Luis Araquistain
 
El peligro yanqui · 1921

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Luis Araquistain, El peligro yanqui, Madrid 1921, páginas 79-83

La evolución social · IX

Del anarquismo al sindicalismo

Hay temperamentos de tendencia apolítica constante, temperamentos impacientas, apasionados, movidos por una hiperestésica emoción de justicia, que quieren extirpar los males de la sociedad por un ataque de frente, en línea recta, mediante la acción directa e impetuosa. Hay otros que son de tendencia variable, partidarios, unas veces, de la acción indirecta, de la curva, del rodeo, de la táctica legalista o política, y, otras, defensores de la táctica opuesta o anarquista: el cansancio y la desilusión en una táctica les conducen a la contraria, como un péndulo en movimiento incesante. Y existe otra clase de temperamentos, en fin, de tendencia política constante, que son los que en mayor abundancia florecen en los países y períodos de continua fluidez social y de sólida formación histórica, en una Inglaterra, por ejemplo, modelo de permanencia nacional y de evolución política. Los temperamentos apolíticos constantes o variables hallan mejor atmósfera en los países viejos y anquilosados y en los países nuevos y movedizos.

No es, pues, extraño que los Estados Unidos hayan sido almáciga de ideas y movimientos anarquistas, refugio de hombres de tendencia apolítica que iban de Europa, o perseguidos por los gobiernos o espontáneamente, por ver en América terreno más favorable a sus concepciones de reforma social. El anarquismo norteamericano adquiere resonancia hacia el 1880. Se forman clubs revolucionarios en varios puntos de la República. En 1881 se celebra en Chicago –la Barcelona norteamericana– un Congreso de todos estos núcleos anarquistas dispersos. Se inspiran en la Asociación Internacional del Pueblo Trabajador, que se funda en julio de 1881 y tiene su centro en Londres; es conocida también por la Internacional Negra o anarquista, por oposición a la socialista. Del Congreso de Chicago nace una nueva organización, llamada Partido Socialista Revolucionario, más bien anarquista, a pesar del nombre, que es una especie de federación de grupos locales autónomos, vinculados entre sí por una oficina de información que tiene su asiento en Chicago.

Pero este movimiento apolítico no culmina sino en el Congreso que tiene lugar en octubre de 1883 en Pittsburgh. Allí se redacta y se publica el famoso manifiesto de Pittsburgh, dirigido a los «obreros de América». Es, en gran parte, una glosa del Manifiesto Comunista; y su autor predominante es el anarquista alemán Johann Most. (Dicho sea incidentalmente, las ramas más extremas del movimiento obrero de los Estados Unidos, la anarquista, la sindicalista y la socialista, han estado casi siempre nutridas y dirigidas por alemanes. Continuamente aparecen nombres alemanes prominentes, y la mayor parte de los periódicos revolucionarios llevan títulos alemanes; los escritos en lengua inglesa representan, en general, la tendencia moderada.) Most es un anarquista de acción; cree en la propaganda por el hecho y no tiene fe en la acción política ni en el sindicalismo gremial o templado. Este espíritu inspira, principalmente, el manifiesto de Pittsburgh.

Sin embargo, en ese mismo Congreso de Pittsburgh se esboza una nueva tendencia, en que está como el germen del sindicalismo actual. La encarnan Augustus Spies y Albert R. Parsons, directores respectivos de los periódicos Vorbote y The Alarm, y equivale a una transacción entre el anarquismo puramente individualista y los sindicatos simplemente gremiales. No creen en el socialismo, pero reconocen «en el sindicato el grupo embrionario de la futura sociedad libre», y prevén que llegará «un día en que todos los sindicatos y anarquistas necesitarán convertirse en una y la misma cosa». De esta fusión del anarquismo y las sociedades obreras surge en los Estados Unidos el sindicalismo moderno, exactamente como en Cataluña; el paralelismo es tan evidente y aleccionador, que bien debiera merecer la atención y el estudio de cualquiera de nuestros sociólogos profesionales.

Pero el anarquismo, tal como aparece simbolizado en la Internacional Negra, tuvo un fin terriblemente trágico en la bomba de Chicago de 1886. El 3 de mayo de ese año hubo un mitin de huelguistas junto a una fábrica. Por una reyerta entre los huelguistas y unos esquiroles, acudió la policía en gran masa, y al ser recibida a pedradas, hizo fuego, mató a cuatro obreros e hirió a muchos. Al día siguiente se celebró otro mitin de protesta en la Haymarket Square. Hablaron Spies, Parsons y Fillden. (El primero había publicado la víspera, después de la agresión de la policía, una proclama que contenía estas palabras: «Obreros, armaos y presentaos con toda fuerza»). El tiempo amenazaba tormenta y la muchedumbre se dispersó; sólo quedaron unos centenares para escuchar al último orador, a Fillden. Poco después se presentó una patrulla de guardias. Fillden gritó al capitán que el mitin era pacífico. De pronto, alguien arrojó una bomba contra la policía y mató a un sargento y derribó al suelo a unos sesenta guardias. Fueron detenidos varios directores anarquistas. No se descubrió al autor de la bomba, pero como supuestos inductores, fueron condenados: Oscar W. Neebe, a quince años de presidio, y Spies, Schwab, Fillden, Parsons –que se entregó espontáneamente durante el proceso,– Fischer, Engel y Lingg, a muerte; la sentencia de Fillden y Schwab se conmutó por la de prisión perpetua, y Parsons, Fischer, Engel y Spies fueron colgados el 11 de Noviembre de 1887.

Así terminó, en realidad, la Internacional Negra y el anarquismo intransigente. Pero la tendencia sindicalista, después de una veintena de años de retraimiento, renació otra vez en 1905, en que de un Congreso celebrado en Chicago por 186 representantes de varias organizaciones obreras, surgieron los «Industrial Workers of the World» (Trabajadores Industriales del Mundo). Es una organización claramente sindicalista. Sus bases, tal como las describe uno de sus historiadores, Vincent St. John, son las siguientes:

1.ª La unidad de organización es el sindicato industrial local que comprende a todos los obreros de una industria dada, en una ciudad o distrito dado.

2.ª Todos los sindicatos locales por industria se unen en un sindicato industrial nacional, que tiene jurisdicción sobre toda la industria.

3.ª Los sindicatos nacionales por industria se unen con las industrias similares en organizaciones departamentales. Por ejemplo, todos los sindicatos nacionales por industria que se ocupan en la producción de alimentos y en su distribución, formarán un Departamento de Productos Alimenticios. Las divisiones nacionales de la industria de transportes, según sean a vapor, por el aire, por el agua o por tierra, forman el Departamento de Transportes.

4.ª Los departamentos industriales forman luego una Organización General, que, a su vez, es parte integrante de una Organización Internacional, encargada de establecer la solidaridad y cooperación de todos los trabajadores del mundo.

Como se ve, este es un sindicalismo por industrias, no por oficios; tampoco se identifica con el Sindicato único, en que desaparecen, no sólo las diferencias de oficio, sino de industria, para constituir un todo heterogénea y confuso. Los I. W. W. están equidistantes de los partidos obreros políticos, de las organizaciones obreras no políticas del tipo de la Federación Americana del Trabajo y de la idea del Sindicato único. Pero de los I. W. W. –está visto que en los Estados Unidos las desintegraciones e integraciones obreras no tienen fin– nació un nuevo organismo: la Unión Industrial Internacional de los Trabajadores, de tendencia socialista, esto es, política. Es el péndulo del espíritu moviéndose de la recta a la curva y de la curva poco acusada a la más curvada.

¿Cuál será el porvenir del sindicalismo en los Estados Unidos? El anarquismo histórico parece definitivamente liquidado, como en todas partes; el sindicalismo gremial y oportunista de la Federación Americana del Trabajo no entusiasma ya a nadie; el socialismo político e histórico, con un sistema parlamentario que produce tedio a los pueblos, tampoco parece el ideal de la clase obrera norteamericana; el sindicalismo por industrias es una novedad que acaso la atraiga. Tal vez nunca se fundan estas tendencias antagónicas, tan arraigadas en el espíritu humano; tal vez se entiendan y federen, respetándose su autonomía y su personalidad, en un fin común.


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Luis Araquistain
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