José Patricio Fernández de Uribe (1742-1796), México 1999José Patricio Fernández de Uribe

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Iván Escamilla González, José Patricio Fernández de Uribe (1742-1796), México 1999

Ivan Escamilla González

José Patricio Fernández de Uribe 1742-1796
El cabildo eclesiástico de México ante el Estado borbónico

V. Privilegios cifrados
Conaculta, México 1999, páginas 161-194.

No es lo mismo virrey que se queda, que virrey que se va. El discurso político del púlpito. Paz política y cristiana. Política de virtud contra política de artificio. Monarca del Viejo y del Nuevo Mundo.
 
Resulta difícil, en nuestros tiempos, comprender la importancia que el protocolo y el ceremonial público tenían para la sociedad urbana colonial. En forma de usos y costumbres antiguos y venerables, el ritual administraba el tiempo y el espacio de la gente de aquella época: unas veces, recordándoles el inexorable cumplimiento de los ciclos de la naturaleza; otras, sus incontestables deberes para con la Iglesia, el rey y la colectividad a la que pertenecían. Páginas enteras de las Gazetas de aquellos tiempos se iban en describir públicas funciones y multitudinarias procesiones civiles y religiosas: la Semana Santa, las fiestas de los patriarcas de las religiones y de los patronos de los gremios y cofradías, Corpus, la Inmaculada Concepción, Nuestra Señora de Guadalupe, el Paseo del Pendón, los cumpleaños del monarca, los partos de la reina, la llegada de un nuevo arzobispo, etcétera.
Con todo, esta sociedad sedienta de ritual presenció pocas veces el impresionante ceremonial que (en atención a su altísima graduación y a la confianza que el soberano depositara en él para el gobierno de tan distantes provincias) se observaba cuando el hombre que empuñaba la vara de virrey, gobernador y capitán general de la Nueva España fallecía durante el desempeño de su cargo. Muerto este jefe, los miembros de la Real Audiencia y un escribano de la Secretaría del Virreinato se allegaban al cuerpo, ya para entonces arreglado y revestido con todas las Insignias de su rango y yacente en una estancia del Real Palacio. El escribano le llamaba tres veces por su nombre y títulos, y luego declaraba a los presentes: «Señores, no responde. ¡Falleció! ¡Falleció! ¡Falleció!»

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