armas costaricenses saliesen empañadas de una lucha con tan santo entusiasmo emprendida: ellas llevan de su parte la justicia y por fines los muy nobles y sagrados de defender la nacionalidad de un pueblo amenazado con la total pérdida de cuanto constituye el bien más caro para el hombre. La disciplina del soldado costaricense, su moralidad y ese vigor que no se ha gastado en contiendas y revueltas intestinas, con otras tantas seguridades de victoria. La obtenida en Santa Rosa ha sido tan completa como era de esperarse del denuedo y bizarría con que se dio el ataque. ¡Honor y gloria a ese ejército de bravos, que despreciando todo género de peligros se ha lanzado animoso a una guerra justa y legítima cual pocas, alcanzando desde luego un triunfo que más tarde dará por resultado la entera seguridad de Centro-América! ¿Quien podrá ahora detener sus huestes victoriosas, unidas dentro de poco a las del mismo Nicaragua y de los demás Estados hermanos? No serán por cierto esos miserables aventureros y gentes mercenarias, que con el escarmiento recibido conocerán ya la diferencia que media entre los que pelean movidos solo por una desordenada codicia y los que se sienten impelidos al combate por amor a su Dios, a su patria y sus derechos. Oh! no. La causa de la independencia centro-americana es una causa bendita y el más feliz éxito vendrá sin duda a coronar los heroicos esfuerzos de sus mantenedores.

 
[ Transcripción íntegra y literal del texto, actualizando la ortografía, realizada por Iván Vélez Cipriano
a la vista del original manuscrito conservado en el Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores de España,
Fondo Correspondencias, Nicaragua, 1854-1857, número 22. ]


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