Panorama de la Filosofía cubana a b c d e f g h i j Humberto Piñera Llera

Humberto Piñera · Panorama de la Filosofía cubana

La filosofía teológica

LA etapa que corresponde a la filosofía teológica es posible descomponerla del modo siguiente: a) Actividades filosóficas previas a la fundación de la Universidad (1647-1728); b) La filosofía desde la fundación de la Universidad hasta que aparece el Colegio Seminario de San Carlos (1728-1773); c) El Colegio Seminario de San Carlos (1773).

La razón de esta distribución es la siguiente: lo que puede considerarse filosofía teológica en nuestro medio reconoce una etapa inicial, otra de madurez y una tercera de reacción contra ella. La Universidad vino a ser como el reconocimiento e instauración oficial de nuestra escolástica, en tanto que el Seminario de San Carlos representó, en alguna medida, la reacción anti-escolástica.

¿En qué consiste nuestra inicial filosofía? De ésta sólo quedan leves huellas diseminadas en el tiempo y en el espacio. Estas huellas constituyen lo único que permite establecer la afirmación de que, en cierto modo, tuvimos un temprano y decidido interés por la filosofía.

La primera señal de actividad filosófica en Cuba remonta al año de 1647 y de ella ha dejado constancia el historiador Arrate, quien escribe:

En el convento de San Francisco se enseñaba (ya por el año de 1647) Latinidad, Artes y Teología, para los que están instituidos un Maestro de Gramática, un Lector de Filosofía y tres Catedráticos de la última Facultad, que fueron los primeros que tuvo esta ciudad, mereciendo entonces tanto crédito que excitaron la emulación de otras escuelas y motivaron el que a representación de don Gregorio Mojica, Procurador del Común, informase el Regimiento a su Majestad el año de 1647 concediese a sus religiosos autoridad de conferir grados menores en Filosofía y Teología.{13}

Pero las primeras actividades filosóficas no se redujeron a las desarrolladas por los religiosos del convento de San Francisco, [22] pues en 1690 Gonzalo de Oquendo aparece como Lector de Filosofía, y Miguel de Leiva enseña Teología en 1695. También en 1700 el convento de San Juan de Letrán contaba con su Lector de Filosofía, cargo análogo al que en 1705 desempeñaba Fray Juan Bautista del Rosario Sotolongo en el convento de San Agustín, labor en la cual fue sustituido en 1710 por Fray José de las Alas. Antonio de Arizón era Maestro de Filosofía y Gramática en el Colegio Franciscano en 1720. Y en el convento de Santo Domingo el doctor Fray Diego de Escobar ganaba por oposición la cátedra de Artes (como también se llamaba a los estudios filosóficos).{14} Es curioso anotar que este convento comenzó en 1722 a conferir grados en Filosofía.

Estas manifestaciones filosóficas eran decididamente «escolásticas», aunque esta expresión debe ser tomada con reservas. La expresión «escolástica», referida a los comienzos de la filosofía cubana, alude al sentido general con que se acometía la tarea de enseñar, se tratara o no de la filosofía, y que se ceñía a la mas rigurosa ortodoxia y estaba destinada a la formación y adoctrinamiento de sacerdotes. Así, en una disposición del siglo XVI, se especificaba la forma en que debería realizarse la función docente, y se ordenaba que

nenguno sea presentado sinon es que sea bachiller en alguno de los derechos [civil o canónico] o en las artes [humanidades] e graduado en alguna ynsigne universidad [Alcalá, Salamanca, Madrid], a quien tocará enseñar por sí, e non por otro, la gramática a los clérigos o servidores de la Iglesia, e a todos los del Obispado que le quieran oir.{15}

De esta suerte, la enseñanza de la filosofía en esta etapa inicial de nuestra historia, era algo más bien adjetivo: servía sólo como introducción a los estudios propiamente teológicos. De modo rigurosamente taxativo se cumplía la sentencia medieval: philosophia ancilla theologiae. [23]

La Universidad de La Habana

En 1728 tiene lugar en La Habana la fundación de la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo, que si bien continúa la tradición escolástica, representa un efectivo aporte, por el hecho mismo de su creación, a las posibilidades de la filosofía en Cuba. Y si bien, independientemente de la Universidad –como lo haremos ver– prosigue la docencia filosófica en La Habana y en otros lugares de la Isla, no se puede desconocer la importancia de la fundación de la primera institución universitaria.

La Universidad de La Habana fue fundada por religiosos de la Orden de Predicadores, que tenían por casa el convento de San Juan de Letrán. Dichos religiosos obtuvieron del Papa Inocencio XIII que, por bula de fecha 12 de septiembre de 1721, se les autorizara para fundar una Universidad que confiriera grados académicos. El 27 de abril de 1722 el Consejo Real y Supremo de las Indias otorgó su consentimiento a la mencionada bula, pero el obispo de Santiago de Cuba pidió que la misma se interpretase en el sentido de que se concedía para la casa e iglesia que, fabricada a su costa, había donado al mencionado convento, a fin de que sirviera para Colegio y Universidad. Finalmente, el 23 de septiembre de 1728 la Corte española aprobó la fundación de la Universidad.

En la confección de su reglamento se siguió de modo fiel el de la Universidad de Santo Domingo, que remontaba a la época de Paulo III, en 1538. Y a esto, según apunta Bachiller y Morales, se debió que desde sus comienzos la Universidad adoleciese del grave defecto de un retraso de casi dos siglos, retraso tanto más perjudicial para el destino de nuestra cultura, cuanto que, desde hacía ya más de un siglo, avanzaba Europa por nuevos caminos filosóficos, científicos, políticos y religiosos. A este respecto, son altamente ilustrativas las palabras de Bachiller y Morales: [24]

Sin embargo, triunfó en La Habana el siglo XVI sobre el XVIII, y ya muy entrado éste, reinaba el Peripato en toda su entereza, en la Universidad, y llegado el XIX continuaba, aunque transigiendo con las novedades del Colegio de San Carlos que, más fiel a las inspiraciones del fundador del cristianismo, acompañaba las mudanzas del tiempo, que adelanta, hunde y maltrata a las ideas viejas y gastadas, pero que no debe tener por único lema el sint omnia nova que solo proclama la exageración.{16}

En cuanto al plan de estudios aprobado para su fundación, era el siguiente: Teología; Cánones; Leyes; Medicina; Artes (Filosofía); Matemáticas; Retórica; Gramática.{17}

Los estudios filosóficos estaban regulados por el título XIX de las Constituciones (o Estatutos universitarios), el cual establecía para el curso de Artes (Filosofía) una duración de tres años, dividida en cuatro partes, a saber: 1ª Súmulas (compendio de los principios de la lógica derivados de la Suma Teológica); 2ª Lógica propiamente dicha; 3ª los ocho libros de la Física aristotélica; 4ª Dos libros del De Ceneratione et Corruptione, el tratado De Anima y la Metafísica de Aristóteles.

El grado máximo concedido no era el de doctor, sino el de Magister Artium (Maestro de Filosofía).

Pero la Universidad, como se ha dicho, no supera de modo apreciable las deficiencias pedagógicas del medio cubano. Hemos visto el absoluto predominio de Aristóteles en la Facultad de Artes, a lo cual se añade el estéril formulismo de los exámenes y la habilitación de grados. Así, en los dos últimos cursos se leía la llamada Cátedra del Filósofo y, después de la segunda lección, los alumnos procedían a la disputa. En el titulo VIII podemos leer con respecto a los ejercicios para obtener el titulo de licenciado en Artes:

Antes de la apercepción de los puntos para el examen secreto, ha de tener tres actos [el aspirante] de Quod Libeto, con lección de más de un cuadrante de hora y con disputa en donde le hayan de argüir tres Doctores o Catedráticos de la Facultad.{18} [25]

Armado de una punta de hierro, el Rector abría al azar uno de los ocho libros de la Física, otro del De Generactione et Corruptione, y otro de los del tratado De Anima. En fondo y forma la Universidad proseguía la venerable pero ya para entonces anacrónica tradición escolástica.

El Colegio Seminario de San Carlos

Notorio contraste con el espíritu universitario es el que ofrece el Colegio Seminario de San Carlos, fundado en 1773 en La Habana por la iniciativa del obispo Hechavarría{19}, quien aprovechó la oportunidad de la expulsión de los jesuítas y adoptó como sede del Colegio Seminario una de las casas que figuraban entre los bienes de los desterrados. Para dar cumplimiento a la Real Orden de agosto de 1768 se llevó a cabo la fundación de este Instituto en 1773, bajo la regencia del Marqués de la Torre, aunque no dio comienzo a sus tareas hasta el 3 de octubre de 1774. En sus inicios contaba con dos cátedras de Teología escolástica, una de Filosofía y dos de Latinidad; también se enseñaba en él Elocuencia, Moral y Liturgia. Pero desde el comienzo se advierte que superaba a la enseñanza de la Universidad, tanto por la introducción de nuevas y muy necesarias materias, como por la manera de impartirlas. Vemos así que la carrera de Filosofía, de tres años de duración, incluía, en el primero, Lógica y Metafísica, cada una de las cuales se explicaba durante seis meses. En el segundo año y el primer semestre del tercero, se estudiaba Física experimental, Tratado de la Esfera y Ética. Como es posible advertir, constituía ya una sorprendente innovación el estudio prolongado (año y medio) de una materia que entonces, entre nosotros, resultaba tan insólita como la Física experimental. Pero dijimos hace un momento que la innovación alcanzaba también al modo operativo de la enseñanza. Pues bien, en relación, por ejemplo, al estudio de la Lógica, según prescribe el Estatuto II: [26]

...debe quedar bien entendido que de la una y la otra [las dos partes en que se subdividía la Lógica] se han de cercenar aquellas cuestiones reflejas y ridículas que el mal uso acostumbra a levantar sobre la cópula, el término y las segundas intenciones, y axial de otras frioleras que, fuera de ser extemporáneas, embarazan el sólido aprovechamiento en la dialéctica, cuyo fin es engendrar en el entendimiento las ideas de lo verdadero y lo falso, de la afirmación y la negación, del error y de la duda, y especialmente de la ilación y la consecuencia.{20}

Otras innovaciones no menos estimables son, por una parte, la declaración de que el texto oficial ya no es Aristóteles, pues el profesor debía elegir entre los textos de Fortunato de Brescia o Pedro d'Ailly y, en último termino, valerse del de Antonio Goudin que se ciñe al pensamiento del Aquinate.{21} Y aunque ninguno de los tres posee siquiera una mediana significación, el hecho de que pudieran ser elegidos libremente pone de manifiesto el espíritu amplio que inspiraba las tareas docentes del Seminario Carolino. Por otra parte, la innovación consiste en el requerimiento inscrito en el Estatuto VI, según el cual, al explicar el texto de uno de esos autores citados, el profesor debe hacerlo

sin jurar en las opiniones de ninguno ni hacer particular secta de su doctrina, sino enseñando la que le parezca más conforme a la verdad, según los nuevos experimentos que cada día se hacen y las nuevas luces que se adquieren con el estudio de la naturaleza.{22}

Finalmente, el Colegio Seminario de San Carlos no pierde tampoco de vista su responsabilidad como organismo llamado a conservar, acrecentar y transmitir el saber en todos los órdenes, especialmente en lo que tiene que ver con el futuro del país y por lo mismo con las posibilidades de un progreso que en buena parte depende de la eficacia de la enseñanza. Y por esto mismo el Estatuto XI establece que

deberán tener todos los catedráticos de filosofía y demos Facultades mayores, en cada año, dos o tres actos públicos a lo menos, los [21] cuales se sustentarán ante todo en el Colegio, en forma de cuerpo y escuelas, presididos por el director; en ellos hará de regente el prefecto de estudios, y se procurará sea tal que sirva de muestra del aprovechamiento de los estudiantes y de testimonio público de la conducta de los maestros.{23}

Cuando se piensa que hombres como José Agustín Caballero y Félix Varela aprendieron y enseñaron en el Colegio Seminario de San Carlos, se comprende enseguida por que esta institución superó decisivamente a la Universidad de La Habana y a la vez constituyó la primera avanzada cultural efectiva en la historia de Cuba. Pues, además de las virtudes ya enumeradas, el plantel contó con profesores de la talla intelectual y moral de Ignacio Antonio Domenech (1780), José Anselmo de la Luz (1787) –tío del insigne pensador José de la Luz y Caballero, de quien hablaremos más tarde– y Bernardo O'Gavan (1805). La etapa que se inicia en 1790 y que –como ya hemos dicho– se extiende hasta 1870, tiene como antecedente al Colegio Seminario de San Carlos, de cuyas aulas proviene esa élite que escribe el primer capítulo de la independencia cubana.

Desde 1728 y hasta 1790, además de su normal desenvolvimiento en la Universidad y en el Colegio Seminario de San Carlos, la actividad filosófica prosigue en La Habana y en otros lugares de la Isla. En la capital, Manuel Crespo es Lector de Filosofía, en 1735, en el convento de la Inmaculada, en tanto que en 1736 Felipe Pita figura como Lector de Lógica y Manuel de León como Lector de Teología y de Moral. En 1747, el Padre Rothea era profesor de filosofía del colegio jesuíta, cargo que pasó, en 1755, al Padre Thomas I. Buttler. José Carreño profesaba filosofía en el colegio de San Pedro en 1756 y el famoso jesuíta Francisco Javier Alegre enseñaba filosofía allá por 1759, lo mismo que el Padre José Romero en 1767. En cuanto al interior de la Isla, encontramos en 1769 a Fray Alonso Pérez de Corcho enseñando filosofía en Santa Clara, mientras en Sancti Spiritus lo hacía [28] Gregorio Hernández en el convento de Veracruz y, en Santiago de Cuba, Fray Pedro Fernández era Lector de Filosofía. Y no falta quien, como el habanero Juan Bautista Barea, traduzca Del orden y De la cuantidad del alma de San Agustín, De la gracia y Del libre albedrío de San Bernardo y el De Legibus de Cicerón.

———

{13} José Martín Félix de Arrate: Llave del Nuevo Mundo Antemural de las Indias Occidentales; La Habana descrita: noticias de su fundación, aumentos y estados. La Habana, Ed. de Rafael Cowley y Andrés Pego, 1876, p. 403.

{14} No es posible añadir nada más para identificar estos nombres. Han quedado, en efecto, como meros nombres de personas desprovistas de verdadera significación.

{15} Tomado de Roberto Agramonte: José Agustín Caballero y los orígenes de la conciencia cubana. La Habana, Biblioteca del Departamento de Intercambio Cultural de la Universidad de La Habana, 1952, p. 137.

{16} Antonio Bachiller y Morales: Apuntes para la historia de las letras y de la instrucción pública en Cuba. La Habana. Imp. de P. Massana, 1859, t. I., p. 142.

{17} A. Bachiller y Morales: Ibid., p. 143.

{18} Tornado de R. Agramonte: op. cit., p. 74.

{19} El obispo Hechavarría y Yelgueza nació en Santiago de Cuba en 1724 y estudió primero en el Seminario de San Basilio el Magno en esa ciudad y después se doctoró en Filosofía, Sagrados Cánones y Teología en la Universidad de La Habana en 1750. Cuando la dominación inglesa en Cuba, sustituyó al obispo Morell de Santa Cruz desterrado en la Florida y pasó a ocupar el cargo en propiedad desde 1768. Murió en 1790. Era hombre de amplio espíritu liberal y dominado por una constante preocupación progresista, sobre todo en el aspecto docente.

{20} Tomado de R. Agramonte: op. cit., p. 83.

{21} Según anota Bachiller y Morales en su obra citada, p. 156.

{22} Tomado de R. Agramonte: op. cit., p. 83.

{23} Ibid., p. 84.

<< a b c d e f g h i j >>

filosofia.org Proyecto Filosofía en español
© 2006 filosofia.org
Humberto Piñera Llera Panorama de la Filosofía cubana
Washington DC, 1960 págs. 21-28