Homenaje a Félix Varela Sociedad Cubana de Filosofía (exilio) 1 2 3 4 5 6

Humberto Piñera Llera

Varela y Martí, o la dignidad del destierro

En la historia de Cuba el año 1853 tiene un profundo significado simbólico, pues en el breve intervalo de unos días nace quien llegaría a ser el Apóstol de la independencia, es decir, José Martí, y se apaga definitivamente la vida terrenal de uno de los más excelsos fundadores de nuestra nacionalidad, o sea Félix Varela. Singular coincidencia destinada a señalar que el camino desde la Colonia hasta la República no quedaría interrumpido, pese a cuantas dificultades fueran saliéndole al paso a la consciente e indómita voluntad de ser libres a toda costa. Pues si, como suele decirse, es cierto que Dios traza caminos y los confunde, no lo es menos que los llamados por Él a encontrarlos jamás pierden el rumbo. Por esto mismo, la historia colonial de Cuba tiene una etapa jamás superada en el número y la calidad de sus hombres: José Agustín Caballero, José María Heredia, Félix Varela, José de la Luz y Caballero, Domingo del Monte, José Antonio Saco, José Manuel Mestre, Cirilo Villaverde, Rafael Mendive, José Martí y los adalides militares de las dos gestas liberadoras del yugo colonial, son hitos que marcan el paso firme y seguro, irrevocable en su realización, hacia el momento, glorioso pese a todo cuanto se haya dicho en contra, en que la bandera de la estrella solitaria, símbolo de la libertad comprada con la «sangre de nuestros bravos» y las «lágrimas de nuestras mujeres», se alzó hasta el tope del mástil como respetuoso testimonio de profundo reconocimiento a quienes, paulatinamente, con la pluma o con la espada (a veces con ambas), [74] ganaron definitivamente un lugar de honor en nuestra historia.

Cuba ha sido durante casi dos siglos tierra de destierro y la nómina es tan larga que no puede incluirse aquí. Pues casi desde los comienzos del siglo pasado nuestros compatriotas se ven en la necesidad de buscar un clima de libertad fuera de la patria amada y precisamente para defenderla de las asechanzas a su integridad cívico-moral. Por eso a Heredia lo destruye la frialdad de la meseta mexicana, y a Varela, tras largos años de hostil soledad neoyorquina, le toca morir en estas cálidas tierras del Sur. Del mismo modo, Saco, Delmonte, Villaverde, Martí, e incontables compatriotas nuestros, padecen tan cruel desarraigo, porque —como dice el Apóstol—, «... el hombre ilustrado padece en la servidumbre política más que el hombre ignorante en la servidumbre de la hacienda ...».{1} Tampoco durante la República faltó el motivo para el destierro, nunca, por supuesto, como el de ahora, en que una masiva emigración de casi un millón de cubanos se ve despojada del sagrado derecho a vivir y a morir en el suelo natal, en esa dolorosa situación de quien se ve convertido —como dice Martí— en un hombre partido en dos que lleva a cuestas consigo la mitad de sí mismo. Pero, en el siglo pasado, el destierro contribuyó decisivamente a la libertad de Cuba, y volverá a hacerlo ahora, pese a cuantos vaticinios se hagan en contra.

Con sibilina frase —como todas las suyas— dice el «oscuro» filósofo de Efeso que «el ánimo del hombre es su destino». Veinticuatro siglos más tarde otro filósofo —el germánico Juan Teófilo Fichte— expresa algo por el estilo: «Werde du bist» (Sé lo que eres). Ambas sentencias encierran tal vez aquello que pudiera considerarse como la esencia de la humana sabiduría, o sea la de la «autenticidad» propuesta por Ortega y Gasset. Pues bien, Félix Varela y Morales es hombre capaz de mantenerse siempre fiel a la exigencia implícita en lo que se acaba de expresar. Tenemos un destino, que somos precisamente nosotros mismos, y hay que atinar con él desde el comienzo a fin de no convertirnos en lo que no somos. [75] En consecuencia, es preciso preguntar por qué y para qué se está en el mundo, en un lugar y una época determinados. Pues bien, Varela, como le sucede igualmente a Martí, descubre muy pronto el destino —es decir, la aplicación— al cual está llamado su existencia terrenal y, lejos de soslayarlo, se dispone a cumplirlo íntegramente. Comprende enseguida que el inmenso talento con que ha sido agraciado por Dios y la Naturaleza no es, ni puede ser, en forma alguna, gratuito. Por el contrario, ha de pagar por ese don, amortizándolo gradualmente, plazo a plazo, haciendo bueno aquello de su sucesor y compatriota José Martí, es decir, que es indispensable ser un hombre de su tiempo. De esta manera, la biografía del esclarecido filósofo cubano es la mejor prueba de su invariable fidelidad al destino que le fuera asignado.

Desde muy joven Varela mira en torno suyo, o sea a esa triste y encogida realidad de la Cuba de entonces, sometida al más degradante estado colonial y, por lo mismo, desprovista, hasta el asombro, de todo cuanto supone la humana dignidad: una oligarquía gobernante enemiga del nativo y movida sólo por los más bajos apetitos de rapacidad y codicia; un sistema de enseñanza —si es que se puede llamar así— cuyos parcos beneficios apenas alcanzaban al veinticinco por ciento de la sociedad, y, además, roñoso y anacrónico. En una palabra, inservible. Y una población esclava, que a veces sobrepasaba en número a la libre, gimiendo bajo el látigo implacable del amo. En fin de cuentas, algo capaz de horrorizar al ser humano más condescendiente y desaprensivo. Varela se asoma a este sórdido espectáculo a sabiendas de que, si se quisiera, podría trocarse tan indigna situación por otra completamente distinta, para lo cual es preciso aplicarse con diligencia y sin desmayo a la tarea de mostrar el bien apto para producir el cambio requerido. Este último ha de efectuarse, según cree, en tres formas diferentes pero concurrentes al mismo fin: hay que atender simultáneamente al saber, a la moral y a la política. O, como lo dije ya en otra ocasión, Varela ve claramente que la política de la educación es la educación de la política. Porque lo que Cuba necesitaba era buenos ciudadanos, para lo cual se requería de la consabida formación, hecha, por supuesto, a base de ciencia y conciencia. [76]

Vamos ahora a examinar sumariamente esos tres aspectos de la patriótica personalidad de Varela. Comencemos por el de la enseñanza, que nos coloca inmediatamente en el problema del conocimiento, sobre todo —como sucede con nuestro filósofo— en lo referente a las consecuencias prácticas derivables del mismo. Pues no debe pasarse nunca por alto el detalle de esa instrumentalidad típica de la filosofía cubana, con lo cual he querido dar a entender que el saber principal tomado a préstamo de Europa nos ha servido siempre para una eficaz mejora de nuestra sociedad. En consecuencia, Varela acude a aquello entonces predominante en Europa, es decir, a lo allí preconizado por la autoridad de los mejores. Cuidadoso lector de Descartes, Bacon, Gassendi, Condillac y otros, se percató muy pronto de la importancia del espíritu crítico tocante a las cuestiones del entendimiento. Lo que necesitaba Cuba, primero que nada, era una «reforma del intelecto», consistente, en el caso cubano, en la sustitución del escolasticismo inane, hecho de comunes lugares y hábitos memorísticos (al que Varela, con risueño humor, llamaba «inutilismo») por la filosofía y la ciencia modernas tal como venían abriéndose paso en Europa. «El verdadero filósofo, cuando empieza una investigación, debe figurarse que nada sabe sobre aquellas materias y entonces debe poner en ejercicio a su espíritu hasta ver todos los pasos que debe dar, según enseñaba Cartesio.»{2} Hay un mundo abierto ante nosotros, el mundo de la experiencia, ante el cual es preciso detenerse con crítica cautela y penetrarlo hasta su mismo fondo, con la reflexiva actitud de quien está percatado de la relación existente entre nuestros sentidos y la realidad circundante. Por eso mismo, vio con toda claridad que la teórica polémica europea entre innatismo y sensualismo tenía, sin embargo —trasladada a nuestro suelo—, un cariz distinto, es decir, por parte del primero, de apoyar cierto «autoritarismo» del pensamiento no muy distante —desde el punto de vista de sus consecuencias en Cuba— del medieval criterio del magister dixit, aunque a primera vista no resulte así. En tanto que la experiencia dota al hombre de un espacio más dilatado y más rico donde ejercer su libertad. [77] A causa de tan fundada prevención en contra del innatismo es que Varela se decide por el sensualismo, y así nos dice lo siguiente:

«De lo que antecede (que los sentidos transmiten las impresiones al intelecto) el lector pensará que soy sensualista. Y en efecto lo soy, en tanto en cuanto no puedo admitir las ideas innatas, al menos como éstas suelen ser explicadas ... ¿Qué significa esto? ¿Qué existen algunas ideas de objetos puramente espirituales cuya imagen los sentidos no pueden nunca producir? Aceptado. ¿Quiérese dar a entender que no podemos venir por medio de algunos razonamientos de las cosas sensibles al conocimiento de las espirituales? Esto es con toda evidencia absurdo y lo prueba la voz de la Naturaleza, proclamando la existencia de Dios.»{3}

Esto último nos lleva como de la mano hasta la afirmación de la soberanía del individuo:

«Nuestros conocimientos empezaron por el de un solo individuo ... y todas nuestras primeras ideas son individuales ... No conocemos la Naturaleza, no conocemos sino individuos. No hay un ser en la Naturaleza que incluya todos los árboles o todos los hombres.»{4}

Ahora bien, este criterio individualista es el instrumento de que se vale Varela para defender la enseñanza activa, experimentalista, frente al verbalismo memorista de la Escolástica, cuya degradación en Cuba, en tiempos de nuestro filósofo, se advierte perfectamente en estas palabras suyas:

«Si consideramos el influjo del escolasticismo en la vida social, conoceremos más claramente que no es cosa de poca importancia desterrarlo. Apenas hay un hombre de buenas ideas que se atreva a manifestarlas en público, cuando prevee que le ha de caer encima la lluvia tempestuosa de los escolásticos, pero sin oírle ni penetrarse de sus razones le condenarán, o lo que es más, lo echarán por tierra si pueden hacerlo. Todos no se hallan en ánimo de sufrir invectivas, ni exponerse a mayores prejuicios, y así se contentan con reírse a solas; pero la sociedad se priva de muchos bienes, que disfrutaría desterrándose de esta furia escolástica. Muchos padres de familia sacrifican a sus hijos, haciéndoles recibir unas ideas elementales de lo más absurdas, [78] sólo porque ellos son escolásticos, o porque siendo ignorantes oyeron habla de algún señor Doctor, y ya radicándose la ignorancia de unos en otros.»{5}

En consecuencia, el método deseable es, según Varela, aquél preconizado por la Ideología (estudio científico de las ideas consideradas como representaciones de las cosas), que procede yendo de la sensación (experiencia) a la idea (reflexión) en donde remata el proceso del conocimiento. Se trata, entonces, de ir desde lo particular hasta lo universal, es decir, que el conocimiento, sea cual sea, ha de partir en todo caso de la observación y, si es posible, confirmarse en el experimento.

En resumen, desde el punto de vista del saber, de la ciencia, el ideario vareliano se basa en estos tres puntos: 1º, autonomía del individuo, santo y seña del liberalismo decimonónico; 2º, libre examen fundado en la observación y el experimento; 3°, anulación del criterio de autoridad que no se base en el convencimiento que tales o cuales ideas puedan despertar en el individuo. Así vio el gran patriota Varela la urgente necesidad de transformar el «inutilismo» de la enseñanza, prevaleciente entonces en nuestra patria, en una sana, precisa y eficaz utilidad, y esto lo vemos aparecer, con nítida claridad en toda su obra escrita.

Tan importante al menos como el aspecto de la enseñanza fue para Varela el político; aunque debe tenerse en cuenta que, en rigor de verdad, toda su obra es fundamentalmente política, puesto que su objetivo era despertar en la sociedad cubana de aquel momento la conciencia de los derechos y los deberes que poseía como tal sociedad. Por eso, en 1825, el Ministro Plenipotenciario de España en los Estados Unidos informaba a sus superiores en la Península que Varela publicaba un periódico (El Habanero) «con el objeto de revolucionar la Isla de Cuba». Pues no se descuide el detalle de que el gran patriota cubano fue deliberadamente a la Cátedra de Constitución, creada en 1820 en el Seminario de San Carlos por la Sociedad Económica de Amigos del País, porque era la oportunidad que se le presentaba de exponer públicamente [79] (ante un auditorio ávido de escucharlo) lo que él pensaba y sentía sobre el derecho de Cuba a la libertad y la independencia, justamente por tratarse de una sociedad a la cual no había por qué negarle ese derecho. En consecuencia, en su examen de los fundamentos de la Constitución va constantemente hacia aquello que, de un modo u otro, se refiere ora a la libertad, ora a la soberanía. Refiriéndose a la legitimidad del Poder Real, dice:

«Si atendemos al origen del poder que ejercen los monarcas sobre los pueblos, o del que tiene cualquier especie de corporación, advertiremos que, o la fuerza les hizo dueños de lo que la justicia no les había concedido, o su autoridad no proviene sino de la renuncia voluntaria que han hecho los individuos de una parte de su libertad en favor suyo y de sus conciudadanos...»{6}

Es fácil ver la manera clara y directa de que se vale Varela para llegar a la conclusión de que es muy discutible la legitimidad del Poder Real, pues éste, o se basa en el despojo de los derechos del individuo o procede de su libre decisión al autolimitarse en sus prerrogativas, con lo que, si bien delega en otro, jamás renuncia a sus inviolables derechos. Y agrega poco después que

«... toda soberanía está esencialmente en la sociedad, porque ella se produce con el objeto de su engrandecimiento incompatible con su esclavitud, y jamás renuncia al derecho de procurar su bien y su libertad, cuando se viere defraudado de tan apreciables dones...»{7}

Podemos suponer el efecto de estas palabras y otras por el estilo en los jóvenes oyentes que llenaban la sala donde Varela se expresaba en esos términos. Palabras que, por mover a la reflexión, resultaban inquietadoras, ya que trazaban el cuadro de todo cuanto faltaba en Cuba en aquella época. Invitación a pensar como a soñar y a querer que el programa reivindicador diseñado por el maestro se convirtiese en efectiva realidad. Como también deben haber sentido gran preocupación al oírle hablar de la repugnante institución de la esclavitud [80] y decir que resultaba incompatible el regreso (en aquel entonces) a la vida constitucional con el mantenimiento de esa especie de infrasociedad formada por los infelices negros es­clavos. ¿Qué puede tener de extraño que tras él viniese esa plé­yade de la dignidad cubana formada por José María Heredia, José Antonio Saco, Domingo del Monte, Luz y Caballero, Ba­chiller y Morales, el Lugareño, y muchos más, convencidos de la necesidad de un cambio en Cuba y dispuestos a luchar por su consecución?

En 1823 Varela se halla en España como diputado a Cortes por la Isla de Cuba y de allí se ve obligado a huir cuando se le condena a muerte por votar favorablemente la declaración de incapacidad del rey español Fernando VII. Tras breve es­tancia en Gibraltar, marcha a los Estados Unidos, radicándo­se en Filadelfia y más tarde en New York. Se había convertido en otro desterrado, es decir, uno de esos cubanos dispuestos a no volver a Cuba mientras faltase allí la libertad. Pero Va­rela no permanece ocioso, sino que se da inmediatamente a la tarea de publicar ese periódico que es hoy rara avis y cuya lectura produce viva emoción, pues en los seis números que se conservan abunda el comentario que delata la intención de estar siempre al servicio de ]a patria amada. Entre los cuaren­tidós trabajos contenidos en esos seis números, algunos se des­tacan poderosamente por su título: «Consideraciones sobre el estado actual de la Isla de Cuba»; «Tranquilidad en la Isla de Cuba»; «Amor de los americanos a la independencia», y «Carta del editor de este papel a un amigo». Todos revelan, con per­fecta claridad, su profundo conocimiento de nuestra realidad colonial en el siglo pasado. Al igual que en el problema cultu­ral, también en el político-social vemos al filósofo aplicando los recursos del saber principal a las cuestiones inmediatas de la problemática de Cuba en aquel momento. Y como el des­tierro era para él un serio compromiso con la patria, en él siguió su labor en pro de aquélla, ora colaborando en El Men­sajero Semanal que dirigía José Antonio Saco —a la sazón ya desterrado—, ora en la Revista Bimestre, donde hacía oír su voz sabia y alertadora, provista de una amarga y destilada experiencia de hombres y cosas.

Vayamos ahora, finalmente, al tercer y último aspecto de la patriótica empresa vareliana, es decir, al religioso. [81] Sacerdote de inconmovible fe, el filósofo y teórico de la política no es­torba en lo más mínimo al creyente, porque Varela sabía muy bien que el hombre no es un monolito y, por lo mismo, no sólo está dotado de cuerpo y alma, sino que esta última es va­riada en sus capacidades, y así tiene sitio para el pensamiento teórico, el sentimiento de la belleza, la preocupación moral y la fe. A esta última —a la relación íntima y profunda del hombre con el Creador—, dedica Varela su primordial preocu­pación, haciendo de la caridad el punto de convergencia y a la vez de partida de todo lo restante. «Non intratur in verita­tem nisi per charitatem», dice el colosal Agustín, y Varela adop­ta este mismo principio. Pero la caridad es en sí muy amplia, tanto, que absorbe e incluye al hombre como prójimo en su doble dimensión social y patriótica. Éste, para Varela, es el cubano, el conterráneo, a quien caritativamente le dedica todo el fruto de su mente excepcional, porque no hay una sola línea escrita por este clérigo miope y de nervioso ademán que no esté consagrada al bienestar de Cuba, la patria añorada desde el destierro, de la cual se aleja para siempre sacrificándole su personal felicidad. Quiso ser y fue soldado de Cristo, para salvar almas. Mas aquellas a las que dedicaba todo su afán eran principalmente sus compatriotas, pues Varela amaba a Dios sobre todas las cosas y a su patria como aquello que, después de la Divinidad, motivaba su amor a la criatura.

Fruto de la preocupación religioso-moral es ese breve torso dramático titulado Cartas a Elpidio sobre la impiedad, la su­perstición y el fanatismo en sus relaciones con la sociedad. Aunque se propuso hablar de dichas tres cuestiones, lo cierto es que sólo aparecieron las dos primeras. Ahora bien, ¿qué puede ser todo eso de la impiedad, la superstición y el fana­tismo sino consecuencias desdichadas de la falta de un adecua­do conocimiento? Y nótese que, para él, no hay más destruc­ción de la libertad que la que tiene por autor al impío, o sea al hombre sin pietas, es decir, carente de verdadera fe que, por ser primero en Dios, lo es luego en la criatura. De ahí, en consecuencia, el paso al despotismo. Además, el pensa­miento contenido en las Cartas sobre la impiedad muestra un fondo revelador de la preocupación de Varela [82] por el progreso ya alcanzado en su tiempo por el ateísmo y las doctrinas científico-materialistas, a la sazón muy difundidas. En cuanto a la superstición, consiste en adorar a una fingida divinidad o en tributar un culto absurdo a la verdadera. Más diáfana y certera no puede ser esta definición, porque, en efecto, es posible pecar por carta de más o de menos. Y sólo leyendo todo el contenido de esta obra se puede comprobar hasta qué punto es extenso y variado el repertorio de cuestiones relacionadas, directa o indirectamente, con el hombre y con la sociedad, lo que demuestra una vez más el patriotismo de Varela, para quien Cuba estuvo siempre en el primer plano de sus preocupaciones. Pues si bien es indudable que defiende con calor la legitimidad de la religión que tiene por única y verdadera, esto no le impide admitir ideas como las de una moral social, la laicidad del Estado y la libertad de conciencia. Todo lo cual deja ver en nuestro compatriota al hombre de su siglo, pues estaba convencido de que sólo mediante esas ideas se conseguiría para Cuba un estado de conciencia capaz de operar en ella una decisiva transformación.

Dieciséis años después de la muerte de Varela otro cubano, aún en la adolescencia, tras una estancia de varios meses en el infierno del presidio político de Cuba, va también camino del destierro, donde consume los veintiséis años restantes de su vida breve entregado a la nobilísima pasión de la libertad, y si regresa a la patria es para morir por ella. José Martí, el cubano en cuestión, había leído y meditado a Varela, a Luz y Caballero, a todos esos fundadores que no vacilaron en ponerse al servicio de la felicidad de la patria, y de ellos extrajo la mejor parte de la inspiración con que puso nuevamente en pie de guerra a un pueblo que llegó a tener sobre las armas treinta mil de sus hombres y otros tantos de reserva. Hay que pensar en la emoción de Martí al detenerse ante las páginas vibrantes de El Habanero, o de El Mensajero Semanal, o de la Revista Bimestre, donde aparece una buena parte de la patriótica empresa del autor de las Cartas a Elpidio. De Luz y Caballero dijo en una ocasión Martí que había sido «el padre, el silencioso fundador»,{8} y que si no escribió libros fue porque se dio a la tarea de hacer hombres. [83] En consecuencia, debe tenerse siempre muy presente esa clarísima idea de nuestro Apóstol de la independencia, con respecto al papel desempeñado en el proceso de la libertad de Cuba por la obra escrita de sus predecesores, que aparece condensada en esta plástica frase suya: «las guerras van sobre caminos de papeles».{9}

Creatura de su Creador, siervo de Dios, el sacerdote Félix Varela, consagrado a la noble misión de salvar almas, no descuida nunca el lado patriótico de su vida como miembro de una sociedad sometida a un absurdo y cruel atraso que, con el tiempo, según se ensanchaba la brecha inevitable entre peninsulares y criollos, se hacía cada vez más deliberado; pues la Metrópoli veía con gran aprensión que la conciencia de la nacionalidad iba haciéndose cada vez más clara y firme en nuestra minoría ilustrada y aun en la masa popular desprovista de cultura, pero imbuida de explicable sentimiento de rencor y despecho hacia el gobernante rapaz y opresor. Como integrante de esa minoría culta, Varela no podía permanecer indiferente ante el cuadro de aquellos «horrores del mundo moral», como dijera otro gran desterrado, el poeta José María Heredia. Para él, salvar almas no era sólo cuestión de ganarlas para la vida eterna, sino, además, salvarlas para este mundo de acá, para la sociedad en la cual convivían, porque hay una perfección y un bienestar terrenales que debemos alcanzar por nosotros mismos. En fin de cuentas, aquello de «a Dios rogando y con el mazo dando». Y el mazo de Varela es el conocimiento, la relación consciente y ordenada entre el sujeto y el objeto, lo mismo con respecto a lo sensible (espacio-tiempo) que a lo espiritual. Pues tanto el «orden del mundo» como el «ordre du coeur» pertenecen a la persona humana, y, según asevera San Buenaventura, el conocimiento de Dios requiere el camino de las «maravillas» puestas ante la mirada del hombre.

Otro tanto hace Martí, porque es también hombre de gran espiritualidad, profundamente interesado en estas cuestiones de puertas adentro, como lo son Dios, el alma y la vida eterna. Sin embargo, ha habido hasta ahora una tácita admisión de que nuestro Apóstol era más bien agnóstico [84] y escasamente preocupado por dichas graves cuestiones. Pues bien, en el libro que sobre él preparo ahora, hago ver, con pruebas irrefutables, hasta qué punto estuvo atraído siempre por ellas. Y por lo mismo su acendrada espiritualidad le impidió incurrir en chabacanerías como el positivismo. Así, por ejemplo, lo dicho por Martí sobre Cristo asombraría a quien tuviese una idea contraria respecto de su admiración por el Redentor, y quien se asome a la multitud de veces en que habla, con calor de creyente, sobre el alma, acabará convencido de su espiritualidad.

A Varela y a Martí les tocó en suerte llevar a cabo la parte más intensa y eficaz de su labor patriótica en el destierro, animados por idéntico sentimiento de amor a Cuba y a la dignidad del hombre. Pues quien puede, en alguna forma, evitar que lo circunde y domine la injusticia de la falta de libertad, y no lo hace, es indigno de llamarse hombre. «El que vive de la infamia o la codea en paz, es un infame. Abstenerse de ella no basta: se ha de pelear contra ella. Ver en calma un crimen es cometerlo.»{10} Eso mismo cree Varela y, en consecuencia, ambos se van al destierro a padecer la constante nostalgia del bien perdido de la patria, la extrañeza de otras gentes y otras costumbres, de otra lengua. Pero la dignidad del hombre bien nacido no permite convivir con la infamia a que alude el Apóstol. Martí y Varela podrían haber pensado que lo de Cuba era un hecho consumado y, por lo mismo, de inevitable aceptación, haciendo oídos sordos a la voz de la conciencia, que dice justamente lo contrario. Pero si Varela decide ser para siempre un desterrado es porque sabía que su existencia terrenal nunca sería tan dilatada como para permitirle el regreso a una patria libre ya de las impurezas que combatió sin descanso. Y Martí, por su parte, también estuvo dispuesto siempre al mismo sacrificio, tal vez el mayor que se puede hacer en este mundo. Vivir en constante lucha por la patria, dando en cada momento la medida mejor de lo representado en esa sublime decisión; sin desmayar ni un instante, con el pensamiento puesto siempre en la tierra que tal vez no pisemos nunca más, pero decididos a ser ejemplo para otros que bien lo necesitan. [85] Semejante conducta despertó en Martí la admiración hacia sus patrióticos predecesores y le sirvió siempre de estímulo y de esperanza en momentos de graves decisiones. Por eso, en muy pocas palabras, nos describe aquello que representa la tierra natal para el desterrado: «La imagen de la patria siempre está junto a nosotros, sentada a nuestra mesa de trabajar, a nuestra mesa de comer, a nuestra almohada. Desecharla es en vano; ni ¿quién quiere desecharla?»{11} Es así como lo sintió Varela, el sacerdote, el filósofo, el patriota, el desterrado insigne: el hombre para quien Cuba estuvo presente siempre en su mente y en su corazón.

Humberto Piñera
Profesor Emeritus
New York University

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{1} José Martí: Discurso pronunciado en Steck Hall el 24 de enero de 1880, en la ciudad de New York.

{2} Félix Varela: Lecciones de filosofía, ed. «Universidad de La Habana», 1940, pág. 3.

{3} Félix Varela: Miscelánea filosófica, ed. «Universidad de La Habana», 1944, pág. 257.

{4} Félix Varela: Lecciones de filosofía, ed. «Universidad de La Habana», 1940, pág. 27.

{5} Félix Varela: Miscelánea filosófica, ed. «Universidad de La Habana», 1944, pág. 217.

{6} Félix Varela: Observaciones sobre la Constitución política de la monarquía española, ed. «Universidad de La Habana», 1944, pág. 11.

{7} Ibíd., pág. 12.

{8} José Martí: «José de la Luz y Caballero», Patria, New York, 17 de noviembre de 1894.

{9} José Martí: Discurso en conmemoración del 10 de octubre, Masonic Temple, New York, 1887.

{10} José Martí: Heredia, discurso pronunciado en New York el 30 de noviembre de 1889.

{11} Discurso en Masonic Temple, New York, 10 de octubre de 1887.

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Humberto Piñera Llera Homenaje a Félix Varela
Miami 1979, págs. 73-85