José Verdes Montenegro y PáramoNuestros hombres de ciencia (1889)

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José Verdes Montenegro
Nuestros hombres de ciencia

Azcárate

Gumersindo de Azcárate 1840-1917

Sin apelar a la vulgaridad de que el sentido común es el menos común de los sentidos, bien podemos explicarnos que no sean, a veces, las cosas más claras aquellas cuya aceptación es más fácil. Debilitado nuestro estómago por el abuso de los condimentos, es con frecuencia impotente para digerir la carne cruda; y así, nuestra inteligencia, acostumbrada por los sofistas a ideas enmarañadas y a enrevesados conceptos, ha podido llegar a ser inepta para la asimilación de todo cuanto ostenta el puro y simple carácter de la evidencia inmediata.

La reacción contra este estado de cosas ha debido iniciarse en el punto y hora en que tales cosas se iniciaron, pero su eficacia no ha sido muy grande hasta el presente. [44] La clarividencia presupone una gran potencialidad intelectual –aunque la potencialidad no arguya clarividencia,– y los gigantes del pensamiento no son la regla, sino la excepción, como lo son los gigantes en estatura: jalones que fija la naturaleza distantes de su realidad actual para dirigirla hacia ellos, como el cazador pone el blanco delante de sí para enderezar a él sus tiros: individuos heterocrónicos con los que son sus contemporáneos: casos de atavismo inverso; anticipaciones de la humanidad que confía alcanzar tal grado de perfección en el lento, pero continuo proceso de su evolución a través de las edades venideras.

Azcárate representa en nuestros tiempos esa protesta, y Azcárate no triunfará tampoco. La industria del plateado y azogado nos ofrece lunas de cristal purísimo en que los objetos se reflejan con verdad y precisión exquisitas: placas de vidrio en las cuales se ve uno monstruoso y deforme, a trechos como uno es, y a trechos como no es ni puede ser nadie; y, en fin, espejos parabólicos que nos representan horriblemente desfigurados, tales, como si hubiéramos sufrido los golpes de un martillo pilón. Descartando este último género, que solo tiene correspondiente en las alucinaciones de los locos, todas las inteligencias corresponden [45] a los dos géneros primeros, y la inmensa mayoría al segundo. Las lunas de Venecia, esas lunas cuya exquisita diafanidad depende no sólo del grado de pulimento, sino también del material empleado, son, hoy por hoy, rarísimo objeto patrimonio de afortunados poco numerosos. ¿Qué importa que Azcárate sea uno de ellos? En el espejo vidrioso de la inmensa mayoría, la realidad se deforma al reflejarse, y ellos toman la imagen deforme por expresión exacta de la realidad. Imaginen Vds. una epidemia de daltonismo, y hagan que un individuo sano explique a los atacados la sensación de los siete colores...

Pero si esto es así, ¿cómo Azcárate tiene un inmenso prestigio y goza de una reputación singularísima? Antinomias sociales, que diría cualquier novel tratadista. Los hombres, ¿para qué negarlo? tienen por regla general inteligencia, pero tienen también cuerpo; aunque en el Ateneo se haya sostenido ingeniosamente lo contrario por uno de los más distinguidos oradores. Hay muchos intereses creados al calor de los sistemas que Azcárate combate, y un interés no se convence nunca de lo que le anula y mata, como nadie obra en contra suya si no es por fuerza superior obligado. Así, resulta que sus más encarnizados enemigos dicen: [46] Azcárate es una inteligencia poderosa. –Pues entonces, podría objetárseles, si Vds. no piensan como él, reconocerán Vds. que no tienen poderosas inteligencias. No sé qué responderían a esta observación: apenas si yo, en su caso, encontraría otra respuesta que aquello de dame pan y llámame tonto.

Esto que así sucede es irremediable porque es humano y, por lo mismo, de siempre.

El hombre no tiene en nuestras sociedades valor substantivo, y en este orden de cosas a que nos referimos, no es sino representante de sus ideas. Anular las soluciones que un individuo determinado defiende, es como quitar sus credenciales a un embajador, o a una nuez la almendra que contiene: uno y otra dejan en aquel punto de ser embajador y nuez, reduciéndose respectivamente a caballero particular y a cáscara vana. Es privarle de su derecho a la vida y sólo se muere en virtud de sentencia ineludible. No hay que empeñarse en abrir ostras por la persuasión: nadie se convencerá nunca de que es falso aquello que constituye, lo que llamarían los filósofos, única razón de su existencia. Por eso no persuadirán Vds. de que es fea a mujer ninguna: por eso en el espejo de su vanidad no hay un solo hombre que se vea con cabeza de burro, cuando hay tantos que la [47] tienen: por eso se usa mucho entre nosotros de una modestia invertida que, como los gemelos de teatro tomados al revés, empequeñece cuanto a través de ella se observa, con lo que resulta grande el observador que se ve a sí propio con vista natural.

Esta singular clarividencia de Azcárate le ha inspirado, sin duda, tal confianza en la virtualidad de las ideas que sustenta, que en la expresión de sus ideas apenas cuida de su parure y aliño: como la madre de muchachas hermosas que menosprecia la toilette de sus hijas segura de que en ellas tienen suficientes atractivos. La oratoria de Azcárate es una singular oratoria con la que se aspira a que la idea valga por sí, y no por la forma en que se exprese. Expone el orador su criterio sin recomendarlo con frases pomposas ni con períodos previamente arquitectados. Como el abogado de Phryné, presenta al público la idea que defiende, y fía en que ella misma, por su propia realidad, inclinará en su favor el ánimo del Jurado.

Alfredo Calderón ha escrito un hermoso artículo titulado Discurso contra la elocuencia, dirigido a inspirar al público una razonable desconfianza hacia esos efectos oratorios que sirven tan frecuentemente para deslumbrar y [48] aprovecharse del deslumbramiento con fines a los intereses de la verdad funestos: contra esos efectos que se parecen a la muleta con que los toreros distraen la atención del animal para hundirle el estoque en las entrañas. Nadie como Azcárate enemigo de semejantes recursos. Diríase que teme ser elocuente: y así, cuando sin él pensarlo, y, quizás a pesar suyo, el fin de un periodo se aproxima sonoro y majestuoso, produciendo esa impresión que en la audición de un trozo de música hace disponerse al auditorio para ovación entusiasta, él apela a bruscas inflexiones de voz para destruir el encanto, y no acaba el período en crescendo para que ni al efecto musical siquiera pueda imputarse complicidad en el éxito de sus doctrinas.

De que esta especial condición de la oratoria de Azcárate es producto de deliberada intención, o, ya que no, parcial expresión del todo de su carácter, puede atestiguar la más superficial ojeada a su gabinete de estudio. La habitación de un sabio no es la antesala de su inteligencia, como alguien ha dicho, o dirá el día menos pensado –hay gentes para todo:– no es tampoco la cocina –esto más bien lo sería el laboratorio;– no, el gabinete de un sabio es su inteligencia misma exteriorizada, objetivada, [49] proyectada en derredor de él como las sombras de los cristales por una linterna mágica. Modesta anaquelería, que no tallada biblioteca, sustenta en el de Azcárate libros y legajos, el material científico acumulado, lo que pudiéramos llamar el botiquín intelectual de urgencia, dando con ello a entender que allí se ama el fondo más que la forma, y que entre lo bello y lo útil esto es lo preferido. En casa de otros hombres hallarán Vds. bibliotecas de pastas, o echarán de ver una extremada pulcritud o encontrarán clasificadas las obras por el tamaño, o por la índole, y por el color de sus cubiertas... No haré al lector la ofensa de detenerme a interpretar cada uno de estos datos.

Pero reunamos estos hechos, sistematicémoslos para que puedan pasar por científicos, y mientras no haya prueba en contrario, tengan Vds. por autorizada la máxima que sigue: el gabinete de un sabio es una representación exterior de su inteligencia. Ténganla Vds. por autorizada y denla por lo menos igual valor que a la frase vulgar: la cara es el espejo del alma.

Transcripción íntegra de las páginas 43-49 del libro Nuestros hombres de ciencia
Establecimiento tipográfico de Lucas Polo, Madrid 1889.
 


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