Luis Araquistain
 
El peligro yanqui · 1921

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Luis Araquistain, El peligro yanqui, Madrid 1921, páginas 72-74

La evolución social · VII

Una democracia sin libertad

Hemos descrito en trabajos anteriores la organización obrera no política de los Estados Unidos, representada principalmente por la Federación Americana del Trabajo. La Federación significa el centro, voluminoso, pesado, lento, del gran ejército de la clase obrera norteamericana. Queda por examinar la vanguardia, la caballería ligera de ese ejército, la que va de frente, que es la organización socialista, y la que ataca de flanco, que es la sindicalista. Detengámonos primero en la socialista.

Un hecho sorprende pronto en los Estados Unidos: el socialismo es allí aún una herejía social. En los países europeos se ha pasado, hace tiempo ya, de esa fase. En unos compartió el Poder durante la guerra; en otros, lo sigue compartiendo o lo monopoliza; en varios –en Inglaterra entre otros–, es oposición poderosa, propincua al Poder; en algunos es hasta moda, y en todos se le respeta y hasta se le contempla como un reserva de fines conservadores por contraste con el bolchevismo. En los Estados Unidos, un socialista pasa generalmente por un enemigo de la patria o por un extranjero –aunque sea nacido o esté nacionalizado en el país– poco deseable, como los judíos y los emigrantes de los pueblos eslavos. Para los norteamericanos, el socialismo es una doctrina extranjera que se combate del mejor modo estorbando por todos los medios a su circulación, cerrándole todas las puertas interiores de la sociedad norteamericana cuando los portadores son nacionales, y expulsándolos cuando no están nacionalizados.

Un amigo mío, socialista europeo, fue presentado por carta a un caballero norteamericano por otro compatriota suyo, en una forma inusitadamente pintoresca. La carta, en la intención, venía a decir lo siguiente: «El señor que le presento, aunque socialista, no es un iluso psiquiátrico, sino un hombre inteligente y mentalmente normal; no se come los niños crudos ni acostumbra poner bombas. Desilusiónese usted: ¡ni siquiera es pintoresco!, esto es, no va sucio, y viste como la mayoría de los hombres.» No eran estas las palabras, pero ese era el espíritu. Sólo con una presentación así puede circular un socialista en los Estados Unidos. Pero esa presentación hay que repetirla constantemente: en el caso referido, el caballero a quien fue presentado mi amigo creyó necesario, al darle cartas para otras personas de su relación, sacar copias a máquina de la descripción original de aquel socialista extranjero y añadir una a cada carta, para que la responsabilidad de lo que pudiera ocurrir recayera por entero sobre el presentador primitivo. ¡Por si acaso!

La prensa socialista circula con gran dificultad. En algunas ciudades ni quieren venderla los puestos de periódicos. En Washington, por ejemplo, donde se encuentran periódicos de casi todo el país, no hay más que un puesto donde se venda el Call, diario socialista de Nueva York. Los otros considerarían como un deshonor el expenderlo.

Cuando las autoridades pueden, no tienen reparo en prohibir la publicación de un periódico, como The Masses, de Max Eastman. Pero cuando no es posible la supresión franca, porque los portillos de la ley no son bastante anchos, existen otros medios de aniquilar una publicación enojosa. Hay, por ejemplo, una ley que autoriza al departamento de Correos a secuestrar publicaciones de carácter inmoral. Como este carácter no está taxativamente definido, cuesta poco incluir en esa definición cualquier periódico de opiniones radicales. Así se persigue, entre otros, a la revista mensual Liberator, descendiente de The Masses. Apenas puede circular por correo, y eso equivale a tanto como a hacerle la vida imposible.

Un profesor de Universidad no puede ser socialista en los Estados Unidos, y, en muchos casos, ni siquiera titularse liberal. Uno de los representantes más altos de las nuevas generaciones, Waldo Frank, dice en su libro Our America (Nuestra América) –modelo de independencia mental, de sagacidad histórica y de estilo literario– las siguientes, duras, pero exactas palabras: «Los maestros fueron arrojados perentoriamente de las escuelas públicas, no sólo porque sus enseñanzas fueran socialistas, sino por el simple deseo de anotar en sus clases, o fuera de ellas, ciertos hechos, sobre todo los relativos a Rusia. De pronto se encontraron en la calle profesores de importantes Universidades, a causa de su actitud liberal frente a los cambios sociales.» Varios profesores así despedidos, y otros que por dignidad profesional se solidarizaron con ellos, han fundado en Nueva York la «Escuela Nueva de Investigaciones Sociales», primer intento de Universidad libre. De ella forman parte hombres de ciencia tan eminentes como James Harvey, Robinson, Charles A. Beard, Thorstein Veblen, Harold J. Laski y otros que constituyen la vanguardia del pensamiento norteamericano.

A muchos extrañará que el socialismo esté en los Estados Unidos todavía en el estadio, que podríamos llamar de persecución primitiva, en el estadio por que pasó en Europa alrededor de hace medio siglo. ¿No era la República norteamericana uno de los países más libres del mundo? Un norteamericano me dio hace poco la definición más exacta de su país: «Es una gran democracia sin libertad.» He aquí un gran peligro: un pueblo que sea demócrata, esto es, que se gobierne soberanamente a sí mismo, pero que no sienta respetos por la libertad. Y así como la libertad sin democracia es sospechosa, una democracia sin libertad es insufrible. Pero queríamos hablar del socialismo en los Estados Unidos, y, hecha esta impresión de ambiente, buscaremos sus hilos y causas históricas.


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