Luis Araquistain
 
El peligro yanqui · 1921

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Luis Araquistain, El peligro yanqui, Madrid 1921, páginas 122-126

La Prensa · II

Por detrás de los periódicos

El caso del norteamericano Hearst, gran magnate de periódicos y una de las fuerzas sociales más grandes de los Estados Unidos, de que escribíamos en el trabajo anterior, es la forma más completa del poder de la Prensa contemporánea. Hearst no se contenta con que sus periódicos sean de los más leídos, por todos los medios posibles, ni que cuenten, como consecuencia, con publicidad abundante. Su última ambición no es la riqueza, sino el poder que con la riqueza se adquiere. Este tipo de creador de periódicos no se limita a ganar dinero a fuerza de lectores y de publicidad, sino que quiere acrecentar su riqueza para fundar o comprar más periódicos, para adquirir con ellos más poder y usarlo tiránicamente sobre la opinión pública, y, de rechazo, sobre los órganos del Estado. Felizmente, para el sosiego de los pueblos, no hay muchos Hearst en el mundo; la Naturaleza no es tampoco pródiga en Napoleones de la Prensa.

El mecanismo de la Prensa norteamericana, en su mayoría, no puede ser más simple. En realidad, es el mismo que en todas partes, con una doble diferencia: una distinta ética profesional en los periodistas, y un mayor dominio del anunciante sobre el periódico, condiciones ambas determinadas, en gran parte, por el grado de desarrollo económico del país. Por ética profesional periodística no debe entenderse, en los Estados Unidos, lo que en algunos pueblos europeos. En Europa, por ejemplo, no parece honrado que un periodista escriba contra sus propias convicciones o contra la verdad. En los Estados Unidos se supone que un periodista, como tal, no tiene opiniones propias, como no las tiene, como tal, un zapatero, a quien le es indiferente el criterio del fabricante o de la clientela para quien trabaja. Un periodista norteamericano hace un artículo o una información como un sastre un traje: a la medida y gusto del consumidor, sin que para nada intervenga su parecer personal. Por otra parte, no tiene escrúpulos en inventar o falsear hechos, con tal que acrecienten la venta del periódico. Su moral profesional le aconseja contribuir en la mayor medida posible al éxito numérico de la publicación donde trabaja, y si ese deber le obliga a mentir, su moral personal no se sentirá alarmada.

Pues bien, la mentira es uno de los grandes pilares necesarios de la Prensa norteamericana, la mentira en sus dos aspectos: la mentira expresa y la mentira tácita u ocultamiento de la verdad. He aquí el proceso de por qué la gran Prensa norteamericana necesita recurrir a la mentira. En los Estados Unidos, una de las industrias más fructíferas es un periódico con éxito. Esto engendra una gran cantidad de periódicos, y la gran concurrencia obliga a cada uno a superar al resto en el número y calidad de las noticias, para que sea también superior el número de lectores, y, por lo tanto, más y mejor pagados los anuncios. Pero con el sistema de las modernas agencias de información, es difícil sobrepasar en cantidad de noticias; no queda más recursos que vencer a los rivales en la calidad. Pero, a su vez, dentro de la verdad y la exactitud es también difícil distinguirse; sólo queda un arbitrio: trasponer las fronteras de lo exacto y lo cierto y aventurarse intrépidamente por la región de lo falso y lo fantástico. Así pueden suministrarse noticias sensacionales casi todos los días, y nunca faltan lectores bastante ingenuos o ávidos de informaciones imaginarias para buscarlas y digerirlas placenteramente.

De este tipo de mentira en gran escala hay, en la historia de la prensa norteamericana, ejemplos pintorescos y, a veces, temerarios. En 1836, el Sun, de Nueva York, reveló a sus atónitos lectores, apoyándose en el nombre del astrónomo Herschel, que la luna estaba habitada. Poco después el mismo periódico, adelantándose proféticamente a un hecho realizado en nuestro tiempo, anunció que un aparato de volar había cruzado el Atlántico en tres días. El autor de la patraña –aquí vidente anticipo de la realidad– fue Edgar Allan Poe. Otro caso es el del redactor del World, Minnock, que se fingió loco para ingresar en un manicomio, y cuando se descubrió el engaño y fue puesto en la calle, escribió un artículo asegurando que una enfermera había matado a uno de los orates. Se la procesó, duró el juicio tres semanas, y, a no haber declarado la verdad a tiempo el fantástico noticiero, es probable que la falsa asesina hubiera sufrido la dulce muerte de la electrificación. Cuando Harry Taw, héroe de la crónica de sucesos durante muchos días, fue encerrado en un manicomio, varios periódicos de Nueva York apostaron redactores suyos en la ciudad donde estaba la casa de locos, con el encargo de que siguieran mandando informaciones, reales o inventadas, de tal sujeto. Uno de los noticieros, no sabiendo qué mandar a su periódico, le telegrafió un día que el enfermo había sido encargado del gallinero del manicomio, y que en la puerta había fijado «diez reglas para la cría de pollos», también telegrafiadas. Esas diez reglas para la cría de pollos era el contenido de un folleto que el noticiero, en su tedio y desesperación, había leído en el salón de lectura de su hotel. El éxito del candido embuste fue enorme.

Mientras la mentira se circunscribe a este campo del sensacionalismo, el daño que produce, si se descuenta el que el periodista se infiere a sí mismo y a su periódico, como máquina de falsedades, no suele ser, en general, excesivo. La gravedad empieza cuando la mentira no se limita a atraer lectores, sino que trata, expresa o implícitamente, de complacer a los anunciantes. Todas las grandes corporaciones económicas, los «trust», tienen oficinas de Prensa en contacto constante con los periódicos más importantes. La casa de Rockefeller, por ejemplo, está servida por un agente de prensa, Ivy L. Lee, a quien paga 12.000 dólares por año. Rara vez ningún gran periódico escribe nada desfavorable a Rockefeller. Cuando la Comisión de Relaciones Industriales hizo que la Casa Rockefeller presentara su correspondencia y se descubrieron sus concomitancias con la gran prensa, ningún periódico dio la menor noticia. Y cuando un periódico, como el Rocky Mountain News, de Denver, no quiere guardar silencio sobre la forma bárbara en que se explotan minas donde está interesado Rockefeller, se le procesa por libelo y se le exigen indemnizaciones por 600.000 dólares, y, a la postre, se le compra por medio millón de dólares.

La Prensa norteamericana es sierva, como en ningún otro país, del anunciante. Un fabricante de zapatos, enterado a tiempo, puede conseguir que se eche al cesto un artículo donde se recomendaba el uso de un calzado de forma distinta al suyo. Los divorcios son el pasto más suculento de los periódicos norteamericanos, pero si él es un industrial que se anuncia mucho, como Charles W. Post, no haya cuidado que se sepa nada por la Prensa; sólo si quiebra, como Siegel, cuando ya no tenga nada que anunciar, la Prensa hablará de su vida privada. A veces, la confabulación de prensa y anunciantes lleva a resultados trágicos, como en el caso de Percy Marvin, un abogado de Buffalo, que organizó un negocio comercial que, por favorecer al público, perjudicaba a sus competidores. Quiso informar al público de su proyecto, esto es, anunciarse; pero ningún periódico de Buffalo, bajo la presión de los otros comerciantes organizados, quiso aceptar sus anuncios, con la consecuencia de que, llevado de la desesperación, se arrojó a la calle desde lo alto del Erie County Bank.

El anunciante –poderosamente organizado en los Estados Unidos– elimina de los periódicos cuanto le es desfavorable y desliza en sus columnas cuanto le conviene. Se trata, por ejemplo, de elevar el precio de las carnes. Las empresas que se dedican a esta industria movilizan sus oficinas de prensa y, a la par que envían francos anuncios de pago, remiten sueltos, hasta diagramas hablando de la escasez de la carne. Poco a poco, el público se convence de que la escasez es cierta, y cuando se le cree maduro, sin fuerza para resistir, aparece la elevación de precios. O se trata de elevar las tarifas ferroviarias. El ejemplo es típico. Los periódicos subvencionados, en una u otra forma, por las Compañías, comienzan a escribir de las pérdidas de las Empresas, de las «viudas y huérfanos» que no podrán cobrar sus dividendos, de la necesidad de emprender una política de economías que dejaría en la calle, sin trabajo, a millares de obreros... O bien, como ocurrió en 1914, cuando se abrió una información pública para estudiar las peticiones de las Compañías, algunos periódicos dirán en grandes titulares que las Empresas ferroviarias pierden 40.000.000 de dólares por año. No querían decir eso, ni lo decían en el texto –sólo en el título,– sino que al no concederles las tarifas deseadas, las Compañías dejaban de ganar 40.000.000 de duros. No era lo mismo, pero se preparaba el ánimo del público, que no lee más que los títulos, para la concesión.

En esta servidumbre de la prensa a la plutocracia en los Estados Unidos, hay excepciones muy valiosas, pero también muy escasas. El interés privado de la industria y el comercio puede más que el interés público. Los grandes monopolios económicos, con sus oficinas de prensa y sus anuncios espléndidamente pagados, dominan a los periódicos, que es como dominar a la opinión pública, que es como dominar al Estado.


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