Homenaje a Félix Varela Sociedad Cubana de Filosofía (exilio) 1 2 3 4 5 6

Alberto Gutiérrez de la Solana

En torno a la cuarta Carta a Elpidio
del tomo primero

Aunque todas las epístolas del tomo primero de las Cartas a Elpidio del Padre Félix Varela forman un cuerpo orgánicamente muy bien integrado en un todo por el tema de la impiedad, por las firmes y rectas ideas del autor, y por su estilo, la cuarta resalta como un innovador sistema psicológico sobre la mejor manera de encauzar la conducta humana, y en especial la de la juventud educanda. El autor desarrolla un método aparentemente sencillo pero extraordinariamente sabio para comprender, dirigir y encaminar a los impíos, que puede aplicarse a todos los humanos en innumerables circunstancias y a través de los tiempos, lo cual prueba su sagacidad como conocedor del alma, y su anticipación en esta materia —al igual que en tantas otras— en Cuba y en el mundo hispánico.

En sus Cartas a Elpidio, Varela derrocha sus dotes de observador totalmente alerta a los acontecimientos de su tiempo. Y aun en casos aparentemente disímiles de nuestra época, podríamos encontrar coincidencias que permitirían aplicar su pensamiento a hechos públicos de la actualidad. Por ejemplo, él cita lo siguiente:

En Francia (nación famosa por cuanto hay de grande y cuanto hay de ridículo), hace mucho tiempo que el oficio de escritor es como el de carpintero, que está a las órdenes del que quiera emplearlo para hacer la pieza que le pidan, sin averiguar otra cosa que el precio que debe pagarse. Muchos de estos escritores componen una novena piadosísima para una sociedad religiosa y en seguida el libro más impío por orden de un librero, que acaso imprime por su cuenta ambas obras como objeto de mera especulación. [58] Yo no ignoraba estos hechos, mas tuve un comprobante de ellos por informe de nuestro común amigo..., quien tuvo en sus manos una de estas novenas y supo su autor por el mismo librero que la vendía.{1}

Aunque Varela se refiere concretamente a las plumas mercenarias que propagaban la impiedad en el siglo XIX, no sería muy difícil encontrar cierta similitud en el presente en aquellos casos en que hechos de matiz escandaloso son convertidos en libros de gran éxito comercial por escritores profesionales que alquilan su pluma para redactar las memorias o contar las andanzas de otra persona bajo el nombre de aquélla, que en realidad no sabe escribir ni tiene capacidad para componer un libro relatando sus turbias aventuras, que deberían quedar en el silencio si el lucro no tuviera más fuerza que el pudor. También se podría trazar otro paralelo en relación a las empresas editoriales contemporáneas que siendo parte integrante del sistema democrático de libre empresa se aprovechan lucrativamente de la publicación y venta de libros y otras formas impresas que atacan los principios de la filosofía política y social que les permite hasta la libertad de intentar destruirla. No parece arriesgado deducir que el Padre Varela aplicaría a estos negociantes del siglo XX el mismo juicio moral que empleó para el mercenario francés de la centuria pasada.

En cuanto a la extensión de la impiedad, el autor asevera que parecen tener razón los que afirman que la facilidad de hablar o escribir en contra de la religión, y el interés de los especuladores en publicar obras impías, prueban que los sentimientos de piedad se han extinguido. Pero aclara que no es tan común como se pretende, aunque es verdad que se halla en todas las clases, y esto hace parecer que tiene mucho más fuerza. Añade que siempre ha sucedido, por suerte o por desgracia, que se les atribuye a las clases una denominación buena o mala por la conducta de un gran número que es insignificante respecto a la totalidad. [59] Aclara Varela que por sus observaciones, no por teorías, le consta «que uno de los medios de que se vale la impiedad para extenderse es suponer que ya está muy extendida... que este ardid es practicado por todos los partidos, ya políticos, ya religiosos; que produce gran efecto por la natural propensión que tienen los hombres a reunirse, la cual los induce a querer formar parte de las grandes sociedades» (pág. 93). Estas observaciones de Varela son tan válidas hoy como en el siglo pasado, especialmente respecto a algunas doctrinas y ciertos partidos políticos, que están de moda en la actualidad, y que muchos no se atreven a combatir porque creen que son muy populares y tienen mucho poder. Sobre esto también expresó Varela su opinión de que el aumento de la impiedad se debe a la apatía de los buenos, pero que si los hombres se persuadieran de esto, disminuiría extraordinariamente.

La fórmula que ofrece el Padre Varela para tratar a los impíos es muy sencilla; según las máximas del Evangelio; con caridad, dulzura y al mismo tiempo firmeza. Este consejo del ilustre presbítero parece fácil de realizar, pero en la práctica no lo es, y él lo sabe. Por eso él advierte los peligros provenientes de entender que la firmeza significa persecución, y los riesgos del ataque universal y sin distinción, o del individual y marcado, pues en ambos casos en vez de obtener un efecto beneficioso se exasperaría a los impíos y se estimularía su obstinación. Con su profundidad psicológica habitual, agrega que «esta doctrina debe aplicarse a toda clase de disputas y en todos los casos en que chocan entre sí los intereses sociales, pero mucho más en materia de religión» (pág. 96).

En su análisis de la conducta humana, Varela afirma que el insulto es «un medio antievangélico que solamente sirve para satisfacer pasiones humanas y tomar venganza de insultos recibidos» (pág. 94). Añade que no ignora que algunos tratan de hacer el bien, pero que escogen los medios equivocados. También señala como defecto importante la ligereza en creer cuanto se dice contra aquellos a quienes se quiere impugnar. Asimismo indica que la personalidad es un obstáculo a la convicción, y consecuentemente, que las disputas privadas en que casi siempre se ofende a personas determinadas son contraproducentes. [60] Conforme a estas ideas, el escritor recomienda atacar el vicio sin determinar los viciosos, de forma que nadie se dé por ofendido.

Con motivo de éstas y otras observaciones sobre las más fructíferas formas de combatir la impiedad, el sacerdote intercala en esta carta dos páginas que contienen un agudo examen de la libertad religiosa y la paz y la armonía social en los Estados Unidos. Varela le informa a Elpidio que aunque este país sea considerado como ejemplo sobresaliente de la libertad religiosa, no se debe hacer la idea de que la religión no tiene influjo alguno o que no altera los ánimos en nada, y que no existen rivalidades religiosas. Que es verdad que los impíos tienen campo libre y los devotos seguridad, pero que no es tanto a consecuencia de las leyes como de la opinión. Que se detestan unos a otros y que las diversas sectas son extraordinariamente hostiles a la religión católica, y que si cualquiera de las sectas pudiese oprimir a las demás, se renovarían los tiempos de Enrique VIII e Isabel, y si los impíos tuviesen fuerzas, se producirían sangrientas escenas como las de la Revolución Francesa. No obstante, dice, no hay luchas religiosas. ¿Por qué? Por el tino social (el padre lo subraya), que Varela define como el producto de la educación y la experiencia que permite que los hombres se respeten aunque se aborrezcan y que nunca rompan la armonía de una reunión con insultos personales. Y si por casualidad alguno interrumpe estas normas de prudencia general, el ofendido recibe sin dilación satisfacciones de los demás, quedando nuevamente tranquila y pacífica la sociedad, aunque más dividida que nunca en sentimientos religiosos. Y muy simpáticamente, confiesa Varela que sabe que muchos de los que lo tratan con respeto y a quienes él recíproca con igual deferencia, si se enteraran que había muerto dirían que había un diablo menos sobre la tierra, pero que esos mismos individuos nunca lo insultarían por no quedar en ridículo ante la comunidad. Varela reconoce, pues, la fuerza del tino social y de la opinión general en los Estados Unidos. Y declara que mientras no se consiga este hábito de respeto y de condescendencia social, jamás podrán imitar a los Estados Unidos, cualquiera que sea el sistema de gobierno.

Esas palabras de Varela han sido proféticas, [61] pues las nuevas repúblicas hispanoamericanas copiaron muchos preceptos de la constitución norteamericana pero no han logrado todavía aquel hábito social observado por él, que conduce pacíficamente a la armonía general aunque se tengan creencias y opiniones diversas. Y lo mismo puede decirse de la gran mayoría de los países del mundo en la actualidad. Este don de Varela de ver con claridad las circunstancias y de vaticinar el futuro con certeza podemos observarlo también en sus tempranas afirmaciones en El Habanero en las lejanas fechas de 1824 y 1825 proclamando que Cuba no tenía más camino digno que la independencia total y absoluta sin compromisos ni obligaciones con países del norte o del sur de las Américas, y que esto debía alcanzarlo por sí misma por medio de la revolución, pues no era factible la evolución bajo la metrópolis. Y que anticipando la revolución se evitarían sus males, porque si se dejaba al tiempo sería formada «por el terrible imperio de las circunstancias». Todas estas prefiguraciones sobre su patria están resumidas brillantemente en su deseo de que Cuba fuera «tan isla en política como lo es en la naturaleza».{2}

La digresión de Varela sobre el tino social norteamericano nos condujo forzosamente a traer a colación su famoso periódico El Habanero y a citarlo porque allí refulgen otras de sus premoniciones ratificadas por la historia. Volvamos, pues, al examen de sus ideas sobre cómo tratar la impiedad, donde tantas muestras sobresalen de sus innatas condiciones de psicólogo moderno. Nos cuenta el sacerdote un ejemplo personal corroborativo de la tolerancia en los Estados Unidos. Un impío que francamente le ha manifestado que es ateo, y a quien él ha tenido a veces propensión a responderle como lo hizo el abate Lammenais en caso similar: «hace tiempo que deseaba ver un animal de esa especie, y me alegro de haberlo conseguido».{3} Pero, dice el padre, no lo ha hecho porque esto hubiera estado en oposición al sistema de la sociedad norteamericana, razón por la que siempre le ha contestado con una sonrisa y después de una conversación amistosa se han separado, sabiendo él que el ateo continúa riéndose por haberse entretenido con un iluso, [62] y él también por haberse topado con un oso manso con pretensiones de hombre.{4} Concluye Va­rela que éste es el mejor plan de conducta en relación con los impíos, y que toda oposición imprudente sólo sirve para agravar los males, porque un mal defensor hace mala y pierde la mejor causa. Y con su habitual sabiduría psicológica, reco­mienda no hostigar, ser discreto y tener la resignación de que no siempre se puede obtener todo, sino lo que Dios quiere.

También aconseja Varela que los eclesiásticos sean aún más prudentes que los seglares, porque aquéllos (nosotros, dice él) empiezan con la gran desventaja de que muchos creen que sólo promueven su interés, y que les duele mucho no la pérdida de las almas sino de sus comodidades. Aplicando la sagacidad psicológica del cura cubano a sus compatriotas que en el pre­sente abogan por la restauración en la isla de los principios de libertad y democracia conculcados, se podría con relativa facilidad establecer la comparación de que también ellos son calumniados (al igual que dice Varela que son difamados los sacerdotes) cuando se les imputa que sólo lo hacen en defen­sa de los bienes materiales que les fueron confiscados y que esperan recuperar, sin tener en cuenta que la mayoría de ellos no tenía riquezas, y que los que eran dueños de propiedades no se hacen la vana ilusión de que puedan reivindicarlas des­pués de casi un quinto de siglo de perdidas, y sin reconocér­seles la buena fe en la defensa altruista de sus ideales civiles y patrióticos, que son los mismos sustentados reiteradamente por el Padre Varela.

Con respecto a la juventud, Varela asevera que ésta pro­pende a la justicia, y que el mejor modo de tratar a los jóve­nes es «llevarlos con dulzura por la senda del cariño que con­duce a la paz y contento».{5} Recomienda el estudio del carác­ter individual de cada joven y acomodar por él nuestra con­ducta, pues dice que éste es el gran secreto de manejar la juventud, sacando partido de sus talentos y buenas disposi­ciones.{6} Añade que la oposición debe ser casi insensible y que se debe buscar que el joven sea su propio corrector. [63] Con discernimiento digno de las teorías psicológicas y educaciona­les modernas, analiza las características de la juventud: pa­siones vivas, la razón poco ejercitada, la experiencia casi nula, el placer de la lucha por sí misma, y concluye manifestando que los educadores suelen equivocarse creyendo haber triun­fado sobre las inclinaciones de los jóvenes cuando éstos por temor no las manifiestan, pero en realidad lo que han con­seguido es que hayan adquirido suficiente malicia para enga­ñarlos. Que por eso los jóvenes consideran los colegios como una prisión, y tan pronto cesan las restricciones brota la co­rrupción. El Padre Varela tiene fe en la juventud, y señala que aunque haya personas empeñadas en demostrar lo contra­rio, los jóvenes, a pesar de que estén sumidos en los placeres y la impiedad, siempre agradecen los empeños que se hacen para mejorarlos, si perciben que no se intenta oprimirlos.

También expone Varela ideas revolucionarias sobre los co­legios de su época.

El poco tino en atacar a la impiedad en los primeros pasos de la juventud, cuando las pasiones empiezan a soltarse; el poco tino en manejar a los jóvenes en la edad más peligrosa de la vida, es la causa de la desmoralización de muchos; que se hace inexplicable a los irreflexivos, que dicen, con gran sorpresa, «¡y se educó en un colegio!» sin expresar qué colegio y manejado por qué cabezas. A la verdad, mi Elpidio, que son tan pocos los cole­gios que valen algo sobre este punto, que un hombre de juicio, lejos de sorprenderse del que parece un fenómeno, encontraría su causa muy natural en el mismo hecho que se presenta para hacerlo extraordinario, y diría que tal joven es impío, precisa­mente porque se educó en un colegio... En muchos colegios, y aun diré en la mayor parte, se descuida enteramente el inte­resante objeto de la religión, inspirándose de este modo cierto desprecio, o por lo menos, cierta indiferencia acerca de ella; y en otros tratan los profesores de inspirarla a la moruna, a fuerza de castigos, que sólo producen un odio mortal hacia los que los imponen y una aversión completa e indeleble al objeto que la causa.{7} [64]

Corrobora Varela estas ideas con su propia experiencia de que los jóvenes siempre aman cuando conocen que son amados y que mediante el amor se les puede manejar fácilmente y se les inclina favorablemente a la virtud por el buen juicio que forman de quien con inteligente amor se la propone. Con la hondura de un psicólogo moderno, el presbítero afirma que nunca ha castigado ni premiado a ningún joven por ejercicios religiosos. Y declara que los premios sólo sirven para formar hipócritas especuladores y establecer en el corazón de los jóvenes una religión puramente humana, porque se acostumbran a agradar a los hombres y a esperar de ellos lo que sólo deben esperar de Dios. Por otro lado, agrega, los castigos destruyen los sentimientos sinceramente religiosos y promueven también la hipocresía, aunque de distinta índole, porque es reservada y en «cierto modo feroz».{8} En virtud de su experiencia y de sus reflexiones sobre la educación de la juventud, Varela estima que todo estímulo o compulsión que no sea conforme a la religión misma es perjudicial y sólo sirve para destruirla. Y que aun en los incentivos religiosos debe ejercitarse mucha ponderación, pues un sermón continuo se convierte en una cantinela insoportable, especialmente para los jóvenes, que no pueden sufrir por mucho tiempo unos pensamientos tan serios. Y asevera sabiamente: «El que quiera que un joven no tenga religión háblele siempre de ella».{9}

Continuando sus explicaciones psicológicas, el autor manifiesta que no hay un niño que no quiera ser grande de cuerpo ni joven que no quiera serlo en ideas y sentimientos. Y que los jóvenes, por demostrar que ya son hombres, y que han salido de las faldas de la madre empiezan a hablar, no con franqueza sino con osadía, de materias de religión. Demostrando su aguda penetración como educador que conocía bien estas cuestiones, Varela aclara que no debe descuidarse este interesante asunto, pero que es errónea la actitud de aquellos que los humillan recordándoles su juventud y su falta de experiencia, y además, «con un modo que más ofende que mueve».{10} Y asegura «que los que así proceden no han estudiado el corazón humano [65] ni saben todos los recursos de la vanidad».{11} Varela explica que él ha seguido un plan contrario, y que su experiencia lo autoriza a recomendarlo como útil y asequible. Que él los trata como si ya fueran lo que quieren ser, es decir, hombres ya formados. Aclara el padre que en esa forma él les comunica su propia experiencia dejándoles creer que lo han engañado en el sentido de que lo han persuadido de que antes ellos ya la tenían. De esta manera, los jóvenes se convierten en sus colaboradores, figurándose ellos que han avanzado mucho y que ya han pasado el vértigo de las locuras juveniles. Después de formados, dice Varela, estos jóvenes son utilísimos porque comprenden el valor de la estratagema. Agrega el autor que él nunca ha querido tener por enemigo a muchachos, y menos entrar en disputas con ellos, y que siempre ha procurado darles a entender que los ama y los respeta. Pero el padre sabe que esta empresa no es fácil, y advierte que cualquier error puede destruir todo el plan y las buenas relaciones con el educando, que se creería víctima de una falsedad, y por tanto con derecho a vengar lo que el estimaría como un engaño malicioso. «He aquí formado a veces un quijotico religioso por la imprudencia de un maestro»,{12} afirma Varela.

El autor señala la edad entre los 15 y los 18 años como la peligrosa, porque son pocos los jóvenes que no presenten signos de impiedad en esos años. Por eso recomienda que se tomen precauciones para evitar este problema. Indica como uno de los mejores recursos distraer el ánimo de los jóvenes e inclinarlos a estudios no relacionados con la religión ni la moral, ni sobre cuestiones especulativas, sino sobre conocimientos prácticos, como la música, el dibujo, las matemáticas, la física y la química. Considera como los mejores antídotos contra la corrupción y la impiedad las tres últimas ciencias.

Varela deplora el concepto que tienen muchos padres de que el estudio de las ciencias naturales es una pérdida de tiempo porque no producen mucho dinero. Estima que es un grave error de los padres pensar solamente en la retribución económica que rendirán los estudios de los jóvenes, sin considerar el perfeccionamiento moral e intelectual de sus hijos. [66] Lamenta lo que él llama la venalidad de las ciencias, refiriéndose a que se venden sus servicios sólo por dinero, y se aprecian únicamente en la medida en que sirven para ganarlo. Aclara que los estudios lucrativos son denominados ciencias de carrera. No se opone a que los esfuerzos y los desvelos del estudiante se retribuyan debidamente para que el ciudadano pueda establecerse en la sociedad sin sufrir ni ser un gravamen para los demás, pero afirma que se puede y se debe conciliar el interés personal con el científico.

Varela también estudia en esta carta la impiedad y la psicología de las mujeres. Este aspecto es tal vez el menos interesante para el lector contemporáneo por los grandes derechos legales y sociales que ha adquirido la mujer en este siglo. Pero la rectitud y la perspicacia del autor son evidentes en su afirmación de que las mujeres han sido inutilizadas por ignorancia y política, haciéndoselas desgraciadas, y que la sociedad las ha encadenado de diversas formas. No obstante, la visión profética que en otras cuestiones hemos reconocido en el Padre Varela, no lo acompaña en cuanto a la susodicha situación de las mujeres, pues estima que «sería muy ridículo el empeño de reformar la sociedad en este punto».{13}

Sería innecesariamente prolijo repetir aquí otras de las muchas observaciones y otros de los diversos consejos que el padre presenta en la carta comentada, pues los expuestos demuestran suficientemente su profundo conocimiento del corazón humano y su sabia aplicación de principios psicológicos para corregir o encauzar la conducta, especialmente de los jóvenes educandos. Las ideas expuestas por Varela en la cuarta carta del tomo primero representan un gran paso adelante en la progresión científica en materia educativa. Que yo sepa, no se había expuesto hasta entonces un sistema tan avanzado e ilustrativo con base psicológica ni en España ni en Hispanoamérica. Varela emplea su experiencia y su vasto conocimiento del hombre para analizar la impiedad, y de ahí surge en la cuarta carta a Elpidio del tomo primero una original anticipación psicológica en relación con el trato que debe darse a los jóvenes impíos [67] que es de aplicación general a la juventud en relación con otros conflictos morales, espirituales o educativos, tanto en su tiempo como en el presente. El sacerdote no sólo quiere salvar y atraer al redil a las ovejas desorientadas sino que indica el camino prudente y científico para evitar que la juventud se descarríe. Contrario a lo que se esperaría que recomendase un sacerdote formado bajo las directrices de la iglesia católica en una colonia española hace casi siglo y medio, el cura cubano aconseja no imponer la religión si no se quiere ahuyentar a la juventud. Sus novísimas ideas educativas se fundamentan en la comprensión y el amor hacia los jóvenes, sin prejuicios contra éstos, sin la severidad, a veces despreciativa, del maestro hacia el alumno, especialmente en su tiempo, y sin arrogancia profesoral o sacerdotal.

Además de esos valores de contenido, tanto ésta como las otras cartas a Elpidio atraen todavía la atención del lector moderno y mantienen su atención por su estilo claro, preciso, lógico, sin pompas retóricas ni falsa erudición pedantesca; por su lenguaje exacto y directo, y por sus períodos a veces amplios y otras veces rápidos, breves y comunicativos, hasta llegar muy a menudo a la síntesis aforística. En conjunto, su prosa es sobria pero elocuente. Su forma de expresión está exactamente adaptada al pensamiento que quiere comunicar, el cual queda transmitido con exactitud, agilidad, claridad, sencillez, luminosidad y profundidad. Su manera de escribir revela su condición de profesor de Lógica y de Filosofía por la nitidez con que expone su pensamiento y la habilidad con que presenta su argumentación. Todo ello dentro de una forma epistolar familiar pero no vulgar.

Estas cartas también demuestran sus cualidades innatas de psicólogo, sus dotes de observador de la vida y del hombre, su sentido práctico, su firmísima fe católica, su bondadoso corazón de hombre bueno que sólo quiere hacer el bien y su patriotismo, pues el objetivo final del autor es la educación y el encauzamiento de sus coterráneos por la senda de la religión y la ética, y en especial incitar a la juventud de su país a superarse y prepararse para ser los dirigentes de la futura patria libre, independiente y regenerada. Y no debe ser mera coincidencia que Elpis significa en griego esperanza. [68]

Con la enseñanza de la filosofía alcanzó Varela el primer lugar en la evolución del pensamiento cubano al desechar el aristotelismo e introducir nuevos conceptos pedagógicos fundamentales. Trató de liberar a sus compatriotas de la ignorancia y el pecado y les enseñó el método de aprender por medio de la observación de la naturaleza, la experimentación y la experiencia. Estableció firmemente el concepto de que el conocimiento del mundo no podía venir mediante la memorización de silogismos sino por el examen y el estudio del universo y por el uso de la mente para entender al hombre y la creación haciendo uso de las facultades de razonar. Y sustentó que no había incompatibilidad entre las ciencias, los cambios sociales y la religión. Sus Instituciones Filosóficas publicadas en español en 1813 fueron el primer tratado filosófico impreso en dicha lengua en todo el mundo. Era un maestro por naturaleza, dedicado por entero a sus alumnos y sus clases. Posteriormente, en el exilio, recordando a la juventud de su país, escribe sus Cartas a Elpidio con su devoción inextinguible de buen pastor intelectual y religioso. Por eso es que sus desvelos se vieron recompensados con una extensa lista de discípulos ilustres, entre los cuales sobresalen José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, Manuel González del Valle, José María Casal, Felipe Poey y Gaspar Betancourt Cisneros.

Con su cátedra de Derecho Constitucional inició el estudio de esa disciplina en Cuba, exponiendo sin temor las más avanzadas doctrinas e interpretaciones legales sobre constitucionalidad, soberanía del pueblo, frenos y restricciones al gobierno y las autoridades, y tiranía intelectual y política. En esta cátedra comenzó la divulgación de normas políticas de libertad e independencia de pensamiento que habían de convertirse por la fuerza de las circunstancias en su firmísimo criterio sobre la necesidad y la obligación de conquistar la soberanía total y absoluta para el pueblo cubano. Este curso suyo de Derecho Constitucional fue el primero de su clase en toda Hispanoamérica; y en el aula no fue remiso en explicar decididamente que la soberanía radica en el pueblo, que la delega en sus gobernantes, y que hay derechos naturales inalienables que el individuo no puede ceder ni al rey ni a nadie.

Con ese amplio y liberal bagaje intelectual, [69] no es extraño que al restaurarse la dictadura de Fernando VII ésta chocara con el pacífico y dulce pero firme e ilustre sacerdote y lo condenara a muerte, forzándolo a convertirse en uno de los primeros exiliados cubanos —que desde entonces hasta el presente se han contado por decenas de cientos de miles en la larga peregrinación de desarraigados compatriotas de Varela que han tenido que sufrir en el destierro el castigo de haber proclamado su insumisión. A consecuencia de este hecho llegó al convencimiento de que a Cuba no se le abría otro camino hacia el futuro que la independencia total, convirtiéndose en el primer separatista cubano, proclamando que «Cuba debería ser tan isla en política como en la naturaleza». Para propagar estas ideas funda, escribe y publica El Habanero, el primer periódico separatista cubano. Consecuentemente, en la historia del pensamiento isleño es el primer periodista político separatista.

En cuanto a Cuba, su previsión fue admirable, y el tiempo le ha dado la razón. En El Habanero declara: «Deseando que se anticipe la revolución sólo intento contribuir a evitar sus males.»{14} Reconociendo que el mal era gravísimo, afirma que Cuba, para salvarse, tenía que saber perderse primero, de acuerdo con la anécdota que relata en dicho periódico.{15} Con indudable visión profética, alertó a sus conciudadanos con su lúcida lógica, su estilo transparente y su inquebrantable buena fe del peligro que existía de que aprovechándose de las luchas internas del país éste fuera subyugado por otras naciones. Y no obstante su gran amor a los Estados Unidos y su admiración y su respeto por sus instituciones, igualmente se opuso a la anexión de la isla a Norteamérica.

A pesar de que puede parecer agotada esta larga relación de actividades en las que fue el pionero en la historia cultural y política de Cuba, todavía podemos agregar que era un consumado violinista y que fue uno de los fundadores de la Sociedad Filarmónica de La Habana, la primera de su clase en Cuba. [70]

En Nueva York fue fundador de iglesias. Hace dos domingos, el 2 de octubre, el Cardenal Terence Cooke, Arzobispo de aquella diócesis, celebró la misa en la parroquia de St. James, en el número 23 de la calle Oliver de dicha ciudad, para conmemorar el 150 aniversario del establecimiento de esa parroquia por el Padre Varela, y bendijo un busto de él. En Nueva York se destacó también notablemente por su prudencia y su erudición en las fogosas polémicas escritas y orales entre católicos y protestantes. Fundó y publicó diversos periódicos religiosos en los Estados Unidos, en los que combatió la impiedad e iluminó a los fieles. Se distinguió como sacerdote ecuménico (también anticipándose a su tiempo) por su capacidad para dialogar sabiamente, sin violencia ni odio para nadie, demostrando su cultura enciclopédica, su exposición mesurada y paciente y su liberalismo católico. En los Estados Unidos fue un ejemplo viviente de purísima, firme y sincera fe católica, y al mismo tiempo sacerdote respetuoso de las opiniones y creencias ajenas. Y tuvo fama de santo, tanto en Nueva York como en San Agustín, donde murió, siendo proverbial su desprendimiento y su caridad, pues regalaba todo lo que tenía para ayudar y confortar a sus feligreses y a cualquiera que tuviera una necesidad.

Por supuesto, podría argüirse que los cubanos de este siglo alabamos y admiramos con razón pero tal vez con patriótica exageración los valores intelectuales y morales del padre Varela, pero basta leer sus trabajos en español y sus innumerables escritos en inglés (lengua que dominaba perfectamente, y asimismo el latín) para comprender sus dotes intelectuales, su cultura y su santidad. También son ilustrativas de su vida excepcional las opiniones emitidas en el siglo pasado sobre él, como el trabajo publicado en 1892, en francés, en la Revue philosophique de la France et de L’Etranger titulado «Philosophes Espagnols de Cuba: Félix Varela-José de la Luz», donde su autor, J. M. Guardia, afirma que en España, después de la muerte de Jovellanos en 1811, sólo había dos grandes pensadores, los cubanos Varela y Luz y Caballero; que la filosofía había echado raíces en Cuba pero no había podido aclimatarse en España, y que los dos cubanos no le debían nada a España ni a Hispanoamérica. [71] Concluyendo el ensayista que «Les sociétés qui produisent de tels hommes ne saurient périr».{16}

Es imposible abarcar el vasto panorama ideológico y las innumerables actividades de Varela en una conferencia. En este trabajo sólo he tratado de destacar sus admirables cualidades de profundo y bondadoso conocedor del corazón humano, mediante una breve exégesis de su «Cuarta» carta a Elpidio, en la que expone un sistema educativo que no parece de su tiempo por los principios psicológicos que aplica, que han sido reconocidos científicamente en la educación contemporánea. Sus ideas sobre la formación de los jóvenes no parecen extraordinarias en este siglo en que tanto se han investigado la conducta humana y los métodos de tratar y encauzar los conflictos espirituales, morales y educativos, pero sí lo eran en 1835 en los pueblos hispánicos.

Todas sus anticipaciones, sus innovaciones universitarias y cívicas y sus rebeldías políticas son aún más de admirar en un hombre de su época, de su constitución intelectual y de sus fervorosas y arraigadas convicciones religiosas. Por su genio y su carácter fue un hombre de ideas modernas, y el primero en Cuba, y a veces también en Hispanoamérica y España, en iniciar modificaciones, renovaciones o creaciones sustanciales, como las expuestas anteriormente. Sus Cartas a Elpidio, y en especial la «Cuarta», demuestran su extraordinario y sincero deseo de guiar a la juventud de su patria con avanzadas ideas que lindan con la psicología moderna, y que lo colocan a la vanguardia, como educador, en el mundo hispánico de su tiempo.

Para terminar, quiero ampliar el juicio del escritor francés del siglo pasado que acabo de citar, para afirmar que las sociedades que producen hombres como Varela, Luz y Caballero, Saco, y Martí no pueden sucumbir, y persistirán, y sobrevivirán y vencerán todas las tormentas, todas las dictaduras y todos los despotismos, porque como dijo (Gilbert Keith) Chesterton, «El alma de una nación es tan indefinible como un aroma», [72] y el alma de la nación cubana está saturada del pensamiento, el espíritu, el sentimiento, el civismo, la honradez, la valentía, el patriotismo y la reciedumbre de guías como Félix Varela, que la hacen inmarcesible, no doblegable e imperecedera.

Alberto Gutiérrez de la Solana
New York University

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{1} Félix Varela, Cartas a Elpidio. La Habana: Editorial de la Universidad de la Habana, 1944, I, 90. En adelante, todas las citas de este libro se referirán a la misma edición y sólo se expresará el número correspondiente a la página a continuación de la cita.

{2} Fé1ix Varela, El Habanero. La Habana: Editorial de la Universidad de la Habana, 1945, pág. 104.

{3} Ibíd., pág. 103.

{4} Ibíd.

{5} Ibíd., pág. 110.

{6} Ibíd., pág. 111.

{7} Ibíd., pág. 112.

{8} Ibíd., pág. 113.

{9} Ibíd., pág. 114.

{10} Ibíd., pág. 115.

{11} Ibíd.

{12} Ibíd.

{13} Ibíd., pág. 122.

{14} Ibíd., pág. 63.

{15} Ibíd., págs. 174-175.

{16} Citado por Joseph y Helen McCadden en su libro Father Varela, Torch Bearer from Cuba. New York: The United States Catholic Historical Society, 1969, pág. 51.

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  Homenaje a Félix Varela
Miami 1979, págs. 57-72