Homenaje a Félix Varela Sociedad Cubana de Filosofía (exilio) 1 2 3 4 5 6

Mercedes García Tudurí

El más original tratado de moral:
«Cartas a Elpidio» del Padre Félix Varela{*}

No siempre hemos contado a lo largo de la historia con pensadores excepcionales que hayan logrado esclarecer, y a veces conciliar, conceptos claves para la cultura de la época. En el siglo XIII, cuando la Civilización Occidental se debatía por encontrar el camino que ha llevado al hombre a las más altas cumbres del desarrollo humano, Santo Tomás de Aquino sentó principios que permitieron establecer los límites y la jerarquía entre razón y fe. Era indispensable la conciliación de ambos términos para la síntesis greco-romano-cristiana que componía la esencia cultural de Occidente.

Para nosotros, los hijos de este hemisferio, salvando tiempo y distancia, se repite la misma necesidad y se resuelve con feliz acierto, cuando el P. Félix Varela armoniza los conceptos de religión y libertad de conciencia al plantearse, dentro del nuevo orden democrático, la aparente oposición de ambos términos. Juan J. Remos expone, en afortunado juicio, la conformidad de ideas fundamentales, que no hace padecer en lo más mínimo la ortodoxia católica del Presbítero: «Varela, siendo sacerdote reconoció la verdad, y siendo filósofo reverenció la Divinidad».{1} Nosotros podemos agregar que, junto a la verdad, reconoció igualmente la libertad, siguiendo el principio evangélico de que «Sólo la verdad nos hará libres». [20]

Hoy, ante el drama que vive el mundo, estamos más urgidos que nunca del esclarecimiento de conceptos sobre los cuales se asientan las ideologías que dividen nuestro planeta. Entre ellos están los derechos humanos, la libertad política, la propia democracia, el sistema totalitario, &c. Tan importante fue en los casos anteriores hacer que la definición substancial demostrara la conciliación de lo que parecía antinómico, como es necesario ahora que un análisis igualmente substancial ponga en evidencia la imposible conciliación de algunos de esos términos, cuya conformidad hace peligrar la seguridad de nuestra civilización.

La evocación de Varela nos lleva a lamentar la pobreza de pensadores que padecen en estos momentos los países del mundo libre, especialmente los que figuran como líderes de la democracia. Todo ello da lugar a la trágica falsificación de los regímenes políticos y a la confusión de los que siendo hombres libres, contribuyen a la desaparición de la libertad.

Supo Varela que el eje de la esencia humana, tanto en lo individual como en lo colectivo, estaba constituido por los valores éticos y que, por ello, las crisis históricas tienen siempre sus causas en quiebras morales. De ahí que quisiese prevenir a su pueblo de los fallos que lo podían amenazar, frustrando las esperanzas que alentaba respecto a la libertad de Cuba. Es pues una prevención lo que lo guía a escribir, ante todo, este tratado que se llama «Cartas a Elpidio». Obra transida de preocupación y de desvelado amor por Cuba, que une a su originalidad filosófica, un indudable sentido de salvación.

El conflicto planteado por la filosofía enciclopedista entre libertad y religión, constituía un obstáculo muy grave para el progreso político de Cuba; al objeto de salvarlo dedica su mayor esfuerzo. Esto nos muestra lo orgánico del pensamiento filosófico de Varela, que apuntaba a tres metas concatenadas: la enseñanza, la moral y la política.

Caracterizaremos, pues, a Varela como un sacerdote católico de absoluta ortodoxia, que a la vez que un hombre de ideas liberales perfectamente definidas, era un filósofo de claro pensamiento que se encontraba al día en las disciplinas de su tiempo. Todo este acervo estaba puesto al servicio de Cuba.

Como sacerdote y como hombre se siente responsable ante Dios, ante su pueblo y ante sí mismo, [21] y el cumplimiento de esta triple responsabilidad marca la trayectoria de su vida. Siendo como las tres caras de un mismo prisma, ninguna de estas responsabilidades puede desconocer las otras dos. La que tiene ante su patria le acarreará múltiples problemas. Como se considera obligado a formar conciencia política en su pueblo, aceptará, contra su deseo, figurar en la vida pública y llevará a cabo esta misión con todas sus consecuencias. Perseguido encarnizadamente, buscará al fin asilo político en los Estados Unidos, donde permanecerá desterrado hasta su muerte.

No se considerará liberado de su responsabilidad por el hecho de estar a salvo su persona. Si no puede formar conciencia política entre sus compatriotas por medio de la palabra oral, lo hará por la palabra escrita. Dios y Cuba son los dos puntos fundamentales de su vida; a su servicio edita periódicos, publica libros, predica en inglés y en español incansablemente.

Si la moral constituye la piedra angular de la vida humana, Varela, como filósofo, busca la raíz más honda que la sustenta, y la encuentra en el límite en que lo metafísico se continúa en lo religioso, asidero necesario de la vida del hombre. Es en ese límite de nuestra intimidad donde descubre los tres monstruos que nos acechan. Para prevenirnos contra el ataque de la impiedad, la superstición y el fanatismo —los tres monstruos— elabora el contenido de «Cartas a Elpidio», obra que quedó desdichadamente inconclusa.{2}

Al querer exponer en breves palabras la razón de ser de esta obra, nuestra indagación se ha planteado cuatro cuestiones íntimamente relacionadas, a las que seguirá una apreciación muy general del tratado.

La primera de dichas cuestiones girará alrededor de esta pregunta: ¿qué es lo que lleva a Varela a escribir este libro?

Ya lo dijimos antes en cierto modo, y él mismo lo indica en su breve prólogo: «Mi objeto no es exasperar, sino advertir».{3} [22] Según José Ignacio Rodríguez, biógrafo de Varela, éste aspiró a que «Cartas a Elpidio» sirviera de oportuna y eficaz incitación a la juventud de su patria.{4} Para nosotros, sin lugar a dudas, «Cartas a Elpidio» está dedicada al pueblo de Cuba, especialmente a la juventud, necesitada de guía. Sus prevenciones eran indispensables para que pudiera hacer uso correcto de la libertad.

A este tratado de «advertencia e incitación moral» debía de seguir, como él mismo expone, «un tratado polémico sobre esta importante materia».{5} Nunca, que sepamos, llegó a escribir esta anunciada obra. Es comprensible tal actitud, puesto que tampoco «Cartas a Elpidio» pudo ser terminada.

La segunda cuestión que planteamos se refiere a la razón que tuvo el Presbítero para escoger el género epistolar. También en esta ocasión Varela se adelanta y nos dice que lo hace por amistad, que es bálsamo del desconsuelo, y porque la comunicación de ideas es el alivio de las almas sensibles; por otro lado, el género epistolar no es el más frecuente para escribir tratados de filosofía, porque las cartas tienen siempre un lenguaje más coloquial, más al alcance del hombre medio que cualquier otro género literario. Pero Varela no lo escogió en vano. Su intención era, justamente, que llegara al mayor número de personas posible.

El primer tomo, dedicado a la impiedad, se compone de seis cartas; el segundo, en que trata de la superstición, consta de cinco. De conformidad con los críticos, el primer libro es superior al segundo por su estilo y, particularmente, la carta número cuatro, por su alto contenido ideológico.{6}

En la tercera cuestión nos preguntamos sobre la identidad del destinatario de «Cartas a Elpidio». ¿Quién es Elpidio, el amado corresponsal del Presbítero?

A nuestro juicio, la contestación se desprende del objetivo declarado por Varela para justificar el uso del género epistolar. Es incuestionable que este género es inusitado para una obra de esta clase, [23] a no ser que su objetivo —llegar a la mayoría del pueblo y ser fácilmente entendida por ella— justifique ese esfuerzo de concentrar en las figuras de tres monstruos toda la problemática moral del ser humano.

No consideramos, por eso, que la identificación de Elpidio sea una cuestión superflua, como algunos pretenden, porque su exacta aclaración nos permite conocer la intención del plan general que se trazó Varela en este libro. José Ignacio Rodríguez nos dice que Elpidio pudo ser el discípulo de Varela José María Casal, o bien José de la Luz y Caballero, quien había publicado un comentario sobre las «Cartas» acerca de la impiedad en el «Diario de La Habana», el 29 de diciembre de 1835. Para Raimundo Lazo quizá fuera una figura simbólica, representativa de sus discípulos; pero este mismo crítico reconoce que hay pasajes que contradicen esta explicación, y acaba por estimar que Elpidio puede haber sido un personaje real, sin duda alguna uno de sus discípulos preferidos que vivían en Cuba.{7}

Para nosotros, Elpidio representa al pueblo de Cuba, su patria, que con Dios, proclama como los objetivos fundamentales de su vida. A ese pueblo es al que quiere advertir, según él mismo dice, para que, al alcanzar su libertad, no caiga en los errores en que cayeron otros pueblos de América.

En estrecha relación con las anteriores, está la cuarta cuestión que proponemos: ¿por qué quedó inconcluso el tratado de filosofía moral? Sabemos que lo que se refiere al último monstruo, el fanatismo, no llegó nunca a publicarse, después de haber sido planeado en la obra general como un tercer libro.

Varela tiene el presentimiento de lo que va a ocurrir desde que publica el primer volumen. En el breve prólogo que lo acompaña advierte a los lectores: «quedarán inéditos el segundo y tercer tomos si por desgracia no tiene buena acogida el primero, y éste deberá entonces considerarse como una obra separada».{8}

No obstante, del primero se hicieron dos ediciones seguidas, una en New York, en 1835 y otra en Madrid, en 1836. [24] Del segundo tomo sólo se conoce la edición de New York, de 1838.

En carta a Luz y Caballero de fecha 5 de junio de 1839, Varela le ruega encarecidamente que vea al Dr. Suárez, que al parecer estaba encargado de la distribución de la obra en Cuba, significándole la urgencia que tenía de pagar los gastos de la impresión. Al parecer, la venta de los dos primeros libros no logró el éxito que se esperaba, cosa estimada por algunos como la razón que tuvo el Presbítero para no publicar el mencionado tomo tercero de la serie, el dedicado al fanatismo.

En carta posterior de 23 de agosto dirigida también a Luz, Varela se lamenta del «desprecio con que han sido miradas mis «Cartas a Elpidio»», y se achaca la culpa a sí mismo, por haber creído que todavía tenía influjo sobre su pueblo, al que dedicaba sus momentos de reposo.

Ante este reproche justificado, el Comité Editor de las Obras de Varela, en la edición que lleva a cabo la Universidad de La Habana en 1944, nos dice con hondo sentido de justicia y patriotismo: «No, el influjo de estas «Cartas a Elpidio», como el de la más pequeña hoja literaria de Varela, no fue quimérico: fueron una contribución preciadísima en el desarrollo de nuestras letras e ideas».{9}

No obstante la creencia general de que únicamente por motivos económicos no pudo ver la luz el libro dedicado al fanatismo, hoy tenemos el testimonio de que hubo otras causas más definitivas. Alejandro Angulo Guridi sostiene dos entrevistas con Varela, tres años antes de su muerte, las que vieron la luz mucho tiempo después, y dice que al preguntarle la razón de por qué no terminó «Cartas a Elpidio», le contestó, rogándole antes que no hiciera público lo que le iba a decir hasta después de su muerte, advirtiéndole que él iba a ser el único depositario de un secreto penoso y de muchos años: «En esas cartas, yo me propuse —dice Varela— combatir una errónea creencia relativa a este país. Mis compatriotas creen que aquí existe una completa tolerancia religiosa, lo que no es verdad... Pues porque yo empecé a combatir ese error, mis paisanos se desagradaron, [25] y lo supe por varios conductos. Me censuraron por eso... ¿A qué pues continuar con mis «Cartas a Elpidio»? Me hirieron, señor, me hirieron mis compatriotas, cuando con muy sana intención hacia ellos comencé aquella obrita.»{10}

Nos explicamos ahora el golpe que debió ser para Varela la censura de aquellos a quienes iban dirigidos sus esfuerzos. La admiración casi ilimitada que había inspirado esta nación a la mayoría de los latinoamericanos que la consideraron como el país que era cuna y modelo de las libertades humanas, les impedía aceptar los juicios de Varela, que se debatía con muchas dificultades en el campo religioso de las diócesis de New York, Filadelfia y San Agustín. En aquel tiempo el catolicismo era muy limitado en los Estados Unidos y «prácticamente todo el territorio de la Unión Norteamericana era tierra de misiones».{11}

Ya sabemos, pues, la razón verdadera por la cual quedó inconcluso el tratado moral «Cartas a Elpidio». Entonces como ahora, algunos de aquellos a quienes va dedicado un beneficio, son los primeros que niegan, sin conocimiento de causa, a sus benefactores. Tenía razón Félix Varela, la tolerancia religiosa en este país estaba muy lejos de la idealización de los que no veían más que lo que querían ver. En esta entrevista, el propio Padre Varela le pone al entrevistador Angulo Guridi un ejemplo elocuente de dicha intolerancia. Pero el periodista, que también era de los que creían que este pueblo era un dechado de perfección, y a pesar de la admiración por Varela, no acepta su opinión sobre la tolerancia religiosa, y escribe al final de su crónica: «Iba yo repitiendo para conmigo las últimas palabras del virtuoso Varela, y pensé esto: ¡Cómo le ofusca su celo religioso!»{12}

Si no se publicó el tercer tomo, ¿se llegó por lo menos a escribir? Algunos críticos creen que tampoco se llegó a escribir. [26] A nuestro modo de ver, tuvo que ser necesariamente planeado y concebido, pues la obra en general era un todo orgánico y no una mera adición de partes diferentes.

José Ignacio Rodríguez reproduce la opinión de Juan Manuel Valeriano, discípulo de Varela, que oyó decir que el tercer tomo no llegó a publicarse porque Varela se figuró que no habían sido bien recibidos los dos primeros.{13}

Para que veamos hasta qué punto no era Varela un ofuscado, sino que, junto a su puro amor por Cuba sentía devoción por este país, veamos un párrafo que en el segundo volumen, el dedicado a la superstición, nos da la verdadera imagen de sus sentimientos de lealtad, no obstante las justas críticas que hacía a ciertos aspectos de las libertades norteamericanas. Dirigiéndose a Elpidio (pág. 108), su amado corresponsal, dice: «Yo soy en el afecto un natural de este país —los Estados Unidos— aunque no soy ciudadano ni lo seré jamás por haber formado una firme resolución de no serlo de país alguno de la tierra desde que circunstancias que no ignoras me separaron de mi patria. No pienso volver a ella, pero creo deberle un tributo de cariño y de respeto, no uniéndome a otra alguna.»

Examinadas las cuatro cuestiones alrededor del tratado «Cartas a Elpidio», lamentamos la no existencia del tercer volumen dado que el monstruo representado por el fanatismo es el resultado de los dos precedentes. Nunca como ahora ese gigante perverso del alma humana ha hecho tanto daño a la humanidad, especialmente en el orden político. La impiedad, engendrada por «el odio humano a Dios», como dice Humberto Piñera en el Prólogo a la edición de las obras del Presbítero realizada por la Universidad de La Habana en 1944, puede manifestarse en tres formas: por los que niegan la existencia de Dios; por los que la admiten, pero supeditada a sus caprichos e ideas; y por los que, aceptándola, se niegan a acatarla. Otra afirmación importante que se hace en este libro es que la impiedad destruye la confianza en los pueblos y sirve de apoyo al despotismo. ¿Por qué el hombre desconoce o niega la autoridad del Ser a quien lo debe todo? [27] Al examinar las causas de la impiedad considera Varela que pueden encontrarse en el corazón y en el entendimiento humanos y aclara que hay dos clases de impíos, los que lo son por convicción y los que lo son aparentemente.

En cuanto a los puntos fundamentales del libro dedicado a la superstición hace afirmaciones tan importantes como la de que «el hombre debe tener un conocimiento exacto de su Creador como base de su religión», para decir más adelante «así la religión ha de ser inalterable, en tanto la pluralidad de religiones es un absurdo filosófico». Por todo ello, «La superstición consiste en adorar una fingida divinidad o tributar un culto absurdo a la verdadera». Y asegura con penetrante sentido: «La tolerancia es una medida de paz, pero también de división».

Los críticos han querido caracterizar esta obra vareliana y Piñera se pregunta: «¿Qué son en realidad las «Cartas a Elpidio»?», para contestarse seguidamente: «Sin duda un ensayo de fundamentación de la vida moral sobre la base de la creencia en la religión revelada y el consiguiente acatamiento al principio de autoridad que la misma representa. Podría, pues, denominarse con cierta reserva un tratado de ética teológica.»{14}

Nosotros estimamos que el carácter de ese tratado conviene con lo que Varela consideraba necesario: que la moral tiene su fundamento en la teología, ya que no son dos compartimentos separados de la cultura, sino la continuación lógica de la primera respecto a la segunda.

¿Cuál es el estilo de este original tratado de moral? El estilo ha merecido alabanzas y censuras de parte de sus comentaristas y críticos. Raimundo Lazo, en el Epílogo de esa ya citada edición de la Universidad de La Habana, dice que la obra de Varela, llena de méritos artísticos e ideológicos «debe ser juzgada de acuerdo con su tiempo».{15} Nosotros, no obstante, consideramos que el contenido y el tratamiento filosófico de «Cartas a Elpidio» supera su tiempo, y sigue vigente en sus grandes afirmaciones. Lejos de ser una «obra tardía y anacrónica», como la considera el mismo crítico, tiene sentido perenne, puesto que los tres monstruos de que trata, [28] no son enemigos del hombre de aquellos tiempos solamente, sino que a todos los hombres amenazan en todos los momentos.

«De los dos libros, se ha considerado el primero, el referente a la impiedad, el de estilo más enérgico, comunicativo y pintoresco, sobresaliendo en él el valor ideológico», dice Lazo en el citado Epílogo.{16} Más adelante agrega en relación al segundo libro, el dedicado a la superstición: «Hay un plan análogo al del libro primero... El escritor luce menos espontáneo, variado y pintoresco y de estilo más laborioso y discursivo. Parece como si en el libro sobre la impiedad pesaran más las ideas generales, y en el dedicado a la superstición, el recuento de las experiencias personales; pero el espíritu de ambos es el mismo...»{17}

Lazo compara a Varela con Feijoo, pero lo considera superior en varios aspectos,{18} agregando finalmente: «Es, en fin, el primer moralista de su país cronológicamente, uno de los primeros por su valor literario y filosófico...»{19}

Diremos finalmente que sus juicios constituyen muchas veces verdaderos aforismos, dignos de ser recogidos en un volumen aparte. Los siguientes ejemplos confirman nuestra aseveración:

«El impío es hombre del momento, mas el justo es hombre de eternidad» (Libro I, pág. 24).

«Los dos santos principios de la felicidad Humana, la justa libertad y la religión sublime, están en perfecta armonía y son inseparables» (Libro I, pág. 31).

«La Iglesia no puede defender el despotismo, puesto que ha llevado a los altares a quienes lo censuran y atacan» (Libro I, pág. 47).

Se espanta el Presbítero ante el cuadro social y político que siembran la impiedad, la superstición y el fanatismo, de ahí su empeño en preparar al pueblo de Cuba para el disfrute de la verdadera libertad, razón por la que escribiera esta obra singular. Pensó, con razón siempre vigente, que sólo un pueblo virtuoso [29] puede ser efectivamente libre y efectivamente dichoso. De ahí que dijera con firmeza ejemplar «que el cristianismo y la libertad son inseparables (Libro I, pág. 62) y ratificara más adelante «...que el cristianismo es irreconciliable con la tiranía» (Libro I, pág. 63).

Mercedes García-Tudurí

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{*} Conferencia pronunciada por la Dra. Mercedes García-Tudurí en la sesión inaugural de la Sociedad Cubana de Filosofía (Exilio), el 21 de mayo de 1977, en el salón de actos de Biscayne College en Miami, Florida, U.S.A.

{1} Juan J. Remos. Historia de la Literatura Cubana. II Tomo. Ed. Mnemosyne Publishing Co., Inc. Miami, Florida. Primera edición. La Habana, 1945.

{2} Félix Varela. Cartas a Elpidio. De los tres tomos que debían de constituir la obra, el primero, dedicado a la Impiedad, fue publicado en New York en 1835, en la Imprenta de Don Guillermo Newell. El segundo, sobre la Superstición, en la Imprenta de G. P. Scoat y Cia., también en New York, en 1838. El tercer tomo, que iba a ser dedicado al Fanatismo, nunca vio la luz.

{3} Ibíd. Tomo I. «Prólogo», pág. II.

{4} José Ignacio Rodríguez. Vida del Presbítero Félix Varela. New York, 1876.

{5} Félix Varela. Ob. cit., pág. II.

{6} Raimundo Lazo. «Epílogo: El Padre Varela» y las «Cartas a Elpidio», pág. VIII. Edición de «Cartas a Elpidio». Universidad de La Habana, 1944.

{7} Ibíd. pág. XIV.

{8} Félix Varela, ob. cit., «Prólogo», pág. II.

{9} Comité Editor de las «Cartas a Elpidio». «Al Lector», Tomo I, págs. VII, VIII y IX. Biblioteca de Autores Cubanos. Obras de Félix Varela y Morales. Editorial de la Universidad de La Habana, 1944.

{10} Alejandro Angulo Guridi. «Dos entrevistas con el Presbítero D. Félix Varela». El Fígaro, Vol. XX, No. 28, 1904, pág. 350.
Deseamos aprovechar esta oportunidad para darle las gracias a la Dra. Ana Rosa Núñez, profesora y bibliotecaria de la Universidad de Miami, destacada investigadora de la obra del P. Varela, por habernos facilitado esta valiosa información, con la que se aclara un punto muy debatido en referencia a las «Cartas a Elpidio».

{11} Joseph and Helen Mc Gadden. Father Varela. Torch Bearer from Cuba. Monograph Series XXVII. United States Catholic Historical Society. New York, 1969, pág. VIII.

{12} Alejandro Angulo Guridi, ob. cit.

{13} José Ignacio Rodríguez. Ob. cit., pág. 296.

{14} Humberto Piñera. Introducción a las «Cartas a Elpidio». Ed. Universidad de La Habana, 1944.

{15} Raimundo Lazo. «Epílogo», ob. cit. pág. XI.

{16} Ibíd., pág. VIII.

{17} Ibíd., pág. XII.

{18} Ibíd., pág. XIV.

{19} Ibíd., pág. XIV.

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Mercedes García Tudurí Homenaje a Félix Varela
Miami 1979, págs. 19-29