Panorama de la Filosofía cubana a b c d e f g h i j Humberto Piñera Llera

Humberto Piñera · Panorama de la Filosofía cubana

La filosofía actual

Con Varona, Montoro y Perojo concluye nuestro movimiento filosófico en el siglo XIX. La segunda guerra de independencia, que comenzó en 1895 y ocupó prácticamente el resto de la centuria, produjo un enorme vacío cultural que se extendió hasta los primeros años del siglo XX. El cese de las hostilidades trajo aparejada la independencia política, pero dejó tras sí un país en ruinas, donde, por lo mismo, era necesario un total recomienzo. Un país desprovisto de organización económica, de un sistema eficaz de salubridad pública, sin adecuada política educacional, azotado por endémicas plagas y otros muchos males, en forma alguna podía sentirse atraído por un género de actividad intelectual como la filosofía, que requiere especiales condiciones para florecer como es debido. En este sentido Varona estaba en lo cierto al decir que no eran tiempos los de entonces para sentarse a descifrar a Horacio o a leer a Ovidio, sino para construir puentes y trazar caminos. Por consiguiente, la etapa de nuestros primeros años del siglo XX debió de transcurrir completamente desentendida de la filosofía.

Las dos primeras generaciones que sobrevienen con el siglo XX se entregan preferentemente al cultivo de la literatura (teatro, novela, crítica), la historia, la abogacía, la política. No es posible dar cuenta de una sola gran figura intelectual realmente preocupada por la filosofía, de modo que ésta solo se manifiesta en la simple actividad rutinaria de la docencia universitaria, por lo regular confiada a gentes que la enseñaban como un quehacer menor entre otras diversas y más importantes actividades. Así se explica por que en Cuba la producción filosófica en las primeras dos décadas del siglo ascendía apenas a una docena de trabajos, entre los que cabe consignar: La caracterización del orden social (1900) de [100] Lorenzo Erbiti; Posibilidad de la aplicación de los métodos experimentales a la investigación psicológica (1900) de Mateo Fiol; El padre Varela: Contribución a la historia de la filosofía en Cuba (1906) de Sergio Cuevas Zequeira; Gradualidad de la conciencia (1907) de Homero Serís de la Torre; El socialismo en Europa y América (1909) de José González Vélez; El problema de la memoria (1914) de Lorenzo Beltrán Moreno; Relación de la moral y las religiones (1914) de Luis A. Baralt: William James y el pragmatismo (1914) de Sergio Cuevas Zequeira; El naturalismo en la filosofía contemporánea (1916) de Salvador Massip; Psicología de Rocinante (1916) de José A. González Lanuza; El doctor Enrique José Varona (1917) de Sergio Cuevas Zequeira; La felicidad como fundamento de la moral (1917) de Salvador Salazar Roig; El estoicismo (1920) de Aurelio Boza Masvidal.

En 1917, al abandonar Varona la cátedra universitaria, lo sustituyó Sergio Cuevas Zequeira, profesor para quien la filosofía no parece haber sido cosa de gran importancia, puesto que su labor se redujo a rutinarias exposiciones de clase. Unos años después –en 1926– lo reemplazó Roberto Agramonte, actual profesor de Sociología General y Filosofía Moral, quien ha logrado llevar el nivel de la cátedra a su debida altura. Es autor de un tratado de Sociología General, un Programa de Filosofía Moral y unos cuadernos donde recoge sus exposiciones de clase en esta última disciplina. Agramonte, sin embargo, no ha cultivado asiduamente la temática esencial de la filosofía, sino que desde hace ya muchos años se ha desviado hacia la sociología. Ha hecho, sin embargo, interesantes contribuciones al estudio de las ideas filosóficas de algunos pensadores cubanos del siglo pasado, como José Agustín Caballero, Félix Varela y José de la Luz y Caballero.{117}

Dos figuras de las cuales debe hacerse una especial mención son Fernando Llés y –sobre todo– Medardo Vitier. El primero nos ha dejado algunos estimables ensayos de irrecusable contenido y estilo filosófico: La sombra de Heráclito, [101] La escudilla de Diógenes y El individuo, la sociedad y el Estado. Sin embargo, Llés fue un autodidacta limitado en las posibilidades de su innegable talento por el estrecho ambiente local y sobre todo por la falta de una tradición filosófica activa en la que hubiera debido insertarse. En cuanto a Medardo Vitier, acusa mayor calidad intelectual y filosófica que Llés. Con formación universitaria y nutrido de amplias y bien elaboradas lecturas, Vitier nos ha dejado ya algunas serias muestras de sus condiciones filosóficas en obras como Las Ideas en Cuba (Premio Nacional de 1937) y La Filosofía en Cuba, además de otros trabajos de crítica literaria, de investigación de la historia nacional, &c., en los que asoma siempre la condición filosófica del autor. Desde hace años profesa la cátedra titular de Historia de la Filosofía de la Universidad Central de Las Villas (especialmente invitado para desempeñarla) y tiene en preparación una extensa y minuciosa exposición crítica de la filosofía desde sus orígenes hasta el presente.

Si se pregunta por algunos otros libros filosóficos en la primera mitad del presente siglo en Cuba, acaso podríamos mencionar las Nociones de Psicología, Lógica y Ética, de Leandro González de Alcorta, que si bien apareció por primera vez en 1885, estuvo, sin embargo, en uso durante largos años del siglo XX en los centros secundarios. Este texto fue reemplazado por la Lógica elemental (Lógica y nociones de Psicología) de Gustavo de Aragón. En 1922 se publicó el Resumen sintético y brevísimo del sistema de psicología (método genético) de José Ingenieros, de resuelto corte positivista, compuesto por José González Vélez. Este mismo profesor dio a la imprenta, en 1925, su traducción del libro de G. H. Luquet titulado Ensayo de una lógica sistemática y simplificada.

Desde 1940 parece haberse iniciado en Cuba un movimiento tendiente a renovar la actividad filosófica, interrumpida en la forma y por las circunstancias ya señaladas. Desde luego que aún es prematuro decir si este movimiento va logrando su propósito, sea por sus netos rendimientos, sea por su persistencia. [102] Pero, de todos modos, se trata de ese fenómeno de repercusión en toda América, del regreso a la filosofía que caracteriza el clima intelectual europeo desde hace ya casi medio siglo. Contrayéndonos ahora al caso de la restauración de la filosofía en Cuba, debemos señalar, en primer término, que la guerra civil española y la segunda guerra mundial obligaron a emigrar a numerosos intelectuales y profesores de filosofía europeos quienes en unos casos ampliaron con su aporte lo que ya en América se conocía y en otros dieron a conocer lo que aún se ignoraba. Es preciso, sin embargo, insistir en el detalle, sin duda de gran importancia, de que el ambiente americano estaba ya preparado para el resurgimiento filosófico, porque la inquietud y el desasosiego producidos por la crisis de la cultura occidental no podían dejar de afectarnos en cierta medida. Y, sobre todo, porque ya América había alcanzado el grado de madurez determinante de esa normalidad filosófica de que habla Francisco Romero y que, fuera de Cuba, fue consolidada por el aporte decisivo de pensadores como Alejandro Deústua, Antonio Caso, Alejandro Korn, Enrique Molina, Carlos Vaz Ferreira y el propio Romero.

En la restauración del interés por la filosofía en Cuba intervienen por lo menos estos tres factores: 1) una generación en la que muchos de sus componentes se sienten atraídos por el saber principal; 2) el propicio ambiente europeo y americano de que ya se habló; 3) el desplazamiento hacia América de un considerable número de pensadores europeos, que han contribuido a avivar el interés filosófico en este continente.

El presente movimiento filosófico de Cuba dio comienzo alrededor de 1940 y logró consolidarse en forma efectiva unos siete años más tarde, al fundarse la Sociedad Cubana de Filosofía, a la cual es preciso acreditarle la persistencia de actividades filosóficas hasta la fecha, por medio de seminarios, conferencias públicas, visita de eminentes filósofos europeos y americanos, edición de libros y folletos y de la Revista Cubana de Filosofía. También ha auspiciado la celebración de las [103] Conversaciones filosóficas americanas, que tuvieron por sede la Habana, en 1953, y asimismo ha estado representada en la mayoría de los congresos filosóficos internacionales efectuados últimamente en América y Europa.

En nuestra actividad filosófica actual es posible reconocer la presencia de tres generaciones. Unos como Medardo Vitier, Luis A. Baralt, Roberto Agramonte y Jorge Mañach, pertenecen a la llamada «generación del año veinte» (porque es aproximadamente en 1920 que comienza a hacerse sentir como tal generación intelectual). Otros –en realidad la mayoría– son los de la generación que comienza allá por 1940, mientras todavía hay algunos otros de promoción intelectual mucho más reciente, como es el caso de Pedro Vicente Aja, Luis Aguilar León y José Ignacio Rasco.

Pero al tratar de establecer configuraciones más o menos precisas en las preferencias filosóficas y en los resultados de las mismas, se advierte enseguida que todavía no es posible hablar de tal o cual «posición», o de esta o aquella tendencia con marcados ribetes personales. Los actuales filosofantes cubanos elaboran sus respectivas tesis de acuerdo con lo que pudiera considerarse, en cada caso, como cierta predisposición temperamental: un poco al modo como habla Goethe de las «afinidades electivas», o de la «congenialidad» a que se ha referido Brentano. Y esto se debe, sin lugar a dudas, por una parte a esa forzosa instrumentalidad de la filosofía americana (de la que ya hemos hablado), y por otra parte a la falta de una normal continuidad filosófica, pues esta quedó interrumpida en el dilatado período de las guerras por la independencia. Por este último motivo es que la generación del año cuarenta (a la que yo pertenezco) surge a la actividad filosófica «inopinadamente», y si ha sido posible que nos aplicaramos con diligente vocación a la filosofía, esto se debe a que tuvimos la fortuna de contar con el valioso auxilio de algunos pensadores hispanoamericanos (los argentinos Korn y Romero, el mexicano Caso, el peruano Deústua) y los filósofos españoles (Morente, [104] Gaos, Xirau, Ferrater Mora, Recaséns Siches, Jiménez de Asúa, Nicol, García Bacca, &c.) avecindados en América al consumarse la liquidación de la República española. Por ambas vías entrarnos en fecundo contacto con el pensamiento filosófico contemporáneo hasta familiarizarnos muy pronto con lo mejor de ese pensamiento. De manera especial nos sentimos atraídos por la Axiología que representan Scheler y Hartmann; por la filosofía de la vida y sus concomitantes del historicismo y el «culturalismo» de Dilthey, Rickert y Spranger; por la Fenomenología de Husserl; por el existencialismo de Heidegger y Jaspers; por el intuicionismo de Bergson; y, en forma especial, por el perspectivismo y la idea de la razón vital de Ortega y Gasset. Pero, en un cierto sentido, esta avalancha de pensadores y doctrinas resultó contraproducente, pues anegados en esa densa marea del pensamiento filosófico vigente, apenas pudimos hacer otra cosa que tratar de aprovecharla en un mínimo posible. Como es de suponer, cada cual ha escogido, en la totalidad de ese pensamiento, aquellas cuestiones más afines con su personalidad filosofante, y así, a través de esas ideas, ha tratado de esbozar siquiera las suyos propias. De donde resulta que libros coma Filosofía de la Vida y Filosofía Existencial –del cual soy autor– o Redescubrimiento de Dios (de Rafael García Bárcena), o la Introducción a la Estética (de Rosaura García Tudurí), lo mismo que ensayos como El cristianismo en la crisis de Occidente (de Pedro Vicente Aja), o Pasado y ambiente en el proceso cubano (de Luis Aguilar León), contienen solamente un pensamiento que aspira a ser la «expresión» de la filosofía cubana actual.

Es posible, sin embargo, en un plano de mayores precisiones, decir que en la dirección sociológica operan Roberto Agramonte (1904), José J. Nodarse (1909) y Pedro V. Aja (1921) y es interesante anotar que pertenecen a distintas generaciones. Agramonte, formado en la etapa aún positivista de nuestra cultura, muestra un pensamiento sociológico muy influido por el tardío retoño positivista del «behaviorismo»; mientras que [105] si bien encontramos en Nodarse una posición positivista, ella está muy atenuada por la tendencia «culturalista» de Spranger y Simmel. Y Aja, el más joven de los tres, propugna una interpretación antropológica del fenómeno sociológico en general sin olvidar que su preocupación ético-religiosa influye notoriamente en su concepción de la sociología. Finalmente, debemos hacer mención de Mercedes García Tudurí (1904), que, en ciertos trabajos suyos, como los titulados Lo humano como fundamento y objeto de la democracia, Medios y fines de la estructura democrática y Esencia y forma de la democracia, intenta un examen de algunas tesis sociológicas con el auxilio de las filosofías de la política y del derecho.

La Axiología ha sido también un tema grato para algunos filosofantes cubanos del presente. Así sucede con Rafael García Bárcena (1907), que aborda el tema en Individualización de la Ética, en Esquema de un correlato antropológico en la jerarquía de los valores y hasta en Estructura de la estructura, donde a través de la rigurosa especulación sobre un tema tan... metafísico, se percibe, sin embargo, la constante preocupación jerarquizante de lo axiológico. Algo semejante sucede en Estructura del mundo biofísico (obra premiada en 1950 por el Ministerio de Educación) y hasta en el mencionado Redescubrimiento de Dios, donde late constantemente cierta idea axiológica en ese gradual pasaje que el autor establece desde lo físico hasta lo orgánico, luego a lo psíquico y, finalmente, a lo espiritual. Y en Rosaura García Tudurí (1910) es también nota predominante la preocupación axiológica, pero, en su caso, referida al campo de la estética. Pues, en definitiva, para esta autora lo estético es axiológico y, en consecuencia, ocupa un espacio del mundo de los valores en general. Y ya que hablamos de Estética, debemos mencionar a Luis Alejandro Baralt (1892), profesor titular de esta disciplina en la Universidad de la Habana, quien ha escrito diversos ensayos, entre los que se destacan Las ideas estéticas de Croce y Las ideas estéticas de Varona. Y asimismo algunos artículos sobre las [106] relaciones de la Estética con las bellas artes, en especial con el arte dramático.

La Filosofía de la Religión cuenta con tres cultivadores. El primero de ellos es el ya mencionado García Bárcena, cuyo libro Redescubrimiento de Dios constituye un serio y bien logrado intento de probar la posibilidad de un reencuentro con Dios a través de un proceso que incluye la totalidad de las manifestaciones de la realidad, desde la materia inanimada hasta las más sutiles concepciones del espíritu humano. Por su parte, Dionisio de Lara (1916), pensador protestante, ha escrito un extenso y documentado ensayo sobre La filosofía norteamericana de la religión, en el cual pasa revista a las diferentes modalidades del protestantismo en Norteamérica, sobre todo en lo que las mismas tienen que ver con singulares características de la sociedad de ese país. También ha compuesto un ensayo sobre La filosofía de la religión en Dilthey, que tiene por principal objetivo discernir las diferentes influencias posibles del protestantismo en el pensamiento de Dilthey. Finalmente, ha escrito recientemente un largo artículo titulado Recuento y valoración, en que estudia los aspectos religiosos del pensamiento de Ortega y Gasset. Y en cuanto a Pedro Vicente Aja, según aparece expuesto en El cristianismo en la crisis de Occidente, en Filosofía cristiana de la vida y en un reciente ensayo titulado Hacia un teo-humanismo, entiende que es posible conciliar el legado histórico de Occidente, en su aspecto espiritual, con las más puras esencias de un cristianismo, que para él tiene que ser el «histórico», vale decir, el primitivo. Aja, que gusta de calificarse a si mismo de pensador religioso independiente (sin ortodoxia determinada), afirma que el destino del hombre occidental, en lo que se refiere a su «salvación», debe asentarse en un teo-humanismo, o sea en una trascendencia (lo divino) que se da en la inmanencia (el hombre y el mundo).

Asiduo y meticuloso cultivador del kantismo es Máximo Castro Turbiano (1907), espíritu sereno y reflexivo que ha [107] consagrado algunos de sus estudios al gran pensador de Koenigsberg, por ej.: Hay algo vigente en el kantismo? y Kant y la filosofía crítica. Muy vinculados a estos trabajos, por sus aproximaciones al tema de Kant, resultan los que titula globalmente Tres meditaciones sobre la conexión entre el pensamiento y las cosas, y que son: I. Los objetos y sus determinaciones; II. La inducción y la lógica formal; III. El problema de la realidad. También es interesante otro trabajo suyo titulado El conocimiento público y la filosofía empírica, que revela la familiaridad del autor con la filosofía de los ingleses Ryle y Ayer. Recientemente ha dado a la estampa un extenso trabajo titulado Metafísica y Realidad, en el cual resume su posición filosófica, que es una especie de mensurada conciliación entre el idealismo crítico y el empirismo lógico.

En la Filosofía del Derecho encontramos a Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro (1910) y a Miguel Márquez de la Cerra (1912). El primero es profesor titular de esta disciplina en la Universidad de La Habana y su labor, hasta ahora, es de carácter y finalidad didácticos y se reduce a dos obras, una Introducción al Derecho y otra titulada Filosofía del Derecho. El segundo es profesor de la misma disciplina en la Universidad Católica de Santo Tomás de Villanueva y su pensamiento, expresado en obras como Persona y Familia, configura una especie de nuevo humanismo católico basado esencialmente en la filosofía de Santo Tomás de Aquino.

En el campo de la Lógica hay que acreditarle serios esfuerzos a Justo Nicola Romero (1916), profesor de la Universidad de Oriente, que, a través de La intuición del «cogito», culmina en Lógica de la Significación. Este último trabajo constituye un riguroso ensayo interpretativo de las formas semánticas en cuanto posibilidades de un pasaje desde la lógica tradicional a la lógica simbólico-matemática. También ha colaborado en esta dirección Ernesto González Puig (1915), profesor en la Universidad Central de Las Villas, con unos Apuntes sobre lógica simbólica. [108]

Por mi parte, he distribuido el esfuerzo filosófico entre la filosofía existencial (por la que me sentí atraído casi desde el principio) y el ensayo sobre diferentes cuestiones del pensamiento filosófico. El resultado, en el primer caso, aparece en el libro Filosofía de la Vida y Filosofía Existencial; en el segundo, en una obra de reciente aparición y que llamo Apuntes de una Filosofía, porque a través de su heterogeneidad temática creo que se pueden discernir muchas de las ideas que esbozan mi presunta filosofía.

En el campo de la Historia de la Filosofía hay que hacer mención de Jorge Mañach (1898), profesor titular de esta disciplina en la Universidad de La Habana, quien desde hace años ha anunciado la publicación de una Historia de la Filosofía, en la cual vendría a quedar recogida su dilatada labor profesional. Mañach es también el autor de un conjunto de ensayos agrupados con el título general Para una filosofía de la vida, unos de carácter filosófico y literarios otros. Además, en sus libros Indagación del choteo, Historia y Estilo, La nación que nos falta, &c., se aprecia una patente disposición filosófica y que, en el caso de Mañach, se combina con la innegable excelencia de una prosa que denuncia al verdadero escritor.

José Ignacio Lasaga (1916), profesor de Psicología en la Universidad Católica de Santo Tomás de Villanueva, Mercedes y Rosaura García Tudurí y yo somos los autores de sendos tratados de Introducción a la Filosofía en el bachillerato. Pero es interesante advertir en cada uno de esos libros la huella de la tendencia respectiva. Así en el de Lasaga vemos como influye la preocupación psicológica del autor, sobre todo en el modus operandi, pues se diría que la «perceptibilidad» es el punto de vista prevaleciente. En cambio, el de las hermanas García Tudurí está fuertemente penetrado de su posición religiosa (en este caso el catolicismo), que le hace parecer, no dogmático, pero si algo «categórico». Mientras que el mío exhibe constantemente esa nota, típica e infaltable en el existencialismo, de «lo problemático». [109]

En cuanto a la Historia de la Filosofía Cubana, en ella han trabajado hasta ahora Roberto Agramonte, Medardo Vitier, Antonio Hernández Travieso, Rosario Rexach, Mercedes y Rosaura García Tudurí, y yo. Haremos una breve mención de los respectivos aportes y del peculiar significado de cada uno de éstos.

Medardo Vitier (1886), notable ensayista y actualmente profesor titular de Historia de la Filosofía en la Universidad Central de Las Villas, compuso en 1937 un extenso y documentado trabajo sobre Las Ideas en Cuba, que –como es de suponer– no es estrictamente filosófico, pero incluye el examen de la filosofía cubana hasta Varona y Montoro. En 1948 publicó en México La filosofía en Cuba, que puede considerarse como la única historia de nuestro proceso filosófico hasta el presente. Y hace poco dio a la estampa un largo y sazonado estudio sobre las tres Críticas de Kant.

Roberto Agramonte también ha trabajado intensamente en el tema de nuestra filosofía. A su iniciativa se debe esa espléndida «Biblioteca de Autores Cubanos» de la Universidad de La Habana, y que ha editado ya toda la obra de José Agustín Caballero, Félix Varela y José de la Luz y Caballero. En la copiosa producción de Agramonte anotamos los siguientes títulos sobre la filosofía cubana: El pensamiento filosófico de Varona; Varona, el filósofo del escepticismo creador; Situación de la filosofía cubana; José Agustín Caballero y los orígenes de la conciencia cubana. Agramonte se preocupa, sobre todo, por destacar ese carácter instrumental de la filosofía cubana a que ya nos hemos referido, y, en cuanto a la filosofía de Varona, le otorga toda su adhesión.

Rosario Rexach (1912), profesora de la Escuela Normal de La Habana, fina ensayista y gran conocedora del pensamiento de Ortega y Gasset, se ha revelado en trabajos como La idea del tiempo en la filosofía de San Agustín, Sobre el progreso en la filosofía. Su contribución más destacada al estudio de la filosofía cubana es El pensamiento de Félix Varela [110] y la formación de la conciencia cubana, obra que obtuvo el premio del certamen de la sociedad «Lyceum» en 1950. En este trabajo resalta la preocupación didáctica, por lo que la autora insiste en el carácter eminentemente pedagógico de la filosofía de Varela. Además, lleva a cabo un fino análisis del problema de la conciliación del racionalismo y el empirismo varelianos con su condición de sacerdote católico. Finalmente, Antonio Hernández Travieso (1914) ha escrito una extensa y documentada Vida y obra de Félix Varela.

También han trabajado ocasionalmente en el tema de la filosofía cubana Mercedes García Tudurí en Vocación íntima de Varona, y su hermana Rosaura en Presencia de Varona e Influencia de Descartes en Varela; Máximo Castro con Varona y el positivismo; Aníbal Rodríguez en Filosofía y nacionalismo en Cuba. Por mi parte, le he consagrado los siguientes estudios: La «Introducción» a las Cartas a Elpidio de Félix Varela, publicadas por la Universidad de La Habana en 1945; Idea del hombre y de la cultura en Varona; el «Estudio preliminar» de la obra de José Manuel Mestre De la filosofía en La Habana, que editó el Ministerio de Educación en 1952; una parte apreciable de mi trabajo Historia Contemporánea de las Ideas en Cuba, compuesto a solicitud de la Comisión de Historia de México y que será editado por el Fondo de Cultura Económica; un breve recuento de la filosofía cubana actual, que apareció en el número 6 de la revista argentina Notas y Estudios de Filosofía, en 1951. A todo lo cual debe agregarse el presente trabajo.

Este es el estado actual de la filosofía cubana. Cualquiera que sea la opinión que nos merezca, siempre habría que reconocer que hoy asistimos a un resurgimiento de la actividad filosófica en Cuba. Desde luego, como ya dijimos, no es el momento de establecer valoraciones, ni siquiera de que nos preguntemos por el real contenido de estos esfuerzos. Baste con anotar el hecho y tener presente que, a los efectos de la historia cultural cubana de este siglo, jamás se podrá pasar por [111] alto el actual proceso filosófico en el balance objetivo que de aquella se haga en el futuro. Culmina así, en nuestros días, el proceso que comenzó tímidamente hace ya tres siglos dentro de los conventuales muros de nuestras incipientes ciudades y que Arrate dejó consignado en sus apuntes sobre la vida colonial de Cuba durante el siglo XVII.

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{117} Recuérdese su libro titulado José Agustín Caballero y los orígenes de la conciencia cubana, que hemos citado varias veces en el curso de este trabajo.

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Humberto Piñera Llera Panorama de la Filosofía cubana
Washington DC, 1960 págs. 99-111