mayo 1899La España de ayer y la de hoy

Arturo Campión

La regeneración y la verdad

La primera de dichas palabras está de moda: todo el mundo la escribe, todo el mundo la pronuncia. A su amparo, como bajo el toldo de una barraca, los viejos partidos, desacreditados éstos por el ejercicio inhábil del poder y aquéllos por el inútil de la oposición, expenden al aburrido público sus rancios específicos. La verdad, al parecer, es menos popular: pocos la recomiendan y casi ninguno la dice.

Y el que la dice, lo paga. No hace un año todavía que el autor de estas líneas –observando que la opinión, soliviantada por los desastres de las escuadras y el inminente de la guarnición de Santiago, se revolvía exigiendo responsabilidades políticas que las opuestas banderías según sus particulares conveniencias le denunciaban,– en las columnas del Diario de Barcelona, alegando hechos y textos incontrovertibles, demostró que las responsabilidades efectivas eran mucho más amplias, [14] que alcanzaban a clases, agrupaciones e institutos numerosos, mejor dicho, a la nación misma. Aquellas sinceras apreciaciones le valieron insultos personales sin cuento.

Hoy la lectura de algún que otro periódico viene a demostrar que puede repetirse el hecho con circunstancias agravantes. Que al fin yo no gozaba, fuera de mi región, de otra notoriedad que la que me prestase el periódico donde escribía, y acaso me expresaba con ruda severidad. La persona que ahora está de turno para decir verdades, acaba de explanar sus juicios en términos generales, con franqueza y cortesía noblemente hermanadas. Esa persona es, además, una señora, gloria preclara de las letras españolas, y por ambos títulos digna, no de que contra ella se esgriman, sino de que ante ella se rindan las armas.

Apartemos con el pie los insultos, ignominia de sus autores, pero retengamos la especie, por unos cuantos propalada, y síntoma de estado mental perturbadísimo, de que Emilia Pardo Bazán, al discurrir en París acerca de la España de antaño y hogaño y marcar el fin de una leyenda, revela poco patriotismo.

¡Inconsecuencia peregrina! A nadie se le ha ocurrido regatear la cualidad de patriotas a los que dilapidaron la hacienda pública, a los que procuraron con todas sus fuerzas la declaración de la guerra desastrosa, hundieron en el fondo del mar las escuadras, dejaron invadir, sin defenderlo [15] palmo a palmo, el territorio colonial, entregaron mediante capitulación cuerpos de ejército casi intactos; a los que corrompen, con las imposiciones y sugestiones del cacicato electoral, el organismo administrativo; a los que ponen en manos de la justicia varas torcidas por el peso de la recomendación o el cebo del ascenso; a los que matan el noble estímulo militar con las iniquidades de un incurable polaquismo; a los que aun sin mancharse personalmente, por debilidad de carácter o egoísmo refinado o miedo de perder posiciones políticas que halagan la vanidad, son pantalla de abusos y aun esponja de delitos; a cuantos de una u otra manera han hecho de España el prototipo de los pueblos moribundos que describió lord Salisbury!– El calificativo de mal patriota, –en medio de esta gran catástrofe,– no vacilan en aplicarlo al escritor que, sin haber podido por su sexo y circunstancias, contribuir en lo más mínimo a las desdichas nacionales, sin haber disfrutado del presupuesto ni dependido más que de sus lectores, sin haber dado a su patria más que triunfos y honor, no esperando en cambio honores ni puestos, expone lealmente al público de París, a fin de despertar la reflexión aquí, las que estima ser causas de tanta y tanta calamidad, en vez de repetir el párrafo sonoro de Bailén, Lepanto y Covadonga, siempre aplaudido por las butacas y el paraíso.

¿Se busca, sinceramente, la regeneración del país? [16] Pues el primer paso es agrupar los síntomas e inducir la naturaleza de la dolencia. Sin diagnóstico cierto no cabe terapéutica racional. Óiganse las opiniones y sométaselas a crítica grave e ilustrada. En el sumario abierto para averiguar las causas de la decadencia española, han de ser oídas cuantas personas puedan aportar alguna luz. ¿Habrá quien niegue que es capaz de derramarla a raudales la Sra. Pardo Bazán, cuya imparcialidad y serenidad de juicio es imposible poner en duda, cuyas obras son pintura de la realidad sagacísima y maravillosamente observada? La Sra. Pardo Bazán no es un testigo ordinario; sus palabras poseen el valor de un dictamen pericial; ¿por qué, pues, ha de acogerlas alguno con rumores en vez de meditarlas?

Antes han llegado a mi noticia las censuras, groseras unas y superficiales todas, que no las propias palabras de la escritora insigne. Parecía como que la señora Pardo Bazán, por lo menos, había ido a París a glosar la célebre frase: «El Africa empieza en los Pirineos», o que de sus labios habían brotado juicios sociológicos análogos al del general O´Donnell: «España es un presidio suelto», o apóstrofes tan pesimistas como el de mi ilustre amigo Angel Guimerá, cuando después de asentar que España, sólo por Cataluña y alguna otra región ibérica (la euskara) representaba el papel de nación adelantada en el concierto de los pueblos europeos, añadía que si arrojasen a Cataluña [17] de su lado los españoles, «perdida una de las áncoras que les sujetan a Europa, acaso un día de vendaval navegarían con rumbo al Africa».

Picóme la curiosidad el estrépito y pedí a un librero un ejemplar del célebre discurso, pronunciado en la Société de Conferences, –donde ahora por primera vez se ha llamado, escuchado y aplaudido a un español.– Lo he leído, y no vuelvo de mi asombro de que estas cosas provoquen protestas de la plazuela.

¿Qué contiene la conferencia de la Sra. Pardo Bazán? Una verdad innegable: que la por ella denominada leyenda de oro ha muerto; y varios razonamientos demostrativos de esta tesis, pedidos a la historia y a la observación directa. En todos ellos resplandece, además de esa valiente sinceridad que tantos disgustos suele acarrear a la admirable escritora, un dolorido pero tenaz patriotismo, y en los juicios un buen sentido extraordinario, que es la antítesis de la común fantasía española. Podremos no estar conformes con todos ellos; yo, por lo que a mí toca, modificaría algunos; pero, en fin, este es asunto de discusión templada, de frío examen: de ninguna manera ocasión de ataques epilépticos. Cualquier periódico de oposición recarga infinitamente más, de continuo, las sombras del cuadro; y me ofrezco a probarlo con textos, si es preciso. Sólo que esos periódicos, con la falacia propia de los partidos, atribuyen el mal al régimen, a las instituciones, a los gobiernos. [18] ¡Como si la sociedad no los formase, ordinariamente, a su imagen y semejanza!

Según la Sra. Pardo Bazán, el signo característico de la aludida leyenda es «la apoteosis de lo pasado». Sí, es verdad; ese pasado fascina y abruma. Los que profesamos ciertas ideas, forzosamente volvemos la vista a él, y aun los que no las comparten, recrean sus ojos y templan su corazón en aquellos esplendores de gloria. La mayor parte de los españoles, unos con lógica y otros sin ella, está orientada hacia poniente. Y como ese pasado se ve a distancia y a través de prejuicios religiosos y patrióticos, fórmase su imagen por el mismo procedimiento que los escultores griegos sus estatuas: abstrayendo los rasgos bellos particulares y reuniéndolos en un cuerpo. Así es que habiendo sido grande y bueno lo pasado, se lo imaginan mucho más excelente de lo que fue; y desaparecen las abundantes imperfecciones, máculas y miserias que a lo pasado afearon, como a todas las obras del hombre. Valga un ejemplo. Se habla de los procuradores de las antiguas Cortes de Castilla, calificándoles, invariablemente, con los epítetos de probos, incorruptibles e integérrimos varones, contraste vivo de la actual chusma parlamentaria. Pero de los poderes en blanco, del soborno sistemático, de numerosos actos de servilismo, ¿quién se acuerda? Descompondrían el cuadro, desfigurarían el cliché.

La ignorancia y la pasión alteran y deforman [19] el conocimiento de lo pasado. Por eso la señora Pardo Bazán lo califica de leyenda. Así se explica que nuestros falsos tradicionalistas cristalicen sus afectos en torno a la época de Felipe II, sobre la cual había pasado el hálito pagano del Renacimiento, en vez de desandar mayor trozo de camino y subir en busca de ideales e inspiración a la Edad Media, que es la época cristiana por excelencia, la época de las libertades populares representativas, de la filosofía escolástica, de las catedrales góticas, de la poesía dantesca y caballeresca, del canto gregoriano, de la reforma de las costumbres por San Francisco, de la defensa de la fe por Santo Domingo. Mejor que ellos lo vió Augusto Compte a pesar de su seco positivismo, reconociendo, además, que aquella es la única época de la civilización europea en que la sociedad llegó a estar, durante algún tiempo, realmente organizada, es decir, compuesta de partes armoniosamente trabadas ente si y vivificadas por un solo espíritu.

Y porque se conoce imperfectamente lo pasado, tampoco se llega a discernir claramente las causas de la decadencia. Cierta escuela piensa haberlo dicho todo con pronunciar una palabra única. Líbreme Dios de quitar importancia a las ruinas imputables al naturalismo político. Pero lo cierto es que en tiempo de Carlos II no existía semejante plaga y el espíritu español del reinado de Felipe II permanecía intacto: sin embargo, [20] España estuvo a punto de desaparecer de Europa. «¿Cómo has caído del cielo, oh Lucifer, hijo de la mañana? ¿Cómo te hallas abatido, tú que arruinabas a las naciones?» pregunta lord Macaulay después de resumir nuestra prodigiosa grandeza. Este problema no preocupa; la mayoría de las gentes lo resuelve mediante una fórmula aprendida en su periódico, convirtiendo en cuestión sencilla una de las más complejas que se ofrecen a la meditación.

«La guerra de la Independencia –dice la señora Pardo Bazán– cristalizó nuestra leyenda y la difundió por el extranjero.» Sí; ese titánico episodio que intercaló páginas de epopeya en el triste relato de la continua decadencia española, nos redimió del poder napoleónico, pero dada la mezcla de males y bienes que los acontecimientos humanos llevan en suspensión, inoculó nuevos gérmenes morbosos.

Yo le atribuyo dos, principalmente. Señaló el primero de ellos D. Antonio Cánovas del Castillo. «Pienso yo, con efecto, y dije a Mr. Cherbuliez un día, que la anarquía gobernante, oficial, casi normal, que con tanta sorpresa observaba en España, y los gérmenes de descomposición que ha medio siglo mantienen más o menos agudamente enferma a la nación española, presentándola bajo ciertos aspectos importantísimos como un extraña excepción en el continente europeo, tienen por verdadero origen las circunstancias y [21] el modo con que se llevó adelante aquella resolución patriótica y gloriosa.» De ella dimanan, como el Sr. Cánovas demostró cumplidamente, los pronunciamientos militares y la facilidad de organizar en ejército al paisanaje, o sea, la posibilidad de mantener largas guerras civiles: es decir, el aspecto vergonzoso y el bárbaro de la España moderna.

El segundo es la exacerbación del sentimiento del propio valer; la apoteosis del orgullo españolista; la popularización del convencimiento de que es el pueblo español el más valeroso y heroico de la tierra, e invencible, por tanto, en las guerras defensivas. Gracias a ese convencimiento no hubo reparo en provocar al imperio alemán, por la posesión de unas islas que ni aun de nombre conocíamos. Por ese convencimiento declaraba un periódico belicoso que la «guerra contra los Estados Unidos nos iba a salir de balde»; y por ese convencimiento me aseguraba un militar que si los yankees ponían la planta en la isla de Cuba, a mordiscos los echaría el ejército. Quien a pies juntillas cree que Mina, el Empecinado o Merino eran mejores generales que Napoleón, reputa cosa natural los milagros de cierta índole. Los vencedores del gran emperador corso, vencerían a los tocineros de Nueva York. El argumento no tenía réplica. Weyler a la cabeza de 50.000 hombres se iba a pasear por la América del Norte: ¡ni los almogávares en Grecia!

El amor a lo pasado, el entusiasmo por lo pasado, [22] es uno de los afectos más nobles y reconfortantes que yo conozco. No está ahí la quimera. Esta consiste en no enterarse de que lo pasado desapareció, que lo pasado ha muerto. En identificar lo ideal apetecible con la realidad concreta. Es preciso saber pararse a tiempo. El prócer empobrecido que no reduce el boato de sus riquísimos ascendientes, camina al suicidio, a la cárcel o al manicomio.

Enhorabuena que la política sea idealista; así la amo yo. Pero ese elemento ideal no ha de sacarse del cerebro de un alucinado. Lo ideal está encima, no enfrente de lo real. Sobre todo, los medios de que se valga esa política han de ser positivos, eficaces, adecuados al fin. De lo contrario, se imita a D. Quijote. Los ideales del caballero manchego eran purísimos; mas no ajustándose a la realidad, imaginaba ser doncellas las mozas del partido y gigantes los molinos de viento. Y no sólo se armaba para renovar las hazañas de la ya muerta andante caballería con las armas propias de otros tiempos, sino con las armas que, aun de vivir entonces, habrían resultado inservibles: bacías de barbero y celadas de cartón. D. Quijote incurría en los pecados del falso idealismo: erróneo concepto de la realidad e inadecuación de los medios. ¡Ah Cervantes, escritor eterno, siempre contemporáneo en España!

¿A qué llama la Sra. Pardo Bazán leyenda dorada? Traduciré del francés sus propias expresiones. [23] «Según la leyenda –dice– España continúa siendo la más valiente, y por añadidura, la más religiosa, galante y caballeresca de las naciones. Somos –a tenor de la consabida leyenda,– ardientes patriotas; despreciamos el dinero y nos arrodillamos delante de la mujer. He aquí, según creo, las afirmaciones de la leyenda de oro, sumamente insidiosas, porque entrañan cierta dosis de verdad que es preciso reconocer.» A rebatir la exageración de dichas afirmaciones dedicó la Sra. Pardo Bazán buena parte de su conferencia, en la cual como en reducido cuadro de una composición vasta y compleja, se aparece una especie de microcosmos legendario español.

Su mesura y tacto los apreciará cumplidamente quien lea íntegro el importante trabajo. De esta mesura y prudencia citaré un ejemplo. El libro Al pie de la torre Eiffel contiene algunas apreciaciones del ejército español que disgustaron a algunos militares. Varios de éstos se lo dieron a entender a la Sra. Pardo Bazán en forma que no hay por qué calificar ahora. Otra persona de corazón menos magnánimo que el de la Sra. Pardo Bazán, hubiese aprovechado la ocasión con que los sucesos de la guerra hispanoamericana brindaban, para tomarse el natural desquite, documentar la antigua profecía y elevar la ligera crítica de entonces a acusación tremenda. La Sra. Pardo Bazán se ha limitado a un discreto recuerdo, sin ensañamiento, con más pena que enojo. [24]

Opina la conferenciante que el sentimiento religioso constituye el rasgo más falaz de la leyenda. Enumera la indiferencia de la clase media, el asentimiento maquinal del pueblo, su irreverencia, la costumbre de blasfemar, los frecuentes robos sacrílegos… hechos, y hechos todos. Demuestra la escasa influencia moral del clero: «durante nuestros desastres –dice,– algunos obispos publicaron pastorales condenando las diversiones públicas, aconsejando el luto nacional. Nadie hizo caso. La voz cristiana y patriótica de los obispos fue ahogada por los cascabeles de las innumerables calesas que iban a la plaza de toros».

¡Ay! La Sra. Pardo Bazán omitió un rasgo mil veces más desconsolador. Cuando el Papa intentó mediar a favor de la paz y recomendó el armisticio, los periódicos y los partidos que hacen profesión de católicos se opusieron a las miras del augusto Pontífice con irreverente empeño. De aquel campo salieron las voces que no admitían fuese España a guarecerse en los sagrados hábitos de su Santísimo Padre; de aquel campo la amenaza de arrancar la bandera amarilla y roja de las manos de los partidos gobernantes y derrocar las instituciones si no declaraban la guerra. Sin perjuicio de que uno de esos profesionales, a la primera noticia de haber salido Cervera de Santiago, lanzase un Extraordinario atribuyendo a Nuestra Señora del Carmen el éxito de la colosal victoria. ¿Pues qué, tan santa era la obra que [25] veníamos llevando a efecto en Cuba como para merecer protección directa del cielo? ¡Infeliz, infelicísima escuadra, destinada a deshinchar el globo del misticismo teatral y del falso idealismo! ¡A la hora crítica en que la megalomanía nacional te reputaba Leviathan de los mares, salías fugitiva de Santiago, disparando impotentes cañones, inofensiva cual el toro de fuego, cual el zezen-suzko de la capital guipuzcoana!

La leyenda de oro, por lo menos en lo que toca al prestigio militar, ha muerto. No hay que hacerse ilusiones ni pensar otra cosa. Repetiré ciertas palabras del Sr. Pí y Margall, único político de primera fila que ha sido ingenuo y perspicaz: «Podíamos, según ella (la prensa belicosa), vencer a los norteamericanos. Nosotros éramos los bravos, los hombres nacidos para la guerra, los lobos de mar, los nunca vencidos, los invencibles. Ellos, una nación sin marina ni marinos, sin ejército, sin aptitud más que para los negocios, sin ideales, sin otra pasión que la pasión del oro. ¿Qué importa les fuésemos inferiores en armas y recursos? Recursos los daría a manos llenas el patriotismo; la escasez de armas la supliría nuestro arrojo. El pecho era para nosotros el mejor muro contra el enemigo. Vienen los hechos a desmentirla

Los hechos, implacablemente sinceros: he aquí los destructores de la leyenda, que no la Sra. Pardo Bazán. España ha sido vencida sin la grandeza de Rocroy o Trafalgar; vencida no así como quiere, [26] sino por la potencia menos militar del mundo, contra todos los cánones de la doctrina, por un ejército allegadizo, voluntario, bisoño, puesto frente a otro permanente, profesional, y oficialmente aguerrido y aclimatado. Esta es la verdad amarga, desconsoladora, humillante. Califíquela cada cual a su gusto: pero verdad verdadera, en suma.

Sin embargo, la leyenda retoña entre sus ruinas al calor de la fantasía nacional. Si la permitimos crecer de nuevo, pronto será el manzanillo a cuya sombra perecerá España. La proclama del general Blanco, cuando regresó a la Península, tradujo el sentimiento de muchísimos españoles y contribuyó, por su parte, a esparcir la funesta semilla. «Abandonamos a Cuba obedeciendo órdenes de nuestro país y acatando el cumplimiento de un contrato entre España y los Estados Unidos; pero al salir de la isla, lo hacemos con la cabeza alta, las banderas desplegadas y las armas en la cintura.» Ciertamente, es valiosa compensación una postura erguida, pero aun así y todo, no admitiremos, de buenas a primeras, que de proseguir la guerra cosecháramos mejor éxito o aumento de gloria. Antes bien lo sucedido en la defensa de la isla de Puerto Rico y en la rendición de Cavite, Manila y Santiago, quita fuerza a la hipótesis.

Otros tiran por el camino de en medio, y con acusar al gobierno y a uno u otro general, estiman [27] resuelto el problema. Pero éste, para cualquiera que recuerde ciertos antecedentes, es mucho más hondo. Los antecedentes son, como lo expuse en el Diario de Barcelona, que el ejército fracasó en las guerras civiles carlistas, y fracasó en la guerra de la independencia de las colonias continentales, y fracasó en Santo Domingo, y fracasó en Melilla, y fracasó en las guerras separatistas de Cuba. Este último fracaso es, realmente, abrumador y sin nombre: doscientos mil hombres no lograron sofocar la insurrección de quince o veinte mil, que eran una verdadera escoria.

Algo tiene ese organismo que no depende del valor ni del honor del individuo; algo que no está sano, como han reconocido los escritores militaristas; se necesita un Marcos de Isaba, que serenamente describa, con previsión científica, el nuevo Cuerpo enfermo de la Milicia Española y un ministro honrado que aplique el remedio. Repitamos las gravísimas palabras que el general Linares aplicó a las tropas de Santiago: «a estos defensores les falta el ideal.» Es moral la índole de la dolencia, por cuya culpa se esterilizan la mayoría de elementos sanos que atesora el ejército. Del soldado no hablemos: hará maravillas si le mandan con pericia y honradez. El general Polavieja decía hace dos o tres meses: «Para que un ejército sea disciplinado y fuerte, necesita estar contento, y el contento lo produce la justicia que se hace a todos sus actos, la cual no anda muy [28] bien distribuida en el nuestro.» Con efecto, no creo que haya ejército capaz de resistir al sistema escandaloso de recompensas que impera: escandalosos por su prodigalidad siempre, por su injusticia a menudo. Cada ascenso suele producir tres agravios comúnmente: el del merecedor, a quien no se lo dan; el del agraciado, que por tratarse de mero favor, lo estima pequeño, y el del envidioso, que carece de padrinos. La impunidad, hija del compadrazgo, también causa estragos.

El general Nogués, con la franqueza de un aragonés honrado, en un libro sugestivo como pocos, escrito a retazos, sin orden, plan ni propósito didáctico o regenerador, proyectó un foco de luz intensa sobre las miserias morales del ejército. Después de leídas las Aventuras y desventuras de un soldado viejo, natural de Borja, llama la atención que los fracasos no sean mayores. Y quizá en este punto la Sra. Pardo Bazán conserva sus ilusiones legendistas, cuando cree que de hacerse la guerra de este modo o de aquel podríamos haber vendido cara la victoria. Para ella –me parece indudable– y para muchos, fue desengaño imprevisto el que proporcionó al país el ejército de tierra. En la marina pocos confiaban del todo. Hasta los menos avisados sabían que la Armada española posee una tradición doble: la de las grandes victorias y la de las grandes derrotas. Claro es, se ignoraba a cual tocaba el turno. Ciertos sucesos, por lo inverosímiles, [29] no se olvidan fácilmente. Las gentes recordaban los barcos de guerra entregados, sin defensa, a los cantonales de Cartagena, tripulados por presidiarios, mandados por un general de caballería (gracioso pendant del almirante suizo de la Vie parisienne), y por último, ante la importancia de la marina leal, declarados piratas, y apresados por los alemanes. Las elocuentísimas palabras del Sr. Maura, delatando al Parlamento los despilfarros y los abusos sin cuento del ministerio del ramo, resonaban todavía. Sobrevino la catástrofe, pero sin sorprender.

¿Desoiremos la lección de estas cosas? Es temible. Háblase de reconstituir nuestro poderío (?) militar y naval, de concertar alianzas… Pobre don Quijote, te veo cerca de Clavileño. Ya no te satisfaces con hollar la árida estepa sobre el ético Rocinante; ¡aspiras a cruzar el elemento propio de tus sueños: el aire! No los rayos del sol ni las centellas de la nube, sino la más prosaica pirotécnica dará contigo en tierra.

Haya juicio. Miren y vean los dormidos en la cueva de Montesinos. La misión internacional de España ha concluido por mucho tiempo. No es posible renovarla sin rehabilitarse previamente. Cuanto esceda de poner en estado de defensa el territorio nacional, proporcionalmente a las fuerzas contributivas del país, es una quimera. Por la índole de las guerras, hoy antes son vencidas las naciones pobres que no las desarmadas. [30] Cuando cuente cuarenta millones de habitantes, industria y agricultura que cubran sus necesidades, hacienda floreciente, administración honrada y capaz, costumbres morales inspiradas por la religión católica, entonces será España grande y poderosa, se buscará su alianza y habrá otras naciones moribundas cuyos despojos podrá dignamente heredar. Tener y saber equivale a poder.

Al procurar que estas y análogas consideraciones ocupen la mente de los españoles distrayéndola de los libros de caballería, la Sra. Pardo Bazán ha demostrado su verdadero patriotismo. No concibo acción más patriótica, de entereza mayor y de abnegación más positiva, que la realizada en París por nuestra insigne compatriota. Desdeñando fáciles y populacheros éxitos, ha preferido, según su enérgica frase, aplicar el botón de fuego a la patria enferma a ver si reacciona. El sentimiento herido, el amor a España rebosan en los párrafos de su Conferencia, y en algunos se ve la emoción con que fueron pronunciados. Sólo un corazón de mujer, varonil por su cerebro, puedo inspirar este llamamiento o aviso a los españoles. Peor para nosotros si lo desoímos o lo pagamos en la moneda acostumbrada.

Arturo Campión.

Pamplona 5 de Mayo de 1899.

 

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La España de ayer y la de hoy
[Madrid 1899, páginas 13-30.]

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