mayo 1899La España de ayer y la de hoy

Emilia Pardo Bazán

Al lector español

Expondré de un modo sucinto los antecedentes e historia de la Conferencia que leí en París el 18 de abril de 1899, Conferencia que redacté en lengua francesa, y que ahora publico acompañada de una versión castellana, hecha por mí igualmente.

Ya había disertado en idioma francés el año de la Exposición Universal, 1896, en Burdeos, por invitación y a costa de la Societè Philomatique, promovedora del Congreso universal de lenguas romances o neolatinas. En aquella ocasión traté de La literatura española contemporánea. Llenóse la amplia sala, situada en el mismo local de la Exposición, y por los oyentes y por la prensa supe que, no obstante mi acento del Mediodía, defecto que no sé evitar, podía hacerme comprender bien en un idioma que no era el mío; y de las reiteradas afirmaciones del docto [6] hispanófilo M. Armand Tréverret, y los juicios de la misma prensa, deduje que no había pecado al redactar contra la sintaxis francesa.

Lejos estaba ya de mi memoria aquel grato episodio de mi vida literaria, cuando recibí, hacia Octubre del pasado año, la inesperada cuanto lisonjera invitación de la Sociedad de Conferencias de París. Por nombre y fama conocía tan sólo a los insignes literatos que me llamaban a compartir sus tareas. No es la Societé de Conférences de añeja fundación; lleva de existencia un trienio; pero, sin género de duda, dentro de su especialidad, figura en primera línea en París. De ella salen los grandes conférenciers, que anualmente recogen en América lauros y lícita ganancia; y cuando por excepción invita a un extranjero, como señalada honra tiene que considerarlo el favorecido. Repártense las doce conferencias anuales, tipo invariable que la Sociedad se ha fijado, los escritores que en esta última década van remplazando a la generación que ya declina o desaparece, eslabonándose con los Zola, Maupassant, Flaubert, Daudet, Goncourt, Taine, Renán, maestros de la novela, de la crítica, del ensayo. Los de ahora se llaman Brunetière, Lemaître, Anatolio France, Doumic, Deschamps, Bazin, Rod, Spronck, Wizewa, y representan con varios matices la tradición culta y elegante de esa literatura francesa tan amena como rica, [7] siempre capitana de las literaturas latinas o mediterráneas, si lo de latinas halla reparos.

Tiene la Sociedad de Conferencias su criterio especial, y al propio tiempo que la invitación se me notificó este criterio, siendo innecesario decir que lo acepté plenamente. Consiste el criterio de la Sociedad más bien en restringir que en aumentar el número de oyentes de sus Conferencias, y en no invitar a la prensa, limitándose a permitir la entrada a los que exhiban su carte de journaliste; por eso se me previno de antemano que hablaría para un público no muy numeroso de literatos y de gens du monde: el que admite la Salle Charras. Nada tuve que objetar, y sólo lo recuerdo aquí para que me excusen los corresponsales de periódicos españoles residentes en París, a quienes no ofrecí invitación, como hubiese deseado. Después de pronunciada mi Conferencia, se me propuso que la repitiese ante una concurrencia mayor que, según me decían, deseaba escucharme. Reconocida a tan buenos deseos, nunca me hubiese parecido que debía acceder a ellos, no sólo por razones positivas de probidad literaria, pues la Conferencia pertenecía a la Sociedad que remuneraba generosamente mi trabajo, sino por aquella otra razón moral que sugiere a los bien nacidos el agradecimiento y la efusión de simpatía. Mal pudiera, en efecto, olvidar las cariñosas atenciones recibidas, y en las cuales, por delicado refinamiento [8] que en todo su valor aprecié, se unió siempre mi nombre al nombre de España, pudiendo asegurar que no he pasado en París muchas horas sin tener ante mis ojos o en mis manos los colores de mi patria, trazados con flores sobre la mesa, suspendidos en frescas guirnaldas por las paredes, sujetando el ramillete que me ofrecían para que lo respirase.

No es éste de los obsequios y agasajos capítulo en que parezca discreto entretenerse minuciosamente, pero tampoco quisiera que me tuviesen por ingrata y desconocida las personas y las colectividades que a porfía hermosearon mi estancia en París. No me sentaría bien prescindir del recuerdo que debo, en primer término, a la Societé de Conférences, la cual además de ser mi patrona y abogada, me brindó el banquete no ofrecido a ningún otro conferenciante; ni callar la deuda contraída con el eminente crítico René Doumic, en cuya casa encontré calor familiar, y donde los elementos de la Revue des Deux Mondes se agruparon en torno mío; con el gran diario feminista La Fronde, que me dedicó una fiesta brillante, del sabor más parisiense; con la Nouvelle Revue Internationale, de la cual puedo decir otro tanto; con la Revue des Revues; con la Revue Bleue; con nuestros embajadores los Sres. de León y Castillo; con los marqueses de Peralta; con el ilustrado hispanófilo Boris de Tannenberg, que me regaló la impresión [9] inolvidable de la Conferencia sobre mis obras, dada en el Liceo Fenelon, ante un auditorio de señoras y señoritas; con el Ladies Club; con Madame Barratín, que me proporcionó, en la comida y sarao que tuvo a bien ofrecerme, propicio momento de conocer a varias personalidades de las que más curiosidad literaria y social despiertan. No escasa parte de la prensa francesa es acreedora también a mi gratitud, pues a pesar de no haber sido invitada a mi Conferencia, la comentó y analizó; de sus juicios, algunos he logrado recoger, y extracto al final de este opúsculo únicamente los que demuestran que aquella prensa interpretó bien la significación patriótica de mi discurso.

Siempre inferí que de París había de traerme impresiones que compensasen otras de distinto género que acaso me esperaban cuando volviese a cruzar la frontera; pues no en balde soy veterana en las lides de la idea y de la pluma, ni desconozco el espíritu que desgraciadamente informa nuestra vida nacional, ni ignoro que en España todo puede hacerse y nada puede decirse, y que por lo común no se ahorca al incendiario, sino al campanero que toca a rebato para que apaguen el incendio. Sin embargo, también me constaba que mis opiniones y juicios no eran ninguna extravagancia, sino el eco, muy atenuado, de la pública voz; que yo no hacía sino repetir, –concentrándolo a fin de que cupiese en [10] el espacio de una Conferencia que sólo ha de durar una hora,– lo que había escuchado de labios de hombres políticos importantes de España, en largas conversaciones; lo que se repitió hasta la saciedad en los debates del Senado y del Congreso; lo que un día tras otro desarrolla y amplifica la prensa, en artículos extensos, y lo que puede ver el lector (y le aconsejo que lo vea, si quiere conocer fundamentalmente estas vitales cuestiones), en los libros cuyo índice incluyo, libros muy notables, que no se han leído y meditado como merecen. Pensaba yo, pues, y de ellos plenamente me he cerciorado, que mi tesis de la verdad como medio curativo, no sorprendería a nadie que reflexione acerca del origen y raíz de nuestras desventuras, y que las alharacas de los silenciarios serían lo convencional, lo falso, lo viejo –lo que confirma mi tesis, lo que la demuestra. Si yo no conociese el verdadero estado de conciencia de muchos silenciarios y mentiristas, me habría enterado al ver que su argumento para aconsejarme la falta de sinceridad y el dorado de la píldora, era la escueta afirmación que al cabo España no tiene cura, y no teniéndola, pecamos de sandios los redentores.

Pues bien: ni puedo, ni quiero ser pesimista en este caso. Trátenme como quieran mis compatriotas, pero sientan el aguijón, aviven el seso y despierten: y con tal que se logre, álcese enhorabuena el consabido dragón de gules, la leyenda [11] de flamígera bocaza, que se quiere tragar a los sinceros. No perdamos la esperanza: creamos firmemente que la patria puede salvarse, si todos concurrimos a su salvación; y tampoco dudemos de que el catolicismo, sentido y practicado rectamente, con lastre de ciencia y conciencia, puede ser una fuerza regeneradora de nuestra raza. En este sentido contesto al Sr. Ives Guyot, cuya carta publico traducida, y que en mi opinión se equivoca al pensar que necesitamos despojarnos de nuestro espíritu religioso, cuando lo que nos conviene es adquirirlo, pues no lo tenemos. –Sí, la opinión ha evolucionado; ya está rota la valla de la mentira hipócrita, encubridora de corrupción y decadencia; se han dicho y escrito en estos últimos meses cosas que hace dos años serían causa de que temblasen las esferas y se desquiciase el firmamento… Si hoy mi Conferencia asusta a alguien, a no pocos parece bien: y téngase en cuenta que del número de los que la reprueban hay que restar a los que no miran lo que la Conferencia dice, sino que lo digo yo. En conjunto, la prensa de España me ha tratado con benevolencia, con encomio y hasta con lisonja; sin duda ha habido excepciones, y éstas motivan el artículo del ilustre y fundado escritor D. Arturo Campión, que a continuación incluyo, no sólo por su alto interés, sino porque puede demostrar que todavía mis juicios adolecen de indulgencia al lado de los que ya sin rebozo [12] se emiten aquí. Yo no diría tanto como el Sr. Campión, o lo diría más en general, extendiendo a la totalidad de la vida española las censuras que este notabilísimo escritor católico –coincidiendo con recientes declaraciones del actual ministro de la Guerra, Sr. Polavieja– dirige principalmente al ejército de tierra y mar, si bien reconoce que no se exime de ellas nadie. Pero, según dice acertadamente el mismo señor Campión, son cuestiones en que cabe litigio. Lo que no admite discusión es que nuestro deber está trazado por el camino de la verdad; –que cada cual la proclame donde pueda y donde adquiera mayor resonancia,– y de la acción, –que cada cual la realice en su esfera y en la medida de sus fuerzas.– ¡Pues buen pelo hemos echado con el sistema de ocultación y trampantojos –sistema que, entre paréntesis, sólo aquí hubiese podido prolongarse! Entendámonos de una vez. Si los españoles somos niños, a la escuela; si adultos, aceptemos la realidad; si viejos, sírvanos de algo la experiencia; si no hemos muerto (permita Dios que no), sepamos vivir.

Emilia Pardo Bazán

 

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La España de ayer y la de hoy
[Madrid 1899, páginas 5-12.]

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