Luis Araquistain
 
El peligro yanqui · 1921

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Luis Araquistain, El peligro yanqui, Madrid 1921, páginas 103-106

La hispanofilia · I

El español, lengua de moda

Los Estados Unidos son una nación cosmopolita. Lo revelan las numerosas lenguas que se oyen en trenes, tranvías, calles, teatros, restaurantes, bazares, en todo lugar multitudinoso. Lo denuncia también la gran cantidad de Prensa escrita en lenguas extranjeras. En 1914 había en los Estados Unidos 616 periódicos de lengua alemana; 127 de lengua italiana; 174 de lengua escandinava; 237 de lengua letona, y 275 de otras lenguas. Se explica esta Babel impresa. En los Estados Unidos había en 1910 un total de 13.515.886 extranjeros. Los países que en mayor proporción contribuyen a esta cifra son los siguientes:

Alemania, con 2.501.333; Rusia y Finlandia, con 1.732.462; Irlanda, con 1.352.252; Italia, con 1.343.125; Austria, con 1.174.973; luego siguen Inglaterra, Canadá, Suecia, Hungría, Noruega, Méjico, &c. El penúltimo país en emigración a la República norteamericana es la Turquía europea, con 32.230. ¿Y sabe el lector cuál es, entre treinta países, el que menos emigra a los Estados Unidos? España, que en el año indicado de 1910 sólo contaba con un total de 22.108 residentes. La Prensa española de los Estados Unidos es también de las más modestas. A fines de 1919 se publicaban en Nueva York un diario, tan mal escrito, que de ningún modo ganaba honra con su existencia nuestra lengua; un semanario, una revista mensual, La Reforma Social; en California, Hispania, revista trimestral, órgano de la Asociación Americana de Maestros de Español, y Mercurio, en Nueva Orleans.

Y, sin embargo, la lengua española es una de las que más se hablan. En hoteles, ferrocarriles, tiendas, oficinas públicas, fábricas y centros comerciales, es frecuente que al español se le responda en su propia lengua. ¿Cómo se explica esta paradoja de que sea uno de los más hablados el idioma que tiene en los Estados Unidos menos nacionales? La respuesta es sencilla: mientras los otros idiomas extranjeros los hablan sólo los emigrantes y se apresuran a olvidarlos sus hijos, en provecho del inglés, por comodidad, y también por sentimiento nacionalista –todo hijo de emigrante quiere pasar por más americano que el propio Lincoln– el español son los americanos mismos quienes lo aprenden. Este interés es reciente; nació de la guerra, del odio a Alemania y del amor mercantil a la América de lengua española.

Ciertamente, no puede negarse una genealogía más antigua y desinteresada a este interés por la lengua y cultura españolas en los Estados Unidos. Algunos de los libros mejores sobre temas literarios e históricos de España y la América de lengua española están escritos por norteamericanos. Conocidos de todos son los Cuentos de la Alhambra, de Washington Irving, uno de los libros que más han contribuido, en los países de lengua inglesa, a hacer de Granada y, en general, de España un país de ensueño y leyenda. Una de las mejores historias de la literatura española, tal vez la mejor todavía, a pesar de sus años, es de un norteamericano, George Ticknor. A otro norteamericano, a Prescott, le debemos dos de los libros más sugestivos de la epopeya de América, la Conquista de Méjico y la Conquista del Perú, y también una Vida de Felipe II, y una Historia de Fernando e Isabel. ¿Y quién ignora las traducciones, ya clásicas, de Longfellow, singularmente de las Coplas de Jorge Manrique? Con otros escritores norteamericanos como Lowell, Lea, Bancroft, John Hay, &c., están España y la América de lengua española no menos en deuda.

Pero este amor al español, en los últimos tres o cuatro años, es, inequívocamente, hijo de la guerra. Hasta 1917, los idiomas que más se estudiaban oficialmente eran el francés, el alemán y el latín. Al entrar los Estados Unidos en la guerra, con la persecución de los alemanes comenzó la persecución del idioma alemán. Se le expulsó de las escuelas. ¿Y con qué sustituirlo? Algunos espíritus clarividentes y enérgicos, como John D. Fitz-Gerald, profesor de la Universidad de Illinois, y Lawrence A. Wilkins, director de la Sección de lenguas modernas en las escuelas secundarias de Nueva York, vieron que le había llegado la hora al español, y comenzaron una poderosa campaña para sustituir con él al alemán en los Centros docentes. El esfuerzo tuvo éxito sin igual, porque al propio tiempo que se daba la batalla a un idioma «enemigo», se adquiría otro que era llave del vasto comercio con la América de lengua española.

Merecen conocerse algunos de los datos de esta victoria. En varios cursos de Universidades y colegios era obligatorio el aprendizaje del alemán o el francés. Actualmente ya se ha logrado que en diversas Universidades y colegios, sobre todo hacia el Oeste, sea el español uno de los idiomas opcionales. Pero el castellano se enseña también en varias escuelas secundarias.

He aquí el número de alumnos matriculados en varios idiomas en las escuelas secundarias (High Schools) de Nueva York:

 Marzo 1917Marzo 1919
Alemán23.8983.287
Castellano13.36225.729
Francés14.71420.920
Griego 197
Italiano 66
Latín17.40915.234

Como se ve, el español era el idioma extranjero más estudiado en Nueva York durante el año de 1919, y la tendencia era a aumentar. Probablemente, pasada ya la guerra, sobrevendrá una reacción en perjuicio del castellano y favorable al alemán; también los idiomas habrán de acogerse al Tratado de paz. Pero el español ha conquistado un puesto del que no se le desalojará fácilmente mientras los mercados del centro y del sur de América tienten a los industriales y comerciantes del Norte.


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