Panorama de la Filosofía cubana a b c d e f g h i j Humberto Piñera Llera

Humberto Piñera · Panorama de la Filosofía cubana

Introducción

CUBA, la Perla de las Antillas, fue descubierta por Colón en su primer viaje, el 27 de octubre de 1492. Su estratégica posición geográfica, entre las Américas del Norte y del Sur, y a relativa corta distancia del resto de las Antillas (Jamaica, Santo Domingo y Puerto Rico), determinó que un historiador cubano de los comienzos, Jose Martín Félix de Arrate,{1} la bautizara con el pintoresco y acertado calificativo –conforme con la idea que entonces prevalecía acerca de esta parte de la Tierra– de «Llave del Nuevo Mundo Antemural de las Indias». Porque, en efecto, sin el acceso contemporáneo del canal de Panamá y el recurso prodigioso de la aviación, no había entonces otro camino hacia cualquier punto del continente americano que el de Cuba, como se comprueba en el sistema de las Flotas organizado por Felipe II a mediados del siglo XVI y que se mantuvo vigente hasta las postrimerías del XVII. Pero esta circunstancia histórica, llamada a operar un gran cambio en el destino de Cuba, sobrevino más de medio siglo después de su descubrimiento. Y aún a mediados del siglo XVI la Isla era apenas una factoría colonial, que servía de ocasional punto de apoyo para saltar al norte o al sur en busca de otras tierras que ofrecieran los metales preciosos capaces de impulsar la codicia del conquistador hacia horizontes más prometedores. Vemos así que en 1524, o sea doce años después de la conquista de Cuba por Diego Velázquez, la población total se elevaba a 2.000 habitantes, a causa del éxodo producido por la fiebre de nuevas expediciones, y en 1537 no pasaba de 5.800. De este modo, a fines del siglo XVI –a cien años del Descubrimiento– Cuba sólo contaba con 50.000 habitantes, la mitad de los cuales residía en La Habana. La despoblación casi total implicaba, como es presumible, la falta de desarrollo económico y, desde luego, de la cultura. [14]

Por consiguiente, desde 1492 hasta los comienzos del siglo XVII –casi 125 años– Cuba, no obstante su estratégica situación geográfica, permaneció poco menos que abandonada. Lo cual –según hemos dicho– se debe al hecho de que Cuba no ofrecía apreciables posibilidades en el orden de los metales preciosos. Además, su condición insular constituía un grave inconveniente, pues los que la habitaban estaban obligados a un aislamiento casi absoluto. Mas no se crea que con el hecho de su conquista por Diego Velázquez, en 1511, la situación aludida varió ostensiblemente. Muy por el contrario, los españoles siguieron soñando con tierras de dorada leyenda que posibilitaran un fácil y rápido enriquecimiento. Y esto explica por qué, durante casi un siglo después de la conquista, Cuba fue el punto de partida de múltiples expediciones que se dirigían a la captación de nuevas tierras. Antes de 1520 tuvieron lugar las de Hernández de Córdova, Juan de Grijalva y Hernán Cortés. En 1539, la de Hernando de Soto a la Florida; y todavía en 1574 el Adelantado don Pedro Menéndez de Avilés obtuvo de Carlos V el gobierno de la Isla para mejor realizar la conquista de la Florida.

La planta del conquistador se asentó en Cuba con el exclusivo propósito de enriquecerse a la mayor brevedad; solo la codicia del oro movía su brazo. De donde el sometimiento brutal del indio a un régimen de trabajo excesivo en los lavaderos de oro. La baja condición social de la mayoría de nuestros conquistadores y la ciega codicia que regia sus determinaciones permite explicar por qué de ellos era absolutamente imposible esperar ningún desarrollo cultural en nuestro suelo. Ausente la cultura autóctona, entre otras razones por su escasa importancia y la rápida desaparición del indio, toda manifestación cultural tenía forzosamente que provenir de España. Esta labor cultural la llevaba a cabo la Iglesia, como lo prueba el hecho de que las primeras fundaciones en las que es posible señalar alguna preocupación por la cultura fueron obra de las diversas órdenes religiosas que aquí se establecieron. [15] Así Juan de Obite o de Witte fundó en 1523 la Scholatría en la catedral de Santiago de Cuba; luego, en 1568, se estableció en La Habana un colegio de jesuitas con destino a las misiones floridanas, que al año fue trasladado a la península de la Florida. Más tarde, en 1607, el obispo Fr. Juan de las Cabezas Altamirano{2} fundó el Seminario Tridentino; en 1689 surgió el colegio de San Ambrosio, creado por el obispo Diego Evelino de Compostela{3}, quien también fundó el colegio de niñas de San Francisco de Sales. Más tarde se fundará en La Habana, en 1704, el colegio de los padres belemitas.

Durante los 250 años que median entre la conquista de Cuba por Diego Velázquez{4} en 1511 y la toma de La Habana por los ingleses en 1702, vivió la Isla una existencia harto precaria. Bajo el doble sistema del monopolio en lo económico y de la esclavitud en lo social, todo progreso resultaba casi imposible. Pero al ocurrir el hecho singularísimo de la toma de La Habana por los ingleses, entró Cuba en una etapa decisiva de su historia. La experiencia inglesa –que se traduce en lo material por un incremento inusitado de nuestra economía– trae como consecuencia la convicción de que en lo sucesivo sería imposible prescindir de un cambio tan radical en la política insular. De esta suerte, al restaurarse la soberanía española en Cuba, su nuevo primer representante, el Conde de Ricla,{5} llevó a cabo conjuntamente con la edificación de nuevas obras de defensa en La Habana y en otras ciudades, la modificación del sistema económico, otorgando franquicias arancelarias al comercio que se efectuaba con diversos puertos de la Península. Creó, además, la Administración de Correos Marítimos, la Intendencia General de Hacienda, la Administración General de Rentas y el primer periódico: la Gaceta de La Habana.

La culminación de esta etapa, iniciada en 1762, no tuvo lugar sino hasta la llegada del Capitán General don Luis de las Casas. Coincidieron con su arribo dos sucesos decisivos para la historia de Cuba: la Revolución Francesa y la revolución haitiana. [16] Ambas beneficiaron a Cuba: aquélla en lo intelectual y ésta en lo económico. Pues la sublevación de Haití, y la consiguiente destrucción de su industria azucarera, convirtieron a Cuba en el primer país productor de azúcar en el mundo. Y la Revolución Francesa vino a solidificar y avivar el pensamiento de los hombres representativos de aquel entonces en la Isla, tales como Arango y Parreño, Tomas Romay, Bernardo O'Gavan, el presbítero José A. Caballero, el obispo Espada, influidos, de un modo o de otro, por las ideas de la Ilustración y la Enciclopedia. El propio don Luis de las Casas era un representante destacado de la Ilustración española bajo los Borbones. De modo que, sin previo esfuerzo para un concierto de propósitos y de acciones, hubo acuerdo entre todos para la realización de obras de provecho público: la Casa de Beneficencia, el Papel Periódico, la Sociedad Económica de Amigos del País y el Real Consulado de Agricultura, Industria y Comercio. A estas instituciones se agregó el Real Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio, fundado en 1773.

La historia colonial de Cuba no registra más que un breve período de sincero y sano impulso progresista por parte de la metrópoli. Este lapso fue precisamente el que correspondió al gobierno del mencionado Capitán General don Luis de las Casas y Aragorri, desde 1790 hasta 1796, durante el cual se ponen en marcha iniciativas importantísimas para el destino de Cuba. Además del notable cambio operado en las industrias del azúcar y el tabaco, de la multiplicación de caminos y puentes, del establecimiento de hospitales y del traslado de los cementerios a extramuros, este eximio gobernante fundó la Real Sociedad Patriótica –que luego y hasta el presente ha sido denominada Sociedad Económica de Amigos del País– y el Papel Periódico de La Havana. En estas nobles tareas contó con la colaboración de un grupo de eminentes cubanos, como el médico Tomás Romay{6} –introductor en Cuba de la vacuna antivariólica–, el obispo Juan José Díaz de Espada y Landa{7}, el presbítero José Agustín Caballero, el economista [17] Francisco de Arango y Parreño{8}, el escritor Bernardo O'Gavan{9} y el culto dominico Fray Juan González. Pues si don Luis de las Casas –«el jefe ilustre y piadoso que nos hizo espectables en el siglo de las luces», al decir de don Tomás Romay– es acreedor al eterno reconocimiento del pueblo cubano por la civilizadora empresa a que se consagró en Cuba, no es menos cierto que pudo llevarla a cabo gracias a la ayuda de ese grupo de cubanos. Porque ellos, a su vez, merecen que se les destaque, siquiera en un mínimo, para poder explicar suficientemente la empresa benemérita de Las Casas. Sin el concurso desinteresado del médico Romay, del economista Arango y Parreño, del obispo Espada, de los filósofos y educadores Caballero y O'Gavan, del religioso Juan González, así como de otros cubanos de menos significación, difícilmente el gobierno de Las Casas habría conseguido su objetivo. Con estos hombres se inició en Cuba el proceso de la independencia política, que cien años después culminaría en el establecimiento de la República.

El breve pero fecundo gobierno ilustrado de Las Casas puede considerarse, desde el punto de vista cultural, como el inicio de una nueva etapa que finalizará aproximadamente en 1870, o sea poco después de comenzar la primera de las dos grandes guerras independentistas en Cuba, la llamada Guerra de los Diez Años. Pero es posible que alguien pregunte por el estado de la cultura cubana en la etapa precedente. Vamos, pues, a presentar un rápido bosquejo de esa etapa.

Ya un notable historiador y crítico de nuestra literatura –Aurelio Mitjans{10}– nos dice, con respecto a esta etapa, lo siguiente:

Antes de este año [1790] no hay desenvolvimiento constante y regular de nuestra cultura; sólo encuentra el investigador, diseminados en trescientos años y esparcidos en pueblos distintos y sin conexión ni enlace, datos más o menos curiosos, pero aislados siempre, que sólo merecen ser citados por su antigüedad y como antecedente histórico. [18]

En efecto, las actividades que podrían calificarse de «culturales», desde el principio del siglo XVI hasta 1790, fueron de escasa significación. En el campo educativo, ya hemos visto que desde el siglo XVI se establecieron en Santiago y La Habana diversos centros de enseñanza. En literatura, cabe hacer mención del poema de Silvestre de Balboa titulado Espejo de Paciencia,{11} en el cual se narra el rescate del obispo Fray Juan de las Cabezas Altamirano y la muerte del pirata Gilberto Girón a manos del negro Libre Salvador Golomón, héroe del suceso que motiva el poema; los versos del villareño José Surí y Águila (1696-1792); El Príncipe Jardinero y fingido Cloridano, atribuido al fraile juanino Fray José Rodríguez Ucrés, que firmaba con el pseudónimo de Capacho{12}. Finalmente, deben mencionarse también la introducción de la imprenta en La Habana por Carlos Habre, en 1723, y la fundación de la Universidad de La Habana, en 1728, y la del Colegio Seminario de San Carlos, en 1773, instituciones de las cuales nos ocuparemos en detalle más adelante.

En conjunto, esto es lo más sobresaliente que nos ofrece el examen de la vida cultural cubana en esos tres siglos a que alude el crítico Mitjans. Pues el proceso de renovación y crecimiento de nuestra vida cultural, como hemos dicho, comienza recién en los últimos años del siglo XVIII.

Entre las precarias manifestaciones de la cultura cubana desde la conquista (1511) hasta las postrimerías del siglo XVIII se cuenta, por extraño que pueda parecer, la filosofía. La distribución de las diferentes etapas por las cuales pasa la actividad filosófica en Cuba exige, en consecuencia, que nos refiramos a esas iniciales manifestaciones. Los momentos fundamentales de nuestra filosofía, desde sus orígenes en el siglo XVII hasta el momento actual, son los siguientes:

  1. La filosofía teológica
  2. La reacción contra el escolasticismo
  3. La «polémica filosófica» [19]
  4. El krausismo
  5. Varona y el positivismo
  6. Montoro y el hegelismo
  7. La filosofía actual

El resto de este trabajo está consagrado a presentar en forma más o menos breve, según los casos, estas diferentes etapas en el desarrollo de la filosofía cubana.

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{1} José Martín Félix de Arrate (1687-1766) nació y murió en la ciudad de La Habana. Es el historiador cubano más antiguo de que se tiene noticia. Hizo los estudios de abogado en México y, al regresar a La Habana, compartió el desempeño de su profesión con menesteres políticos e investigaciones históricas. Fue Regidor Perpetuo y Alcalde ordinario de la ciudad de La Habana. En 1761 comenzó a circular manuscrita su Llave del Nuevo Mundo Antemural de las Indias Occidentales, título que Arrate parece haber extraído de una pragmática administrativa relativa a la Isla de Cuba.

{2} Fray Juan de las Cabezas Altamirano fue obispo de Cuba entre fines del siglo XVI y los primeros años del XVII. En 1604 fue apresado por el pirata francés Gilberto Girón y libertado por el bayamés Gregorio Ramos, hazaña en la cual se distinguió el negro libre Salvador Golomón. El relato de este suceso constituye el tema de una de las más antiguas composiciones poéticas de Cuba, Espejo de Paciencia, del vate canario avecindado en Puerto Príncipe, Silvestre de Balboa Troya de Quesada.

{3} Fray Diego Avelino nació en Santiago de Compostela en 1635. Se graduó de doctor en Derecho Civil y Canónico en 1658 y residió en La Habana desde 1687 hasta su muerte en 1704. Alcanzó fama de santo por su conducta ejemplar, en la cual sobresalía una ilimitada generosidad.

{4} Diego Velázquez, el primer gobernador español que tuvo Cuba, nació en Cuéllar (Segovia) en 1465. Acompañó a Colón en su segundo viaje en 1493. Fue teniente a las órdenes de Nicolás de Ovando en la Española, por orden del cual vino a conquistar a Cuba en 1511 y aquí permaneció hasta su muerte en 1524. Cruel y ambicioso, dejó ingrato recuerdo lo mismo entre los indios que entre los españoles.

{5} Don Ambrosio de Funes de Villalpando, Conde de Ricla, fue el encargado de restablecer la dominación española en Cuba al retirarse los ingleses en 1763.

{6} Notable médico habanero (1769-1849). Estudió primero en el Colegio Seminario de San Carlos y luego se doctoró en Filosofía y Medicina en la Universidad de La Habana, donde tuvo durante seis años a su cargo la cátedra de Texto Aristotélico y de Medicina. A su principal gestión se debe también el Papel Periódico de La Habana.

{7} Natural de Arroyave (Álava), donde nació en 1756. Estudió en Salamanca. Fue capellán real de la Armada española y catedrático, canónigo y prior de la catedral de Villafranca del Vieigo. Gracias a la protección de Godoy fue electo obispo de La Habana a la muerte de Trespalacios en 1799. Fue consagrado en La Habana en 1802, donde desempeñó el cargo hasta su muerte en 1832. Hombre de amplia concepción liberal, participó en todas las iniciativas progresistas de su época. Se le debe la creación de la cátedra de Constitución en el Colegio Seminario de San Carlos, que fue inaugurada por Varela.

{8} Nació en la villa de Guines (provincia de La Habana) en 1765. Estudió filosofía en el Colegio Seminario de San Carlos y Leyes en la Universidad de La Habana. Pasó después a España para completar sus estudios de abogado. Notable economista, gestionó en la corte española la libertad de comercio para Cuba, el aumento de la población blanca, el desestanco (no monopolización) del tabaco y logra la creación del Real Consulado de Agricultura, Industria y Comercio. Murió en 1837.

{9} El P. Bernardo O'Gavan nació en Santiago de Cuba en 1792. Comenzó sus estudios en el Seminario de San Basilio el Magno en esa ciudad y los concluyó en la Real y Pontificia Universidad de La Habana como doctor en derecho canónico, en 1803. Sustituyó a Caballero en la cátedra de filosofía del Colegio Seminario de San Carlos y se ordenó sacerdote en 1805. En 1810 fue electo diputado a la Junta de Cádiz por Santiago de Cuba, de la cual llegó a ser secretario y vicepresidente. Fue uno de los que firmaron la constitución de 1812. Eficaz colaborador del obispo Espada, presidente de la Sociedad Económica de Amigos del País e Intendente de Hacienda. Murió en 1838.

{10} Aurelio Mitjans: Historia de la literatura cubana. Madrid, Ed. «América», 1918, p. 39 (Biblioteca Andrés Bello).

{11} Véase la nota 2.

{12} Anterior a 1788. Versificador fácil y superficial, de quien se conservan rimas ligeras como El apasionado al número siete, Quejas de un amante despreciado, Contestación de la dama desengañada y el Vejamen hecho a la Universidad (impreso en 1822).

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Humberto Piñera Llera Panorama de la Filosofía cubana
Washington DC, 1960 págs. 13-19