José Verdes Montenegro y PáramoNuestros hombres de ciencia (1889)

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José Verdes Montenegro
Nuestros hombres de ciencia

Menéndez Pelayo

Marcelino Menéndez Pelayo 1856-1912

No hay más que una ciencia; ciencia suprema, universal, más trascendente que la teoría de la evolución, o por lo menos tanto; ciencia de aplicación inmediata en todos tiempos y lugares, y para todos los hombres, cualquiera que sea su raza, sexo, temperamento, y la profesión, el arte o la industria a que se dediquen: aprovechar el tiempo. Así se enuncia esta ciencia de las ciencias, la más útil, la más práctica: sciencia scien... no, no lo digo en latín, porque no lo entendería yo mismo, y, de los demás, solo Menéndez Pelayo y algún otro traducirían lo escrito. Dejemos al Lacio en paz, no digan que es falta de educación hablar en idiomas desconocidos.

¡Felices los que poseen esa ciencia! Por ella se llega a sabio, a poeta, a banquero, a senador [62] o a ministro; por ella, los hombres se hacen hombres, según dicho vulgar que supone que hay hombres que no lo son, los que no llegan a hacerse; por ella las sociedades se constituyen, las naciones prosperan, la humanidad progresa. Su único precepto es más grande que el Nosce te ipsum del templo de Delfos, que el Ve del Judío errante; en la Universidad y en el Congreso, en los Ministerios, en los Casinos, en el Ateneo, en todas partes, hasta en las esquinas de las calles, debía verse repetido este lema admirable: aprovechad el tiempo.

Feliz Menéndez Pelayo, que es de los pocos españoles que lo aprovechan. Suyo es el pasado y la mitad del presente; el primero porque lo conoce como ninguno, el segundo porque lo aprovecha como pocos. No hablo del porvenir, porque estimo que sólo con la inspiración divina se hace posible la profesión de profeta.

El tiempo es un capital, según el proverbio inglés, y Menéndez Pelayo ha encontrado el medio de hacer producir a ese capital un interés elevadísimo. He oído decir que hasta cuando come tiene un libro delante: ¡oh esprit fort y también estómago fuerte! Seguro estoy de que la inmensa mayoría de los españoles perdería con esto las ganas de comer. El uso de tales aperitivos acredita en él una gourmandise [63] intelectual muy rara en estos tiempos que no sé si atravesamos o nos atraviesan; pocos, muy pocos aceptarían una invitación acompañada del menú siguiente:

Puré á la Reine
(De oratore. M T. C. Lib. III.)
Filets de boeuf
(El idealismo absoluto. Sanz del Río.)
Saumón sauce tartare
(Pensées. B. Pascal. Art. l.º tout complet.)
Des artichautis á la poivrade.

Et sic de cœteris –esto no se come.– Emplazo a Cavia, el más ilustre de nuestros cocineros literarios, a que dé su opinión sobre un menú semejante. Él solo, cuya autoridad es indiscutible, es capaz de decidir hasta qué punto podían ser sustituidos los banquetes amenizados con música, que ya llevan mucho tiempo de boga, por los banquetes aburridos con literatura, que hasta ahora sólo algunos frailes soportan.

Si he de hablar con franqueza, pienso que el entusiasmo que por Horacio siente Menéndez Pelayo, es lo único responsable de esta costumbre del joven catedrático. Comer y estudiar al propio tiempo, es cosa que sólo puede ocurrírsele a quien se halle muy empapado de aquella advertencia del lírico latino: [64]

Omne tulit punctum qui miscuit utile duci.

(Esto sea dicho sin pretensiones de humanista).

¡Oh hipóstasis misteriosa de la cocina y las letras; tú que has creado el Chateaubriand con trufas, único modo de hacer asimilable a un poeta francés absolutamente indigesto, haz que un Lhardy del porvenir bautice con mi nombre alguno de sus delicados inventos; y así las generaciones futuras, ya que no en los catálogos de las librerías, me hallarán en las cartas de sus banquetes con este expresivo título, pongo por caso: Montenegro con patatas.

Ahora me explico que Menéndez Pelayo sepa tanto como sabe; pero hasta este momento confieso que al ver en él un monstruo de veras –no como Cánovas– para comprender cómo un hombre podía haber llegado a saber tantas cosas en tan poco tiempo, se me hacía preciso creer en las ideas innatas, o en infusiones y metempsícosis extrañas, o aceptar la teoría de un poeta de ingenio incomparable sobre la concepción de este prodigio, según vox populi, que es por rara casualidad vox cœli, o vox veritatis, por lo menos en la ocasión presente.

Y es lo raro del caso que Menéndez Pelayo, uno de nuestros sabios más populares, es también el menos conocido: apenas hay español [65] que no hable de Menéndez Pelayo, y, sin embargo, el noventa por ciento de los que toman su nombre en boca no han leído diez páginas de sus libros. No apenará esto al autor de la Historia de las ideas estéticas, que harto bien sabe que sus libros no serán nunca populares, y hasta tiene el singular acierto de no escribir nada para el vulgo. Esta unanimidad con que todos asienten a su fama, aun sin tener de él directo, auténtico conocimiento, que diría Salmerón, es la mejor medida de su valía, porque supone un crédito considerable; y sucede a esas buenas gentes con Menéndez Pelayo lo que a mí con el Banco de España, del cual no vacilo en afirmar que emite gran número de billetes siquiera no vea uno sino por rara excepción, y allá de higos a brevas, como vulgarmente se dice.

Cortos de vista son los liberales que abominan de Menéndez Pelayo por las ideas que profesa. Yo pienso que pasa en punto a amor a la libertad, lo que con la escala termométrica acontece. El frío no es nunca positivo: el 0° no indica frío, sino una cantidad pequeña de calor. El cero absoluto es un concepto teórico, estaría a -237° y mucho antes de llegar a esa cifra la vida es imposible.

Pues del propio modo no creo que haya un [66] hombre que en la escala de su amor a la libertad señale el 0 absoluto, ni siquiera el 0 convencional, y mucho menos Menéndez Pelayo, de quien creo que han juzgado muchos con precipitación y no conociéndole sino superficialmente.

No quisiera hacerme sospechoso en estas cuestiones; pero tengan todos por cierto, que no habiendo un solo hombre que en este sentido esté bajo 0, los más reaccionarios hacen la causa de la libertad; y el que tenga confianza en la evolución progresiva de la ciencia, y el que crea de veras que un necesarismo circunspecto es la única ley histórica, y que las cosas suceden como suceden, y marchan bien, porque no pueden suceder de otro modo, anhele que el tráfico de ideas sea grande sin preocuparse de cuáles son éstas ideas: el tiempo se encargará de depurarlas.

Muchas ideas, no importa su procedencia: las ideas se transforman unas en otras como las fuerzas físicas. Unid por una cuerda sin fin una máquina Gramme a una locomóvil, y lo que es calor en ésta será electricidad en aquella: haced pequeñas sustituciones de palabras y el propio Génesis será el canon del más grosero materialismo.

La unidad de las fuerzas físicas y la unidad [67] de las ideas es igualmente indiscutible. ¡Quién sabe si serán una propia cosa en el fondo! No alardeéis de libre-cambistas si luego rechazáis todo valor que no esté en forma de moneda. Aprovechadlo todo cómo y dónde se ofrezca, al modo como el mecánico ganoso de utilizar las fuerzas naturales, allí las esclaviza donde las encuentra, sin preocuparle la forma en que se manifiesten: de energía química, de movimiento de aire, de salto de agua, o de caída de temperatura. El carácter del hombre de ciencia ha de tener algo del carácter del avaro que todo lo aprovecha: no vaciléis en exagerar, en radicalizar esta tendencia: recoged el lodo mismo con que un borracho, por acaso, os salpicase el rostro, y si sois artistas pronto convertiréis aquella masa repugnante en un prodigio de la estética.

Menéndez Pelayo es liberal a su modo, y a su modo lo es tanto, que raya en revolucionario.

Tendría un verdadero sentimiento en salir de esta vida sin haber leído a Proudhon: no porque piense dar en la otra conferencias más o menos luminosas sobre Proudhon y su tiempo, o cosa por el estilo, sino porque tengo para mí –para mí sólo– que el ilustre publicista no era un hombre con inteligencia, sino una [68] inteligencia con hombre. He visto y aun hojeado muchos libros intitulados Errores de Proudhon o Sofismas de Proudhon o Contradicciones de Proudhon, y no he podido menos de pensar que este hombre era dos veces grande: sus contradicciones le han hecho célebre; es decir, que debe su nombradía a aquello con lo cual otros hombres, todos los hombres, sólo pueden inspirar lástima o menosprecio.

Pues después de Proudhon –o antes, porque ya he dicho que aún no he trabado con él relación ninguna directa, y sólo le conozco por las críticas de sus adversarios, espejo vidrioso en que no es posible reconocer a nadie,– nadie habrá llegado en punto a contradicciones a donde Menéndez Pelayo ha llegado con firmísima planta.

El, de quien todos creíamos que si tenía en su cerebro el archivo de los documentos históricos, del mismo modo tenía en su corazón un altar en que rendir culto a las ideas tradicionales que sobre esa ciencia, o lo que sea, vienen rigiendo, entra en la Academia poniendo a sus compañeros, al decir de Campoamor, de patitas en la calle: afirma que la Historia es grande, bella e interesante, no porque el historiador sea imparcial, sino, al revés, por su parcialidad manifiesta: dice que la ama, no porque [69] sea maestra de la vida, sino porque es un puñal y una tea vengadora.

Descartando la afirmación primera, que no hace a este asunto, y quedándonos con la segunda, yo pregunto si han ido más allá de esta conclusión los radicales necesaristas que, tratando con noble empeño de llevar la sociología a la física, no admiten otra moral que esa moral natural, universal y eterna que se contiene en la relación de causa a efecto de las mutuas reacciones de las cosas.

En fin, crean ustedes que no puede ser muy reaccionario un hombre que vive a la moderna y se hospeda en el hotel de las Cuatro Naciones.

Lo que sucede es que ha corrido la voz de que Menéndez Pelayo sabe mucho latín, y hemos dado en la flor de llamar curas a los que saben algo de esa lengua –no sé por qué, yo creo que son estas buenas gentes los que menos la entienden;– y así, posiblemente no hubiera sido Menéndez Pelayo objeto de tan erróneo juicio si, como yo, por ejemplo, no conociese más lengua muerta que la de jabalí, ni poseyese otra lengua viva que la que tiene en la boca.

–Es un gran memorión,– dicen algunos de él, creyendo que con ello le rebajan. La memoria [70] es la caja de fondos de la banca de la inteligencia, y yo no sé de ninguna empresa cuyo acometimiento no exija ante todo y sobre todo un capital efectivo.

Respecto de la memoria, tengo yo una teoría de la que a nadie me ha sido dado convencer, ni siquiera a mí mismo. Sí, hablo seriamente: yo creo que es preciso hacer depender la memoria de la mayor o menor cohesión del cerebro. Ello es que, tomando un ejemplo del reino mineral –único reino en el que las cosas se ven con claridad relativa,– las infinitas impresiones con que la realidad cuotidianamente nos apedrea, quedan en unos y son rechazadas en otros, ni más ni menos que si allí toparan con algo blando que impidiera el rebote, y aquí con una masa de mármol, diría Musset, untada de aceite por la que resbala todo; y a veces una misma impresión se grava más profundamente que otras, penetra más adentro, como si dependiese el efecto útil, de la fuerza viva con que nos hiere la cosa que nos hiere, quizá por la velocidad adquirida, y de la tenacidad de la superficie golpeada... En fin, toda una teoría o explicación física de la memoria, que no ha tenido, no sé por qué, la fortunada hacer prosélitos, ni siquiera la de contar a su autor como único partidario: desgracia semejante [71] a la del pesimismo Schopenhaueriano en la época en que el filósofo alemán por pura broma, creo yo, y sin tomar muy en serio su sistema, se dedicaba a estéril cuanto activa propaganda.

Mas volviendo al punto de partida, a la casa paterna, hijo pródigo arrepentido y fatigado del vicio de las insustanciales disquisiciones que frecuentemente me domina, diré que no ha sido mi objeto hacer simpática a los liberales la figura de Menéndez Pelayo, preparando con esto evoluciones que probablemente ni él mismo habrá pensado verificar: nada menos que eso. Nada me sería más inverosímil, más fuera de su sitio, y quizás más antipático, que Menéndez Pelayo sentando plaza, no ya en la federación, pero ni en las mismas filas de la monarquía democrática: bien está donde está y dure muchos años. Frente a nosotros le quiero para verlo de lleno, no militando a nuestro lado.

Y sobre todo, adversarios como somos en la lucha de las ideas, complazcámonos en reconocer los méritos del contrario: la batalla sigue y no lleva trazas de terminar en un breve plazo: allá veremos, y a quien Dios se lo dé San Pedro se lo bendiga.

Transcripción íntegra de las páginas 61-71 del libro Nuestros hombres de ciencia
Establecimiento tipográfico de Lucas Polo, Madrid 1889.
 


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